viernes, 29 de marzo de 2019

7 poemas de la mexicana Mariscela Z. Yatzil


Mis aromas
Huelo a ti, pero ellos murmuran:
“huelo a mujer”.
No saben por qué.



No pauses,
absorbe el zumo
de mis engranes,
mi sápido en tus labios,
el sello de mi posesión.

Mis aromas,
por mérito propio 
te pertenecen…





Recíproco


Te escondes en la esquina de mi pluma.
Fijas la mirada en la tinta,
no dices nada,
por ser yo el desvelo 
de tus noches de insomnio. 




Noctámbulo

Te arrojas
a morir en la sombra del demonio.
Perdido, llorando una ausencia.
¿Dónde lloras las grietas de mis latidos?

No muerdas el polvo… no arraces con tu lengua
lo mucho que aún nos queda.
Cuánto… cuánto repudio la noche
deshilvanando tu nombre.

Se incendia la casa y yo sola.
Loca, desesperada,
te busco en el clamor del aire.

Inútiles las súplicas discurren por las calles  
pidiendo tu regreso.

¿Acaso nunca sabrás que vivo con el miedo de perderte?

Poeta… 
¿Eso eres?
 ¿Vas a perderte en la nada?
¿Te venciste?

Me encontrarás cavando
la sombra de los muertos,
¿te encontraré entre ellos bostezando?
¿Cesará el maleficio cuando al fin despierten
los poetas marginados?
Aquellos que jamás conocieron el fin de sus escritos.

¿Amor, dónde estás?...  ¡Regresa… te necesito!
.
Son las seis y cuarenta y cinco de una eternidad…
Tengo hambre, no tengo fuerzas para salir a buscarte.

Hombre tonto, loco…
No podrás desdoblar el aire donde escribí tu nombre. 

Aquí tengo tus escritos y, en mis manos, tu destino.




La llamada

Soy la innombrable.
Tengo tus palpitaciones bajo la lengua,
queen tu vacío
a pinceladas acaricia este cuadro,
en el receso hazme parte de tu carne,
llévame a tu infierno pero… no me dejes aquí 
entre tantos muertos.




Resonancia de papiros 

Otra vez esa maldita canción
que entrelaza 
paralelismos desconocidos,
antes de tiempo sin tiempo.

Soy la canción que jamás se escribió,
el juego insano de un amor,
la hija de un dios incauto
que me soltó de su mano,
para caer en este mundo de payasos.




Aproximaciones 


Me agobia la pigmentación de tu aliento…
las calles han blandido mi existencia
y la tuerca sigue dando vueltas.

En la esquina de tu último escrito 
mis lágrimas han derretido el tiempo…

Cuánta falta le haces al mundo,
sin ti el poeta maldito sufre en un altar
pidiendo por los demás.

Tu transmigración tortura los perros,
maúllan los gatos,
se trenzan en contrafuerza
de mi peor batalla.

Estoy perdiendo el comienzo,
intento inútil de improvisar.

¿Cuándo fue que dejamos de reír con ese chiste infantil?
Después, mirando el techo de nuestra casa, hablamos de nada,
el silencio de Dios nos interrumpió,
“creo que ya decodificó nuestra conversación”,
dijimos envolviéndonos en nuestra risa.

Hoy, sustituí por un momento tu ausencia,
En “Los perros románticos” Bolaño me remarcó: 
tu amor está enredado en el mundo de los súcubos.

Me duelen tus libros,
las palabras te yerguen,
quiero escribir, escribirte, escribiéndome,
pero solo termino en aproximaciones…
No puedo.
No puedo expoliar esta vida de harapos
y tú, hozando la muerte.




I

Blandí el cielo
con
la
espada
de la esperanza.
Una noche llegarás a cruzar 
el reflejo…
entre los muertos 
volver
a romper este sueño.



Mariscela Z. Yatzil
Mexicana, radica en la cuidad los Ángeles California, USA. Poeta, escritora y cofundadora de la Revista Poética Mayday que se publica en Los Ángeles California,  activa en eventos culturales ha publicado dos poemarios Poesía en seducción menor  (2016) y El despertar de Lilith (2018).

viernes, 22 de marzo de 2019

TRES POEMAS DE CARLOS LLAZA



cuatro a. m., cuando canta el gallo
robado a Henry Shukman

es la hora en que el hombre yace
en la oscuridad de su cama mirando el techo
convencido de que debe levantarse
y de que no lo va a hacer;

la hora en que la madre reza en la cocina
para que su hijo vuelva a salvo,
se acomoda la bata y antes de volver al cuarto
eleva otra súplica a San Antonio de Padua;

la hora en que el pintor
mira por la ventana y no sabe
si le toca despertar o dormir,
decide entonces trabajar hasta el amanecer.

El gallo avienta un grito por los aires,
desde los árboles los pájaros responden.
Pronto se les unirán los perros y otros seres,
tazas de café calentarán las manos y sólo
quedará un día cualquiera. 



efectos secundarios
robado a John Burnside

Sé que tú, al igual que yo, abres los ojos
de madrugada con la sensación de haber andado
miles de kilómetros en el mapa de tu cuerpo;

de estar rodeado de ilustraciones de ríos, pueblos,
bosques, andenes, volcanes y una cordillera;
de aún sentir olor a ganado y campos de alfalfa.

A menudo irrumpes en palabras donde por días
merodeas en pos de un sonido diáfano como una gota
de agua de manantial escala 1/50,000;

un sonido que estremezca y excite la mente,
la dosis justa de significado para atenuar
la resaca del uso compulsivo de voces.




piedra blanca sobre piedra blanca

No como brota el vello o el tallo,
ni como las hojas y otros cuerpos
se hacen tierra, no un espiral de humo;

sino un violento despertar a flor de piel,
un trago de aire atravesado en la garganta,
un traje espléndido y a la medida.

Piedra blanca sobre piedra blanca,
nuestra ciudad reconstruida
bajo el trasluz de la cordillera.

Salimos en busca de nuestros seres
queridos, ahora tan azules y perfectos.
Desenfrenados nos aferramos a sus túnicas,

como si no gozásemos
de todo el tiempo del mundo.





Carlos Llaza (Arequipa, Perú; 1983)
Poeta y traductor literario. Graduado de las universidades de Edimburgo y de Oxford. Preseleccionado para el Bridport Poetry Prize (2012). Autor de Brame el fuego (Vinciguerra, 2009) y Naturaleza muerta con langosta (Buenos Aires Poetry, 2019). Su trabajo ha aparecido en publicaciones como Periódico de Poesía, Letras Libres, Buenos Aires Poetry, entre otras. Actualmente vive en Glasgow.

domingo, 10 de febrero de 2019

Algunos textos de Daniel de los Ríos




De El laberinto ilustrado:

 

ABRIL


Día 26
11:00 a.m.
Buscando el mínimo atisbo de lo que aparente ser una prueba irrefutable de la existencia de Dios con que conmover el aparato astroso de mi alma, me vi atrapado en la frenética agonía de la efectividad del bien, esto es, de la posibilidad del mal. Me detuve, quiero decir, ante el generoso límite en que se enseña el amor o el desprendido espacio en que se exhibe el odio, lo que —entiendo— no es decir demasiado.


03:00 p.m.
He pensado: el cielo sangra del terrible filo que presumo al meditar esta pereza y el cielo es terco como costra y como amaño y me conmueve con sus pausas por mis ecos, por mi rencor, por mis nociones, pues si estas groseras consecuencias envejecen lo bastante o si al punzar sobre estas planas, sistemáticamente, remordiera mis principios, ¿no sería el temor, acaso, quien, finalmente, maniobre el amasijo de mi cuerpo?


04:00 p.m.
El hebreo se vale del término rah para referirse al desierto lo mismo que a la vaca famélica o a la batalla perdida, a la vergüenza pública, al hombre sin fe o al higo que se pierde por maduro. Cierro los ojos. De la impresión al cuerpo devoto marra el mármol una culpa. ¿Aquel que no ve a Dios puede soñar con pastores que se ven en sueños fornicando con ovejas enloquecidas?


Día 27
10:00 p.m.
Aunque sensible, cuando niño, disfrutaba el espectáculo de lidiar gallos y cazar palomas. Luego, Jean-Baptiste Oudry me instruyó en la enumeración, y en el lamento, al nombrar al faisán, faisán y a la liebre, naturaleza muerta.
Ergo:
He acariciado algunas noches la tentación de saludar en Marcos aquella lacerante inmisericordia de amor al prójimo.
He vacilado en seis horas un latido o asomo o demanda o floración.
He practicado un consuelo hasta prendarme al deseo de lo simple.
He acumulado en tres objetos todo el pasado del que era capaz para sufrir las consecuencias impalpables e irrenunciables de la sombra.
He silenciado mi odio en piedra fría.


10:05 p.m.
¿Quién, sinceramente, percibe a Dios como Acto Puro, como algo ajeno a una ventisca, a un estornudo, a una sorpresa postergada por demasiado tiempo?
(Me sentía como si la nostalgia irreprimible del mar urdiera un eco de penitencia).


Día 28
05:00 a.m.
Con el primer destello, he intentado diseccionar la primavera tímida espigando, ataviado de claro y con sandalias, la herencia ígnea de su diáfana extrañeza.


05:30 a.m.
Observo el cielo a través de los cristales. Entre él y la urbe dos jóvenes juegan al ping pong con espontánea torpeza. Intento gobernar mis pensamientos o demorarlos una cifra. Lo que obre en mi mente obrará en mi carne, me repito cuando quisiera preguntar —por ejemplo, a la joven viuda y perturbada que va y viene por la calle y cuyo nombre es Gladys o a la anciana rubia que frota sus anteojos contra el doblez de su falda y cuyo nombre ignoro:¿dónde está, allá en lo vago, la placentera tez de la locura? ¿Acaso en los pezones, en el sangrado irregular o en el temblor inconmovible y fronterizo de la nada? ¿Dónde reposa aquello que he opinado sobre el delirio del amor o la amistad o la violencia? ¿Dónde, si en cada nada cifran dos capullos, dos incógnitas, dos cuerpos independientemente ungidos de nocturnos como los duros bloques calcinados de Max Beckmann?


05:35 a.m.
¡Dios Santísimo!


05:36 a.m.
¡Dios Santísimo, me aferro a Ti como a un valle embellecido por las flamas!


05:37 a.m.
¡Dios Santísimo! Ayúdame a inflamarme con tu espíritu y a: 1) sentir que algo me odia por las mañanas y me depreda por las noches; 2) entender que una pelota de pig pong es un objeto para el viaje, un objeto que marcha y que retorna; 3) someter en la desdicha mi vieja pretensión de repatriarme tras la noche, pero no de: a) ver en el lenguaje la escultura del aliento; b) sorber a la distancia el eco como un hilo; c) juzgar el beneficio de los ojos ante el nombre.


06:00 a.m.
Todo vómito principia en el lenguaje.
La dignidad nos predispone, mediante el cuerpo, a la comedia. — He aquí
que un cuerpo ha muerto.
(Los pastos patinados humedecen cuanto la sombra ha sido:
su nombre duele, lejano su esplendor sospecha,
corroe su deleite cada espasmo,
cada palmo de yacer, cada minúscula, pues todo tránsito florece en alarido).
Camino de la mar el horizonte ofrece un límite sonoro
y añejos remanentes irisados susurran un laurel sobre la espuma
bajo la espuma, con el viento, junto a los pasos.
Acerca de los actos, el efesio condenó la permanencia,
aun si nos domina la palabra,
pues no hay palabra, ni segmento, ni vacío,
que no se busque en el reflejo conmovido
como no hay fuego, ni fiebre ni pavesa, que no transgreda su luz
y sea genuino amante de extraviarse y ser del aire.
La sombra que refluye extasiada de humedad,
la sombra de aridez,
la sombra que es reflejo o semilla de su muerte,
oquedad para fugaz incandescencia,
murmullo entre la arena,
segundo en que lo habita alguna espuma delirante,
pues todo cae en el temblor o la pavesa, en el segmento despojado o el romance
hasta tornar doloso espectro,
diálogo infame entre las costas del consuelo,
palabra bajo el puño, alarde sobre el puño
                        tan solo para arder sobre la mar!


Día 29
05:00 a.m.
Hondo en el desierto la huella del extranjero accede como una espina y el beso es áspero reflujo. Bajo mi piel, la dulce bendición del odio y el milagro de la muerte palpitan concordantes. Persisto en el reposo de mi habitación. Mis jóvenes vecinos continúan manipulando sus sólidas paletas. Descorro las cortinas y elijo recrear el mundo con especial embeleso, gobernarlo, maniatarlo con el gesto rápido y grosero de mis manos.
El despertador.

  
05:10 a.m.
Finalmente he desistido. En esta precaria brusquedad —la del ruido del despertador que me regresa desde un trance de miedo—, he decidido perseguir alguna ruta a través de la novísima y preclara epistemología de mi época.
Apelo a la huella entre mis sueños.
Amanece.
Ha huido el milagro.


FEBRERO, SEGUNDA SEMANA

Antes hablé de cuerdas y otras herejías. El monje Linji, natural de Haze, era frecuentado por montañas y pequeñas grietas. Ante la brevedad de las moscas, perfeccionó la hostilidad como su método. La tradición lo ha perpetuado, irónicamente, como un anciano delgado, cuya calvicie contrasta con una extraña frondosidad que puebla su rostro gemebundo; unido a esto, aquellos ojos desorbitados de intransigencia, lo finalizan por envolver dentro de un aura de rudeza y suspicacia, acaso señas de su real aspecto. Nunca respetó la autoridad. Nunca pidió. Cada vez que se acercó hasta las orillas del Zhaowang, ante su pálido reflejo, sintió que apenas una cuerda bastaría para evitar la incómoda elegancia de la ancestral y venerada cimitarra.

Como el recuerdo,
una vasija de porcelana acoge húmedo el vacío,
atesorando lo que fue, ante el atisbo de su albor,
algún dorado ovillo de existencia.
(Alguna tímida muchacha que ensayara el alegato de su afecto,
puesto que alguien le ha revelado que el amor
no es más que un cuenco en que la chicha se fermenta
).
En otro lado del mundo
se aprecia en la difícil porcelana
esa frondosa alegoría de nubarrones pasajeros
que les imponen sus resquicios calculados.
Me explico:
Valiéndome de una astilla he asesinado a cuatro dioses.
            (De esta manera interactúa una vasija con el ruido).
            Sobre mis palmas, una sospecha de la luz que peregrina.
                                    (De esta manera interactúa una vasija con el sueño).




De El supermercado al mediodía:

 

NATURALEZA MUERTA CON FRUTOS PERFECTOS


«Estas granadas que se agrietan y hieren labios exaltados no consideran abarcar la arquitectura ni ser insólitos emblemas de alguna mente perturbada; ellas pretenden el sabor que las prolonga, apenas lo nutricio»—, para olvidar mi fatigoso desamparo me detengo ante este cálculo, esta noción de permanencia que admite el fruto. ¿Quién recordaría esta demora como la escena familiar en que las moscas ejecutan su conmoción o terquedad de dinamismo?
Un niño reclama a su madre. Le dice que ha encontrado las granadas mucho antes que ella. La madre asiente sorprendida. Quiero decirle que su hijo las ha imaginado mucho antes que ella—«Su pequeño ha pincelado estas granadas»—, pero me limito a sentenciar en el contacto, a vulnerar en la fricción como buscando esa rutina del defecto que se dispersa en lo creado. Percibo algunos frutos de aroma y de textura delicados como una joven enfermiza. Creo ver en ellas geometrías rigurosas, aislamientos refinados, sentir el alegato del intruso, la variación jurásica, el mecanismo darwiniano entre partículas cautivas.
Quiero entregarme a la esperanza del reencuentro y a la emotiva corrupción de la violencia. El pequeño da brincos alrededor de su madre. Las granadas me sugieren el principio del temor: SI ALGO SE EXPONE, ENTONCES TEME POR TU VIDA.
Quiero creer en el psicópata frente a la imagen que se expande desde un punto, en el hombre ante la fe o ante el reporte matutino de personas extraviadas. «Ha sido un juego solamente—le diría a su víctima—. En unas pocas horas estarás de nuevo en casa».



HE VIAJADO A 300 KM/H PARA VERTE BAILAR SOBRE EL CAPÓ


La muchacha que completa, en el anuncio, la delicada circunstancia familiar, como segmento, o agregado, por fuerza, ha de entender que su figura no ha de sestear, con aparente solidez, sobre el capó de algún audaz y repulido Rolls-Royce 1900, 71. Esta mujer piensa: «Empujar el carrito de las compras me sitúa en algún punto de la cadena alimenticia». Y entonces se conduce con el placer legítimo de los compromisos bien remunerados, y vincula su postura al artificio, deseando ser una estatuilla delicada sobre el capó de un refulgente Rolls-Royce viajando a 300 km/h sobre la Panamericana Norte. Toda la ligereza del paisaje emancipado de su forma sin apenas un cabello liberado de su asalto. Bajo su falda, la estela de un galeote. Así, cuando la noche cubre su espíritu de calma, espera el dulce desahogo de un indicio. ¿Acaso el camisón que la fatiga y, obstinado, sus tetas compromete, abrigue esa alegría del consuelo como un tacto? ¿Se comprende adelantada o mascarón de proa en cuanto hurga el mecanismo exasperado de sus pechos? Esta mujer es una imagen de la felicidad, una imagen provechosa que reproduce la fortuna: empujar el carrito de las compras a velocidad constante, anclarse al porte de los entredichos con una mueca comparativa, estar a la espera, obedecer al prójimo, obligarse al apetito. Un Rolls-Royce 1971 viaja a 300 km/h para ofrecerle a esta mujer aquella firme calidez de un corazón imperturbable.



AHORA QUE LOS JÓVENES Y LAS BOTELLAS SUSPENDIDAS

Ahora que una A circulada ornamenta las paredes de esta gran ciudad y rememora el frenesí de la belleza que participa de los libros, pero que nadie se molesta en presumir, tomar las calles como perros delirantes para roer, en el secreto de la rabia, sus más pulcras avenidas, configura la estrategia de una noble juventud entusiasmada—furiosamente, para ornados— con el prójimo. Y aquí estamos.
Un anarquista deambulando por los pasillos de un supermercado al mediodía es toda la estética de la que es capaz el anarquismo: el parche que luce esta persona guarda una severa relación con la amargura de estos tiempos.
Aunque asumamos que este hombre es bello porque cede el paso, porque se abrasa en las mejillas, porque conmueve, nada de esto nos podría prevenir ante la primera arruga que, al herir su bendecido rostro, desatara una pasión pendiente, muy similar a la apatía, porque si bien este hombre es bello y cede el paso, también es una bestia conmovida, un argumento rebatido por el tiempo.
Cualquier manual de arte da por sentado que la experiencia nos desborda, que nos despoja de la línea eterna y nos entrega al empellón del horizonte. (En el sistema de masas, una falla es un fenómeno al que podemos sacar provecho de alguna u otra manera).
Este joven anarquista representa el desenfreno de los años insurrectos de la razón. Este muchacho es una caja desglosable.
                      ¡Están llamando a la acción directa!
                                                          ¡Oigo sus voces acercarse!
Y asaltamos las calles para dibujar el grafiti curvado de la libertad y todo arde por un segundo porque correr cuando las botas no pesan más que la esperanza del retorno es una aspiración contra los frutos más pesados de las ramas del presente y toda aspiración contra las ramas del presente es aplaudida por los cuerpos perseguidos, por su propia inclinación a ser retumbo de la carne, fisura imperceptible del presente.
                      ¡Están coreando los sermones en las plazas!
                                                                                  ¡Capullos de Proudhon!
Un joven anarquista merodea por los estériles pasillos del supermercado. De pronto, estira un dedo y lo balancea como dibujando el símbolo de su desengaño, una A circulada sobre la imagen esplendente de una bonita caja de cereales: la pauta del humor en un fanzine anarcopunk.
                      ¡Están llamando a la acción directa!
                                                                      ¡Escucho a sus corceles acercarse!
Pero alguien, entonces, nos consuela: «¡Hacia la resistencia, camaradas! ¡Están curvando las figuras!» —Esto es hermoso.



AZUL PRUSIA


Juraste amar nuestro retrato: «Lo juro, Amor. Adoro urdir nuestros retratos». Pero el ocaso nos impidió albergar esa consciencia fresca que prometía transformar nuestra codicia renovada en anticuadas contracciones del percance.
No hay nada más hermoso que una mujer un poco colocada deslizándose por los alrededores estridentes de Plaza de Armas. Tomar su cabellera por una pétrea paradoja y maniatarla con una extraña melodía de rogativa en tregua, en cesación de encargo, en relativa pausa de su patrocinio. Acariciar despreocupadamente su regazo con un ardor sutil que lo obligara a desprenderse bajo la tela irrespirable de la noche. ¡Pues tomaremos las palabras cotidianas, en el sagrado orden cotidiano, para desmantelar el dadaísmo! «Lo juro. No hay nada más hermoso que el retrato».
                                                                                   —Si bien tu piel es el reflejo                                               de una antorcha bajo el amparo de su instinto,
                                                                      tu sexo es la sospecha de una noche
                                              aún más vaporosa que la noche—.
Encogidos de correspondencia, la madrugada nos sepulta entre las mieses de la aurora e interpretamos la resina del silencio, porque en el orden nuestros cuerpos se desatan confundidos al arder desde un estímulo remoto, desde una chispa, desde una fuga de la nada. «Cariño, estás ardiendo —me dices—. Somos apenas dos astillas contrapuestas». Puedo sentir el olor del quitaesmalte sobre tu llaga reciente. ¡Algo me dice que un espíritu más grande sí es posible y que tomemos las palabras cotidianas, en un orden virtuosamente sobrehumano, para blandir una farola! «Cariño, estoy ardiendo. Somos apenas dos brochazos superpuestos del otoño».
Conjeturo que un listado definitivo de la envidia ha de incluir la disyunción como premisa confidente, pero es posible que mi razón vague perpleja bajo el efecto agitador del quitaesmalte. En tales condiciones, valerme del cadáver de una rosa me obligaría a compararla con un falo. «Cariño, deja para después todas las rosas». Escucho tu voz cuando escuchar tu voz reprime el canto que venera el orden necesario de la fe (Espacio Vacío Retrato) como una roca abandonada de su oficio entre la fibra. «El quitaesmalte que alimenta mis retornos, también eclipsa aquel rumor endurecido del letargo que nos pierde».
Ven a decirme que el silencio es una llaga humedecida o que la madrugada es el calvario, pero que no importa. Ven a mostrarme cómo la noche se desliza entre tu cuerpo y cómo el crepúsculo repuja una pestaña inabarcable entre tus manos. Te recuerdo adormecida sobre una banca hedionda en Plaza Elguera. Eran los años en que el vigor se confundía con el anzuelo de la sed y la venganza era el feroz retrato de una muchacha abandonada contra el día, sobre la piedra roja, junto al falsete de su mal, bajo sus pechos.
—Como la plácida violencia
de una pluma correctora
sobre los montes azulinos de la mecanografía;
así, como este escrúpulo de nube,
luces hermosa al aplicarte,
                      desgarradora, meticulosamente,
          la hipnosis líquida del quitaesmalte—.
Al recurrir a un crisantemo, o flor cualquiera, nos preguntamos por el código viciado del disfraz. ¿Por qué elegir el silencio cuando tanto anzuelo nos reclama? «El color del té de crisantemo al mediodía me recuerda a la sospecha del dolor que es el cortejo entre dos aguas». Te he observado al alejarte, irregular y reflexiva, como evitando a las extrañas marejadas de mi sombra. «Cariño, ardemos. Somos apenas dos banderas sobre el vezo de la rabia», te revela el eco.
La vecindad es una bota tumefacta sobre mi cabeza;
el quitaesmalte nos suspende en su maniobra
          hacia el retiro,
                      porque la soledad nos compromete en el desvelo,
nos predestina al sueño que transita la distancia
          entre el amaño del amor y el apetito.
«Que no transita la distancia…», alguien nos burla, «…entre el amaño de mi amor y el apetito». Pero la posesión de nuestros cuerpos perforados palidece como lejanos promontorios de arenisca cuando lo dicho y el retrato, en una curva, se devanan.






Daniel de los Ríos. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Poemas suyos forman parte de Recitales Ese puerto existe. Muestra poética (2010-2011). Ha publicado Exhibición permanente (2013) con la editorial Paracaídas y ha sido finalista en el VIII Concurso Nacional de Poesía Premio José Watanabe Varas 2013, la XVII Bienal de Poesía Premio Copé 2015 y el X Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa Premio José Watanabe Varas 2017.

sábado, 9 de febrero de 2019

7 poemas del mexicano Virgilio Miztlán González



FANTASMAS

¿Quién puede decir
acaso el aire
destruyó mi casa?
Mis hijos esparciéronse
y mi mujer se ahogó
en brazos de otro.
Son fantasmas
fantasmas en manada
enfurecidos buscando
sábanas blancas
¡Fiereza en su desnudez!
Se estrellan contra mi cara
árboles y casas
juegan con mi pelo
esparcen todo lo que encuentran.
A sus lares les recuerda esta tierra
se llaman a distancia
hacen conjuros
estridentes fiestas
remolinos de orgía
entre tornados y ciclones.
Eolo su hija me envía
me seduce e insiste
soy parte de ellos.
Un día me quitaré la ropa
Y así viviré.




SIN ESCAFANDRA 

Tu silencio paralelo al tiempo…
también diluyéndose está.
Esta lentitud
sofoca.
Viernes por la tarde
el timbre se une al momento.
Tu ausencia…
no hay forma de tocarte.
¡El frío obstinado!
¿Cómo lo apago?
¿El “Cómo estás amor”? 
lo escucho en ninguna parte.
Salgo de la escafandra
me tiro por la ventana descalzo,
en el parque
recojo un corazón…
quizás, a un niño del bolsillo
se le cayó.
Domingo de tarde en un terraplén
durmiendo me encuentra el sol.




ART POETICA 2

Me eché la puerta encima,
la casa, la familia, la propia vida
guardándola en la camisa doblada.
¿Llegué, o me fui?
Cuando mi epílogo me libere
en cualquier lugar, rompiendo paredes, ausencia no habrá.
(Me consume, me escuece la utópica eternidad de la espera).
¿Quién soy? Me fui a buscar.
Terriblemente estoy viviendo
este anonimato.
No elegí nacer:
ni padres, ni raza, ni nacionalidad,
ser árbol, jaguar
o el sueño del río en la luna reflejada.
¿Quién soy?
¿Quién se atreve a certificar mis pasos?
¿Es esto un poema?
Hay casos… bolígrafos vacíos. Escondan las hojas
los árboles que ya no sangren,
que vuelva la piedra, mis uñas a desgarrarse en ella.
Queman, 
mis venas 
queman
al no alcanzar la catarsis, volverme nada
ir en busca de nada, 
ser nada.
Soy viajero en silencio, un punto oscilante,
la necesidad de amar: Necesidad de proyectar mi libertad.




10 PARA LAS 5:30 A.M. 
A Mariscela Z. Yatzil 


Ascendieron hasta su cuello mis deseos… 

No sé si musite o lo pensé

 “Estoy lejos amor, en el año cero encarné en este cuerpo,
me prometí rendirme,
llorar,
 en tu cuerpo desandarme”.  


No dijo nada, 
de la luna, tal vez aún no bajaba.
Quizás miedo le dio dar un paso más. 
Hay tantos enfermos, muchos suicidas,
pero no todos dan la vida… 

Se incorporó de la cama, 
 en el vientre la almohada se acomodó… 
¿Duermes? Me preguntó.
Es posible, la ventana aleteó, mientras 
soñabas haciéndome el amor…
Yo no soy yo,
soy el grumo, el sedimento del tiempo, 
migaja de Dios; que en ti se ciñó. 

Tú te quedas con tu espejo    
y tus sueños agazapados en tus dedos.  

No dijo nada.
No alcanzó a articular: ¿qué hora es?
Un gallo a lo lejos nos dijo: no queda tiempo…  
aún los ata carne y huesos.

Miré el reloj: 5:20 a.m.
“Es verdad”, dijo, 
“aún nos mantienen erguidos los huesos”, 
y se fue buscando entre las sábanas 10 minutos más de sueño.






AUTOBIOGRAFÍA


Si pudiera elegir un lugar
para dar continuidad a esta autobiografía;
me inclinaría en tu cuerpo, tus campos, tu río, y en la historia intransigente
pendido en el ángulo intangible de mi totomoxtle.
  

Vagabundo, 
siempre detrás de nada 
                                           de las cosas que no encajan… 

Hoy visualizo el sur, 
 a punto de llegar a ti. 




MI NOMBRE, FLOR DE MUERTE

Siento como un hueco, un vacío,
un precipicio que desemboca en mis entrañas;
el universo ha dado vueltas tirándome en este osario.
Me da pereza buscar la palabra 
que no me cabe adentro.

Hozo los rincones buscando tal vez la flor de limo.
¿Dónde están mis abuelos? 
Que pronosticaron con mi nombre mi muerte
¿Dónde está la chica del 69 esquina con sus quince de abril
enhiesta en mis moléculas?
¿Dónde recargo los huesos?
para apuntalar este sufrimiento.




ARS POÉTICA

Me pregunto: ¿Un día
el poeta encontrará la paz
que profesa?
Pero no esa paz, la otra.
Al escribir un poema
se abre una puerta,
nuestra alma se va en ella.
¿Por qué vagar y vagar,
no estacionarse
en tranquilizante paraje,
mirar la danza del aire 
entrar, 
seducir,
descubrir cómo las aves
van dejando su esencia
en las partículas de las primaveras?
¿Por qué morir y revivir entre renglones
donde nadie consciente la realidad?

Dicen: metafísico eres,
siempre errante,
buscando ese dios
que se esconde
en mis pulmones.
¿Cuándo, cuándo dejaré de ambular?

Ya no quiero ver la sangre
saliente de mis pies,
estoy cansado
quiero morir en este instante
para no contagiarme. . .

¿Quién seguirá mis pasos?
Duele ser divergente,
quiero ser como ustedes,
agarrar fuerzas,
estrangular a mi persuasivo
ángel
que continúa diciendo:

…  escribe, escribe
lo que nadie entiende.




Virgilio Miztlán González. Mexicano, radica en la ciudad de Oxnard, California. Poeta, escritor y fundador de la revista poética Mayday. Ha publicado Orquídeas Negras (2011), Sin escafandra (2015) y Galatea (2017).