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sábado, 19 de agosto de 2017

CINCO POEMAS DE MAGDALENA CHOCANO



V

Oscuramente
                        como hago aquello que me alcanza y me supera
asearé uno a uno mis objetos

Un rayo de sol puede atravesar las cortinas cerradas/
un paseo de antorchas puede colmar el patio de penumbra. . .

Un líquido negro reposa en un frasco
acecha a la mano distraída que al abrirlo librará
los poderes dormidos
Los nombres de las cosas se labran se relievan
no lo digo por los altivos enseres que me cercan
(qué indócil el tacto sobre ellos/
la temprana tragedia de la mano)
lo digo por un sonido que no llega

Un cuerpo se forma a pausa plena
modelando su sombra en esta lumbre
y la acción es difícil cuando existe
un instrumento solo



XIII

De pronto soy la peor voz
la más agraz
la condenable
que acomete el muro de las lamentaciones

Se quisiera escuchar un canto/ una oración
antes que el ininteligible tumulto lapidario
que asuela superficies

El muro ignora si me lamento
                           si me maldigo
                           si impreco o lloro
pero teme a mi bronco soliloquio
como a un juramento de demolición



XXII

HEGEMONÍA

Ululas
el roce veloz de tu falda en hoscos sueños de acoso
un imperio de violencia se desborda sobre tardos enseres
Ni aun sujetando tus manos temblorosas de furia
doblegaré el miedo en mi corazón
de cada añico de mi espejo
tu imagen cencida reflorece
donde eres más fuerte eres más vulnerable
jamás hubo dominio
no lo habrá
                        si la euforia es tanta
                                                           si está
                                                                       si nos habita

Yo soy la Distancia
y permanezco en las afueras
esperando la paulatina calma
Desde aquí vislumbro tu rojizo cabello
que se esparce en los cielos
la luz no lo conmueve
                                   Pasa el tiempo
Bendito el Artilugio de tu veste escarlata
                                                                       oh reina
a orillas de los ríos lavas tu traje
la sangre se diluye
humedeces tus sienes pálidas
tu tersa nuca

Nunca hubo herida
era sólo el rosado sol del orto
relampagueando en las aguas
no habrá resquemor
sólo un canto impenetrable y lúcido
conmueve la anchura de la tierra

Te yergues
la asesina
la serena hacedora de los días
la inefable
sólo yo yazgo desangrándome
mientras la noche me devora los ojos
y agoniza



17

seamos otra vez
la adolescente
que desnuda sus ambiguas caderas sobre un charco
oh planetas opacos como muertos
miradme
soy yo posando los pies en el vacío feliz al tararear
esta canción:
prométeme que nunca serás padre
vuelo a alta velocidad sobre la zona
no puedo controlar estos imperios de hojalata,
de cobre, de oro, de aluminio,
cuatro eras del mundo sin misterio,
prométeme que nunca serás madre
homúnculos de todas las edades es hora de callar,
callad entonces,
oíd el gozne de la puerta que se abre a su paso
–stella maris
Oh chirriar oxidado de sales
Oh chirrido, luminaria nocturna
En los tímpanos indemnes del que sueña

De bruces sobre la carretera
Seamos otra vez la que fulgura
Como un puente doblado sobre un río
¿por qué es tan terrible danza a cierta hora?
Me he detenido Sonámbulo
Palpando las paredes de la casa
Es un bloque de luz bajo mis dedos
Es necesario―
Sólo yo estoy de más en la atmósfera
⁄mi nombre no ha sido pronunciado ⁄
Estrella de la muerte–
¿oyes que bien suena la palabra lodo–lodo–
Es peligroso danzar en esta hora
        Pero
             Otra vez
                 Otra vez
Con los pies desnudos en el cieno
Seamos
Otra vez
El que desplaza
Su angosta maquinaria
Como un cerco
⁄llueve en mi piel
Y llueve mucho
Las ramas de los árboles destellan
Un rastrillo se mueve sobre el césped
Siniestro es el empuje de tu sombra⁄
Espectros oh espectros decid
¿qué es lo bello, lo santo, lo perfecto?
–pregunta que me ha llevado a la ruptura–
opípara es la sed que nos aguarda:
seamos otra vez la que digrede



40

Conjuro del deshauciado…

Conjúrote puerta umbral
Para que guardes el divino nombre oculto impronunciado
Númen ácrata sol negro secta dañada
Yo os conjuro con mi voz más luminosa
Para que el metal no toque mis falanges
[el oro es hierro y el hierro mata–]
Jamba perfecta sé firme duradera
Líbrame de mis amigos
Y del sol blanco y paranoide
Que celestiales horas no me toquen
Goznes resplendentes evitádme
Huidizo muro torre abrumada y viudo nerval
Que yo sobreviva en la membrana intacta de la mente de Dios
Aquella que humano aliento no empaña
Haz que repose en su desemejanza
Ésa
La más sutil la más terca
La que no quiso recrear en su criatura



Magdalena Chocano (Lima, 1957). Libros: Poesía a ciencia incierta (Lima: Safo Ediciones, 1983); Estratagema en claroscuro (Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986); Contra el ensimismamiento: partituras (Barcelona: Ediciones Insólitas, 2005); Otro desenlace (Barcelona: Ver Books; Ediciones Insólitas, 2008); Objetos de distracción (Lima, 2016).

jueves, 17 de agosto de 2017

Dos poemas de José María Arguedas


A NUESTRO PADRE CREADOR TÚPAC AMARU (HIMNO-CANCIÓN)

A Doña Cayetana, mi madre india, que me protegió con sus lágrimas y su ternura, cuando yo era un niño huérfano alojado en una casa hostil y ajena. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio en quienes sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza.

Túpac Amaru, hijo del Dios Serpiente; hecho con la nieve del Salqantay; tu sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin cesar y sin límites.

Tus ojos de serpiente dios que brillaban como el cristalino de todas las águilas, pudieron ver el porvenir, pudieron ver lejos. Aquí estoy, fortalecido por tu sangre, no muerto, gritando todavía.

Estoy gritando, soy tu pueblo; tú hiciste de nuevo mi alma; mis lágrimas las hiciste de nuevo; mi herida ordenaste que no se cerrara, que doliera cada vez más. Desde el día en que tú hablaste, desde el tiempo en que luchaste con el acerado y sanguinario español, desde el instante en que le escupiste a la cara; desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra, en mi corazón se apagó la paz y la resignación. No hay sino fuego, no hay sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos.

Está cantando el río,
está llorando la calandria,
está dando vueltas el viento;
día y noche la paja de la estepa vibra;
nuestro río sagrado está bramando;
en las crestas de nuestros Wamanis montañas, en su dientes, la nieve gotea y brilla.
¿En dónde estás desde que te mataron por nosotros?

Padre nuestro, escucha atentamente la voz de nuestros ríos; escucha a los temibles árboles de la gran selva; el canto endemoniado, blanquísimo del mar; escúchalos, padre mío, Serpiente Dios. ¡Estamos vivos; todavía somos! Del movimiento de los ríos y las piedras, de la danza de árboles y montañas, de su movimiento, bebemos sangre poderosa, cada vez más fuerte. ¡Nos estamos levantando, por tu causa, recordando tu nombre y tu muerte!

En los pueblos, con su corazón pequeñito, están llorando los niños.
En las punas, sin ropa, sin sombrero, sin abrigo, casi ciegos,
los hombres están llorando, más triste, más tristemente que los niños.
Bajo la sombra de algún árbol, todavía llora el hombre, Serpiente Dios,
perseguido, como filas de piojos.
más herido que en tu tiempo.
¡Escucha la vibración de mi cuerpo!
Escucha el frío de mi sangre, su temblor helado.
Escucha sobre el árbol de lambras el canto de la paloma abandonada, nunca amada;
el llanto dulce de los no caudalosos ríos, de los manantiales que suavemente brotan al mundo.
¡Somos aún, vivimos!

De tu inmensa herida, de tu dolor que nadie habría podido cerrar, se levanta para nosotros la rabia que hervía en tus venas. Hemos de alzarnos ya, padre, hermano nuestro, mi Dios Serpiente. Ya no le tenemos miedo al rayo de pólvora de los señores, a las balas y la metralla, ya no le tememos tanto. ¡Somos todavía! Voceando tu nombre, como los ríos crecientes y el fuego que devora la paja madura, como las multitudes infinitas de las hormigas selváticas, hemos de lanzarnos, hasta que nuestra tierra sea de veras nuestra tierra y nuestros pueblos nuestros pueblos.

Escucha, padre mío, mi Dios Serpiente, escucha:
las balas están matando,
las ametralladoras están reventando las venas,
los sables de hierro están cortando carne humana;
los caballos, con sus herrajes, con sus locos y pesados cascos, mi cabeza, mi estómago están reventando,
aquí y en todas parte;
sobre el lomo helado de las colinas de Cerro de Pasco,
en las llanuras frías, en los caldeados valles de la costa,
sobre la gran yerba viva, entre los desiertos.

Padrecito mío, Dios Serpiente, tu rostro era como el gran cielo, óyeme: ahora el corazón de los señores es más espantoso, más sucio, inspira más odio. Han corrompido a nuestros propios hermanos, les han volteado el corazón y, con ellos, armados de armas que el propio demonio de los demonios no podría inventar y fabricar, nos matan. ¡Y sin embargo, hay una gran luz en nuestras vidas! ¡Estamos brillando! Hemos bajado a las ciudades de los señores. Desde allí te hablo. Hemos bajado como las interminables filas de hormigas de la gran selva. Aquí estamos, contigo, jefe amado, inolvidable, eterno Amaru.

Nos arrebataron nuestras tierras. Nuestras ovejitas se alimentan con las hojas secas que el viento arrastra, que ni el viento quiere; nuestra única vaca lame agonizando la poca sal de la tierra. Serpiente Dios, padre nuestro: en tu tiempo éramos aún dueños, comuneros. Ahora, como perro que huye de la muerte, corremos hacia los valles calientes. Nos hemos extendido en miles de pueblos ajenos, aves despavoridas.

Escucha, padre mío: desde las quebradas lejanas, desde las pampas frías o quemantes que los falsos wiraqochas nos quitaron, hemos huido y nos hemos extendido por las cuatro regiones del mundo. Hay quienes se aferran a sus tierras amenazadas y pequeñas. Ellos se han quedado arriba, en sus querencias y, como nosotros, tiemblan de ira, piensan, contemplan. Ya no tememos a la muerte. Nuestras vidas son más frías, duelen más que la muerte. Escucha, Serpiente Dios: el azote, la cárcel, el sufrimiento inacabable, la muerte, nos han fortalecido, como a ti, hermano mayor, como a tu cuerpo y tu espíritu. ¿Hasta dónde nos ha de empujar esta nueva vida? La fuerza que la muerte fermenta y cría en el hombre ¿no puede hacer que el hombre revuelva el mundo, que lo sacuda?

Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiraqochas. En la Pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa. El río de mi pueblo, su sombra, su gran cruz de madera, las yerbas y arbustos que florecen, rodeándolo, están, están palpitando dentro de esa casa; un picaflor dorado juega en el aire, sobre el techo.

Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraqochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino.

Tranquilo espera,
tranquilo oye,
tranquilo contempla este mundo.
Estoy bien ¡alzándome!
Canto;
bailo la misma danza que danzabas
el mismo canto entono.
Aprendo ya la lengua de Castilla,
entiendo la rueda y la máquina;
con nosotros crece tu nombre;
hijos de wiraqochas te hablan y te escuchan
como al guerrero maestro, fuego puro que enardece, iluminando.
Viene la aurora.
Me cuentan que en otros pueblos
los hombre azotados, los que sufrían, son ahora águilas, cóndores de inmenso y libre vuelo.
Tranquilo espera.
Llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste.
Odiaremos más que cuanto tú odiaste;
amaremos más de lo que tú amaste, con amor de paloma encantada, de calandria.
Tranquilo espera, con ese odio y con ese amor sin sosiego y sin límites, lo que tú no pudiste lo haremos nosotros.
Al helado lago que duerme, al negro precipicio,
a la mosca azul que ve y anuncia la muerte
a la luna, las estrellas y la tierra,
el suave y poderoso corazón del hombre;
a todo ser viviente y no viviente,
que está en el mundo,
en el que alienta o no alienta la sangre, hombre o paloma, piedra o arena,
haremos que se regocijen, que tengan luz infinita, Amaru, padre mío.
La santa muerte vendrá sola, ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora.
El mundo será el hombre, el hombre el mundo,
todo a tu medida.

Baja a la tierra, Serpiente Dios, infúndeme tu aliento; pon tus manos sobre la tela imperceptible que cubre el corazón. Dame tu fuerza, padre amado.




LLAMADO A ALGUNOS DOCTORES

A Carlos Cueto Fernandini y Jhon V. Murra

Dicen que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por otra mejor.
Dicen que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos, que está lleno de temores, de lágrimas, como el de la calandria, como el de un toro grande al que se degüella, que por eso es impertinente.
Dicen que algunos doctores afirman eso de nosotros; doctores que se reproducen en nuestra misma tierra, que aquí engordan o que se vuelven amarillos.
Que estén hablando, pues: que estén cotorreando si eso les gusta.
¿De qué están hechos los sesos? ¿De qué está hecha la carne de mi corazón?
Los ríos corren bramando en la profundidad. El oro y la noche, la pata y la noche temible forman las rocas, las paredes de los abismos en que el río suena; de esa roca están hechos mi mente, mi corazón, mis dedos.
¿Qué hay a la orilla de esos ríos que tú no conoces, doctor?
Saca tu larga vista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes.
Quinientos flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se mezclan. Esas quinientas flores, son mis sesos, mi carne.
¿Por qué se ha detenido un instante el sol, por qué ha desaparecido la sombra en todas partes, doctor?
Pon en marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran.
Las cien flores de la quinua que sembré en las cumbres hierven al sol en colores, en flores se han convertido la negra ala del cóndor y de las aves pequeñas.
Es el mediodía; estoy junto a las montañas sagradas; la gran nieve con lampos amarillos, con manchas rojizas, lanzan su luz a los cielos.

En esta fría tierra siembro quinua de cien colores, de cien clases, de semillas poderosas. Los cien colores son también mi alma, mis infatigables ojos.
Yo, aleteando amor, sacaré de tus sesos las piedras idiotas que te han hundido.
El sonido de los precipicios que nadie alcanza, la luz de la nieve rojiza que, espantando, brilla en las cumbres; el jugo feliz de millares de yerbas, de millares de raíces que piensan y saben, derramaré en tu sangre, en la niña de tus ojos.
El latido de miradas de gusanos que guardan tierra y luz; el vocerío de los insectos voladores, te los enseñaré hermano, haré que los entiendas.
Las lágrimas de las aves que cantan, su pecho que acaricia igual que la aurora, haré que las sientas y oigas.
Ninguna máquina difícil hizo lo que sé, lo que del gozar del mundo gozo.
Sobre la tierra, desde la nieve que rompe los huesos hasta el fuego de las quebradas, delante del cielo, con su voluntad y con mis fuerzas hicimos todo eso.
¡No huyas de mi doctor, acércate! Mírame bien, reconóceme. ¿Hasta cuándo he de esperarte?

Acércate a mí; levántame hasta la cabina de tu helicóptero. Yo te invitaré el licor de mil savias diferentes; la vida de mil plantas que cultivé en siglos, desde el pie de las nieves hasta los bosques donde tienen sus guaridas  los osos salvajes.
Curaré tu fatiga que a veces te nubla como bala de plomo, te recrearé con la luz de las cien flores de quinua, con la imagen de su danza al soplo de los vientos; con el pequeño corazón de la calandria en que se trata el mundo, te refrescaré con el agua limpia que canta y que yo arranco de la pared de los abismos que tiemplan con su sombra a nuestras criaturas.
¿Trabajaré siglos de años y meses para que alguien que no me conoce y a quien no conozco me corte la cabeza con una máquina pequeña?

No, hermanito mío. No ayudes a afilar esa máquina contra mí, acércate, deja que te conozca; mira detenidamente mi rostro, mis venas, el viento que va de mi tierra a la tuya es el mismo; el mismo viento que respiramos; la tierra en que tus máquinas, tus libros y tus flores cuentas, baja de la mía, mejorada, amansada.
Que afilen cuchillos, que hagan tronar zurriagos; que amasen barro para desfigurar nuestros rostros; que todo eso hagan.
No tememos a la muerte, durante siglos hemos ahogado a la muerte con nuestra sangre, la hemos hecho danzar en caminos conocidos y no conocidos.
Sabemos que pretenden desfigurar nuestros rostros con barro; mostrarnos así, desfigurados, ante nuestros hijos para que ellos nos maten.
No sabemos bien qué ha de suceder. Que camine la muerte hacia nosotros; que vengan esos hombres a quienes no conocemos. Los esperaremos en guardia, somos hijos del padre de todos los ríos, del padre de todas las montañas ¿es que ya no vale nada el mundo, hermanito doctor?
No contestes que no vale. Más grande que mi fuerza en miles de años aprendida; que los músculos de mi cuello en miles de meses, en miles de años fortalecidos, es la vida, la eterna vida, el mundo que no descansa, que crea sin fatiga; que pare y forma como el tiempo, sin fin y sin principio.




José María Arguedas (Andahuaylas, 1911-Lima, 1969). Poemarios: Tupac Amaru Kamaq taytanchisman. Haylli-taki / A nuestro padre creador Túpac Amaru. Himno-canción (Lima: Ediciones Salqantay, 1962); Oda al jet (Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1966); Qollana Vietnam Llaqtaman / Al pueblo excelso de Vietnam (Lima: Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional Agraria, 1969); Katatay y otros poemas (Temblar). Huc jayllicunapas (Compilación y notas de Sybila Arredondo; presentación de Alberto Escobar. Lima: INC, 1972); Obras completas. Tomo V (Edición de Sybila Arredondo. Lima: Editorial Horizonte, 1983). 

miércoles, 16 de agosto de 2017

CINCO POEMAS DE EFRAIN MIRANDA


EFRAÍN MIRANDA (PUNO)  FOTOGRAFÍA: CORTESÍA DE CAMILO SANCHEZ SERRUTO, PUBLICADA EN EL SUPLEMENTO CULTURAL TOTORIA DEL DIARIO LOS ANDES. (Fuente: https://lamula.pe/2015/04/11/poemas-de-efrain-miranda-puno-y-unas-palabritas/rosvalcarcel/)


EQ

Soi una indiecita escolar. Me reconoces;
mi retrato está en folios de grandes libros;
retratada con polleras o con “uniforme”.

Me pongo de cabeza  y el cielo está abajo
y la tierra queda arriba; así no es mi mundo;
me pongo de pies:
el cielo regresa arriba
y la tierra para abajo; el mundo comienza en mis pies,
este es mi mundo.
El mundo comienza en mis huesos,
en los truenos que respiro, en las cordilleras que empuño
y hago una madeja para tener mi imago mundi.

Mis trenzas hacen camino a la casa—, en los folios
te informaste que se destechan sacándole un palo;—
mi abuelito me dice pariguana
porque aprendo a dormir sin cerrar los ojos;
mi tío no sabe ni firmar
y mi tío materno tiene primaria
me riñe que acaso por eso come más.

Los vidrios de la Escuela
desvían el Sol hasta mi patio distante;
la Escuela es la casa más grande de todo;
le he dicho a mi padre que compre una carpeta para nosotros.

Frente a la pizarra se me adelanta una niña blanca,
a ella es a quien educa el Maestro.
Lloro porque soi india y tengo una niña blanca
que el Maestro ha creado dentro de mí;
esta niña no me puede;
el Maestro le da fuerzas y sustento
el Maestro tiene grandes métodos para esa niña.
El Maestro se olvida de mí, de todos los alumnos
y dice que para los indios no se ha inventado nada.

A ratos me confunde: me convierte en ella
o ella en mí;
cuando no me habla el profesor, desaparece;
en cada diciembre muere y cada abril resucita.
Al concluir mis estudios se extinguirá
en la parcialidad.



MY

La capital del Tiahuanaco fue Tiahuanaco,
la capital del Tahuantinsuyo fue el Cusco
la capital del coloniaje fue Lima.
la capital de la república es Lima.
Ni los virreyes ni los presidentes
hicieron mudanza descentralista.

Quien domina el Perú, ¿domina Lima?
quien domina a Lima, ¿domina al Perú?
¿Es Lima el estómago del país?
¿Es Lima la sangre de la república?
El cerebro del Estado, ¿es Lima?
El cuerpo del territorio, ¿es Lima?
¿Es Lima el mundo sensible de la nación?
¿Es Lima la riqueza subjetiva de la patria?
¿Es Lima la entrada a lo racional
o la salida de lo irracional?
¿Es Lima el conflicto de las complicaciones individuales
o es la confusión de los enredos sociales?

Lima, los basamentos de la movilidad social;
Lima, la cúspide de los contactos simbólicos;
Lima, la descontrolada, la cosmopolita,
la del neutralismo, la ambigüedad…



6

            Las niñas con voz de abuelas hipertensas,
las futuras madres con proceso de criaturas nonatas,
las célibes con lamento de madres solteras,
los ancianos con ronquidos de niños desvalidos
sobre la planicie del cerro, demandan:
¡Compasión; Señor!
¡Piedad; Señor!
¡Misericordia; Señor!
¡Lluvia, lluvia, Señor!

            La protección —nosotros— de los dioses semiasfixiados
llega a su término.
El alegre y diáfano columpiar que fue de la Tierra
es ahora dentro de una bolsa fétida de hollines

La legalidad y legitimidad de las lluvias
han sido vulnerables por la locura,
vanidosa e imprudente de esta civilización.

Se han derogado los derechos de la nube y del viento;
se ha descodificado la justicia del clima;
se ha bombardeado la organización del espacio.
Los alboreos y ocasos creaban estados sublimes;
los de ahora provocan ánimo malsano e impulsos agresivos.
La atmósfera fue autosuficiente de recursos propios,
reprendía al calor y castigaba al frío.
Las lluvias pasadas eran inodoras y traslúcidas,
las de ahora son mefíticas, manchadas.



34

            Nuestras capturadas almas
flamean mártires en la punta de encendidas espadas,
esgrimidas por arcángeles y santos.
           
Son modelos de armas antiquísimas, antes de la humanidad;
y, en nuestro caso, antes del fuego del infierno;
hechas a golpe en las factorías de Luzbel, en épocas
de mutua amistad y confianza con Jehová.
           
San Gabriel, San Miguel, San Santiago, San Jorge…
espadachines diestros e invencibles
con San Bartolomé y su cuchillo,
presentes a la vanguardia de los combates contra nosotros
indios con flechas, maqanas, hondas.
           
Los reconocemos en los altares,
en las festividades patronales calendarizadas.
Y, a pesar de ser enemigos divinos nuestros, ¿cómo es
que nos han obligado a venerarlos
si participaron directamente en el despojo sangriento
de nuestro Tawantinsuyo?
           
Todo comenzó con el tráfico de alcohol desde la península;
induciéndonos a la violencia, al sexo, la gresca, el crimen.
La clase virreinal y la comunidad católica aplaudieron, (todavía, lo
hacen); y califican de Buen Año a más de dos
muertos. Y argumentan la creencia de Mal Año,
en caso de no producirse crímenes.

            Y, en los costumbrismos orgiásticos,
han aparecido santos y santas insinuadoras del folclore,
la dipsomanía, las crisis hogareñas, los pleitos, etc.



90

            En era de los dioses descansando,
aprovechan las naciones para salir de fronteras
y sangrar a la siguiente, en carnicería de guerra,
cada vez más interesantes, por estrenar novísimas armas.
           
Los medios violentos seleccionados valen por sí mismos.
Para los dioses, ello es recurrencia prearcaica.
En tales épocas los hacían intervenir a la fuerza. Hoy,
las doctrinas de belicosidad han cambiado. Los dioses,
se mantienen al margen distrayéndose con sacudidas
a mantos tectónicos, propagando epidemias, repartiendo calamidades.

            Los pueblos, despavoridos, se apretujan ante los altares:
—«Buda; conmiseración».
—«Krishna; piedad».
—«Dios; ampáranos».
—«Aláh; perdón».

—«¿Ven? Nada mejor para los tontos que las guerras y los desastres»
—«¡Que se frieguen. Harto les costará el haberse olvidado de nosotros!»
—«Mírenlos. Cómo se estrujan, ahora, ante los altares nuestros».
—«Plagas, hambrunas, miserias. Vale la pena prolongarlas… ¿No?».
           
Birakocha, irá a las culturas; siempre y cuando
e inicialmente, sus dioses inicien un período de purificación.
           
Birakocha no es ególatra.
¿Para qué naciones que lo adoren, vanamente?
Birakocha es un creyente.
Cree en la relación, fidelidad-confianza
que enlaza una persona a otra,
individuos a otros,
entre semejantes. Birakocha, nunca fue límite.
Birakocha, fundó el parentesco supremo no sanguíneo: fraternidad.
Propició y reconoció el nexo supremo: mancomunidad.
Birakocha, es el inmediato vínculo: sociedad-naciones;
Birakocha, es el Cosmos, el aguacero y el fructiferar
de analogías indestructibles:
Humanidad –Tierra–Cosmos.





Efraín Miranda (Puno, 1925 - Arequipa, 2015). Libros: Muerte cercana (Lima: Talleres Gráficos Mecanógrafo, 1954); Choza (Lima: Empresa Editora Humboldt, 1978); Vida (Lima: s.n., 1980); Padre sol (Puno: LACG editor, 1998), Indios dios runa: antología poética del profeta del fuego (Lima: Andesbooks, 2008).

CINCO POEMAS DE MAGDALENA CHOCANO