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lunes, 4 de junio de 2007

César Moro: el alfabeto enfurecido por Raúl Henao

Wolfgang Paalen, Eva Sulzer, Alice Rahon y César Moro (México, 1940)

“Lo esencial es la belleza del lenguaje
sobre la profundidad de la experiencia”
(César Moro)

El espíritu irrisorio y falaz de la época, parece corroborar literalmente las tesis de Oswald Spengler acerca de la desaparición y decadencia definitiva de la poesía lírica en el ámbito occidental:

"No hay ninguna lírica más. Hay sólo escasos y extravagantes rezagos de una lírica acabada que se han expuesto a peligrosas circunstancias y a las más peligrosas amarguras, errores y atrevimientos, y que alambican sus creaciones. Esto produce una tensión en el interior de la personalidad y con ello un énfasis en las imágenes, una trascendencia de las palabras, una lógica de colores y tonos, que es peligrosa y conduce finalmente a la monstruosidad.” (Pensamientos acerca de la Poesía Lírica; El Hombre y la Técnica y otros Ensayos, Pag. 124).

Y es que, en las postrimerías del presente siglo, resulta evidente que con la poesía se califica de "monstruosidad" la libertad, el amor, la fraternidad, el sueño, la contemplación, la belleza y el placer, ajenos a los avatares y consignas ideológicas encarnadas en la intolerante y represiva "razón de estado", único oráculo aceptado por la generalidad de las naciones contemporáneas.

Contrariando la tesis y premisas iluministas y cientificistas que a partir del Renacimiento se proclaman abiertamente detentadoras de "la verdad", una "verdad", formulada (camuflada) en el lenguaje adocenado, banal, paródico, sórdido e incoloro, propio de los mercaderes y pretendidos tecnócratas modernos... LA REVOLUCIÓN ROMÁNTICA -sobre todo su versión alemana- con un potencial liberador e insurreccional paralelo en el camino de las ideas, al de la REVOLUCIÓN FRANCESA, defiende postular el LENGUAJE DE LA INSPIRACIÓN, ese lenguaje TOTAL que obedece por igual a los dictados de la razón y el corazón, y los sentimientos, de la inteligencia y el instinto, de la lógica de la pasión... es decir, a todos aquellos aspectos contradictorios que conforman el enigma de la condición humana, fuera de toda explicación o esquema conceptual.

Fiel en esto a sus orígenes románticos, EL SURREALISMO FRANCÉS, a comienzos del siglo actual, tiende antes que nada, a "poner de nuevo en boga la inspiración" según palabras de su fundador, sólo que ahora lo hará bajo la denominación de "escritura automática" expresión derivada por una parte de la escritura mediúmnica de los espiritistas y por otra del naciente psicoanálisis freudiano (no debe olvidarse además el aporte decisivo de la llamada "psicología gótica" de F. W. H. Myers, como afirma Starobinski), corrientes especulativas que despiertan creciente interés en su tiempo y que pesarán notoriamente en el pensamiento de los creadores, impulsadores del movimiento francés.

Pero, después de todo ¿qué es la inspiración? Nos preguntamos con el poeta y ensayista inglés Robert Graves, que le ha consagrado algunas de las páginas más encantatorias de su monumental estudio sobre el mito poético LA DIOSA BLANCA (Editorial Losada. Buenos Aires, 1970).

Graves responde que se trata de un estado de arrobamiento o éxtasis fuera de las coordenadas espacio-temporales "aunque la mente sigue activa y puede relatar poéticamente sus aprehensiones prolépticas o analépticas"... es decir, sus visiones del pasado y el futuro. De hecho este estado puede ser inducido -y de hecho no es todavía- artificialmente mediante la absorción de vapores embriagantes o por la ingestión de plantas psicotrópicas... Pero INSPIRACIÓN puede ser también, "la inducción del mismo estado poético mediante el acto de escuchar al viento en un solo de árboles sagrados, el roble o la acacia". En fin... sería largo seguir al poeta en ese tema laberíntico al que dedica casi 650 páginas en la edición española. Advierto sí que Graves pone en guardia a sus lectores sobre el uso de "la escritura automática" que asimila al dictado espiritista, por la disociación o escisión esquizofrénica producida en el sujeto que experimenta con ella. Advertencia semejante a la formulada, igualmente, por André Breton en su medular MENSAJE AUTOMÁTICO (ver, Apuntar del Día. Monte Avila Ed. Caracas, pág. 147), texto que Graves parece ignorar por completo, lo que invalida, en buena parte, sus reservas y objeciones, por lo menos, respecto a la lucidez clarividente del creador del surrealismo, dejando para los seguidores y epígonos, sin meterse o no el calificativo de charlatanes y alfeñiques literarios.

Porque si algo queda claro en el importante escrito de Breton, es que este se propone definir con exactitud el alcance de la escritura automática por excelencia para "expresar el funcionamiento real del pensamiento" más allá de la "censura" que le oponen la conciencia en estado de vigilia, los prejuicios morales o estéticos, o el mismo alienado contexto social... diferenciándola en lo posible de sus antecedentes espiritistas y psicoanalíticos de principios del siglo.

Por otra parte, para A. Breton -para la generalidad de los grandes poetas: Vallejo o Huidobro vienen al caso en el panorama latinoamericano- es ostensible que el ejercicio de la escritura automática se encamina al descrédito definitivo de lo deliberadamente "artístico" o "poético" ("El gran peligro del poema es lo poético" Vicente Hidobro), en la medida en que responde a instancias, a pulsiones inconscientes o subliminales que abarcan al hombre total, mientras que "el hermoso y claro ordenamiento de lo poético" se contenta con "reproducir la capa superficial del ser" (El MENSAJE AUTOMÁTICO , pág. 142).

El presente tema de la escritura automática o inspirada, lenguaje primordial, el edénico que en -parafraseando a Denis de Rougemont- tiene su origen en el mismo impulso espiritual que hace nacer el amor... nos sirve de marco o atmósfera embrujada, para situar (y comprender) mejor la poesía de CÉSAR MORO (Lima, Perú, 1903-1956) una poesía que a más de treinta años de la muerte de su autor, todavía no se conoce bien en Latinoamérica donde los grandes poetas modernos continúan siendo solitarios, prófugos y tránsfugas, exiliados habituales de un estadio social que no presta atención sino un supuesto "desarrollo" material, dejando al margen la labor insoslayable del espíritu.

Porque la poesía de César Moro se alza en un vuelo altanero, altísimo, el vuelo de las grandes aves de presa del espíritu, frente a la errancia y la soledad, frente a la fatalidad de su destino latinoamericano, para celebrar el triunfo final de la libertad en el amor, el amor en la libertad, sobre toda interesada, mezquina contingencia terrena.

Es en calidad de exiliado perpetuo, de desterrado incluso de su propia lengua materna (resulta revelador que de sus seis libros publicados sólo uno -La Tortuga Ecuestre- fuera escritor español, el resto lo fue en francés) que César Moro va adherir al movimiento surrealista, en tanto que este se presenta a sus ojos como "la enfermedad sagrada" (O. Paz), la gran herejía del pensamiento racionalista occidental. Además Moro comparte con Breton el gusto por el lenguaje lujoso y soberbio, casi mallarmeano en sus reflejos, facetas, matices y tonalidades inagotables. Un lenguaje erótico-velado, mágico-circunstancial, explosivo-fijo, convulsivo y revulsivo... tal como lo requiere la famosa receta bretoniana.

En LA MASCARA, LA TRANSPARENCIA, capital ensayo sobre la poesía hispanoamericana, afirma el venezolano Guillermo Sucre: "La poesía de César Moro está más cerca que la de Huidobro de la intensidad de la pasion" (pág. 398). Y nosotros estamos dispuestos a admitir -con Enrique Molina- que Neruda es un gran poeta de la mujer, pero ¿del amor?... Seguramente no, porque ese alto sitial corresponde sin duda a César Moro, en el sentido que el amor no fija límites, género ni número al objeto de su deseo. En la más clara acepción platónica del término, el amor es andrógino visiblemente y sólo importa su desmesura y autenticidad, la fuerza de su embate contra el acantilado del egoísmo y la ilusión de la separatividad.

César Moro pues, es el poeta del espíritu encarnado, del presente encarnado, del cuerpo y la presencia en este pero también de la transgresión:

"Amo el amor de faz sangrienta con dos inmensas puertas al vacío".
........
"Amo la rabia de perderte".
........
"La boca de piedra del amor".
.......
"Como un puñado de hojas libres, al viento libre del amor".
......
"Un portón amado sobre el campo baldío refugio del amor clandestino".

Podríamos citarlo indefinidamente al respecto, porque en él la pasión se presenta en estado incandescente, exaltado por sobre los oropeles del sentimentalismo, a los que siempre se ha mostrado proclive la tradición poética latinoamericana. Un amor semejante sólo se vive a la intemperie de la libertad o incluso en la ausencia y la soledad, revelándose entonces "sagrado" al espíritu: "El corazón amado sirve el árbol del unicornio"
.....
Y entretanto el poeta camina al sol del mediodía que sucesivamente ilumina y devora su figura mítica y ancestral, a su alrededor, desde luego, se escucha el pataleo, "la carrera furtiva de los ratones académicos, diabólicos, combustibles y costumbristas" con la protesta barata y soez de los "fígaros y maritornes" con el pretendido candil de la crítica en sus manos; pero...¡qué importa! la vida como la obra de Moro gravita a alturas de lo solar y se evitarán y desde esa mira resulta inaccesible para la mediocridad letrada de estas latitudes andinas. En numerosas ocasiones el mismo César Moro se permite informarnos que este mundo no es de manera alguna su mundo al tiempo que nos recalca el parentesco mágico que lo une a las antiguas culturas precolombinas, "consagradas al sol".

Esa "pasión solar" (G. Sucre) o imantación de lo solar, conjugada al erotismo más fustigante y desesperado, constituye el meollo de la poesía de Moro, la impronta mágica, hechizada que distingue su obra entre todas... Por supuesto, se trata de esa "alta magia" bajo cuyo numen tutelar veía André Breton despejarse la incógnita de la creación artística. Alta Magia cuyo secreto resorte es el amor, como supo entenderlo para siempre Novalis, el gran romántico alemán. Tal como, a su vez, en "la hora entre todas pasmosa del mediodía", en lenguaje adamantino, consigue entreverlo el poeta peruano:

"La vida ¡que festín! Las flores la noche.
El blanco se muere el negro perfuma
y todo arde nada en la nada".


Tomado del libro EL PARTIDO DEL DIABLO (Medellín, 1989) de Raúl Henao
Fotografía
http://www.paalen-archiv.com/

3 comentarios:

José Agustín dijo...

Gracias por este artículo. Moro es un grande que se merece un sitio de privilegio en toda la Poesía.

Paul Guillen dijo...

De acuerdo con Jose Agustin y gracias al poeta surrealista colombiano Raul Henao por escribir este ensayo, lo que me parece anecdotico es que nadie de los que hicieron libros o revistas homenaje por el centenario de Moro incluyeran este texto que es de 1989 y que comprensiblemente tiene mayor resonancia con el surrealismo moreano.

José Agustín dijo...

Yo no justifico el porqué de las ediciones que no están en mis manos, pero creo intuir que es muy simple la respuesta: no existe un estudio ni una bibliografía completa aún de y sobre César Moro. Lamentablemente, aún tenemos pedazos de varios poetas en tanto obra lo que impide conocerlos. Más crítica se hace la situación cuando las instituciones "amarran" las obras por creerse dueños. Creo que debemos colaborar por mejorar nuestras lecturas como lo has hecho con este artículo. Mucho se queda en el camino, y si está en nosotros aportarlo hagámoslo.