jueves, 29 de agosto de 2019

Asedios, nueve poetas colombianos de Omar Castillo

Omar Castillo


INICIO 

Para esta segunda edición de Asedios, nueve poetas colombianos, he revisado los ensayos que componen el libro, he escarbado en su escritura queriendo hacer nítido el dibujo de algunos de sus pasajes, he insistido en su decir buscando esclarecer para el lector mis conjeturas sobre los poemas de los poetas tratados en él.
En Asedios, nueve poetas colombianos reúno ensayos cuya redacción inicial fue hecha entre los años 1990 y 2005, en los cuales consigno mi visión sobre la poesía escrita en Colombia por nueve poetas nacidos entre 1939 y 1952, ellos son: León Pizano (1939-¿?), Amílcar Osorio (1940-1985), Alberto Escobar Ángel (1940-2007), Teresa Sevillano (1944), Rafael Patiño (1947), Darío Jaramillo Agudelo (1947), Luis Iván Bedoya (1947), Juan Gustavo Cobo Borda (1948) y Carlos Carabeto (1952).
En 1958, cuando el grupo Nadaísta irrumpe en la escena poética colombiana, el país se encontraba sumido en lo que se ha dado en llamar “La violencia en Colombia” y sus poetas más promocionados, “los de mostrar”, se dedicaban a encubrir con sus versos las atrocidades de dicha violencia: “Salvo mi corazón todo está bien”. En tal escenario los Nadaístas promueven su ruptura, la opción de una poesía no atomizada por las “sanas costumbres y el correcto decir”, una poesía al filo de los abruptos que sobrecogen la cotidiana realidad del país.
Teniendo presente los recursos poéticos intuidos y propuestos en ese año de 1958, en ese cruce exasperante y tenaz, inicio mis aproximaciones a la escritura de estos nueve poetas, a las formas y maneras de su participación en la tradición poética colombiana, a las rupturas y apuestas presentes en sus obras, que si bien han sido realizadas desde una noción de lo poético, también es un hecho como a todos ellos los nutre un mismo período histórico, una formación inculcada por la educación, por los eventos del país y del mundo, por las lecturas de su momento y por la valoración de literaturas del pasado, y sobre todo por los hallazgos y las búsquedas posibles en el ámbito de una lengua común.
La escritura poética en Colombia, la que podríamos llamar su tradición, es reciente, y en medio de las contradicciones que esto puede implicar, creo que se inicia a principios del siglo XIX, y algunos de sus iniciadores son: Gregorio Gutiérrez González (1826-1872), Rafael Pombo (1833-1912), Candelario Obeso (1849-1884) y José Asunción Silva (1865-1896).
Leer es difícil, más cuando se trata de nuestros contemporáneos. Más difícil aún resulta escribir acerca de sus obras, pues los celos o las rebuscadas formas del halago suelen entorpecer una higiénica apreciación. Para estos ensayos me he permitido licencias de todo orden, buscando una noción de lo escrito por cada uno de los nueve poetas aquí asediados, al extremo de diseccionar la escritura de sus poemas sin temer caer en el ultraje o el equívoco, pues creo que leer es desvelar, es revelarse.
La poesía escrita en occidente en los recientes 200 años nos produce una sensación extraña, como si la piel del poema se extraviara dejando un vacío y en el momento cuando vamos a leerlo, solo alcanzáramos a ver el reflejo de las letras de su escritura surgiendo del fondo de ese vacío. Es en esa extrañeza cuando sucede la fascinación por las imágenes entrevistas y en las cuales es posible aprehender el súbito del poema. He ahí el instante cuando la analogía entra para conectar la fragmentación que nutre al poema en su constante construcción y devastación.
En las vetas activas y en las inéditas de la memoria humana, el poeta explora el habla para el poema, los incógnitos fragmentos donde descifrar el huellar humano en la tierra y en su visión del universo.
Entonces, en Asedios, nueve poetas colombianos busco alcanzar el vacío donde afloran las escrituras de estos poetas, la página donde el poema se hace y deshace.
Inevitable, la poesía nos reúne y devora. Única. Nos revela y consume hasta hacernos renacer en el vientre de su escritura.
Gracias a Luz Marley Cano Rojas por la cuidadosa lectura de estos textos y por sus aportes.

Omar Castillo por Luz Marley

Omar Castillo

RESTAÑAR O APREHENDER, LOS POEMAS DE LUIS IVÁN BEDOYA
En este ensayo reúno dos textos: “La palabra que no se restaña”, que escribí para abrir Poesía en el umbral, selección 1985-1989, editado por Cuadernos de otras palabras, Vol. 10, (1993), en el cual preparé una antología con poemas de los primeros cinco libros publicados por Luis Iván Bedoya (Medellín, 1947). Y el texto que publiqué en 1991 sobre su libro Aprender a aprehender (Ediciones otras palabras, 1986). Al concitar el encuentro de estos textos, pretendo con ello ampliar mis conjeturas de acceso a las atmósferas y ámbitos propuestos por la poesía publicada por el poeta en los años ya mencionados.

I
La palabra que no se restaña
Aludiendo al mágico don adjudicado al poeta desde la antigüedad primitiva del mundo, en el texto escrito para presentar Poesía en el umbral digo:
El tribal viaja por el laberinto de la llama, esa fascinación que no restaña. Al danzar, deviene sonido para el canto. Si la llama es cuerpo y lo que quema hace danza, ¿qué, entonces, incendia la palabra en quien danza? Si el fuego es hoy posible en una cerilla, ¿de dónde sacar la palabra precisa? La palabra es roca propuesta a la faz de la vida. Del fuego deviene una presencia. El abrigo resguarda al cazador. En la pared penumbrosa, concluido el dibujo, el trazo grueso atrapa al animal que, libre, corre por la pradera. Iniciando la costumbre, un quehacer ético. Lo graficado para la grey emprende la fundación del instinto estético. La presencia de lo ético y lo estético se constituye en el reto por asumir una dignidad como aquella con la cual los guerreros se presentaban unos a otros, antes de la batalla. ¿De qué manera la palabra manifiesta esta presencia? Desde siempre han existido condenados a hallar la entraña de la palabra o, acaso, su simple veta. Los mismos que, sin premura, la transitan por el filo sin llegar a lacerar su fondo. Una condena no deja de ser condena. Tampoco una flor que arde prístina, sucumbe en la memoria. Quien empuña el arma no tiene límite si penetra con ella. Así la palabra, al ser pronunciada, al ser aprehendida vuelve y, como lo dibujado, se prende en la memoria por el laberinto de la llama.
Con la misma insistencia de una gota de agua labrando la piedra, la palabra en la poesía de Luis Iván Bedoya se realiza sobre la hoja de papel. Y son estas labraduras las que ha puesto a disposición del lector en sus libros de poemas, tal como quien entrega la contracifra posible para habitar los arduos ámbitos otrora tan solo conquistados. Sus poemas no están grabados en el pensamiento como los estribillos de una canción que ha hecho muesca y conduce a sus recitadores, convirtiendo la memoria y su poseedor en un paraje de escombros. Los suyos reclaman otra costumbre. Logran aventurar un aire con el que preñan los paisajes por los cuales el ser humano pasea y exhibe su primigenia y gastada identidad, siempre entre lo universal y lo usual.
Además, conjeturando sobre los libros publicados por el poeta hasta esa fecha digo:
Cuerpo o palabra incendiada (Ediciones otras palabras, 1985), es el libro donde Luis Iván Bedoya inaugura el itinerario de su escritura poética. Itinerario que surge en la fragua donde los destinos humanos son enmarañados, donde sus existencias son reducidas a vivir en lo aciago por la desobediencia cometida, a expiar su culpa hasta quedar hechos cenizas en las historias que el viento sepulta detrás de las costras del tiempo. Y es justo desde ahí donde este poeta extrae las palabras para el hálito y la forma de su aventura poética: “cenizas / palabra de alucinada esencia / despliega en el aire / lo que está detrás / de todo rostro”.
El perfil logrado por cada uno de los cuatro dísticos que componen los poemas del libro Protocolo de la vida o pedal fantasma (Ediciones otras palabras, 1986), permite ver las tensiones en las que es expresado el carácter humano, las raíces de su ser realizándose en las realidades donde sucede su existencia. Entonces el poeta, varado en las características de esta “caravana urbana”, asume las vivencias, las tramas de ese suceder y recoge de ellas las monedas acuñadas por la libido de esa condición. Por ello acude a los festines donde “la carne domesticada” se regodea en su fisiología, constatando el tráfico, los flujos de un destino tautológico. Empero, el poeta no se aplica a nihilismos consoladores que sirvan de coartada para encubrir tales perfiles. Tampoco se sustrae del asombro coloquial que lo aferra a esa caravana. He ahí la realización de la paradoja, el don del poema:

“por los mismos ojos ahora fijos en la sorpresa aplazada
sostenida por esperanzas vítreas momificadas y huecas

por el abandono compartido por la caravana urbana varada
en el puro centro de moles de cemento y ruido y humo”.

En los dos cuartetos que arman cada poema del libro Aprender a aprehender (Ediciones otras palabras, 1986), el ceñirse del poeta a un marco de escritura tan marcado, lo lleva a extremar la elaboración de sus versos. No obstante su concreción, el poeta logra entre cuarteto y cuarteto un diálogo que puede presentarse del primero al segundo, o viceversa. Ambos cuartetos alcanzan sus propios rasgos y crean una relación que hace del poema un todo. Dentro de los límites que se impone en estos poemas, Luis Iván Bedoya consigue exponer su propuesta poética en versos que engarzan la realidad y la otredad. Así el poeta enhebra exasperantes imágenes en analogías que establecen metáforas donde avanza y se contrae el mapa del poema esclareciendo ámbitos enrarecidos de la realidad que aprehende. La estética propuesta en sus anteriores libros se amplía en este con su visión ética, logrando que sus poemas se zafen de las gasas que los amortajan y los dejen al descubierto, en el vacío irrefutable de su trayectoria esencial.
En el libro Canto a pulso (Ediciones otras palabras, 1988), el poeta emplea en cada uno de sus poemas epígrafes de autores estadounidenses. Puestos en su idioma, los epígrafes quedan como correlatos de una trama que crece en cada poema, también figuran como estelas con breves mensajes o si se quiere, como vallas puestas al pie de las rutas donde pernocta la caravana humana y donde se dice de la muerte, la usura, el fracaso, el amor. Al leer el poema “Palabras” con el cual se accede al ámbito propuesto por este libro, uno muy bien puede preguntarse si las palabras en la magnitud de su escritura son vestigios de un nacimiento y de un crimen, pues en estos versos el conato de la realidad humana parece chocar con los fósiles donde consigna lo devastador de su ser depredador. Realidad vuelta dígitos históricos de un pasado cuyo presente luce un haz árido. En la tensión de este arco verbal se realizan los poemas que componen Canto a pulso, en su escritura las palabras danzan como “sílabas de arena” donde se conserva el sonido de la memoria, el eco de una “fragua antigua” cuya sintaxis permanece. Y como en una tragedia que no cesa, cada palabra se adentra en el cuerpo del habla buscando las raíces que esclarezcan los instintos de la vida y así, tras ese adentrarse, las palabras vuelven libidinosas sobre la página donde hacen cundir los abruptos e imaginarios de la estirpe humana. En la página, su escritura parece polvo alrededor de las huellas azarosas de la acción cognoscitiva humana, como si arrastraran ripio de galaxias iniciales. Las palabras alcanzan en estos poemas una extensión titilante en el firmamento de sus palimpsestos:

“sus formas
      ícono profano
sílabas de arena
calladas
piedra que resiste
las armas abstractas
de su dialecto
         eco de hierro
en fragua antigua
   sintaxis
  de un mapa
salpicado al azar
por una mano descuidada”.

Como si fuera una “red erosionada”, el poema “Caja de autorretratos” que cierra Canto a pulso, abre paso al tramado donde gravitarán los poemas del siguiente libro de Luis Iván Bedoya: Biografía (Cuadernos de otras palabras, Vol. 3, 1989). Si en sus primeros tres libros el poeta nos muestra pasajes concretos de la veta por donde explora su escritura, en Canto a pulso y en Biografía esta veta lo suspende en un umbral, el mismo donde su escritura debe descubrir las maneras de tejer la costumbre para las azarosas ascuas de su tiempo. Empero, el libro Biografía no es la afirmación o negación de una biografía. Su asunto es la paradoja de quien se mira en un espejo mientras desfigura sus facciones, entre ellas la del habla. Los 13 poemas del libro son un lugar donde el poeta quiere dejar el fichero de la historia para dar inicio a su encuentro con la memoria de lo inédito. En Biografía el poeta no se figura como un Adán que desciende por el hirsuto pelambre de la realidad hacia una nueva tierra, no, el poeta se sabe incógnito, es decir, partícipe del laberinto donde se extravía su aliento hasta el hallazgo libidinoso donde prende el misterio, la nitidez de su presencia:

“algunas veces casi el vacío
el polvo
el silencio
el viento

escritura líquida donde nada un sueño

rueda oxidada en que gira el pantano
de otros días

marca de los límites
                                                eco de fracturas
caligrafía del aire en movimiento

pero el día sigue su curso
                                                el peso de la sangre
quiebra de las palabras”.

II
Aprender a aprehender

Y conjeturando sobre la ardua escritura establecida en los poemas que componen el libro de Luis Iván Bedoya, Aprender a aprehender, digo:
Lo que nos lleva a conjeturar sobre la obra de un poeta, es la necesidad por esclarecer el súbito instante realizado en sus poemas, ese que nos atrapa en el haz verbal de su escritura cuando volvemos sobre sus versos una y otra vez. Porque un poema no es la anécdota que impulsó la escritura de un poeta, tampoco aquello que al leerlo creemos identificar con nuestras emociones.
En los poemas ensamblados por Luis Iván Bedoya en su libro Aprender a aprehender, encontramos una escritura sintáctica practicada en unos textos que no buscan convencer a su lector sino enfrentarlo. No se acude en ellos a la catarsis que le garantice un lector reblandecido en sus instintos. Los suyos son textos que confrontan la callosidad que pervierte nuestra capacidad cognoscitiva: “mira las briznas volátiles del oro / milenios de luz siempre en retorno / a los reveses de la desechada vida / en las formas nebulosas de los días”.
En el libro Aprender a aprehender, el poeta nos recuerda como en las palabras nos “persigue la obstinada historia” y que en ellas han ido quedando los idearios vivenciados por la humanidad a través de los distintos espejos de su historia real e imaginaria, entonces, no es extraño que las irradiaciones ideológicas con las cuales han sido tocadas nos penetren y su decir afecte nuestros instintos. Por ello, si queremos reconocernos en otras formas de existir, si queremos alcanzar un canto que nos represente, debemos empezar por el desmonte de cuanto oxida e inutiliza las palabras, dejándonos en la orfandad de su promiscua confusión.
El poeta también nos filtra, como las palabras informan o deforman un idioma, como con ellas se puede contener el mundo y clasificarlo hasta dominarlo según la conveniencia de las ideas de quienes para ello actúan. Tal parece que la realidad de los idiomas hablados en el mundo, ha sido reducida a la usura y consumo delirante, mandando a la intemperie a quienes no se supeditan a ella, mientras en las cuadrículas urbanas se amontonan y se jactan quienes eyaculan e imprimen su huella en el carné de identidad, aquellos cuyo lenguaje se limita al pavimento que los conduce hacia la rutina laboral, al “espacio donde aumentan los saldos de inventario”:

“desciende al infierno de los perdidos peatones
para auscultar las reservas de la ciudad sin nombre
es su aventura el destino de una gesta para otro canto
metamorfosis de gastados floripondios e inocuas faunas”.

El poeta que sucede en Aprender a aprehender sabe los riesgos de adherir su perfil a las ascuas donde son incineradas las palabras, esas mismas ascuas de donde resurgen para confrontar los “cadáveres con ojos filo en punta”, la “difícil ciudad” de objetos hechos escombros, de naturalezas de hojalata e instantáneas donde se movilizan sus peatones. Palabras perturbando lo sometido como real, pues en la escritura de Aprender a aprehender las palabras se levantan en imágenes desfamiliarizadas de las habituales maneras donde se prolonga la catarsis de los sentidos, reclamándonos ver y aprehender de nuevo los instintos del mundo.­
En estos poemas se narra el “engranaje humano”, su máximo rendimiento para obtener el salario que le permita cubrir las deudas en la cuadrícula “lógica de la vida cotizada en cuotas”. Vida salarial voceada por marcas que se cotizan en insinuantes vallas, o en la pantalla subrepticiamente rayando la memoria. Maquilado el deseo queda el eslogan humano, la fantasía plegable de “su destino para cargarlo en leve imagen”, calco tras calco. En este punto el vocabulario peatonal solo tiene una utilidad: actuar como comprador cautivo: “consignada en caja de automatismos programados / está su voluntad y están sus sueños / tiene que ser en la ficción de todo comienzo / donde se base siempre el cómputo de las edades”.
En el haz de sus poemas el poeta que escribe Aprender a aprehender busca revelar las palabras, su capacidad para estimular la acción cognoscitiva que desvele el discurso que nos somete a ser usuarios consignados “en caja de automatismos programados”.
En la escritura de Aprender a aprehender el poeta no escapa a la azarosa realidad que somete las palabras y a sus usuarios. Sus poemas recorren los distintos estadios de abyección donde tal realidad ocurre. Su revelarse se da en el itinerario mismo del ultraje. Una lectura que ignore lo anterior sería insuficiente, pues en estos poemas el poeta no se muestra como un salvador, sabe que de hacerlo sería un continuador del discurso que lo ultraja. Aquí el poeta es una víctima que se revela. Es perceptible la sacudida sufrida por el poeta durante la escritura de estos poemas, el reacomodarse del sistema gravitacional de su existencia. En ellos asume las palabras no obedeciendo las señales que le indican la calzada de supuestos como opción “genuina” y acelera en la sintaxis impuesta como una infatigable luz roja. Los suyos son poemas sobre las señales que caracterizan los “ciudadanos inertes que nada rigen / solo la risa póstuma de su tiempo / detenido en la vaguedad de sus facciones / signos de los límites sin elixir de la vida”.
La obra de Luis Iván Bedoya hace mucho se apartó de los manidos temas y de la música de canción repetida que rige la escritura poética practicada en Colombia y esto ha sido suficiente para que su obra despierte resquemores insulsos, desconociéndose como la suya es una poesía dada a los rigores y riesgos necesarios para acceder a las manchas donde yace el instinto esclarecedor de los imaginarios de la realidad.
            Los libros de Luis Iván Bedoya tratados en este ensayo, están incluidos en su Obra poética (Ediciones Pedal Fantasma, 2011), donde también reúne: Del archivo de las quimeras (Ediciones otras palabras, 1999), Ciudad (Ediciones otras palabras, 1999), Paleta de Luces (Ediciones otras palabras, 2002), Raíces (Ediciones otras palabras, 2002), 55 Cucúes (Ediciones otras palabras, 2002), Tautologías (Ediciones Pedal Fantasma, 2005), La alegría de decir (Ediciones Pedal Fantasma, 2009) y Desplazamientos (Ediciones Pedal Fantasma, 2011).