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lunes, 29 de agosto de 2016

Algunas ideas para la polémica en Interculturalidad y sujeto migrante en la poesía de Vallejo, Cisneros y Watanabe (Universidad de Lima, 2016) de Camilo Fernández Cozman, por Paul Guillén

Al terminar de leer el nuevo libro de Camilo Fernández me queda en la memoria tres nuevos enfoques que el crítico apunta como posibles caminos para sus próximos acercamientos analíticos. 1) El análisis de los mass media. En la página 31 apunta Fernández Cozman, apoyado en Vattimo, que “los mass medias van a cumplir un papel esencial y convertirán a la sociedad en algo más complejo y caótico” al final de ese mismo párrafo el crítico se pregunta: “¿Cómo utilizar los mass media creativamente para emanciparnos?”. Esta idea es contemporánea a las escrituras realizadas en blogs, Facebook o Twitter, donde la inmediatez, la brevedad y la frescura son las máximas de este tipo de escritura. En la poesía este influjo es claramente reconocible en las nuevas escrituras de poetas que vienen publicando en los últimos años. 2) La idea del andinismo en autores como Vallejo y Churata y la polémica que se genera entre estos dos escritores en torno al concepto de vanguardia y escritura andina y 3) El análisis de la poesía a partir de los aportes de la Retórica Cultural, un método crítico que Fernández Cozman ha empleado en su libro sobre Vallejo (2014) y en su análisis sobre Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda. Sobre estos dos últimos puntos voy a comentar más adelante con más detenimiento.

Este nuevo libro de Fernández Cozman plantea un método de análisis que proviene de la Retórica General Textual, la retórica argumentativa y la pragmática literaria, pero engarza estos alcances con otros conceptos provenientes de la antropología o la sociología de la literatura como “poesía intercultural” o “sujeto migrante”. Es provechoso saber que el concepto de lo intercultural viene manejado y postulado desde La confederación de Nacionalidad Indígenas del Ecuador, ellos proponen que “El principio de interculturalidad respeta la diversidad de los pueblos y nacionalidad indígenas” (32), en ese mismo tenor Fernández Cozman comenta que “frente a la opción del multiculturalista, la perspectiva intercultural subraya la interrelación dinámica y permanente, donde cada grupo cultural no borre sus diferencias en relación con los otros” (32), esto le da cabida para postular el análisis de cuatro niveles: la lengua, la estructuración literaria, las estructuras figurativo-simbólicas y la cosmovisión. El concepto de sujeto migrante proviene de Antonio Cornejo Polar, quien “subraya el carácter profundamente escindido y descentrado del discurso  del sujeto migrante, como si se elaborara desde varios lugares” (“Una heterogeneidad no dialéctica: Sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”, Revista Iberoamericana Vol. LXII, n° 176-177, 1996: 48). Esto quiere decir que el sujeto migrante va a expandir su territorio y va a hablar desde varios espacios (ideológicos, lingüísticos, etc.). Este sujeto se encuentra atravesado por la añoranza frente a un pasado mítico-rural y frente a una supuesta modernización de la urbe que la mayoría de veces siempre es hostil. Esta marca de la añoranza se despliega dentro de un binomio donde “triunfo y nostalgia no son términos contradictorios en el discurso del migrante” (Cornejo Polar 1996). Por una parte, está la absorción de nuevas identidades frente a lo moderno (Fernández Cozman analiza la función de Belén como aldea y Bizancio como modernidad u occidentalidad en Vallejo), y como contraparte, se puede apuntar la reafirmación de antiguas identidades (anclaje que se percibe en la creencia en mitos y saberes populares en Watanabe como cuando en un poema el corazón del abuelo se transforma en una rana). Adecuación y anclaje nos hablan de una forma de resistencia frente a lo sistémico. Esta forma de resistencia se expresa desde la identidad siempre fluctuante, pero también desde la hibridez del lenguaje. Esto es notorio que a nivel de la lengua y la cosmovisión funciona para Vallejo y Watanabe y un tanto parcialmente en Cisneros.

Dicho esto quiero retomar el tema sobre la polémica entre Vallejo y Churata. Fernández Cozman afirma sobre esto que “Vallejo y el grupo Orkopata intentan una modernidad andina (…) Churata polemiza con Vallejo y defiende la autenticidad de la vanguardia andina” (46-47). Más adelante menciona a Vallejo, Alejandro Peralta, Guillermo Mercado, José Varallanos y Gamaliel Churata como parte de un expresionismo indigenista (55). La polémica entre Vallejo y Churata, parte porque el autor de Los heraldos negros afirmó en un artículo que la vanguardia americana era un trasplante, plagio o robo de la vanguardia europea, a lo que Churata le respondió desde el Boletín Titikaka: “Vallejo juzga con criterio historicista primitivo formulando objeciones que circunvalan la periferia pero cuando se le ofrece oportunidad de ahondar en el organismo del movimiento se decide por una solución empírica —no es de otra manera explicable su posición respecto de la verdadera etiología de nuestra descastada vanguardia”, Churata abogaba que su escritura y la del grupo Orkopata más bien era descendiente del mugroso español de Guamán Poma, que es como el propio Churata llamaba a la escritura de nuestro cronista indígena, y que Vallejo solo estaba fijando una posición técnica y estética y no ontológica que se traduce en la lengua. Esto que se intuye lo apunta Enrique Ballón y es explicado por Fernández Cozman así: “Enrique Ballón afirma que la diglosia castellano-quechua que aparecía en los dos primeros poemarios de Vallejo, se modifica en los poemas escritos en París, debido a que el poeta cambia “su entorno andino original por el mundo francés”. Esta idea de la diglosia castellano-quechua se encuentra en buena parte de la argumentación de Fernández Cozman cuando analiza la lengua en Vallejo, pero habría que puntualizar que en Los heraldos negros la presencia del quechua no es tan decisiva como la presencia del culle, que es la lengua indígena que se hablaba en la sierra norte del Perú. Por ejemplo, cuando se me encomendó preparar el glosario de Los heraldos negros (Universidad César Vallejo, 2016), en la entrada de “Tahuashando”, yo apuntaba que es una “voz híbrida (quechua-español). De cuatro en cuatro, o en grupos de a cuatro” (César Ángeles Caballero). Nuevas investigaciones asumen que esta palabra no provendría del quechua, sino del culle. Por lo que decir que “tahua” o “tawa”, cuatro en quechua, más la terminación española “ando” forma esta palabra olvida la grafía “sh”, característica del culle. “Tahuashando” provendría del culle “taguash” que connota los significados de “tiritar, temblar o rezar, orar” (Íbico Rojas), o el vocablo “sha” se supone que es “en fila” (Ángel Gavidia Ruiz) o “tahuashando” sería un chuquismo que significa “mirando” (Javier Delgado Benites). Incluso Marco Martos apunta en un artículo que “la palabra tahuashando no está documentada en el quechua de la región, y tampoco tawa ha tenido fortuna en el quechua de la zona. En la región en la que nació y vivió en sus primeros años César Vallejo hubo una lengua desaparecida en las primeras décadas del siglo XX, llamada culle o culli. Precisamente el lugar donde nació César Vallejo, Santiago de Chuco, en su sema indio, chuco, es culle. Esa palabra significa ‘región’ (…) Muy probablemente Vallejo no habló el culle, en todo caso no hace referencia explícita a esa lengua. Pero podemos conjeturar que un hombre nacido en Santiago de Chuco, en su español local tiene las huellas, el sustrato de una lengua que está muriendo” (Marco Martos.  “Unidad y diversidad de la lengua española. El caso de la poesía de César Vallejo”: http://congresosdelalengua.es/cartagena/plenarias/marcos_m.htm ).

Otro punto en el que valdría la pena detenernos es en el análisis de la poesía a partir de los aportes de la Retórica Cultural, este método crítico fue esgrimido por Fernández Cozman en su libro sobre Las técnicas argumentativas y la utopía dialógica en la poesía de César Vallejo (2014). Tomás Albadalejo dice que la retórica cultural “presta atención a todos los niveles del lenguaje retórico y también del lenguaje literario en su incidencia en el receptor en su proyección perlocutiva hacia éste” (Tomás Albadalejo. “Retórica cultural, lenguaje retórico y lenguaje literario”. Tonos Digital. Revista de Estudios Filológicos, número 25, julio de 2013: http://www.um.es/tonosdigital/znum25/secciones/estudios-03-retorica_cultural.htm ).  En el libro que venimos comentando si bien es cierto se analiza la poesía de Vallejo, Cisneros y Watanabe desde los conceptos de interculturalidad y sujeto migrante, además, en algunos casos, también se propone una reflexión sobre las técnicas argumentativas en estos poetas, habría que hacer algunas puntualizaciones.

En la página 45 se afirma “González Prada utiliza un registro coloquial literaturizado y, de ese modo, anuncia la modalidad conversacional que primará en Comentarios reales de Antonio Cisneros”, este aserto habría que matizarlo, pues el contexto de enunciación de González Prada y el de Cisneros no es el mismo. Además, las dos propuestas escriturales responden a diferentes tendencias estéticas e ideológicas. Pues en la página 85 se dice “Enrique Rusell subraya que, a la manera de Bertolt Brecht, Cisneros desafía la versión oficial de la historia del Perú”. Habría que recalcar que el registro coloquial responde en los dos poetas a otras motivaciones. En el poeta de Baladas peruanas es un proyecto ideológico y de reivindicación, en tanto, como apunta Fernández Cozman y otros críticos, Antonio Cisneros prefiere la ironía.

Otro aspecto que requiere puntualizarse mejor son las tendencias en la poesía de los años 60 y 70. Si bien se cita a Alberto Escobar, para quien la literatura peruana se basa en los fundadores de la tradición, Vallejo y Eguren a la cabeza, los continuadores de la tradición son los poetas del 50 como Eielson y Varela y luego los cuestionadores de la tradición a partir de los 60, su taxonomía no repara en la poesía escrita en lenguas indígenas, como si lo hace Antonio Cornejo Polar cuando refiere que la literatura peruana es un polisistema compuesto por la literatura escrita en español culto, las literaturas populares y la literatura escrita en lenguas aborígenes.

Pero veamos la conceptualización que realiza Fernández Cozman sobre el 60 él detecta siete tendencias. En la tendencia del influjo del simbolismo francés no se mencionan poetas como Antonio Claros o Guillermo Chirinos Cúneo, en la tendencia intelectualista ubica a Luis Hernández como asimilador de los postulados de la lírica de lengua inglesa y la peninsular, pero no menciona el influjo de la poesía alemana, italiana, el romanticismo inglés y la presencia de la música en Hernández. Dentro de la asimilación del imaginario andino no menciona a Julio Nelson, quien también participa en la tendencia simbolista. Y también habría que ubicar en estas tendencias a poetas como Carmen Luz Bejarano, Juan Cristóbal, Pedro Morote o Hernando Núñez, por mencionar algunos nombres. Esto dicho porque en la división que se propone de la poesía de Cisneros se engloba en una segunda etapa a libros tan disímiles como Comentarios reales, Canto ceremonial contra un oso hormiguero o Como una higuerilla en un campo de golf.

Veamos ahora su taxonomía sobre el 70 la cual la divide en cinco tendencias: poética de la obra abierta, prosaísmo, visión del migrante, la ciudad como ente enajenante y recuperación del legado simbolista. Pero no se detecta vertientes como el experimentalismo, el conceptualismo, el andinismo, el discurso minero, el discurso mítico sincrético, por mencionar unas cuantas, y no se ubica en estas tendencias a la poesía de Enrique Verástegui o Mario Montalbetti, por mencionar a algunos otros poetas importantes de ese período.     


Interculturalidad y sujeto migrante en la poesía de Vallejo, Cisneros y Watanabe reúne muchas de las virtudes de los anteriores volúmenes de Camilo Fernández Cozman, arriesga hipótesis y conceptos que son utilizados con rigor académico, y por si fuera poco deja abiertas nuevas vías de investigación. Por eso saludo el esfuerzo y la constancia de la labor crítica de Camilo Fernández. Finalmente un libro de crítica es una invitación al diálogo. No perdamos la oportunidad y dialoguemos con estos valiosos aportes.  

lunes, 1 de agosto de 2016

PRIMERO EÑE (SOL NEGRO) DE FRANCISCO RETAMOZO POR MIGUEL ILDEFONSO


Primero Ñ, segundo poemario de Francisco Retamozo, como Tramonto, reúne poemas breves, muy liricos; en su propuesta la voz es sumamente concisa, suave y sutil, para abordar principalmente el tema amoroso. Empero, hay un par de diferencias sustanciales respecto a su primer libro. Ahora hay una carga más denotativa del erotismo, más cerca a la temática homoerótica; se puede decir que este nuevo libro es abiertamente erótico. Y la segunda característica es que se percibe un relato de fondo; bajo estos versos se configura a veces tímidamente, y no pocas veces arrebatadamente, un sujeto que trata de liberar sus deseos. Entonces, lo que se ve aquí es la historia de esos deseos contenidos, pero que, a diferencia de todo sujeto poético que estamos acostumbrados a leer en la poesía erótica, Primero Ñ nos lleva a las lindes de lo individual, en donde se cuenta el aspecto social del deseo.

Hacia el final del libro se señala claramente lo que quiere decir el título del libro, en el poema que lleva justamente el título del libro. Empieza el poema Primero Ñ: “jueves/ Hora de  Religión/ -Amaos los unos a los otros/ Como yo les he amado”. Se describe aquí la clase de religión en el aula Ñ de un colegio de Lima, se supone colegio nacional (sabemos cómo son esas clases, sobre todo de religión, bajo esa carga hormonal y adolescente de los estudiantes). El poema se puede leer como un cruel relato de lo sexual. Palomino es el excluido, es a quien el aula habrá de maltratar, bullying como se dice hoy. Dicen unos versos más abajo: “Palomino fue violado una vez más/ en el baño/ en la calle/ en su casa”. Al leer estas líneas no se  puede dejar de pensar en César Moro dictando clase en el Leoncio Prado o a Allen Ginsberg en Cuba. Nuestras sociedades machistas e hipócritas harán con Palomino lo que hacen con todo aquel que desafía o cuestiona sus parámetros y dogmas. Dice el poema hacia el final: “Palomino fue expulsado del colegio después que todos pasaron por él”.

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Primero Ñ. Ediciones Sol Negro
El apellido del protagonista del poema, sea intencional o casual, así como todo el poema y todo el libro, conlleva una ironía que delata las contradicciones a las que está envuelto el deseo. El arte es liberador, desde que libera, en primera instancia, el inconsciente del creador. El poema se convierte en un ser vivo que interpela al lector, a su consciente como a su inconsciente. Por eso todo poema no tiene un solo plano, no es una idea que estampa una sola impresión en el lector. El poema es un complejo aparato de significados que el lector tiene que desentrañar cuando se sumerge en sus palabras.

Es por eso que tenemos a Francisco Retamozo más desafiante que en su primer libro; situando el principio de esta historia en una época cuando “En estos lares se desarrolló la guerra” (“cuentan mis amigos/ haciendo las zanjas/ para estructurar sus viviendas/ han encontrado osamentas/ de noche han visto/ soldados/ pasar frente a sus puertas”). Efectivamente, le tocó al poeta crecer en la violencia armada de la década de los ochentas. Aquello le marcó para siempre las fibras, las tensó de tal forma que la voz no puede estar alejada del drama histórico de nuestro país. Es el contexto de la violencia, entonces, lo que enmarca los poemas de Primero Ñ. Cito: “tú/ un precio/ morir/ deseo”, nos dice en estos versos que, como en Tramonto, son como pinceladas lacerantes. O como en: “duro/ Artesano/ fálico”. O más adelante: “Te obliga a gritar/ jadear/ soltar una risa/ lagrimear”.
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Casi todo el poemario es la música del deseo liberado, pero que por ratos toma consciencia de su insularidad. Cito: “Qué difícil se te ha hecho/ regresar a casa/ dejar de pensar”. Insularidad porque la voz siempre está en contacto con otros, pero vuelve a sí mismo, como escuchando siempre su propia voz. Los cuerpos, a su vez, no pueden dejar de ser deseos que actúan, que tienen que actuar para poder persistir: “reconoce/ tu cuerpo/ teatral”. Porque en ese movimiento es que pueden enfrentar la realidad; en esa actuación o simulacro: “manitas formando monstruos alados/ ‘… tu voz tu voz existe’”, dice parafraseando a Juan Gonzalo Rose.

Una cita final: “en los ochentas hacíamos las tareas en apagones había que comprar velas diariamente o decorar con lamparín a kerosene”. Eros y thanatos están moviendo los hilos de esta historia, son los que en el contacto producen la chispa que hace posible la luz que decora la oscuridad, y sin decoro porque el sexo no es una religión, sino una comunión con el otro, sea quien sea el otro.

Aquí dos poemas:



ULISES / MARCOS

hombros / pechos
en el cuarto oscuro
sin escudos
ni pectorales

Las seis antes meridiano
las llaves del auto
la ruta construida
seguir
cada rincón en su lugar
armado / desarmado
como un rompecabezas
de mil piezas
entre el claro oscuro
las sabanas tibias
quedan

Metal bruñido
escudo / pectoral
en la arena tibia
quedan



POÉTICA

Como un poema
manos juntas    Rodillas enlazadas
nombres escritos en la pared
dedos en la taza de café      Un oboe
Una ventana donde entra el viento
la melodía sale
los cuerpos febriles enfrían
despeinan los cabellos
Observando un cuadro en Rojos
arena tibia
rojo vida pasión
muerte resurrección
cada tarde
Muchos cigarrillos  “humito azul”
ceniceros vacíos
El humo dañino rosa la garganta
           Clavel rojo
clavel blanco
           Los amarillos dan suerte
   Un jarrón negro lleno de ellos
una silla    El abanico sumergido en el cuadro
El mozo vuelve a limpiar los ceniceros
muchacho de labios gruesos     Curvos
mermelada roja         (otra vez rojo)
Una frente como una ventana
de cabellos largos tercos lacios
Dos varones extendidos
         “en el lecho perfecto “
                    Efervescente


Miguel Ildefonso

Calle NN, invierno. 2016.

FUENTE: http://agendacix.org/miguel-ildefonso-primero-entildee-de-francisco-retamozo.html

domingo, 31 de julio de 2016

EXPOSICIÓN CONMEMORA LOS 90 AÑOS DE NACIMIENTO DE BLANCA VARELA EN CASA DE LA LITERATURA PERUANA


Coincidiendo con el día en que cumpliría 90 años de edad, el miércoles 10 de agosto, a las 7:00 p.m., la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Áncash 207, Centro Histórico de Lima) inaugurará la exposición Presentimiento de la luz. Vida y obra de Blanca Varela, la cual propone un acercamiento al universo literario de la poeta mayor de nuestras letras. El ingreso es libre.

La muestra, cuyo título ha sido tomado del poema “El orden de las cosas” del libro Luz de día (1963), propone un recorrido por los principales rasgos de su obra poética: la materialidad, lo plástico, el cuerpo, el cuestionamiento sobre la existencia y lo humano.

La trayectoria intelectual y poética de Blanca Varela se vincula a los más profundos cambios del siglo XX, tales como la independencia de la mujer, la revalorización de la propia tradición cultural y la modernidad artística.

La exposición se organiza en cinco zonas: Una música futura, corresponde al periodo de formación de la Generación del 50, la relación entre los jóvenes escritores Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson y los escritores José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen en torno a la Peña Pancho Fierro y a la Universidad San Marcos. El orden de las cosas, zona dedicada al descubrimiento de lo latinoamericano y lo peruano y la influencia del existencialismo durante su estadía en Francia con Fernando de Szyszlo. Ejercicios materiales, espacio en donde se despliega su proceso de creación poética, se encontrarán mecanografiados y manuscritos, versiones corregidas de sus poemas y documentos inéditos. Todas las primaveras que inventas, presenta su poesía vinculada a la experiencia de ser madre y se aborda su biografía a partir del testimonio de su familia. El gran aire de las palabras, presenta su labor intelectual a través de la crítica cultural y su labor editorial.

Entre las piezas de exhibición se destacan decenas de fotografías originales, cartas, manuscritos, mecanografiados y textos inéditos del archivo de la poeta, nunca antes expuestos. Además, se exhibirán dos videos con entrevistas a la familia de la poeta y a escritores amigos de la poeta como Alonso Ruiz Rosas, Mirko Lauer, Carmen Ollé, Ana María Gazzolo, Giovanna Pollarolo, entre otros. También se cuenta con la participación del fotógrafo Herman Schwarz y las fotógrafas Mariella Agois, Alicia Benavides y una instalación inspirada en el poema “Currículum Vitae” de la artista Margarita Velasco.
Además, se ha publicado una edición no venal de El falso teclado, último poemario escrito por Blanca Varela y que hasta ahora no había sido publicado de manera autónoma. Este libro de 36 páginas se obsequiará a los visitantes de la muestra.

La muestra es posible gracias al apoyo de la familia de Blanca Varela que ha cedido el archivo para su investigación y exposición. La curaduría está a cargo del historiador del arte Daniel Contreras y la investigación está a cargo de Kristel Best y Joan Muñoz. La muestra estará abierta al público hasta diciembre de 2016.





Para mayor información comunicarse al 4262573 anexo 103 o con Jaime Cabrera, jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura, al 99-5544795 (Movistar) o al 940-623916 (Claro).

LAS VIÑAS DE MORO DE JULIO ORTEGA



LAS VIÑAS DE MORO

I

Campesinos de Puno caminaron hacia Tacna o Arequipa o ingresaron por la ceja de la montaña —oh alta estrella de la noche: he caminado tocando tu pecho—, brillan las barriadas de Lima como retorcidas flores de la arena: las puertas de las chozas están abiertas y afuera corren sus entrañas, los niños —báñame con tu acero blanco, he tocado tus cuerdas en el agua—, oh casas manchadas por cáscaras de fruta y espuma de ron, de pronto se despiertan los perros en la medianoche, en los bares del camino los choferes beben té con pisco.

                        “¡Si no vienen las lluvias iremos al mar!”.

            Se reunieron en la oscuridad susurrando: aprisa entre la maleza hacia el arenal —y mi madre cercó un morro cubierto de yerba dura, sentada bajo el sol esperaba—, alzarán sus palos y alzarán esteras, murmurando, y banderas peruanas para que la policía no los desaloje por temor a quebrarlas —y el domingo en la mañana los pobladores formaron un comité.

                        “Con nuestras vasijas recién cocidas,
                        llevando a nuestras mujeres y a los mayorcitos
                        entre los hijos, para que sepan,
                        bajaremos la quebrada de día
                        y de noche el arenal”.

            ¡Pero que nadie golpee estos hombros! Y en Chimbote sólo las mujeres alzaban sus puños, brillando en sus trajes de percal floreado, frente a la guardia civil, confiadas en ser torpes y madres: que los hombres no salgan, decían, a nosotras no nos matarán —y sentí el indefenso calor de sus cuerpos cuando me rodearon, cuenta lo que has visto, gritaban— y mi madre dijo que el comité las defendería.

                        “¡Llevando vasijas hasta el mar!
                        Oh boda del mar y la montaña,
                        pártanse, nubes, cuando volquemos
                        el agua salada en el pico más alto.
                        Cantemos como la cebada madura
                        aquí nos mojará la lluvia”.

            Brilla estrella de la noche: en la Estación del Ferrocarril a Huallanca grandes bultos derraman sus propiedades y propietarios, oh tierra vencida en este mundo, aquí cae el ala del mar, aquí la luz de la ciudad oscila como un pálido sol del enigma —y mi padre hablaba de volver algún día a los huertos de Yaután, a las viñas de Moro que conocieron el peso de su cuerpo, en su pequeña bodega elogiaba la rapidez con que viven los vinos—, lejos está la tierra agotada como un buey sin memoria, los hermanos que murieron en sus brazos con los pómulos pelados, lejos los parientes que buscaron en las haciendas, donde beben alcohol, las otras invasiones de la vida perdida —Buenavista Alta y Buenavista Baja, Casma, Quillo, Huanchuy, Cochabamba: gente de sombrero blanco, en el hondón de frutas, pequeños comerciantes de los árboles, pueblos donde anduvo mi padre en un caballo joven.

                        “Nuestros padres esperaron a la lluvia
                        que silba de noche en sus huesos.
                        Los árboles conocieron a los abuelos,
                        el dios de la cruz no disputa con el cerro,
                        nadie muere aquí sin que sea enterrado”.

            Dejaron a sus padres atizando el último fuego, disputándose la piedad de los muertos, empalidecen viajando —viajando en el tren, la vida es como de pan que se va deglutiendo y el corazón dormita como un pájaro aferrado al ronquido del motor, este ruido habrá de apagarse, de pronto en Lima dejaremos de bufar—, y de noche descansan, sus ojos crecen, de pie en las orillas de las ciudades, entumecidos como la pelambre de los caballos que acaban de nacer.

                        “Nuestros padres fueron enterrados
                        bajo otras piedras, lejos
                        aquí sólo niños y mujeres
                        conocieron la podredumbre.
                        Ya nadie lee nuestros papeles,
                        los enemigos han comido de estas tierras,
                        pero nadie deberá tocar
                        estas últimas piedras”.

            Sus cuerpos son blancos en los muelles, aguardan en las calurosas fábricas de harina de pescado, los llevan en camiones negros y húmedos: en los mercados o los restaurantes, y los domingos con sus pantalones azules se sientan en el malecón comiendo plátanos y bizcochos, aquí están, y sus ojos en el otro extremo del día, o en la lejana noche de los perros de la infancia —los he oído ladrar a todos ellos una noche que los reunió como a los años—, en la última posibilidad de este mundo —un pequeño campo donde se mueve la mano de mi madre, mi familia que me aguarda en el viejo guante del frío: y el pan se parte y apenas es posible abrir los ojos sobre sus cuerpo que resuenan hacia atrás, donde nacen ríos, donde empieza el sol.

                        “De los árboles el sol extrae pájaros.
                        La tierra ya no canta para la lluvia,
                        vagan los espíritus por sus pecados,
                        nuestros hijos nos miraron con piedad.
Nuestros hijos nos envían sus fotografías”.

            Murmurando bajo las estrellas bermejas, en los largos caminos por donde bufan los camiones, compran el pan de molde o el pan de trigo y lo envían a sus padres que aman el pan salado de la ciudad, el suave pan que penetran como una carne afortunada.
            “Del polvo no se levanta la cebada, requiere las manos del hombre sobre los canales del riego que hablan de noche cuando el agua salta como un macho celoso, buscando la débil guarida de la vida. Suben y descienden nuestros canales persiguiendo el nacimiento del agua. Cruzando el cuello de los cerros, la boca y el pecho tierno de los animales”.
            ¡Oh venas que yacen deshechas por el viento y el sol lento, quebradas como paja que la noche aleja de las manos! Y el agua murmura más lejos, atada por otras bocas donde se agota como un pájaro sin hijos.
            ¡Adiós bulla del agua en la noche pesada de estrellas! ¡Adiós pájaro negro de los caminos, mosca de los caballos, adiós animalitos!
            Están viajando. Como los altos canales que murmuraban encima de sus templos y sobre sus cuerpos, coronando a sus hijos y mujeres.
            El agua que va madurando y que aguarda.

II

Nuestros cuerpos entre los suyos, que juran vivir. De esta tierra hemos venido, del vientre de nuestras madres, de nuestros hogares: este polvo nos acompaña buscando vivir en la semilla. No podemos perecer: lo hemos dado todo. He aquí la nueva belleza, la certidumbre de beber juntos. Un reino de tierra donde el agua hemos defendido, el corazón que requiere de la tierra, aquí estamos volcados, de esta tierra el viento no podrá arrancarnos: aquí vigilamos el agua de mañana.
Cantan los que dieron batalla. “Cuando veas correr nuestra sangre, podrás pedirnos piedad”:

“Escúchanos, si puedes abrir los ojos,
sé nuestro hijo, atiéndenos”.

Es necesario desandar la noche y palpar los objetos abandonados por la prisa  de huir: un vaso de agua que no se bebió, las máquinas oxidadas de los zapateros, los viejos libros que ya nadie comprará. No corren estos rostros por la calle, por las palabras no asomaría, no figuran en las historias. Pero sólo aquí las palabras tendrán el sol por origen, tu cuerpo sólo aquí será real, entre estos gritosy sus manos, un bosque que murmura y agoniza. Los que dieron batalla.

“Oh calles tan hermosas
y noches que la fiebre da luz,
aquí hemos corrido y caído,
si nos recoges tu sombra será roja.
Aquí, sobre nosotros
tu cuerpo no conoces
hasta dónde se escucha gritar,
cuánto dura la noche para el golpeado.
Dimos batalla: disfrazados
o escondidos, mil veces
hemos llorado al cerrar una puerta,
hemos comido murciélagos
en la oscuridad de las celdas.
No hemos hecho sangre para la piedad,
sé hijo nuestro,
la memoria está en la tierra”.

No hay silencio en el verano: hermosa y dura es la tierra. La recogen los ojos en el verano, como la mayor riqueza, semejante a los cuerpos o la luz, no conocen fin ni número. Caminando.
Zoon politikon. Y también comen pan los que se vendieron. Sus cuerpos ignoran el sol que los calcinará, el sol que les dará caza como a pequeños animales demasiado hábiles para una muerte sencilla. Aferrados a las viejas palabras que se resquebrajan como se astillaron ya los mitos que sustentan sus casas. Mientras se quema la grasa del orden viejo. Y no serán perdonados.
Caminando: otros arreos no conoce la razón fuera de sus preguntas y  restas, en el cuerpo y en esta tierra, sólo la luz entra por los ojos. Oh suave arena de la razón, pequeño campo de batalla. Aquí daremos gobierno a los vientos oscuros y a los cálidos, aquí nuestras manos harán conocer el castigo o el llamado. Aquí los ojos son nuestra paz, son nuestra guerra: lo que está afuera y lo que está adentro se reúnen en la carne bañada por el verano. Si corren dos mundos sólo en uno viven, en el cuerpo y los cuerpos. Como las aguas de un río que se revuelven dominando las piedras según su peso que no descansa. Alta tierra del verano, profunda es la luz en los ojos.
Zoon politikon. Y la razón no conoce paz, no conoce mentiras. Como nuestros ojos, como la luz dentro de nuestros ojos. Entre los que viven, como la luz vive así, y también el amor vive como un río, y nadie vive fuera de sus aguas.
Zoon politikon. No aumentes la confusión, no inventes nuevos pedazos en el roto tiempo, en el mundo que mana por varias heridas. Astas de la destrucción: fuego y muerte extienden su sombra, aquí hay que salvar la luz penetrando los ojos.
Zoon politikon. Un reino de tierra donde el tiempo que vendrá hará llamear su fuego para purificar nuestras dudas en las calles, venciendo al tiempo de la confusión, al polvo que se levanta bajo el peso de las grandes maquinarias. Un reino de tierra bañado por los ríos que prendieron en el bosque jóvenes muertos a bala. Gente en las calles gritando en nombre del barro que hay que transformar, cada uno según sus manos: son pocos los nombres de la justicia.   Aquí estamos, aquí recogemos la tierra.
Las muchachas fijamente miran. Que nunca sean quebradas sus venas, que el corazón no las ahogue; y tú, tiempo, preserva sus ojos, sus señales de viajar donde muerden la aventura de la luz.
Muchachos del dulce verano. Que sus frentes nunca sean pasto de llamas negras, que la codicia o el engaño no les roa la boca: presérvalos charlando sobre la Biblia o el mundo, dales de comer tu fuego cuando preguntan y ríen: que no tengan precio. Oh corazón que eres joven como el sol: no te alejes de sus manos que todo aguardan de un más sencillo modo de mirar.
Zoon politikon. Que ellos defiendan el barro, que ellos no teman a las calles. Tenga salud el amor en sus frentes. A ellos, ahora, caza debemos darles, sus pechos debemos ganar si nos leen, capturándoles el deseo de preguntar: haciéndolos sangrar como el verano en otra calle.
Y una jerarquía para los valores: el nuevo hombre, como un fantasma que bebe de nuestros pulmones. Lo busco en las mañanas, hurgando en mi infancia: los que viajan, los que soportan el auge de las industrias, los contadores públicos y maestros. En las familias: la lucha por la vida y el pálido amor propio. Y el amor propio que alza los ojos del pescador: el sentimiento de estar caminando juntos, riendo, nosotros que perseguimos al sol y este su reino, nosotros que creemos en nuestra falta de sueño y en la risa de las mujeres. Un reino de tierra, aquí, ofreciendo el orden nuevo del amor, el agua que mata toda sed acrecentándola en los remansos  que funda, orillas de arena más rica que el oro, como llamas fijas del hogar. Por las más grandes necesidades. Por el hambre y la sed. Por todos los extravíos humanos: la acusación del cuerpo, la medida de la realidad, su gran fantasía.
El tiempo que vendrá: aquí aramos la tierra para sus árboles y muchachos, aquí tocamos nuestra sangre para golpear su corazón. Creo en este hombre que respira mi aire, creo en sus hijos.

Canción: buscan la mar
los ríos, se buscan, blancos,
en un reino azul; buscan
también las aves, cantando,
una estación. Y tú, ¿dónde
buscas calar y nacer?
A mí no te debes, anda
y toma tu vida, y cuéntame
si es razón mi fantasía,
porque mi sueño es tu acción

y sólo lo cierto es hermoso.
                 

JULIO ORTEGA (Casma, Ancash, 1942). Aunque es más conocida su faceta como ensayista, Ortega también ha publicado novelas (Adiós Ayacucho, Habanera) y poesía (fue uno de los antologados en Los nuevos junto a Lauer, Cisneros, Hinostroza, Martos y Henderson). Poemarios: De este reino (Prólogo de Armando Zubizarreta. Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1964); Tiempo en dos (Lima: Ediciones de la Revista Ciempiés, 1966); Las viñas de Moro (Lima: Editorial Universitaria, 1968); Rituales (Lima: Mosca Azul Editores, 1976); Canto del hablar materno (Caracas: Pequeña Venecia, 1991) y La vida emotiva (Lima: Eds. Los Olivos, 1996). 

miércoles, 20 de julio de 2016

MARTES 26 7PM PRESENTACIÓN DE AGUAS MÓVILES. ANTOLOGÍA DE POESÍA PERUANA 1978-2006 EN LA CASA DE LA LITERATURA PERUANA


Perro de ambiente, editor se complace en anunciar
la presentación de la antología de poesía peruana:


AGUAS MÓVILES
Antología de poesía peruana 1978-2006
Edición de Paul Guillén

Portada
Ale Wendorff

200 páginas
14.5 x 21 cm
Rústica

Este libro será presentado el día martes 26 de julio a las 7:00 p.m. en la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Ancash 207, Centro Histórico de Lima, Antigua Estación de Desamparados). Los comentarios estarán a cargo de Camilo Fernández Cozman y un recital con Andrea Cabel, Juan de la Fuente, Willy Gómez Migliaro y Enrique Sánchez Hernani.

La Obra

Aguas móviles es una antología que recoge las voces de autores peruanos nacidos entre 1952 a 1982 y que empiezan a publicar sus primeros libros a fines de los setenta, es decir, el tramo temporal que comprende abarca las “generaciones poéticas” del 80, 90 y 2000, pero analizadas en conjunto y como tendencias. Paul Guillén en el prólogo del libro observa seis sistemas dentro de la poesía peruana contemporánea: 1) sistema del lirismo, lenguaje de imágenes irracionales y surrealistas; 2) sistema de la poesía escrita en lenguas aborígenes; 3) sistema coloquial; 4) sistema del concretismo y post-concretismo; 5) sistema neobarroco y 6) sistema de la poesía del lenguaje.  

Los autores incluidos en el libro son: Yulino Dávila, Carlos López Degregori, José Pancorvo, Dida Aguirre, Oswaldo Chanove, Mario Montalbetti, Enrique Sánchez Hernani, José Morales Saravia, Iván Suárez Morales, Pedro Granados, Roger Santiváñez, Magdalena Chocano, Renato Sandoval, Reynaldo Jiménez, Patricia Alba, Eduardo Chirinos, Domingo de Ramos, Rossella di Paolo,  Mariela Dreyfus, Rafael Espinosa, Odi Gonzales, Juan de la Fuente, Maurizio Medo, Xavier Echarri, Javier Gálvez, Jorge Frisancho, Willy Gómez Migliaro, Miguel Ildefonso, Victoria Guerrero, Darwin Bedoya, Manuel Fernández, José Carlos Yrigoyen, Giancarlo Huapaya, Andrea Cabel y Tilsa Otta.


El compilador

Paul Guillén estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde ejerce la docencia y tiene una Maestría en Escritura Creativa por la Universidad de Texas en El Paso.

martes, 12 de julio de 2016

ISAAC GOLDEMBERG PUBLICA NUEVO LIBRO EN INGLÉS


Traducido al inglés por Stephen A. Sadow.
Introducción de Raúl Zurita.

DíazGrey Editores, con sede en Nueva York, ha publicado Philosophy and Other Fables, traducción al inglés del libro inédito en español, “Filosofía y otras fábulas”, del escritor peruano Isaac Goldemberg.

Según afirma en su introducción el poeta chileno Raúl Zurita, Philosophy and Other Fables es “un libro inusual en la literatura peruana, Goldemberg alcanza una dimensión nueva, un tono (es decir; un despojamiento, una distancia, una ironía) que hacen que este libro represente uno de los logros más cuestionadores y brillantes de la escritura de hoy. Con un lenguaje que cumple con la exigencia de ser  directo y al mismo tiempo de significaciones múltiples, estos textos no traen consigo únicamente una atmósfera de añoranza, sino que también y es lo que fascina, plantean una crítica extrema a ese aparato metafísico premoderno al que se le ha puesto curiosamente el título de postmodernidad y en el cual el ser humano es fiel reflejo de la confusión y el caos”.

Por su parte, Stephen Sadow, el traductor de este libro, señala en su introducción que estas fábulas “confrontan al lector obligándolo a encontrar su significado, si existe uno o varios. Los protagonistas de estas fábulas pueden ser el “Bien”, la “Poesía”, la “Mesa” o el “Ser Supremo. Las fábulas mismas son modelos cuyos significado pueden ser aplicados a numerosas situaciones históricas y a eventos contemporáneos ocurridos en este planeta. Hay un humor malicioso capaz de sorprender o de desconcertar al lector. Goldemberg no narra historias de animales, ni estas contienen moralejas claras.  Si bien algunos de sus conceptos pueden tomarse al pie de la letra, la ambigüedad acecha por todos lados.  Estas fábulas están lejos de ser realistas. No hay referencias a personas reales, solo referencias vagas a las características de los ‘personajes’. Y los arquetipos que pueblan estas fábulas están abiertos a lecturas superficiales o a otras mas complejas o cabalísticas”.

Isaac Goldemberg nació en el Perú en 1945 y reside en Nueva York desde 1964. Su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner ha sido seleccionada por un jurado internacional de críticos literarios, convocado por el Yiddish Book Center de los Estados Unidos, como una de las obras mas importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. Actualmente, Goldemberg es Profesor Distinguido de Humanidades en Hostos Community College de la City University of New York, donde también dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista “Hostos Review”.

domingo, 26 de junio de 2016

Raúl O. Artola: “Con la poesía nunca se sabe”. Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Raúl Artola nació el 5 de diciembre de 1947 en la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside desde 1975 en Viedma, capital de la provincia de Río Negro. Es Licenciado en Ciencias de la Información, por la Universidad Nacional de La Plata. Obtuvo diversas distinciones en narrativa breve y poesía: destacamos el Primer Premio del Concurso Internacional de Poesía “25 Años de Lucha”, convocado por la Asociación Madres de Plaza de Mayo, en 2002, por su libro entonces inédito “Croquis de un tatami”. Relatos, artículos y poemas suyos fueron difundidos en numerosas publicaciones periódicas, de las que citamos una de su país, “Diario de Poesía”, y dos de Latinoamérica: “Arquitrave” de Colombia y “Fórnix” de Perú. Fue director del Fondo Editorial Rionegrino (1988-1990) y del Centro Municipal de Cultura de Viedma (1992-1993). Entre 1995 y 2010 coordinó talleres de escritura creativa en su ciudad y en Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires. Dirigió la revista-libro “El Camarote – Arte y Cultura desde la Patagonia” (2004-2010). Durante cinco ediciones sucesivas (2009-2013), fue jurado del Concurso Nacional “Adolfo Bioy Casares” de cuento y poesía, organizado por el municipio de Las Flores. Administra www.mojarradesnuda.com.ar. Ha sido incluido en las antologías “Poesía y cuento patagónicos” (1993), “Abrazo austral. Poesía del sur de la Argentina y Chile” (2000), “Nueve monedas para el barquero” (Verulamium Press, St. Albans, Inglaterra, 2005), “La frontera móvil” (con selección de Concha García, en España, 2015). Fue el compilador del manual “Normas de estilo y Técnicas de redacción” (1998) y de los volúmenes “Poesía / Río Negro, Antología consultada y comentada” (Fondo Editorial Rionegrino, 2007) y “Las nuevas generaciones” (Universidad Nacional de Río Negro y Fondo Editorial Rionegrino, 2015).  En 2006, la Secretaría de Cultura del Chubut dio a conocer su libro de narrativa breve “El candidato y otros cuentos” (premiado por el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, Chubut). Publicó los poemarios “Antes que nada” (1987; Segundo Premio Literario Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985-1988), “Aguas de socorro” (1993; Segundo Premio del Concurso Patagónico de Poesía 1992, organizado por la Fundación Banco Provincia de Neuquén y la Secretaría de Cultura de Neuquén), “Croquis de un tatami” (Asociación Madres de Plaza de Mayo, 2002; con segunda edición en 2005 a través de El Camarote Ediciones), “[teclados]” (2010), “Registros de hora prima” (2014).


          1 — ¿Cómo, por dónde fuiste circulando, tanteando, hasta que de un modo pleno te advirtieras involucrándote, ya no sólo como lector, con la poesía?

          ROA — Suelo decir que las dos cosas más importantes las aprendí entre los cinco y los seis años: leer y escribir, por lo menos sus rudimentos. Y son las más importantes porque nunca he dejado de practicarlas. (De paso, recuerdo que Petrarca le decía a Bocaccio: “Ya que debo morir, espero que la muerte me encuentre ocupado: leyendo o escribiendo.”)
          A partir de entonces la palabra aburrimiento desapareció para siempre de mi lenguaje coloquial. Mi padre y mi abuela materna, polos del poder familiar entre los que debíamos oscilar para no ser aplastados en el medio, tenían sendas bibliotecas, bien diferenciadas, que fueron mis fuentes de placer y aprendizaje, refugios ante el oleaje interior y las mareas exteriores. Salgari, Verne, Arthur Conan Doyle, Mark Twain, Emile Zola, Espronceda, Bécquer, Amado Nervo, Almafuerte, Carlos Guido y Spano, Alfonsina Storni, enciclopedias, diccionarios, manuales de anatomía, botánica y zoología, la historia antigua y sus mitos, fábulas de Esopo y Samaniego, “Las mil y una noches, Corazón de De Amicis, integraron el primer arcón de lecturas, que con pocas variantes me nutrió hasta la adolescencia.
Mis primeros textos fueron intentos de salir de los moldes escolares, a pura intuición, precisamente dentro de la educación formal, en clases de lengua e iniciación literaria. Allí fue decisiva la sutil inteligencia y el entusiasmo de una profesora, Nieves Alonso, que me enseñó a los grandes españoles y latinoamericanos: García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Vallejo, Nicolás Guillén, Roberto Arlt, Cortázar, Horacio Quiroga, Borges, Sábato, Juan Rulfo, Onetti…
Casi enseguida descubrí a Hermann Hesse y Walt Whitman, Poe y Kafka, pero también a Susana Esther Soba [1922-2011], la poeta de la ciudad de Saladillo, cuyos libros circulaban de mano en mano (el inolvidable Militancia del corazón fundía, para mi asombro y gusto, dos movimientos del alma que parecían contradictorios en aquella época). Y le siguieron Montale, Pessoa, Cesare Pavese, Raúl Gustavo Aguirre, Vicente Huidobro, Rilke, César Fernández Moreno, Artaud, Baudelaire, Trakl, Pizarnik, Conrado Nalé Roxlo, Olga Orozco, Elizabeth Azcona Cranwell, Jaime Sabines, Rafael Cadenas.
En cuanto a escribir con la conciencia de estar usando un instrumento, el lenguaje, con la definida intención de buscar una expresión que conjugara verdad y belleza, creo que fue por los 21 años, en algunas crónicas de sucesos de mi pueblo, Las Flores. Por eso digo que para mí la primera estructura textual fue la del periodismo, un género en sí mismo —si es que todavía podemos hablar de géneros— que además puede ser un banco de pruebas para forjar una escritura literaria, artística. Después vinieron algunos relatos y un premio con jurado de lujo: Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y María Elena Walsh, que tuvo sabor agridulce porque entendí que habían distinguido al menos malo de los textos, no al mejor. Eso era en 1972.
Recién en la primavera de 1974 se hizo presente la poesía, en una irrupción tan violenta que me sorprendió y conmovió para siempre. Fue como una revelación; en el momento en que sucedió yo no sabía lo que estaba pasando. Estábamos en la quinta de mi tío Juan, en la bonaerense ciudad de General Belgrano. Recuerdo que disfrutaba viendo a mi hijo mayor, Ignacio, de tres años, correr sin alcanzar a don Miguel, un hombrón que surcaba la tierra con arado a mancera en la huerta familiar. A contraluz, recortadas las figuras en el horizonte cercano, me atravesó un rayo de ternura que se transformó en palabras en el papel donde pensaba hacer la lista de las compras. Supuse que mi mano escribía por un extraño conjuro, como si no la condujera yo, ajeno a las emociones conocidas, transido de un espíritu nuevo y oficiante de un rito que creía prestado. Lo cuento ahora y me conmuevo como entonces. Hoy sé que cuanto más somos nosotros mismos, menos creemos ser. Estar totalmente afuera, en esa “intemperie sin fin” que es la poesía, según Juanele Ortiz, es habitar nuestra esencia más íntima e impostergable.
Debe de ser por eso que hoy tengo la confianza de que las voces que suelen visitarme y que se abren paso en forma de poema o de relato ya no habrán de abandonarme. Aprendí a escucharlas y a obedecerlas.
            No puedo decir si hay un asunto o varios que me ocupen con preferencia, pero en todo caso confluyen en un punto: el amor. Cuando algo se mueve en el mundo, es el amor (o su contracara, el odio) quien lo impulsa; y vale especialmente para todas las manifestaciones del arte. Juan Carlos Onetti dijo: “Escribir es para mí un acto de amor; y no me pregunte en qué sentido. Tómelo como quiera”. Y Onetti era uno de los tipos más ásperos de la historia de la literatura, pero también uno de los más inteligentes, lúcidos y sensibles, por lo que podemos suponer que sabía de lo que hablaba.
En cuanto a contenido y forma, estoy convencido de que una idea, una obsesión, adquiere cuerpo, se materializa con felicidad si el ejecutante opera según las reglas del arte, de su arte. Y encuentra la matriz textual propia de las imágenes que lo acosaban al punto de vencer su natural desconfianza y la escasa paciencia de los novatos. De manera que si hay una primera frase que dice, por ejemplo, “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política”, el resultado será seguramente un poema, y si surge algo como “El tape Burgos era un troperito que se había conchabado en Tapalqué”, lo más probable es que sea el comienzo de un cuento o de una novela. (Sé que estoy parafraseando a un gran escritor, que lo ha dicho antes y mejor).
            Reconozco influencias y hasta filiaciones bastante transparentes en lo que escribo, sobre todo en poesía, con relación a los autores que fui leyendo y me provocaron asombro, admiración y estímulo.
En los últimos años hay poetas argentinos que uno necesita leer siempre, como Hugo Diz, Joaquín Giannuzzi, María Teresa Andruetto, Gelman, Irene Gruss, Liliana Lukin, Jorge Aulicino, Daniel Freidemberg, Alberto Szpunberg, Alejandro Schmidt, Graciela Cros, entre muchos otros, y en particular Jorge García Sabal, muerto muy joven, y Juan Carlos Moisés, de Sarmiento, Chubut. Para mí ellos dos han plasmado una obra de gran rigor, precisión formal y capacidad de conmoción, voces claras sin pretensiones ni altisonancias. 


2 — Mencionaste a Chubut, provincia que limita con Río Negro.

          ROA — Llevo viviendo en la Patagonia más de 40 años, lo que equivale a más de la mitad de mi vida. Durante este tiempo he viajado bastante por pueblos y ciudades de varias provincias de la región, casi siempre para encontrarme con escritores, poetas y otros artistas, en reuniones, ferias, certámenes, ocasiones de celebrar la palabra. En un par de lugares me quedé hasta un año e hice amigos entrañables. En todos lados aprendí de las más variadas clases de gente, anduve alerta, con los sentidos abiertos, igual que el corazón. Me enriquecí con la única riqueza que no se esfuma con un golpe de mala suerte, de adversidad climática o de gobiernos incompetentes o perversos: adquirí conocimientos de vida, lenguajes nuevos, compartí alegrías y tristezas, tuve compañeros de camino y amigas de entrecasa. Hasta donde me dio el cuero, no me privé de experiencias.
Salvo los paréntesis aludidos, he vivido estos años en Viedma, capital de Río Negro, casi en el límite norte de la región. Llegué mayor, no digo hombre hecho sino más bien deshecho, pero ya de 27 años, con mi primer hijo y pronto a nacer el segundo. El destino fue azaroso y necesario, casi como cerrar los ojos y tantear el mapa en un terreno menos perforado por las balas y sembrado de muertos que la ciudad de La Plata, donde empezaba su corto reinado de terror la Triple A de José López Rega, y hacían su bautismo criminal los comandos paramilitares, precursores de la dictadura instaurada poco después.
Desde que me establecí en Viedma ejercí el periodismo en varios medios gráficos, en radios y agencias de noticias. La literatura era un berretín de lector empedernido, habiéndome atrevido a probar el cuento con rápida y engañosa fortuna un par de años antes. Y la poesía, un sobresalto tan gozoso como liberador en medio de trabajos y familia.
Todo lo que he publicado fue escrito mientras vivía en la Patagonia. Sin embargo, nunca pude entender ni vencer la sensación de ser un extraño en tierras extrañas. Aunque jamás añoré los pagos al punto de hacer planes concretos de regreso. Es más: si he fantaseado con algún nuevo domicilio lo imaginé dentro de la Patagonia.
Esa sensación encierra la paradoja de extrañamiento y pertenencia a la vez, como la ha definido Diana Bellesi, en su caso para referirse a lo experimentado en sus viajes por América Latina.
Tal ambigüedad, por muchos años, no se reflejó en mi escritura o al menos yo no la podía ni puedo detectar. Por más que relea textos de mis primeros quince años en la Patagonia no encuentro motivos, palabras, giros lingüísticos que hagan suponer al eventual lector un lugar de residencia determinado de su autor. A lo sumo, podrá inferirse que se trata de un argentino, acá sí por múltiples marcas.
Con el tiempo, antes en la narrativa que en la poesía, aparecieron situaciones y personajes ambientados en Río Negro, sobre todo entre Carmen de Patagones y Viedma, siempre en el siglo XIX. Para urdir esas ficciones me había apoderado de retazos de historia, o mejor dicho de grietas en la historia de la vida comarcana en las primeras décadas desde su fundación. Me sorprendí mucho al haber encontrado este camino narrativo, pues no lo planeé ni preví que eso sucedería alguna vez. Quizá porque creía no haber acogido con suficiente fuerza, afecto ni autoridad el paisaje del lugar donde vivo, lo mismo que su pasado y rasgos culturales.
Estos materiales, ingresados naturalmente entre mis recursos a mano para la escritura, me resultaron gratos en su recreación y sirvieron para desmentirme un desarraigo que consideraba fatal, irreversible.
Para la misma época mudé de casa, me afinqué en la zona sur de Viedma, a muchas cuadras del centro, en un barrio popular recién inaugurado. Fue el cambio de ambiente y vecindario más abrupto que afronté, simultáneo con una ruptura amorosa que se llevaba toda mi energía. Supuse que la mudanza no hacía demasiada huella en mi ánimo comparada con el desbarajuste emocional. Sin embargo, un año después me encontré recopilando textos que aludían inequívocamente a mi nuevo entorno, poemas del barrio de variados tonos y colores, muchas veces irónicos y hasta divertidos, con descripciones un tanto bucólicas. Esta vez la satisfacción fue mucho mayor ante el hallazgo: el lugar donde vivía había logrado conmoverme más allá de toda esperanza y previsión.
Bien adaptado, entonces, para la escasa tolerancia que para lo social tiene un solitario, poco asimilado a usos y costumbres, con un distante respeto por las tradiciones y veneración de próceres locales y sus gestas, había al menos aprovechado algunas historias para reescribirlas a mi modo y pude reflejar en varios textos el heterogéneo barrio que me tocó en suerte.
En todo lo demás, seguía siendo el chico y el muchacho de la pampa bonaerense que crió sus ojos en el campo verde y llano con molinos y aguadas constantes, poblados próximos signados por ríos, arroyos y lagunas silvestres, patos silbones y teros escandalosos, atardeceres mansos y rojos, arcoíris después de cada lluvia, los olores del jardín familiar que perfuma todo el aire e inspira el croar de las ranas y el canto de los grillos, con casas altas y antiguas como sólo tiene Carmen de Patagones, ciudad hermana de El Carmen de Las Flores (que así se llamaba mi ciudad natal cuando todavía era un pueblo), para reconfortar mis recuerdos. Aún hoy, cruzar en lancha de Viedma a Carmen de Patagones, subir la cuesta de sus primeras calles hasta el centro, pisar la Plaza 7 de Marzo y llenar mis pulmones con los aires bonaerenses, es un placer tan hondo cual entrar en un oasis privado que no ha sufrido mella con el paso del tiempo.
Estas reflexiones las hice a partir de una confesión inesperada y pública, ocurrida en el mes de mayo de 2008.
Me tocaba coordinar una mesa sobre “Narración y Patagonia” en la Feria del Libro en Buenos Aires, organizada por el suplemento cultural del diario “Jornada” de Trelew. Mis compañeros de panel eran todos chubutenses nativos, aunque dos de las escritoras viven desde hace años en Buenos Aires. Sobre el final de una larga conversación, y animado por la inteligente pregunta de un joven estudiante de Letras nacido en Puerto Madryn, me escuché decir: “Tengo una fuerte ambigüedad de sentimientos: amo a la Patagonia pero me cuesta mucho decir que me sienta un patagónico. Vivo en Viedma, donde asiento un pie firme, para nada vacilante, pero el otro planea entre Las Flores y La Plata, donde nací y me crié, estudié, tuve militancia política y gremial y fundé familia. Con esa dualidad convivo sin angustias pero con cierta perplejidad y no puedo dirimirla ni resolverla en otro lugar, en otro plano, que no sea en el de mi escritura. Y allí ya no puedo opinar; tendrán que hacerlo los lectores de mis textos”.
Por todas estas cosas, y por muchas más seguramente, de las que a veces tomamos apuntes para intentar borradores de futuros textos, ha de ser que el tema de la identidad regional es motivo de conversaciones, coincidencias y disensos, lo mismo que origina facturas de distinto sabor a la hora de tejer un poema o esculpir un relato o novelar personajes o investigar sucedidos.
El profesor Virgilio Zampini, en Construcción literaria del espacio patagónico (Trelew, 1996, agotado), dijo: “Habitar es dar sentido a un espacio. Es construir, por la palabra, un ámbito de significados. Vivimos en los espacios que, de un modo peculiar, han creado los textos literarios”, para concluir más adelante que “el espacio que hoy llamamos Patagonia es también la resultante de una construcción literaria”.
Dicho con otras palabras, tal vez valdría la pena preguntarse si antes que esperar o aspirar a que una región produzca una prefigurada literatura, de colores, contornos y perfumes más o menos previsibles, no sería saludable suponer que la literatura es la que va generando la fisonomía, los rasgos y el carácter de la región desde la que se escribe. Como todos los aportes que hace el arte para perfilar una cultura.
Si bien la patria es la infancia por imperio natural, en tanto sustrato sensorial, emocional y afectivo, para los que construimos nuestro mundo interior, intelectual pero también afectivo, mediante la palabra escrita, como lectores primero y luego como escritores y siempre lectores, la patria elegida es el lenguaje, la lengua madre, la combinación permanente de unos sonidos y sus significados, que dan sentido a nuestra vida.
De allí puede proceder ese raro extrañamiento respecto de la tierra, del lugar que habitamos, que no nos colma, no termina de enamorarnos, nunca termina de ser “nuestro” lugar. Creo que para el artista el sentido de pertenencia a la materialidad de un espacio físico es ilusorio cuando no voluntarista, y hasta político en su sentido más amplio, que es cuando adquiere entidad y potencia, en el mejor de los casos. Porque, con más fuerza, quien trabaja con los lenguajes simbólicos del arte se remite constantemente a ellos, sus herramientas son el único sitio seguro de referencia y cobijo, de arduo placer, de trabajo en la vigilia y durante el sueño, de desvelo constante y rumbo cierto.
Jorge Luis Borges y Abelardo Castillo, por citar a los que tengo más a mano, identifican a la literatura con la palabra destino. No destino con el sentido griego de fatalidad y arbitrio de los dioses; destino como rapto de la imaginación cazada al vuelo en alguna siesta de niñez o adolescencia; destino como determinación y voluntad, como trabajo y reparación en un solo acto; destino como sendero apenas entrevisto que intuimos es camino central; destino como el derrotero marcado en un boleto de ida; destino como pasaje, rito y juego

3 — Del título completo, desplegado, de la revista-libro que dirigiste, la palabra que más me atrae es “desde”.

          ROA — En 2004 pasé a dirigir la revista-libro “El Camarote”, una creación de mi hijo Ignacio, propietario de la marca y editor responsable, de la que salieron 15 números (los dos primeros, artesanales) y publicó textos de más de cien narradores, poetas y ensayistas patagónicos, además de reseñar casi noventa libros en su sección “Biblioteca”.
          El lema fue “Arte y Cultura desde la Patagonia”, cuya intención podría justificarse con la consigna de Tolstoi (“pinta tu aldea y serás universal”). Pero es más complejo el asunto, porque en los ‘70 y hasta bien entrados los ‘80 predominaba una regla implícita entre la gente de letras (“ley del Coirón” la llamó astuta e irónicamente la poeta Graciela Cros, de la ciudad de Bariloche) que imponía un costumbrismo, poner “color local” en toda composición textual. Y crecieron los jóvenes rebeldes, nos sumamos los migrantes internos, y en veinte años cambiaron tanto las cosas que ya no nos repugnaba que se motejara de “patagónicas” nuestras todavía incipientes obras. Aunque no lo fueran, porque es algo en construcción permanente una cultura tan nueva, con perfiles difuminados, no tributarios de nadie y de todos.
          Estoy convencido de que dialogamos con todos y abrevamos en cualquier fuente interesante para construir un nosotros, sin voluntarismos ni apriorismos, y desde un lugar propio, nuevo. Con antecedentes numerosísimos y difusos, intercambios constantes y radiales pero sin centros obligados donde referenciarnos, salvo las preferencias, tendencias, vocaciones de cada autor, que edifica heterogéneamente sus cánones personales en el devenir del crecimiento en su oficio y de su obra. Ese lugar propio nos ubica en un sitio relevante dentro de la literatura nacional, con una pujanza diferente a regiones más antiguas y tradiciones arraigadas, donde seguramente se están dando luchas generacionales y de corrientes estéticas más arduas que aquí.
      Por tanto, diría que ese lugar o posición que ocupamos en el nivel nacional es muy distinto al que teníamos hace treinta o más años, cuando había un puñado de creadores de escasa resonancia en el resto del país y poco reconocimiento por la calidad relativa de sus obras, juzgadas por las autoridades porteñas, la Academia, la Crítica y el mundo editorial, los negocios. Pero ya hace más de veinte años tuvimos un indicio fuerte de la consideración que merecía la producción literaria de la región, a la que me quiero referir documentadamente.
      Con motivo de la edición 1992 del Concurso Anual Patagónico organizado por la Secretaría de Cultura de Neuquén y la Fundación del Banco Provincia de Neuquén, el director de ese concurso, Raúl Mansilla, publicó en el diario “Río Negro” el sábado 12 de diciembre de aquel año, una crónica y análisis del acontecimiento. El jurado (compuesto por Susana Silvestre, Jorge Aulicino y Carlos Levy) tuvo “importantes apreciaciones sobre la literatura de la región”. Los tres dijeron, deja constancia Mansilla, “estar sorprendidos por el muy buen nivel literario que existe en la Patagonia”. Aulicino dijo no saber las causas de este grato fenómeno y dio algunas cifras para explicar su punto de vista, ya que él acababa de ser jurado en el Concejo Deliberante de Buenos Aires. Dijo que de seiscientos trabajos de poesía enviados a dicho certamen capitalino, sólo treinta pudieron ser recuperados como muy buenos; “en cambio, en este concurso patagónico, con cerca de ochenta trabajos enviados, había veinte realmente muy buenos, de primer nivel, lo que demuestra claramente la diferencia. Susana Silvestre, por su parte, “opinó del mismo modo, dijo que hasta el cuento más elemental de los enviados tenía cierto nivel, y destacó fundamentalmente a los jóvenes (menores de 20 años)”. Levy, mendocino, “opinó que lo que ocurría en la Patagonia era superior en calidad a lo que se hacía en la región cuyana”.
          La “comarca” poética que sentimos propia abarca el norte y centro de la Patagonia (Neuquén, Río Negro y Chubut), con ramificación de hermosas amistades en La Pampa, algunos pueblos de Santa Cruz y creadores individuales de Tierra del Fuego. Con un agregado fundamental: el sur chileno, la Patagonia trasandina, donde se producen integraciones asombrosas y mutuas influencias, progresivas con el paso del tiempo. Es admirable apreciar —sobre todo escuchar— la musicalidad y el lenguaje con que se fueron impregnando en los últimos años las obras de Jorge Spíndola y Raúl Mansilla, por ejemplo, que además de tener ancestros chilenos han viajado asiduamente, fortaleciendo lazos fraternales y estéticos con poetas y otros creadores del sur de Chile.
          También despunta una vertiente de “oralitura”, como da en llamarse a una poesía de genuina raigambre mapuche, en castellano y mapuzungun (o mapudungun), cuya creadora y promotora más conocida de este lado de la cordillera es la comodorense Liliana Ancalao, una gran poeta.
          Me fui por las ramas pero me pareció pertinente dar todas estas explicaciones. Volviendo a “El Camarote”, puedo decir que fue la aventura más apasionante que emprendí en estos años. Tuvimos efímero equipo colaborador integrado por una profesora de Letras del Comahue y un puñado de alumnos que hicieron una pasantía como reseñistas bibliográficos, pero no duró porque era un compromiso escaso y poco vocacional el que establecieron con la revista. Volvimos a ser dos para todo: mi hijo y yo.
          Alrededor del número 11 perdimos como auspiciante al gobierno de Río Negro, único sostén de cierto peso, por el capricho burocrático y el desinterés por las manifestaciones culturales ya proverbiales en el Estado, al menos en estas latitudes. Fue el turno del Fondo Nacional de las Artes, que nos dio una beca que hicimos estirar para solventar los números 12, 13 y 14, para recurrir finalmente a la Agencia Española de Cooperación Internacional, que financió la salida del 15, ejemplar de despedida. Aclaración necesaria, pero común a las publicaciones literarias: jamás ganamos un solo peso, salvo para algún pasaje destinado a llevar la revista para presentarla en ciudades patagónicas, Buenos Aires y La Plata.
          Tengo el orgullo de decir que el periodista y escritor Salvador Biedma, cuando era estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires, realizó un trabajo monográfico parangonando a “El Camarote” con la mítica “Tarja” de la provincia de Jujuy. Es el elogio más grande que hemos recibido.


4 — Y después fundaste www.mojaradesnuda.com.ar.

          ROAFrustrado por el cierre de “El Camarote”, imaginé enseguida una nueva publicación. Tenía el nombre in pectore de “La mojarra desnuda” porque designa a un pececito único en Río Negro, ya que no existe en ningún otro lugar del planeta y tiene la característica de ser un pez prehistórico descubierto a principios del siglo XX, que nace de 2 cm. con escamas. A medida que crece y llegando hasta 8 cm. va perdiendo sus escamas y queda traslúcido, impresionando su desnudez y una fragilidad ostensible. Hay unos 2.000 ejemplares en el arroyo Valcheta, en las estribaciones de la Meseta de Somuncura en el centro de la provincia, lugar desértico y poco habitado. Está en una reserva custodiada, vigilada y cuidada, según dice el Gobierno, por guardafaunas especiales sin que se pueda establecer si el número es decreciente y por lo tanto próximo a la extinción de la especie.
          Ese pececito, tan genuinamente rionegrino, me daba el nombre para proseguir con una tradición de revistas literarias, como las de Abelardo Castillo en nuestro país, con apelativos de animales. Ese momento coincidía con la fundación de la Universidad Nacional de Río Negro y se me ocurrió ofrecerles la idea para que la asumieran como un proyecto de revista oficial, por lo que pensé en el lema “Estación de Artes y Ciencias”. No prosperó la iniciativa porque no tenían una editorial todavía ni tampoco un departamento de publicaciones. Les gustó, pero dadas las condiciones quedó como un apunte perdido en un cajón.
          Con mi natural impaciencia, en 2012 decidí emprender la aventura usando el nombre para una revista digital que hicimos con mi hijo Ignacio. Nos largamos así nomás con muy pocas publicidades de organismos públicos, uno de los cuales estaba dirigido por un amigo ingeniero y escritor que quiso contribuir a la salida. Eran dos o tres publicidades que alcanzaron para sostener al principio los costos más elementales, pese a su presentación gráfica muy vistosa, casi lujosa, que no requiere más que el manejo de una persona tan capacitada como Ignacio. Los dos primeros años se mantuvo bastante ágil, con mucha actividad de secciones y subidas casi mensuales de material nuevo, pero al llegar a 2015 el trabajo mermó por distintos motivos y sólo pudimos publicar las “Cinco tesis sobre poesía” de Raúl Gustavo Aguirre, un ensayo publicado originalmente en la revista “el lagrimal trifurca” de Rosario, dirigida por Francisco Gandolfo.
          Esa publicación fue en agosto de 1976, el peor momento de la dictadura militar, en el que resultó el último número en aparecer. Nuestro rescate fue un importante aporte a la difusión del pensamiento de Aguirre, pues ese trabajo no había visto la luz en ningún otro formato desde aquella época y fue muy bien recibido especialmente por los lectores de poesía. Tuvimos la suerte para hacerlo de contar con la aprobación de la señora Marta de Aguirre (su viuda), la colaboración de Juan Carlos Moisés que nos hizo llegar el material fotocopiado, las imágenes de la revista original conseguidas por la poeta Laura Klein y otros aportes, como la ayuda de mi nieta Inticha Artola en el tipeo del texto.
          En este momento, hemos perdido todo apoyo material porque la provincia no otorga publicidades a través de ningún organismo y esto es unánime porque no he visto campañas en ningún medio. Por eso podemos decir que “La mojarra desnuda” se encuentra en suspenso hasta nuevo aviso, a la espera de que lleguen tiempos mejores, estando al día nosotros con los derechos que corresponden al espacio web.


 5 — En los noventa, entre otras responsabilidades e iniciativas, dictaste un seminario sobre algunos aspectos de la obra de Rodolfo Walsh (1927-1977).

          ROA — Así es, para el Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn de 1995 se me encargó que organizara un seminario sobre Rodolfo Walsh por reunir las condiciones de periodista y rionegrino y la suposición de que tendría una versación mayor que otros participantes, cosa harto dudosa por otra parte. Lo que más me interesaba era investigar las relaciones muy diversas que podían encontrarse entre el trabajo periodístico y la obra literaria de Walsh. Para eso, me comuniqué con su última compañera, Lilia Ferreyra, quien me dio cita en enero de 1995 en el bar de la  esquina de avenida Belgrano, en tu ciudad, a media cuadra de la redacción de “Página/12”, donde ella trabajaba. Allí conversamos durante más de una hora, que grabé íntegramente. Lilia Ferreyra me contó que Walsh concedía la misma importancia a una y otra veta de su producción, en el sentido que le demandaban el mismo tiempo y un rigor de investigación y de elaboración, a pesar de las diferencias de objetivos y de estilos de ambos trabajos. También destacó que la pasión era idéntica, no hacía distinción en ese sentido al punto de que la escritura era tan minuciosa como para afirmar que los textos se iban armando palabra por palabra. Otra de las cosas que remarcó es que las notas de investigación que hacía para la revista “Panorama” (que era semanal) le llevaban mucho tiempo y entonces no podía cumplir con una por número. Era muy riguroso en todo, tanto en las fuentes que consultaba, en la información que allí recogía, como detallista, casi obsesivo, era para urdir las tramas de su trabajo literario.
          Después nos dedicamos a hablar bastante sobre la famosísima “Carta Abierta a la Junta Militar”, escrita al cumplirse el primer año del golpe de Estado y cuya distribución le costó la vida, porque lo emboscaron precisamente cuando iba al correo para despacharla con destinos varios. Allí lo hirieron, lo capturaron y nunca más apareció. Lilia Ferreyra me dijo que esa Carta había sido escrita con una arquitectura de redacción estricta: el modelo fue las catilinarias de Cicerón, dirigidas precisamente contra el dictador Catilina, que son cuatro textos con forma de invectiva y que eso se puede distinguir haciendo un escrupuloso estudio del latín original y el lenguaje usado por Walsh. La cadencia y el estilo son pertinentes y precisos como en otros trabajos, pero con una finalidad muy específica y una eficacia demoledora, ya que la información que lo nutría siguió sirviendo de base para toda investigación posterior acerca de la dictadura, al punto tal que siguen consultándola como fuente primaria para saber lo que sucedía en nuestro país desde los puntos más distantes del planeta. Es por eso que aún hoy se estudia en muchas universidades del mundo como modelo de denuncia a toda forma de opresión y considerándosela, como sentenció Gabriel García Márquez, “la pieza magistral del periodismo de investigación”. Esos fueron los temas que tratamos en el seminario que duró dos jornadas y que pude ilustrar con pasajes de la conversación con Lilia Ferreyra.

 6 — En 2010 participaste en un taller de dramaturgia, y con un puntual propósito.

          ROA — Ese taller de dramaturgia se originó de esta forma: un actor que decidió dirigir acá en Viedma su primera obra me pidió que le ayudara a elegir algunos textos, algunas obras ya conocidas o no muy conocidas para armar su elenco y ponerla. Le ofrecí varias, no eran muchas las que tenía, y algunas me gustaban para mostrárselas. Pero no afinábamos ahí, no llegábamos al punto sobre lo que él quería y al final se explicó mejor y le dije: “Ah bueno, vos estás buscando otra cosa. Yo acabo de leer unos cuentos inéditos de Juan Carlos Moisés que se llaman “Dueño de circo”, son unos cuentos brevísimos, la mayoría son de media carilla, y algunos —muy pocos— llegan a una página. Son 121, te los recomiendo.” Y se los di, le di mi copia para que él leyera y opinara.
          Quedó fascinado, el clima poético que tiene toda la prosa de Moisés —una prosa narrativa que está contaminada de poesía—, creaba unos personajes de caracteres psicológicos y vetas espirituales más que interesantes, formidables para adaptarlos. Ahí coincidimos que tanto él como yo no teníamos recursos o intuición para armar una obra con eso, era un arduo trabajo. Entonces, luego de hacer varias consultas, al propio Moisés le pregunté y él me dijo: “Pero si lo tenés a Gustavo Rodríguez en Puerto Madryn, qué mejor que él que está bastante cerca de ustedes para dirigirles un taller y armar la obra.”
          Y así fue que Gustavo Miguel Rodríguez, un narrador, un fotógrafo, un dramaturgo y un director de teatro a la vez, todas esas cosas reunidas hacían de él la persona más indicada. Daba el perfil perfecto, además de ser un gran amigo, y accedió a venir el último fin de semana de cada mes para llegar a trabajar todo el día sábado (mañana y tarde) en los avances que pudieran hacerse con un método que nosotros desconocíamos y que él nos traería.
          Éramos seis o siete personas y durante ocho meses nos reunimos puntualmente a fin de mes para ir aproximando los elementos, crear los personajes —porque había que fusionar muchos de estos personajes que tenían los cuentos de Moisés— y llegamos a concebir once versiones de la obra. La leíamos varias veces durante el mes, porque Rodríguez quedaba con la misión de pasar en limpio los apuntes que se habían hecho durante las reuniones de trabajo, las enviaba por mail y nosotros las teníamos bien leídas para la fecha en que viniera. Luego, lo hacíamos en vivo, con los apuntes ahí y las correcciones posibles, las iniciativas y las sugerencias. Y bueno, fue muy largo, en esos ocho meses logramos parar una obra que nos satisfizo, que nos gustó y hasta ahora está sin ponerse porque no se han logrado formar elencos que tengan seis personajes; lo intentó el actor que me pidió la colaboración pero no logró culminar con éxito la formación del elenco y de la puesta en escena

7 — En dos concursos nacionales, el de la Fundación Victoria Ocampo, en 2012, y en el “Eugenio Cambaceres”, un año después, organizado por la Biblioteca Nacional, resultaste finalista por tu libro de cuentos aún inédito “La mujer ágrafa y otros infundios”.

          ROA — Sí, yo publiqué “El candidato y otros cuentos” en 2006, con dos años de atraso, porque recibí un segundo premio con recomendación de publicación en el 23º Encuentro de Escritores Patagónicos. Ese libro fue seleccionado por un jurado muy importante: Abelardo Castillo y dos patagónicos: Gustavo Miguel Rodríguez de Puerto Madryn y Blas Cáceres de Comodoro Rivadavia.
          Pasó un tiempo y sin que yo me lo propusiera demasiado seguía apareciendo el impulso de narrar. Volvían a aparecer escenas que me motivaban a escribir prosa. (No se olviden que yo soy de cuño periodístico, periodista nato, pero la poesía es lo que más quiero, es lo que más me llama, es lo que me lleva más hondo, más íntimo; pero las ganas de narrar están también presentes.) Entonces, fueron acumulándose —en años posteriores— unos nuevos textos que iban apareciendo, un poco más audaces formalmente, un poco fuera de la convención en algunos casos. Yo tengo mucho del corte tradicional, bastante clásico en la manera de narrar pero a veces me salgo de las normas y adquieren formas novedosas fingiendo crónicas, publicaciones periodísticas, adopto el nombre de ficción de personajes que son autores famosos; en un cuento invento textos del Vizconde de Chateaubriand, por ejemplo. Habiendo leído “Memorias de ultratumba”, hago aparecer unos papeles perdidos que pertenecerían a sus diarios y la verdad es que me convence ese juego, esa ficción tan audaz, con mucha imaginación pero con mucha información también. Me obliga a trabajar aparte con variada documentación porque para ser verosímil una ficción así tiene que estar ambientada en los lugares en los que el personaje de origen frecuentaba, los quehaceres que lo ocupaban y fingir, remedar, también un estilo parecido. Tiene sus dificultades, pero también satisfacciones muy grandes. En otro de mis cuentos el personaje es Angelina Jolie, en un año difícil para ella en el que se había separado de su marido, tenía el bebé camboyano que habían adoptado muy chiquito y aparece una periodista, una mujer un poco mayor que ella y viéndola tan complicada, tan conflictuada con tantas cosas sin resolver, se pega a ella e inician una relación que bueno, hay que leer el cuento...
          Y así muchos, “La mujer ágrafa” es ciencia ficción, y el “y otros infundios” es un agregado en el título que da pie a pensar que todos son infundios, y es que lo son: la ficción es mentira, es una mentira que parece verdad, esa es la virtud que tiene. Si bien hasta ahora se mantiene inédito, cada tanto concurso para tener alguna chance. Allí me fue muy bien en esos dos concursos que mencionás y estuve entre los mejores. Ser finalista de diez o ser finalista de veinte para los cientos de escritores que participaron es un excelente resultado.

 8 — Por teléfono me anticipaste que estás organizando un volumen que se titulará “La mirada corta”.

          ROA — Sí, a principios de año retomé el proyecto de hacer una especie de antología personal de la totalidad de mi obra poética, que ahora alcanza los cuarenta años desde mis primeros textos legibles. Cinco libros nada más, soy muy riguroso, tengo mucha paciencia para dejar decantar los materiales antes de decidirme a publicar uno. Había encontrado un título, “La mirada corta”, que creo representa bien el enfoque central de mi poética. Había empezado una selección pero al llegar al último libro, “Registros de hora prima”, me encontraba en una encrucijada rara: me iba a resultar muy difícil elegir los textos de ese libro porque escapan bastante a las formalidades de la poesía —es poesía en prosa, diría yo—. En algunos de estos textos la tentación de la narración es muy grande, pero pienso que el perfume, el aroma de la poesía no deja de estar nunca. Por lo tanto, no me sentía en condiciones, además no tenía tiempo ni ganas de hacer esa selección y le pedí a Silvia Castro que leyera, ella conocía muy bien mi obra. Silvia es una excelente poeta y fotógrafa, y severa crítica, no iba a hacer concesiones e iba a elegir lo que realmente le parecía lo mejor. Bajo ese concepto de “la mirada corta”, hay un estilo, se puede decir que más que estilo es un concepto en mi poesía, que toma una distancia intermedia entre el yo y el exterior más lejano y abstracto, la sociedad, la historia; elijo la distancia entre las personas, la distancia entre el entorno más inmediato de uno, el barrio, las fronteras cercanas del yo poético. Y creo que eso está en todos los libros en forma preponderante. Y bueno, así se armó, porque Silvia ya terminó su trabajo y “La mirada corta” espera ocasión propicia —o sea tener unos pesos— para poder editarlo y no sé si saldrá este año o el año que viene, pero cuando se pueda lo voy a sacar y posiblemente con la editorial La Carta de Oliver. El último libro, “Registros de hora prima”, lo hice allí porque Santiago Espel es un buen poeta y también un excelente editor, un solidario y riguroso editor, eso es lo que uno pide y lo que más desea: que no impriman a libro cerrado, y Santiago Espel es de los que hacen su trabajo muy bien.

9 — ¿Cómo te llevaste, y cómo te llevás con algunas aspiraciones que pudiéramos denominar utópicas?

          RA — No sé si tuve alguna vez aspiraciones determinadas, de las que luego podría llamar utópicas. Creo que fui eligiendo según la marcha del camino, a medida que se daban los acontecimientos, cuando se frustraba un camino tomaba otro, pero no quería lo que se establece como “el rumbo del éxito en la sociedad”: el dinero, una posición, un determinado status, nada de eso. Cuando era chico siempre me decía que si eso era lo que regía, que si eso era lo que se podía obtener con facilidad en este mundo, eso no me interesaba.
          Yo quería otro tipo de cosas, conocer, saber de todo, tenía una mente enciclopedista y de tipo espiritual pongámosle. Hasta que me di cuenta años después que me fascinaba la frecuentación del arte, como espectador o lector en principio, y si pudiera hacerlo mejor. Entonces no tengo frustraciones, porque nunca me conduje hacia algo prefijado, fui encontrándome conmigo mismo, siempre tomé lo que venía e hice con lo que venía lo mejor que pude, por lo tanto no conservo en mí una cosa como frustración o decepción.
          Siempre uno tiene una cosa pendiente en la vida, y tiene un matiz utópico que es el amor, ¿no? El amor va y viene, pero cada vez está cumplido, no valen las lamentaciones o balances postreros, sobre si lo que se vivió, valió. Entonces, yo creo que el amor es renovable y por lo tanto la utopía es en sí mismo el amor (el amor físico, el amor de hombre-mujer), que siempre se renueva, hay otro delante.
          En lo que podría decirse que sí tuve una decepción fue con las aspiraciones de cambios grandes en la sociedad en la década del setenta, un cambio rotundo de paradigma social y económico que trajera más justicia y equidad para todos los hombres. Esa sí que es una utopía también, pero uno se acostumbra cuando va creciendo, se da cuenta que esa utopía es tan grande que si bien vale la pena seguir luchando por ella, es fácil que se frustre. En ese sentido tampoco soy un desencantado que me haya abrumado la situación. Estuve cerca, estuve peleando en aquellas trincheras de entonces pero después, sin bajar las banderas, las he adaptado a mi manera.
          Yo vivo en el borde de la sociedad, me refiero a que vivo en el borde de lo económico y de lo social. Es un lugar que me queda bien, me siento cómodo, no paso estrecheces pero nunca me sobra nada. Tengo el dinero que necesito para las cosas que me procuro: el confort, la necesidad de alimento material, intelectual y espiritual, y por lo tanto, eso hago: estar en los márgenes.

          10 — Jorge Leonidas Escudero (1920-2016) pretendía “Mirar el objeto y al mismo tiempo mi centro para ver si veo más allá de las distorsiones.” ¿Expresarías de modo similar lo que pretendés?

          RA — Es buena y profunda la frase de Escudero, coincido en parte porque tiene muchos filos, se la podría “diseccionar” en retazos. Pero a mí me gusta la de Juan José Saer que dice “un miope debe ser modesto: la mancha móvil ocupa todo su reducido campo visual y aniquila, sin malignidad, lo demás” —es de una partecita de “Argumentos” (una serie de relatos breves).
          Yo a mis alumnos de taller solía decirles que asomarse a lo poético es crear la dimensión de un objeto nuevo. A partir de nosotros, de nuestra mirada, dirigirnos hacia cualquier cosa: una persona, un lugar, un paisaje y verlo profundamente con esos ojos nuestros. Y en el medio de esa mirada, en el ir y venir, en la frecuentación honda y profunda, generar un objeto o ente distinto. Ese objeto, ese ente distinto es el poema. Cuando lo hemos logrado después de varios intentos, ese puñado de versos expresan una nueva realidad, esa es la relación que, con suerte, podemos lograr. Haber podido hacer con lo otro, con lo que no es de uno, lo que uno desea, lo que desea expresar, y ése me parece que es un pequeño o gran hallazgo. Pero es un secreto que pocas veces se habla de él, lo reconocemos muy de tarde en tarde.


         11 — Para el autor de “Las nuevas generaciones”: ¿Qué poetas, no sólo argentinos, jóvenes —o no jóvenes, pero que hayan comenzado a publicar en los últimos años— te interesan, y porqué?

          RA — Esa es una pregunta comprometida y difícil para responder sin consultar las lecturas de los últimos tiempos. Siempre se es injusto, por ahí alguien que uno no querría omitir queda afuera, pero voy a arriesgar. A mí me gusta mucho la poesía de Carina Sedevich, la cordobesa; de Jotaele Andrade, el poeta de Azul, provincia de Buenos Aires; la poesía de Carina Nosenzo, de Río Negro, Eliana Navarro, Cecilia Fresco —que vive en Villa La Angostura ahora, como Diego Reis—, Paz Levinson, Carolyn Riquelme, de Bariloche, María Inés Cantera —de acá, de la Comarca Viedma-Patagones... Sería innumerable la lista, me quedo ahí con esos nombres. Esos poetas más o menos expresan, dentro de lo que he leído, lo que me ha gustado más, pero siempre el motivo está relacionado con la entrega. Hay gente que escribe entregándose, escribe con todo el cuerpo, escriben con sus sensaciones y con sus sentimientos, escriben para pensar, no piensan para escribir; y eso se nota mucho, suele notarse cuando un escritor o un poeta ha planeado lo que escribe y no está mal, pero yo aprecio el trabajo de esperar a que el inconsciente nos dicte las palabras, eso es lo que prefiero, eso es lo que intento yo y a veces lo logro y eso es lo que más me satisface.


12 — ¿Comidas que preferís y comidas para vos incomibles? ¿Bebidas que te entusiasman y bebidas desagradables?

          RA — Bueno, el gusto es de las cosas que cambian según las edades, según los lugares, según las personas con las que compartimos la mesa. Nunca he sido refractario a un tipo de comidas, no lo recuerdo... Ah, sí, la sopa de tapioca que hacía mi madre cuando éramos chicos. Era insoportable, la rechazaba.
          Después, los platos que al chico le gustan son milanesas con puré, por ejemplo. El puchero viene después, el puchero es el que come el padre, y que uno después cuando se hace más grande lo puede apreciar. En una época, con una pareja que tuve en Comodoro Rivadavia —porque residí también un año en Comodoro Rivadavia—, habíamos conseguido no me acuerdo por qué medios, si lícitos o más o menos, un curry de la primera calidad, importado —vaya a saber de qué origen—. Y solíamos hacer un pollo al curry con arroz (cuando había plata para pollo, sino arroz con curry solamente), que nos tuvo muy entretenidos por una razón muy sencilla: descubrimos que ese curry es afrodisíaco. Entonces se puede decir que pasamos una temporada de luna de miel con un curry tan bueno.
          En cuanto a bebidas he tomado preferentemente vino, hasta hace tiempo, que dejé de beber alcohol, hará quince años. Era hombre de vino tinto y de damajuanas, el vino en damajuanas y el mejor que se pudiera conseguir, ¿no? A veces no se podía y a veces nos parecía buenísimo el Parrales de Chilecito, y si no, excepcionalmente, una botella de vino de reserva, un Cabernet Sauvignon, un Malbec. Pero la bebida que siempre ha perdurado una vez que la conocí —más o menos lo que se puede decir bien— fue el champagne. Ahora el único alcohol que tomo es champagne, un poquito siempre para las fiestas. Y yo que creo que el champagne va bien con todo, si te cae bien va bien con todo. El champagne demi sec es perfecto, o el brut. Hasta el brut me he animado, es un poco astringente pero se saborea bien.
          Respecto de las desagradables: la leche, y las tóxicas, para mí intomables, bebidas cola de diverso origen y composición.


          13 — ¿Qué opinión te merecen las poéticas de Gregory Corso, Blas de Otero y Omar Khayyam?

          RA — A la generación beat norteamericana llegué tarde, como llegué tarde a los Beatles, a muchas cosas de esas décadas. Llegué tarde y me lo lamenté, porque cuando descubrí el Aullido de Ginsberg, ¿cómo no respingar, no? Es bravo enfrentarse con el Aullido. Leí un poco de Ginsberg, después de Ferlinghetti, de Kerouac, de Burroughs. Burroughs me interesó muchísimo, pero a Corso no llegué, o si llegué lo leí en alguna antología y entonces no se puede apreciar si es una muestra de tres o cuatro poemas, y nunca lo busqué especialmente, por ejemplo en algún blog que se dedica a la poesía universal tiene que haber muy buenas muestras de Gregory Corso, pero no lo disfruté.
          En cuanto a Blas de Otero, cuando estaba preparando la edición de mi primer libro, “Antes que nada”, uno de mis poetas más frecuentados era él. Me daba en la tecla de lo que necesitaba en ese momento, al punto que uno de los poemas que más quise de ese libro tiene epígrafe de Blas de Otero. Dice: “y un golpe, no de mar, sino de guerra, que destierra los ángeles mejores”. Eso es de Blas de Otero, y me marcó, esa lectura me marcó para siempre, inclusive para dejarlo estampado en un libro mío.
          Y de Omar Khayyam, “Las Rubaiyatas”, que leí en edición de Losada por supuesto, la más difundida entre nosotros. Me impresionó mucho la cultura que expresaba y cómo la expresaba, con qué brevedad y en pocas palabras hacía un hedonismo militante: cantarle al vino, cantarle a la naturaleza, cantarle al amor, a las mujeres. Me parecía maravilloso, era como transportarme a otra cultura, realmente, nunca había leído cosas así. Nunca había leído en castellano a un poeta así, y además la forma me caló hondo, y ahí empecé a fijarme en el poema brevísimo, los aforismos, los epigramas; que cuando descubrí a otros como Antonio Porchia y a Raúl Gustavo Aguirre, me hice muy afecto a esa forma.

          Esa era una ambición, ¿ves? Es una ambición que tenía: poder captar algo de ese aroma de poesía, de ese perfume de poesía condensadísimo y que después lo encontré en otros autores, en Juan José Arreola por ejemplo, el mexicano, o Marcel Schwob, el autor de “El libro de Monelle” y “La cruzada de los niños”. Mirá, justamente a estos dos últimos admiraba Borges, pero no los honraba mucho. Es para admirarlos pero no se los puede imitar, de ninguna manera se los puede imitar. Pero se te puede colar la forma adentro tuyo, y a veces salir algo que tenga que ver, un parentesco más o menos cercano pero es muy ocasional; yo lo he hecho en “Croquis de un tatami”, en “Aguas de socorro” también. En “Croquis de un tatami” he hecho toda una sección con esos “textos anómalos” como dijo una profesora, donde uno no distingue demasiado bien entre el aforismo, el epigrama, el poema breve y el brevísimo. Y me sigue tentando mucho, y cada tanto soy rozado por el ala de esa mariposa extraña de la brevedad, por ejemplo, cuando digo “con la poesía nunca se sabe”.



Raúl O. Artola selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


del barro a la madera


Estamos tocando la vida
con la punta de los dedos
como aquella vez que un hombre
encendió la primera palabra
y fundó el fuego,
ese hombre de barro original
reseco después de tantos siglos.
Con temor por la cornisa,
buscamos la madera perfecta
que soporte el paso de todas las aguas
y el calor de cada sol del universo.

Dioses pequeños, conmovedores gepettos
del asfalto y los relojes,
taumaturgos frustrados pero tercos,
bailarines del alma,
criaturas a cuerda con la boca cosida
y amores dispersos,
renovadas legañas del Ojo que duerme,
manos del hastío aburrido de sí mismo,
cañas que pujan por despertar los colores
de la paleta del último pintor
hecho con el barro viejo,
ése al que empiezan a crecerle
los pies y las piernas
de una extraña madera,
indestructible.

                              (de “Antes que nada”)

*

hombre frente a una ventana


La luz tiene cadalsos oscuros
que reciben su matriz desde la noche.
Mira el hombre los destellos intermitentes
detrás de la ventana
y completa los espacios con figuras astrales,
los caballos de las medias horas,
los gatos de quince  minutos,
los lobos que vienen cada sesenta segundos
a bloquear los valles claros
en la pantalla de cine.
Y dos viejas encorvadas de luto
llevan flores a los muertos
para que con el perfume gocen.
La serenidad de la luz permite
estas agonías intrépidas
en su moviola segura y lenta.
El hombre sigue frente a la ventana
cuando escucha a sus espaldas
una rapsodia electrónica que le refuerza el alma
para sufrir todos los cadalsos,
una por una las tropillas,
la llegada felina de los cuartos.
Sin sobresalto, el hombre
mata puntualmente los lobos del minuto
y las viejas huyen con sus ramos inútiles.


                                             (de “Antes que nada”)


*

El aire no es gratis


Tengo por especialidad el cero,
la nada, el escardillo,
la nata de la leche,
los palenques de almacén
de copas y ramos generales,
la sinrazón del miedo,
la espuma de los días,
el coraje de los chicos
en la escuela,
las escobillas de una batería,
el barro de los nidos,
la fisiología del pájaro,
que con poco se conforma.
Todo eso que no es mío
me viste el corazón y lo amuralla
de los vientos de la mala conciencia,
del pecado de no ser,
del ojo que no ve lo que gritan
las calles,
de la negrura que baja
de palcos y de púlpitos.
Y sólo a veces
alcanzan los andrajos
para abrigar esa lumbre indecisa,
un fueguito
al pie de mis desvelos,
luz que viene desde lejos
y nunca me abandona.

(Miro a mi compadre,
pita fuerte antes del trago
de ginebra y asiente
con un gesto de cabeza.
Me quedo más tranquilo).



                                       (de “[teclados]”)


*

El eco del espejo


Como el preso que barrena
el fondo de su celda
y no halla nada
no hace el túnel no ve luz
se cansa solamente
y ni una mano vieja
encuentra en la tarea.

Como el minero con su pico
que abre paso en roca viva
por metal o piedras o carbones
sin descanso ni agua ni alimento
hasta que baja el sol
y se fatiga.

Como el hombre vencido
por algunas cuestiones con la vida
que rema una chalupa
en el desierto
y no hay brazos que alcancen
para mover esa madera
seca y clavada
en el sueño del agua.

Como el niño que besa el vidrio
del espejo y cree que besa
a un niño que se le parece
demasiado para ser real
y siente que el frío
de tan pulida superficie
es peligroso como el hielo.

Cae y golpea la nuca
en una silla y no hay nadie
y el grito que sale de su boca
no se oye no es un grito
es el espejo que repite
el beso como un eco
de los remos en la arena
como el pico del minero o del preso
que retumba en la nada
de la inmensa soledad.

                         (de “[teclados]”)

*


Landscape


En la pintura
se ve una gris
casa de leños,
antigua y sólida,
en medio del bosque.
Parece confortable,
un edén posible
para hacer la vida
libre y volátil
de la imaginación,
siembras y cosechas,
amores y comidas.
De pronto, el cuadro
se abre ante nosotros,
nos devora
y dentro encontramos
moho, alimañas,
tabiques vencidos
y un acre olor
a leños húmedos.
Vive gente allí
que se recela
y duermen
con un ojo abierto
y la mano
en el hacha.

                     (de “[teclados]”)

*


El cuerpo y el alma andan juntos. Hay pruebas de ello. A la mañana, cuando despertamos con el cuerpo dolorido, hemos tenido pesadillas, casi siempre, aunque no las recordemos. Otras veces, me dijo una mujer, nos sentimos angustiados, tristes, y los huesos se quejan amargamente. ¿Hace falta un manual médico o psicológico, que clasifique y mensure estas comprobaciones? ¿O una nueva Biblia que las parafrasee? Así habló mi amigo, el guardagujas de Zapotlán, con una cataplasma en la espalda y una pierna enyesada, mientras velaba un duelo extraño, la muerte de la calandria vespertina que vivía en un ciprés de su otro amigo, el publicista de Lisboa, que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.

                                       (de “Registros de hora prima”)


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Viedma y Buenos Aires, distantes entre sí unos 900 kilómetros, Raúl O. Artola y Rolando Revagliatti, junio 2016.


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