viernes, 3 de abril de 2020

POEMAS DE JULIANE ANGELES HERNÁNDEZ



Caput


He traído mi cabeza hasta los árboles.
Mi cabeza
debería estar clavada en uno de esos troncos,
pero se ha caído.
Ahora es la pelota de un grupo de niños en Arequipa.
Niños de pelo negro
arrastran mi cabeza por lo verde.
Tantos años y todavía no recupero mi cabeza,
tantos años he visto crecer y morir lo verde,
tantos árboles caídos y cabezas caídas,
tantas ruinas y objetos preciosos
para que mi cabeza se vuelva a perder
entre los árboles,
y yo siga sentada mirando con deleite
a los niños
y no me atreva a quitársela.



Ópera prima


Sabía que mancharía la sábana, pero a pesar de ello, lo hice:

Estiré mis piernas hasta el borde. Me revolqué un par de veces mientras ocurría la descarga. Ahora he respirado hondo para levantarme y admirar lo efímero de la blancura. Mi primera obra escarlata en una cama que no es mi cama. Aunque es pequeña, mi primera reacción es borrarla. ¿Por qué quiero recuperar la blancura? La blancura de la sábana ivory. Uso jabón, champú y agua. Mi lucha es contra la mancha. Contra la intensidad salida de mi cuerpo. 

Me borro a mí misma. Yo soy la mancha. 

La mancha pierde color. No es como la acuarela, que se ilumina con el agua. Mi esposo me dice «es solo una mancha». No comprende mi insistencia. Mi interés desproporcionado por la mancha. Por borrar la intensidad salida de mi cuerpo. Por desaparecerme. 

El rojo se esparce poco a poco. Palidece, pero no desaparece. Sabía que no iba a recuperar la blancura de la sábana, y aun así lo hice: fregué reiteradas veces. Fregar cansa.

¿Por qué nadie te lo dice? 
La blancura no existe.



En crecimiento

Se crece entre depredadores.

Y yo crezco como la cebolla de mi cocina
larga, solitaria y hacia arriba
crezco como esa cebolla entre papas y limones
crezco para no ser cocinada
crezco como esa cebolla moradísima
la que chupa humedad y echa raíces

            Quiero traspasar el techo poco a poco
            alargar mi estadía en el verdulero.

          Quiero que recuerdes mi llanto
          mi sustancia irritante.

                                                                  Te romperé.



Intervención


Ahora que has vuelto
a cerrar los ojos
y no has dicho nada
he pensado mucho:

                      Mi cuerpo solo puede hacerme sentir
                     un animal solitario,

                    el cuerpo de una salamandra
                   sin cabeza

                  moviéndose

                 bajo la hojarasca,

que apenas vislumbras.



Crocodilia


Mi corazón es un cocodrilo:
corta las palabras
las sacude
las arrastra
debajo del agua.
Algunas resisten
otras se ahogan.
Así pierde sus dientes,
así se alimenta,
luego espera largas jornadas.
Cada vez son menos los animales muertos.
Dicen los otros nadadores:
ya no caza peces,
no ranas,
no insectos,
no cangrejos.
Pero después, con el sol en la orilla
vuelve,
nacen sus nuevos dientes
su mandíbula sale a la superficie
y los grandes hipopótamos abandonan el agua.




El nudo


Toda mi insistencia es esta aguja que hundo en el papel.
Hinco el papel hasta clavar una cabeza que no es la mía.
¿Cómo has de saber que hinco el papel en tu nombre, que ya no escribo?
Esta es mi resistencia:
ser el nudo de las manos que te tiran.




Bio: (Lima, 1986) Periodista. Cursó la maestría en Escritura Creativa en la UNMSM. Dirige el portal literario leepoesia.pe. Es autora del poemario Epigrama (Hanan Harawi, 2015), sus poemas han sido publicados en las revistas Turia 127. Letras de España y Perú, La Colmena (UAEMex), y en la antología “Somos lo que somos, poesía peruana del siglo 21” (Carretera sin sentido, 2018); así como en el portal Círculo de Poesía.

martes, 31 de marzo de 2020

POEMAS DEL HORAZERIANO RUBEN URBIZAGASTEGUI




LOS SOLDADOS SUBIERON HASTA ESTAS MONTAÑAS


buscando guerrilleros de sendero luminoso. Solo encontraron nubes, frío y una lluvia fina intermitente. Los comuneros cosechaban papas y pastaban sus ovejas. Los soldados se llevaron las papas y las ovejas. También a los jóvenes y a las mujeres. Nunca supimos donde los enterraron.




A TI TE CONOZCO HAMBRE
(a la manera de Juan Ramírez Ruíz)

Te conozco. Tú rebuscabas por mí, hurgando en mis bolsillos huecos y desgajados. Y me encontrabas mirando el suelo, el cielo y los gallinazos. Siempre solo y absorto. Intentando adivinar mis errores con mis cien manos y mis cien dedos extendidos. A ti te conozco hambre, te conozco. Tú mecías mi mente con un zumbido permanente. Ese dolor de cabeza que no se apaga. Que no desaparece. Ese zumbido que ya es parte de mí, de mi cuerpo. Que ya es yo. Que yo es ya. A ti te conozco hambre, te conozco. Pero si oscuro y sucio corre el río rímac, lo que ocultas corre más sucio y oscuro todavía. A ti te conozco hambre. Te conozco. Tú ya no me puedes engañar. Te conozco.

Solo he salido solo de mi casa
Con el destino con sé para dónde







VENGO A BUSCARTE EN ESTOS CAMINOS



En estas rocas, en estas aguas, en estos pajonales. Tus ovejas desaparecieron. Tus vacas desaparecieron. El aire, el sol y las montañas permanecen. Las rocas permanecen. Inmutables. Vengo a recorrer tus pasos en estos caminos madre. Ushaaaaa oigo cantando a las tayas, a los pajonales. Ushaaaaa oigo tu voz llamando a tus vacas. La negra, la pinta, la colorada con su campanita colgada al pecho corren a tu encuentro. Lamen la sal de tus manos. Se regocijan. Tu perro salta, corre, ladra, mueve la cola. Se regocija. El viento sigue cantando. Ushaaaa ushaaaaaaa a las tayas, a los pajonales. Madre, Siscay tiene el rastro de tus pisadas. ¿Como no buscarte entonces?¿Como no seguirte?



¿Pajonal pampa porque lloras?

¿Pajonal pampa porque sufres?

¿Acaso tu eres como yo?

Solitito en este mundo

Solitito en este mundo







JRR CRUZA EL PUENTE DE PALOS DE VIRUNHUAIRA



Tulio Mora mira los eucaliptos. Frente a un espejo MMM sonríe mirando a JRR cruzar el puente y a Tulio absorto frente a los eucaliptos. Yo tomo esta fotografía.







ESPERA A DÓNDE VAS APRESURADO?



Descansa tu caballo sudoroso mostrenco y pajarero. Vamos a tomarnos una cervecita (cervecita blanca caraceña). Te vas para Lima? Vas a dejar estas montañas? (Eso no se toma sin su dueño). Las nubes en estas montañas se mueven, caminan, nos envuelven, van alejándose (Si es que lo has tomado caro cuesta). Yo no me iré (Veinticinco libras la docena) no me iré. Salud compa. Papagayo choclero, tú que vuelas alto y ligero, llévate esta carta para mi amigo Juan Ramírez Ruíz. Dile que deje de vagar jodido en Lima, que se venga. Que sea feliz en estas montañas. No hay de otra, se va a morir. Lima lo va a matar. Juan vente, vente ya. Virunhuaira te espera poeta. Pucha Juan vente, corre, salta, brinca, vente ya. No te dije? Ya te moriste.







YA NO ESTÁ LA TÍA LOLA



a la que enterraron después de ese gran huayco cruzando a huaro el río de Virunhuaira. Ya no está Pía Tena Verano. No está más la tía Valencia Verano. Mi madre también partió. Este poblado por primera vez me parece triste. Al subir la lomada de Macla los eucaliptos parecen doblarse. Los tumbos yacen dormidos. Los mitos tienen las orejas gachas.



He llegado o no he llegado

Linda palomitay

En la puerta de tu casa

Forasterito soy

Sin consuelo estoy



Las lágrimas riegan mis mejillas. Corren por la acequia. Llegan al rio de Aray. Se espuman en el mar de Barranca. Forasterito estoy. Sin consuelo soy. ¿He llegado o no he llegado, linda palomitay? Ya no es lo mismo llegar a Virunhuaira. Puta vida.











TRUENOS Y RELÁMPAGOS POR TODOS LADOS



Allí arriba está lloviendo. Y el rio baja bravo echando espuma por la boca. Devora los palos del puente de Virunhuaira. Allá se van cabalgando el barro los troncos de eucalipto de Tomasito Rivera. Quién sabe cuánto tiempo estaré sin visitar a Blanca Salazar en el poblado de Rajanya.



ya se va ya se va

la luna ya se va

me pregunto cuándo será

cuándo que te vuelva a ver







CON EL RESPLANDOR DE LA LUNA



amarillando sobre los cabellos canos de las montañas, de las alturas los comuneros bajan cantando. Descargan sus arrobas. La plaza de Virunhuaira se llena de niños y alegría. Los caballos lucen cansados. Un búho vuela y se pierde entre en los eucaliptos.







LA LLUVIA CONOCE SU PROPIA TEMPORADA



y llega justo en el momento preciso. En la noche se desliza con la brisa. Silenciosa moja todo lo que encuentra. Las nubes se vuelven oscuras y los caminos resbalosos. El amanecer nos muestra Virunhuaira empapada y tiritando. Las aguas goteando de las calaminas. Encogidas las ramas de los árboles.







CON LAS PRIMERAS LLUVIAS



en Virunhuaira retoñan las flores y las plantas. Las perdices cantan alegres y retozan los gorriones. Las montañas se cubren de verde y las flores lucen más frescas todavía. Un pétalo vuela y el viento se lo lleva lejos lejos.







CUANDO LLUEVE



agradable es dormir bajo un techo seguro. Hay música de lluvia en las calaminas de los tejados. La lluvia golpea fuerte y danza sin acobardarse en los tejados. Por todas partes se oye el canto de la lluvia. El viento y la lluvia susurran en nuestros oídos. Me pregunto cómo amanecerán los maizales y los alfalfares en Virunhuaira.







LOS POETAS BEBEN Y SE EMBORRACHAN



Cantan canciones de la guerra civil española. Juran que se irán a vivir a París y se morirán en Europa. No conocen a la Pastorita Huaracina ni saben las canciones de la Flor Pucarina. Algunos apenas cantan Adiós Pueblo de Ayacucho. Yo prefiero cantar las canciones de Pelayo Vallejo.




Ruben Urbizágastegui miembro histórico del movimiento Hora Zero. Poemarios: De la vida y la muerte en el matadero (1978), Caminando y cantando sobre la mansa barriga de una vieja lagartija (1996), Virunhuaira (2011). Actualmente es bibliotecario en la Universidad de California, Riverside.


jueves, 29 de agosto de 2019

Asedios, nueve poetas colombianos de Omar Castillo

Omar Castillo


INICIO 

Para esta segunda edición de Asedios, nueve poetas colombianos, he revisado los ensayos que componen el libro, he escarbado en su escritura queriendo hacer nítido el dibujo de algunos de sus pasajes, he insistido en su decir buscando esclarecer para el lector mis conjeturas sobre los poemas de los poetas tratados en él.
En Asedios, nueve poetas colombianos reúno ensayos cuya redacción inicial fue hecha entre los años 1990 y 2005, en los cuales consigno mi visión sobre la poesía escrita en Colombia por nueve poetas nacidos entre 1939 y 1952, ellos son: León Pizano (1939-¿?), Amílcar Osorio (1940-1985), Alberto Escobar Ángel (1940-2007), Teresa Sevillano (1944), Rafael Patiño (1947), Darío Jaramillo Agudelo (1947), Luis Iván Bedoya (1947), Juan Gustavo Cobo Borda (1948) y Carlos Carabeto (1952).
En 1958, cuando el grupo Nadaísta irrumpe en la escena poética colombiana, el país se encontraba sumido en lo que se ha dado en llamar “La violencia en Colombia” y sus poetas más promocionados, “los de mostrar”, se dedicaban a encubrir con sus versos las atrocidades de dicha violencia: “Salvo mi corazón todo está bien”. En tal escenario los Nadaístas promueven su ruptura, la opción de una poesía no atomizada por las “sanas costumbres y el correcto decir”, una poesía al filo de los abruptos que sobrecogen la cotidiana realidad del país.
Teniendo presente los recursos poéticos intuidos y propuestos en ese año de 1958, en ese cruce exasperante y tenaz, inicio mis aproximaciones a la escritura de estos nueve poetas, a las formas y maneras de su participación en la tradición poética colombiana, a las rupturas y apuestas presentes en sus obras, que si bien han sido realizadas desde una noción de lo poético, también es un hecho como a todos ellos los nutre un mismo período histórico, una formación inculcada por la educación, por los eventos del país y del mundo, por las lecturas de su momento y por la valoración de literaturas del pasado, y sobre todo por los hallazgos y las búsquedas posibles en el ámbito de una lengua común.
La escritura poética en Colombia, la que podríamos llamar su tradición, es reciente, y en medio de las contradicciones que esto puede implicar, creo que se inicia a principios del siglo XIX, y algunos de sus iniciadores son: Gregorio Gutiérrez González (1826-1872), Rafael Pombo (1833-1912), Candelario Obeso (1849-1884) y José Asunción Silva (1865-1896).
Leer es difícil, más cuando se trata de nuestros contemporáneos. Más difícil aún resulta escribir acerca de sus obras, pues los celos o las rebuscadas formas del halago suelen entorpecer una higiénica apreciación. Para estos ensayos me he permitido licencias de todo orden, buscando una noción de lo escrito por cada uno de los nueve poetas aquí asediados, al extremo de diseccionar la escritura de sus poemas sin temer caer en el ultraje o el equívoco, pues creo que leer es desvelar, es revelarse.
La poesía escrita en occidente en los recientes 200 años nos produce una sensación extraña, como si la piel del poema se extraviara dejando un vacío y en el momento cuando vamos a leerlo, solo alcanzáramos a ver el reflejo de las letras de su escritura surgiendo del fondo de ese vacío. Es en esa extrañeza cuando sucede la fascinación por las imágenes entrevistas y en las cuales es posible aprehender el súbito del poema. He ahí el instante cuando la analogía entra para conectar la fragmentación que nutre al poema en su constante construcción y devastación.
En las vetas activas y en las inéditas de la memoria humana, el poeta explora el habla para el poema, los incógnitos fragmentos donde descifrar el huellar humano en la tierra y en su visión del universo.
Entonces, en Asedios, nueve poetas colombianos busco alcanzar el vacío donde afloran las escrituras de estos poetas, la página donde el poema se hace y deshace.
Inevitable, la poesía nos reúne y devora. Única. Nos revela y consume hasta hacernos renacer en el vientre de su escritura.
Gracias a Luz Marley Cano Rojas por la cuidadosa lectura de estos textos y por sus aportes.

Omar Castillo por Luz Marley

Omar Castillo

RESTAÑAR O APREHENDER, LOS POEMAS DE LUIS IVÁN BEDOYA
En este ensayo reúno dos textos: “La palabra que no se restaña”, que escribí para abrir Poesía en el umbral, selección 1985-1989, editado por Cuadernos de otras palabras, Vol. 10, (1993), en el cual preparé una antología con poemas de los primeros cinco libros publicados por Luis Iván Bedoya (Medellín, 1947). Y el texto que publiqué en 1991 sobre su libro Aprender a aprehender (Ediciones otras palabras, 1986). Al concitar el encuentro de estos textos, pretendo con ello ampliar mis conjeturas de acceso a las atmósferas y ámbitos propuestos por la poesía publicada por el poeta en los años ya mencionados.

I
La palabra que no se restaña
Aludiendo al mágico don adjudicado al poeta desde la antigüedad primitiva del mundo, en el texto escrito para presentar Poesía en el umbral digo:
El tribal viaja por el laberinto de la llama, esa fascinación que no restaña. Al danzar, deviene sonido para el canto. Si la llama es cuerpo y lo que quema hace danza, ¿qué, entonces, incendia la palabra en quien danza? Si el fuego es hoy posible en una cerilla, ¿de dónde sacar la palabra precisa? La palabra es roca propuesta a la faz de la vida. Del fuego deviene una presencia. El abrigo resguarda al cazador. En la pared penumbrosa, concluido el dibujo, el trazo grueso atrapa al animal que, libre, corre por la pradera. Iniciando la costumbre, un quehacer ético. Lo graficado para la grey emprende la fundación del instinto estético. La presencia de lo ético y lo estético se constituye en el reto por asumir una dignidad como aquella con la cual los guerreros se presentaban unos a otros, antes de la batalla. ¿De qué manera la palabra manifiesta esta presencia? Desde siempre han existido condenados a hallar la entraña de la palabra o, acaso, su simple veta. Los mismos que, sin premura, la transitan por el filo sin llegar a lacerar su fondo. Una condena no deja de ser condena. Tampoco una flor que arde prístina, sucumbe en la memoria. Quien empuña el arma no tiene límite si penetra con ella. Así la palabra, al ser pronunciada, al ser aprehendida vuelve y, como lo dibujado, se prende en la memoria por el laberinto de la llama.
Con la misma insistencia de una gota de agua labrando la piedra, la palabra en la poesía de Luis Iván Bedoya se realiza sobre la hoja de papel. Y son estas labraduras las que ha puesto a disposición del lector en sus libros de poemas, tal como quien entrega la contracifra posible para habitar los arduos ámbitos otrora tan solo conquistados. Sus poemas no están grabados en el pensamiento como los estribillos de una canción que ha hecho muesca y conduce a sus recitadores, convirtiendo la memoria y su poseedor en un paraje de escombros. Los suyos reclaman otra costumbre. Logran aventurar un aire con el que preñan los paisajes por los cuales el ser humano pasea y exhibe su primigenia y gastada identidad, siempre entre lo universal y lo usual.
Además, conjeturando sobre los libros publicados por el poeta hasta esa fecha digo:
Cuerpo o palabra incendiada (Ediciones otras palabras, 1985), es el libro donde Luis Iván Bedoya inaugura el itinerario de su escritura poética. Itinerario que surge en la fragua donde los destinos humanos son enmarañados, donde sus existencias son reducidas a vivir en lo aciago por la desobediencia cometida, a expiar su culpa hasta quedar hechos cenizas en las historias que el viento sepulta detrás de las costras del tiempo. Y es justo desde ahí donde este poeta extrae las palabras para el hálito y la forma de su aventura poética: “cenizas / palabra de alucinada esencia / despliega en el aire / lo que está detrás / de todo rostro”.
El perfil logrado por cada uno de los cuatro dísticos que componen los poemas del libro Protocolo de la vida o pedal fantasma (Ediciones otras palabras, 1986), permite ver las tensiones en las que es expresado el carácter humano, las raíces de su ser realizándose en las realidades donde sucede su existencia. Entonces el poeta, varado en las características de esta “caravana urbana”, asume las vivencias, las tramas de ese suceder y recoge de ellas las monedas acuñadas por la libido de esa condición. Por ello acude a los festines donde “la carne domesticada” se regodea en su fisiología, constatando el tráfico, los flujos de un destino tautológico. Empero, el poeta no se aplica a nihilismos consoladores que sirvan de coartada para encubrir tales perfiles. Tampoco se sustrae del asombro coloquial que lo aferra a esa caravana. He ahí la realización de la paradoja, el don del poema:

“por los mismos ojos ahora fijos en la sorpresa aplazada
sostenida por esperanzas vítreas momificadas y huecas

por el abandono compartido por la caravana urbana varada
en el puro centro de moles de cemento y ruido y humo”.

En los dos cuartetos que arman cada poema del libro Aprender a aprehender (Ediciones otras palabras, 1986), el ceñirse del poeta a un marco de escritura tan marcado, lo lleva a extremar la elaboración de sus versos. No obstante su concreción, el poeta logra entre cuarteto y cuarteto un diálogo que puede presentarse del primero al segundo, o viceversa. Ambos cuartetos alcanzan sus propios rasgos y crean una relación que hace del poema un todo. Dentro de los límites que se impone en estos poemas, Luis Iván Bedoya consigue exponer su propuesta poética en versos que engarzan la realidad y la otredad. Así el poeta enhebra exasperantes imágenes en analogías que establecen metáforas donde avanza y se contrae el mapa del poema esclareciendo ámbitos enrarecidos de la realidad que aprehende. La estética propuesta en sus anteriores libros se amplía en este con su visión ética, logrando que sus poemas se zafen de las gasas que los amortajan y los dejen al descubierto, en el vacío irrefutable de su trayectoria esencial.
En el libro Canto a pulso (Ediciones otras palabras, 1988), el poeta emplea en cada uno de sus poemas epígrafes de autores estadounidenses. Puestos en su idioma, los epígrafes quedan como correlatos de una trama que crece en cada poema, también figuran como estelas con breves mensajes o si se quiere, como vallas puestas al pie de las rutas donde pernocta la caravana humana y donde se dice de la muerte, la usura, el fracaso, el amor. Al leer el poema “Palabras” con el cual se accede al ámbito propuesto por este libro, uno muy bien puede preguntarse si las palabras en la magnitud de su escritura son vestigios de un nacimiento y de un crimen, pues en estos versos el conato de la realidad humana parece chocar con los fósiles donde consigna lo devastador de su ser depredador. Realidad vuelta dígitos históricos de un pasado cuyo presente luce un haz árido. En la tensión de este arco verbal se realizan los poemas que componen Canto a pulso, en su escritura las palabras danzan como “sílabas de arena” donde se conserva el sonido de la memoria, el eco de una “fragua antigua” cuya sintaxis permanece. Y como en una tragedia que no cesa, cada palabra se adentra en el cuerpo del habla buscando las raíces que esclarezcan los instintos de la vida y así, tras ese adentrarse, las palabras vuelven libidinosas sobre la página donde hacen cundir los abruptos e imaginarios de la estirpe humana. En la página, su escritura parece polvo alrededor de las huellas azarosas de la acción cognoscitiva humana, como si arrastraran ripio de galaxias iniciales. Las palabras alcanzan en estos poemas una extensión titilante en el firmamento de sus palimpsestos:

“sus formas
      ícono profano
sílabas de arena
calladas
piedra que resiste
las armas abstractas
de su dialecto
         eco de hierro
en fragua antigua
   sintaxis
  de un mapa
salpicado al azar
por una mano descuidada”.

Como si fuera una “red erosionada”, el poema “Caja de autorretratos” que cierra Canto a pulso, abre paso al tramado donde gravitarán los poemas del siguiente libro de Luis Iván Bedoya: Biografía (Cuadernos de otras palabras, Vol. 3, 1989). Si en sus primeros tres libros el poeta nos muestra pasajes concretos de la veta por donde explora su escritura, en Canto a pulso y en Biografía esta veta lo suspende en un umbral, el mismo donde su escritura debe descubrir las maneras de tejer la costumbre para las azarosas ascuas de su tiempo. Empero, el libro Biografía no es la afirmación o negación de una biografía. Su asunto es la paradoja de quien se mira en un espejo mientras desfigura sus facciones, entre ellas la del habla. Los 13 poemas del libro son un lugar donde el poeta quiere dejar el fichero de la historia para dar inicio a su encuentro con la memoria de lo inédito. En Biografía el poeta no se figura como un Adán que desciende por el hirsuto pelambre de la realidad hacia una nueva tierra, no, el poeta se sabe incógnito, es decir, partícipe del laberinto donde se extravía su aliento hasta el hallazgo libidinoso donde prende el misterio, la nitidez de su presencia:

“algunas veces casi el vacío
el polvo
el silencio
el viento

escritura líquida donde nada un sueño

rueda oxidada en que gira el pantano
de otros días

marca de los límites
                                                eco de fracturas
caligrafía del aire en movimiento

pero el día sigue su curso
                                                el peso de la sangre
quiebra de las palabras”.

II
Aprender a aprehender

Y conjeturando sobre la ardua escritura establecida en los poemas que componen el libro de Luis Iván Bedoya, Aprender a aprehender, digo:
Lo que nos lleva a conjeturar sobre la obra de un poeta, es la necesidad por esclarecer el súbito instante realizado en sus poemas, ese que nos atrapa en el haz verbal de su escritura cuando volvemos sobre sus versos una y otra vez. Porque un poema no es la anécdota que impulsó la escritura de un poeta, tampoco aquello que al leerlo creemos identificar con nuestras emociones.
En los poemas ensamblados por Luis Iván Bedoya en su libro Aprender a aprehender, encontramos una escritura sintáctica practicada en unos textos que no buscan convencer a su lector sino enfrentarlo. No se acude en ellos a la catarsis que le garantice un lector reblandecido en sus instintos. Los suyos son textos que confrontan la callosidad que pervierte nuestra capacidad cognoscitiva: “mira las briznas volátiles del oro / milenios de luz siempre en retorno / a los reveses de la desechada vida / en las formas nebulosas de los días”.
En el libro Aprender a aprehender, el poeta nos recuerda como en las palabras nos “persigue la obstinada historia” y que en ellas han ido quedando los idearios vivenciados por la humanidad a través de los distintos espejos de su historia real e imaginaria, entonces, no es extraño que las irradiaciones ideológicas con las cuales han sido tocadas nos penetren y su decir afecte nuestros instintos. Por ello, si queremos reconocernos en otras formas de existir, si queremos alcanzar un canto que nos represente, debemos empezar por el desmonte de cuanto oxida e inutiliza las palabras, dejándonos en la orfandad de su promiscua confusión.
El poeta también nos filtra, como las palabras informan o deforman un idioma, como con ellas se puede contener el mundo y clasificarlo hasta dominarlo según la conveniencia de las ideas de quienes para ello actúan. Tal parece que la realidad de los idiomas hablados en el mundo, ha sido reducida a la usura y consumo delirante, mandando a la intemperie a quienes no se supeditan a ella, mientras en las cuadrículas urbanas se amontonan y se jactan quienes eyaculan e imprimen su huella en el carné de identidad, aquellos cuyo lenguaje se limita al pavimento que los conduce hacia la rutina laboral, al “espacio donde aumentan los saldos de inventario”:

“desciende al infierno de los perdidos peatones
para auscultar las reservas de la ciudad sin nombre
es su aventura el destino de una gesta para otro canto
metamorfosis de gastados floripondios e inocuas faunas”.

El poeta que sucede en Aprender a aprehender sabe los riesgos de adherir su perfil a las ascuas donde son incineradas las palabras, esas mismas ascuas de donde resurgen para confrontar los “cadáveres con ojos filo en punta”, la “difícil ciudad” de objetos hechos escombros, de naturalezas de hojalata e instantáneas donde se movilizan sus peatones. Palabras perturbando lo sometido como real, pues en la escritura de Aprender a aprehender las palabras se levantan en imágenes desfamiliarizadas de las habituales maneras donde se prolonga la catarsis de los sentidos, reclamándonos ver y aprehender de nuevo los instintos del mundo.­
En estos poemas se narra el “engranaje humano”, su máximo rendimiento para obtener el salario que le permita cubrir las deudas en la cuadrícula “lógica de la vida cotizada en cuotas”. Vida salarial voceada por marcas que se cotizan en insinuantes vallas, o en la pantalla subrepticiamente rayando la memoria. Maquilado el deseo queda el eslogan humano, la fantasía plegable de “su destino para cargarlo en leve imagen”, calco tras calco. En este punto el vocabulario peatonal solo tiene una utilidad: actuar como comprador cautivo: “consignada en caja de automatismos programados / está su voluntad y están sus sueños / tiene que ser en la ficción de todo comienzo / donde se base siempre el cómputo de las edades”.
En el haz de sus poemas el poeta que escribe Aprender a aprehender busca revelar las palabras, su capacidad para estimular la acción cognoscitiva que desvele el discurso que nos somete a ser usuarios consignados “en caja de automatismos programados”.
En la escritura de Aprender a aprehender el poeta no escapa a la azarosa realidad que somete las palabras y a sus usuarios. Sus poemas recorren los distintos estadios de abyección donde tal realidad ocurre. Su revelarse se da en el itinerario mismo del ultraje. Una lectura que ignore lo anterior sería insuficiente, pues en estos poemas el poeta no se muestra como un salvador, sabe que de hacerlo sería un continuador del discurso que lo ultraja. Aquí el poeta es una víctima que se revela. Es perceptible la sacudida sufrida por el poeta durante la escritura de estos poemas, el reacomodarse del sistema gravitacional de su existencia. En ellos asume las palabras no obedeciendo las señales que le indican la calzada de supuestos como opción “genuina” y acelera en la sintaxis impuesta como una infatigable luz roja. Los suyos son poemas sobre las señales que caracterizan los “ciudadanos inertes que nada rigen / solo la risa póstuma de su tiempo / detenido en la vaguedad de sus facciones / signos de los límites sin elixir de la vida”.
La obra de Luis Iván Bedoya hace mucho se apartó de los manidos temas y de la música de canción repetida que rige la escritura poética practicada en Colombia y esto ha sido suficiente para que su obra despierte resquemores insulsos, desconociéndose como la suya es una poesía dada a los rigores y riesgos necesarios para acceder a las manchas donde yace el instinto esclarecedor de los imaginarios de la realidad.
            Los libros de Luis Iván Bedoya tratados en este ensayo, están incluidos en su Obra poética (Ediciones Pedal Fantasma, 2011), donde también reúne: Del archivo de las quimeras (Ediciones otras palabras, 1999), Ciudad (Ediciones otras palabras, 1999), Paleta de Luces (Ediciones otras palabras, 2002), Raíces (Ediciones otras palabras, 2002), 55 Cucúes (Ediciones otras palabras, 2002), Tautologías (Ediciones Pedal Fantasma, 2005), La alegría de decir (Ediciones Pedal Fantasma, 2009) y Desplazamientos (Ediciones Pedal Fantasma, 2011).


viernes, 12 de julio de 2019

Cinco poemas de ANEN. Conjuro al viento de Ana Luisa Ríos González



La poeta amazónica Ana Luisa Ríos González presenta su poemario ANEN. Conjuro al viento en la FIL Lima el 30 de julio a las 15h Sala Laura Riesco. Comentarios de Martiza Villavicencio y Cucha del Águila.


Anen1

El viento susurra en las rendijas
y acaricia el vuelo de una mariposa,
los astros meditan a lo lejos,
despiertan con el canto azul del sui sui.
Hormigas en fila anuncian la lluvia fresca,
luego nadan desesperadas en los charcos.
Aparece un arcoíris y se guarece la mujer shiijam
Mientras el sol reverbera con las pestañas al aire.
Aletea un jempe tornasol, enamorado colibrí,
con sus vuelos esplendentes en las flores encarnadas,
lleva mensajes de amor a las heliconias
y a las blancas flores del floripondio toé.
Distante viaja, por los ríos, un hombre solitario
va en busca de alimentos para su casa.
Una bella mujer abraza al ocaso
en la chacra, en el monte, en el fresco río
y en la casa silenciosa de madera.
Canta un conjuro de amor para que él vuelva,
a su regreso danzarán como picaflores,
sin anillos ni turbantes ni falsas proclamas:
solo amor se prometen bajo el cielo estrellado.

1 Canto ancestral del pueblo Awajun, de carácter mágico-religioso.


Vasijas

Concha rayada de tortuga o motelo,
estrella encendida «yaya»,
lianas dispersas como cabellos,
verdes y sinuosas madreselvas,
negras patas con memoria de cangrejo,
son blancas líneas de un bostezo,
telarañas encubiertas en silencio.
Luna de rostro como hueso,
caras pintadas con huito fresco,
tonadas de un sol un poco muerto,
lluvia en el campo fresco, azulinas nubes,
vaho interminable, lecho del viento,
son los trazos envolventes y mágicos
el cosmos que despierta en las vasijas albarosas.


Yuca awajún

Cultivamos la yuca sagrada que nos salva la vida,
en parcelas, en chacras, en el centro del monte
y en la parte más preciosa del corazón.
Somos hombres y mujeres hechos de fibras ancestrales
que caminan por el bosque
y van por los aires, como féculas de almidón,
a toda la humanidad.
Somos el agua de las cochas,
la multitud de peces dorados que saltan sobre el río,
las infinitas aves que inician la jornada
con gorjeos y cantos que anuncian el alba,
todavía en la oscuridad del amanecer.
Somos la selva que siempre comienza,
los otorongos sigilosos, el calor del sol.




Lagarto negro

Interminable como una noche triste
se desliza un relámpago sobre el limo,
chapotea en las orillas cenagosas de los barrizales,
lanza coletazos de furia, rasga el aire
y danza la muerte con la vida.
Regresa a las aguas negras
o a las pendientes abruptas,
solitario se oculta en los troncos flotantes,
con incansable paciencia de cazador mitayero
espera a las incautas presas,
ingenuos animales que salen a beber en las colpas,
bajo la suave caricia de la luna plateada.
Centelleantes dientes de innumerables filas,
ojos de fuego, filudos cuchillos, ascuas.
Los hombres y mujeres le temen,
¿Será salvaje este lagarto negro que se defiende?
¿o el hombre de la ciudad que lo mata?


Playa Tibi

Nací en Playa Tibi y crecí entre las garzas
buscando huevos de taricaya y también de tortuga,
las crecientes del río se llevaron esas tierras.
Mis papeles dicen que nací en Nauta,
pero mis ancestros son de todas partes,
aunque yo creo que nací libre como las garzas.
Tuve una abuela de piel oscura y cabellos de luna
que vino tal vez de Esmeraldas
y murió abandonada donde nunca supe,
tuve un abuelo blanco que vino de las Españas.
Por mis venas corre, aunque mi gente lo calla,
sangre originaria, tal vez Mayoruna o Kukama.
Hablo el castellano amazónico y el de todas partes,
me encantan las fiestas de los animales y la fiesta de las frutas.
A veces vuelvo al lugar donde quedaba Playa Tibi
y me quedo mirando, por horas, las aguas mansas del río


Ana Luisa Ríos González. Nauta (Loreto), 1977. Licenciada en Educación, Lengua y Literatura, por la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana. Estudió las maestrías en Estudios Amazónicos y Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y el diplomado en Gestión Cultural con Enfoque en la Literatura en el Instituto Runa de Desarrollo y Estudios de Género. Fue secretaria técnica de la Mesa de Concertación para la Lucha Contra la Pobreza y miembro del Foro Educativo en Loreto. Trabajó en AIDESEP y en el Programa de Formación de Maestros Bilingües de la Amazonía Peruana. Publicó el libro de cuentos infantiles Travesuras amazónicas.

POEMAS DE JULIANE ANGELES HERNÁNDEZ