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sábado, 24 de junio de 2017

POEMAS DE LA ARGENTINA ANA ROMANO


Tunante

¿Qué sojuzga
narcótico?:
la inobservancia
¿Qué rebana
el sopapo?:
un eclipse
Y en el resoplido
el agravio
cala

¿En qué otra cosa
que en la clarividencia
el imaginario
dormita?
Y es en el trueque
donde el bribón
cercena
¿Fusiona
el desprestigio?




Variaciones

¿Qué cambia
si escala la fortaleza?

¿Qué queda
donde rige lo aciago?

Propongo
o no propongo
mendrugos
al costado.




Veamos


Veamos
qué acontece
enrolada
en la maternidad
Instantáneas
guarecidas en los hollejos
despuntan motines

¿Y dónde acunan
las voces
cuando timbrean?

Yuxtapuesta
la estocada
sospecha
Y orgasmos
profetizó

¿Quién enjauló
al incesto?




Verecundia


El pavoneo
quebranta
el choque
estigmatiza
y desenfunda
torniquetes

Arponeados
vientres
exorcizan
el oráculo
y rebobinan
el maleficio

La noche de los cuerpos languidece
y es la quietud.




Vocales


Mientras que
en su desencadenamiento las ideas
resbalan en la mesa
las palabras prefijan
el desliz

Mostacillas
engalanan los bordes

Las notas vaporizan
la escritura

¿Zozobran
los signos de puntuación?





Zarzal


Es
en el autoritarismo
que la coraza
tirita
Las palabras
orinan
las rendijas que chirrean

¿Y la réplica
dónde copula?

Masculla
la cautela
y deshilachada
recapacita

Aletarga
el maquillaje mortecino
la hembra.


Ana Romano nació el 1 de febrero de 1944 en la capital de la provincia de Córdoba, la Argentina y reside desde la infancia en la ciudad de Buenos Aires. Además de obtener varios premios y menciones e integrar antologías, desde hace seis años se difunde su quehacer tanto en revistas de soporte papel como electrónicas y en numerosos blogs. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, húngaro y catalán. Es profesora de francés. Tradujo a dicho idioma el volumen “Breve Anthologie” de Luis Raúl Calvo (Ediciones L’Harmattan, París, Francia, 2012), el poemario “Behering y Otros Poemas” de Luis Benítez y textos del libro “Tomavistas” de Rolando Revagliatti (difundidos en la Red).  Poemarios publicados: “De los insolentes fantasmas” (Ediciones Vela al Viento, 2010) y “Expiación del Antifaz” (Ediciones La Luna Que, 2014). Mail de contacto de Ana Romano: romano.ana2010@gmail.com

viernes, 23 de junio de 2017

Cuatro textos del argentino Federico Luis Baggini


Qué más da

Al desamparo de la tierra solamente habrá parecer
nada desliza vagamundos rana o punzón
todo robustece ansiedad o sed despistan
la parte desfallece a tientas no obstante
del inminente acontecer.

Retroceder retroceder
no convicto
de cierto viento pegadizo cercena
dialéctica y sinrazón
oscilan relieves
caen al mar
para saltar
saltar en demasía y echarse
ventrílocuo del enfundado del presente que
al desamparo de la tierra solamente habrá perecer.

La muerte
otorga una inicial
a lo que ya no se es.

En las desapariciones mora nuestro espectro
Desfigura
Río arriba, el cielo,
Río abajo, el suelo.
El horizonte averigua en el cimiento la conclusión: La utopía final.

Adentrarse,
adentrarse hechos un nudo en la primera madrugada del aire leal.

Desgraciados entonces aquellos que no ensanchen
y en medio del vendaval no se rieguen, adentrarse, adentrarse
venir a tierra como por última vez.

Medianoche de toda complexión
abandona el fresco para el verano devenir
atraviesa hasta el reflejo, aguarda
en el espanto que entorpece la corriente
ofrenda ademán y quizá la reconciliación.

Allí, en la plaza de los tributos, unas pocas manos
tantean las astillas que florecen cuando en rigor de la pausa
las multiplicadas palabras se alcanzan apenas para sobrevivir.



Aprontarse

Nada puede decirse de las espaldas,
Las revueltas, desnudas,
Apoyadas las manos,
Ancha la sangre un poco más allá.

Cerca del pie, otro pie.
El anterior precipicio tendido,
Vertido lo sólido, trémulo,
Ya se hubiera dado eso cuajado.

Por ese entonces orinan las palabras,
Alguna vez se suda el destierro,
La ceniza resignada ya, se resigna;
Tantos otros lugares contra el reverdecer.

Las plumas no regresan por sus carnes,
Las carnes no vuelven por sus huesos,
Los huesos no son una probabilidad,
La muerte tal vez, quién sabe, lo sea.

Hacia arriba un puente,
y unos cuantos rostros,
Ciénaga, una tibieza en los contornos,
Se enredan las cegueras entre el vacío.



El cielo que sobra

Los pájaros se duelen, me anochecen.
El debajo se recrudece, se entrevera.
Los puñados se hieren, me apesumbran.
Los ausentes se reclaman, se rematan.
Los vientos se llueven, me alargan.
Las revueltas se recogen, se asemejan.
Los pliegues se nublan, me enderezan.
Lo apagado se desapega, se atraviesa.
El adentro se encarniza, me aploma (o desploma).
Los ríos se presienten, se lloran.
La demasia se renombra, me canciona.
Los costados se taxonomizan, se ontologan.
El zumbido se embiste, me sucumbe.
Los impedidos se reclinan, se joroban.
El polvo se acompaña, me descalza.
Los alrededores se encogen, se intiman.
La mayéutica se embebe, me relumbra.
El procústeo se denota, se ergonomiza.
Lo servil se procede, me remonta.
Lo suspendido se atasca, se atraganta.
La apetencia se genitaliza, me saliva.
La mitad se apiada, se concede.
Más allá, se coagula la muerte.



Declaración jurada

Aquí andan,
Aquí andaban
Las trasañejas alambradas,
La trasbocada figura del río,
La trascendencia de la madera,
El transcurrir de los maizales,
El trasfondo delicado de una lealtad.

Aquí el algodón,
El método de las algas.
El rítmico ensueño de las cigarras,
El espasmo de las nebulosas,
De los alerces,
El sol serpenteante sobre los espejos,
La utopía embravecida,
¡La utopía!
Con sus pujantes escoltas por el viento.

¡Y es que no…!
Nos persuadió lo fétido
El criterio bullicioso de los resumideros,
Los ondulantes gemidos de poca monta,
La vehemente masilla,
La saliva castrada del asfalto,
La literatura de endeble entraña,
Las perfecciones,
El espectro sin remiendos.

Y allí estamos:
Exhaustos,
Más flácidos que siempre,
Con la tenue carne infecta,
Por tanto tratante y crujido sin vida,
Como inevitables sortilegios machacados,
Por la ansiedad y la jaqueca.
Como el alarido de las cloacas,
Que viajan en colectivo,
Y se quejan,
Y se aprietan
Sobre el óxido de las axilas y las lagañas;
Como tiesa nariz
Que destierra sobre otros y se disculpa,
Bajo la bovedilla
Y los timbres
Y la súplica de los espejos.

Y allí estamos:
Rebosantes de infamia y de baba,
Rebosantes de bilis y desacuerdos preacordados,
De sorna bobina,
Araña,
Mosquitos desechos;
Con el casco colmado de viruta regurgitada,
Con las arterias hinchadas de escorpiones exudados,
Con las orejas acordonadas de empantanadas orillas,
Y campos de sal,
Nada más que sal.

Residuo adormecido de abultadas perturbaciones,
Y excitables lenguas,
Que extravía el erotismo en cualquier parte,
Que equivoca el querer con el abrazo,
La rima con la fatiga fermentada,
El breviario con los inventarios en serie.

Devastados autómatas del acaso y el tedio,
Con el musculo comprimido,
Por los muros de yeso y entrañas de plata,
Por las yemas recubiertas de ávido vacío,
Por decrepitas flemas de corbatas tiesas,
Por cuantos urinarios con cortes de servicialidad
Estallan las penumbras,
Esquilan las cataratas,
El edulcorado cálamo,
El flujo untuoso de los adulterados corceles,
Sin cuartillas,
Sin crines,
Ni brotado orbicular de opio,
Que los lleva a la apetencia,
A empeñar la promesa,
A subastar el vientre,
A amputar en trozos sus veneradas raíces,
A engullir las patrañas que divulgan los faroles,
Los filamentos tuertos,
Los empalagosos pescuezos que ostentan el lenguaje,
Y recitan,
Y afirman,
Y proclaman,
Ante grises montaraces de latón que no orinan,
Ante la muchedumbre,
Que desde una distancia prudente
Podrá aparentar amapola virgen,
Aunque de cerca apesta:
A transpiración oprimida,
A llanura velada,
A martirio estéril,
A rabia atorada,
A excremento confinado,
A cuervo muerto.



Federico Luis Baggini, nací el 01 de agosto de 1987 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Actualmente resido en el barrio de Villa Tesei, Provincia de Buenos Aires, Argentina. En cuanto a lo académico, cursé hasta el año 2012 de la licenciatura en Bibliotecología, impartida en el Instituto de Formación Técnica Superior n° 13, Buenos Aires.
Desde hace algunos años tomó talleres de escritura con diferentes escritores y persona de oficio en la materia, como así también dicto talleres para personas que desean iniciar en la escritura. He participado y participo como colaborador de revistas y periódicos, como así también de portales y medios virtuales vinculados a la material literaria.
Trabajo como bibliotecario en la Biblioteca Popular de la Asociación Cultural y social "Helena Larroque de Roffo", situada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
En Agosto de 2012 publiqué mi primero libro de cuentos titulado “Acariciapajaros y otros cuentos”, editado e impreso de forma independiente, autogestiva y sin marca editorial, con prólogo de Carolina Quirós, reseña de Sebastián Pujol y arte y diseño de tapa de Melina Godoy. En Mayo de 2016 fueron presentados mi segundo y tercer libro, publicado con las mismas condiciones: de forma independiente, autogestiva y sin marca editorial. “Repeticiones, reiteraciones” cuenta con prólogo de Dora Berdugo, Reseña de Liliana Enriotti, arte de tapa de Agustina Niño-Seeber y diseño por parte de Sabrina Zanzi. El tercer libro, titulado “Agonías” cuenta con prólogo de Luis Autalán, reseña de Alejandro Bisignano Burgos, imagen de tapa y contratapa y diseño por parte de Melina Godoy.
Para el presente 2017 tengo proyecto publicar dos libros inéditos hasta el momento: uno que consta de diez cuentos de mi autoría, y el otro que compilara textos en prosa-poética también de mi entera autoría.

Para ponerse en contacto pueden contactarse por alguno de los siguientes medios:
Facebook: Facebook.com/fede.baggini / E-mail: fedebaggini@hotmail.com / Web: www.federicobaggini.com.ar



lunes, 19 de junio de 2017

ELOGIO DE LO MÚLTIPLE. AGUAS MÓVILES. ANTOLOGÍA DE LA POESÍA PERUANA 1978-2006 (PERRO DE AMBIENTE, EDITOR), por Lisandro Gómez

Cada antología es, de alguna manera, un instante para reflexionar sobre el canon y su relación con el corpus, siempre virtual, siempre en movimiento de las obras producidas. En efecto, esta reflexión supone el cuestionamiento o la ratificación de una sensibilidad, una manera de comprender el fenómeno poético y de acercarse a él. Más aún, el espacio textual de la antología, por su misma constitución, es una manera de interactuar con la tradición, de plantearle nuevas interrogantes y demandarle soluciones inéditas. El siglo pasado ha permitido observar que, en algunas oportunidades, fueron los poetas mismos quienes, en un intento por definir la personalidad de su escritura, emprendieron esta tarea. Tal es el caso de la famosa colección que prepararon Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren, La poesía contemporánea del Perú (1946), o aquella no menos insigne que estuvo a cargo de José Antonio Mazzotti, César Ángeles y Rafael Dávila Franco, La última cena. Poesía peruana actual (1987).

No obstante, a pesar de la presencia (persistencia) de estas colecciones en el derrotero de la poesía peruana, resulta insólito que las perspectivas del estudioso y del poeta se conjuguen con provecho en un mismo individuo. Es una fortuna, por ende, que el día de hoy aparezca en nuestro medio una antología que rompe con esta constante: Paul Guillén (Ica, 1976) acaba de presentar Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006, una colección que nos lleva a meditar sobre la forma de organizar y entender la poesía peruana gestada desde las últimas décadas del siglo pasado. Asimismo, el texto introductorio que ha preparado Guillén para su antología supera las expectativas habituales a las que nos tienen acostumbrados publicaciones de este tipo en nuestro medio. Más allá de la estupenda colección de poetas y poemas, escogidos la mayoría de veces con discernimiento y sabiduría, el texto compuesto por Guillén tiene el mérito de proponer, ante todo, una forma alternativa de concebir la historia de la poesía peruana.

En primer lugar, para calibrar el aporte de esta antología, debe evaluarse la propuesta presentada en el conciso estudio que abre el conjunto. Precisamente, es en este prólogo donde plantea una singular manera de organizar la poesía escrita en las últimas décadas. Como es de conocimiento público, por más que la pertinencia teórica del concepto de «generación» para el estudio del devenir histórico de la lírica en el Perú se ha visto mermado en las últimas décadas, pocas veces los antologadores de turno han prescindido de este concepto o, menos aún, han emprendido la tarea de elaborar una noción que pueda sustituirla eficazmente. Guillén ha tenido el valor de abandonar esta categoría y atreverse a una organización que ya no depende de la enumeración de los autores más reconocidos de cada década: «Mi planteamiento» —afirma el antologador— «obviará la categoría de “generación” y planteará de una manera secuencial una lectura de los flujos, variables y constantes de la poesía peruana. Además, no asumir la idea de “generación” me permitirá prestar importancia a los sistemas de la poesía peruana» (8, cursivas nuestras).

Si bien es cierto la noción de «sistema», para el caso de nuestra literatura, fue esbozada por Antonio Cornejo Polar, en su célebre La formación de la tradición literaria en el Perú (1989), hasta el momento no se había intentado trasladarla hacia la producción poética. Asimismo, Guillén se esfuerza por establecer un diálogo entre la categoría de «sistema» y el concepto de «copresencia de lo diferente», propuesto por José Morales Saravia —poeta que aún no recibe la atención que merece—. Para este último, comprender la historia de la literatura significa asumir que en un momento específico coexisten siempre tradiciones diferentes, distintas variantes de concebir y ejercer la poesía (13).

No obstante, Guillén no brinda una definición clara de su categoría. ¿A qué se refiere con sistema? ¿Cómo debemos entender esta noción?  ¿Debemos comprenderla según la pauta de Cornejo Polar? ¿Puede ser equiparable a algún otro concepto previo? En realidad, no sabemos con certeza a qué alude específicamente con esta idea. De ahí parte una duda fundamental que empaña, solo en parte, su planteamiento: ¿cuál es la diferencia entre un sistema y una tradición? ¿No es más sencillo (o preciso) hablar de tradiciones en la poesía peruana? Dicho de otra forma, no puede divisarse con nitidez por qué razón Guillén apuesta por «sistemas» y no por el término «tradiciones» (en plural), que es una noción más familiar al lenguaje crítico, que permite definir un corpus a lo largo del tiempo y no niega la posibilidad de interacción, y que guarda en sí misma una enorme complejidad. ¿Acaso al hablar de sistemas se está refiriendo a las tradiciones que pueblan nuestra poesía? En algunos pasajes de su estudio, parece que no hubiera una diferencia sustancial entre ambos conceptos, lo cual, tal vez, podría poner en duda la pertinencia de su enfoque.

A pesar de estos reparos, el empleo de esta categoría le ha permitido al antologador formular una descripción muy sugestiva de los avatares de la poesía actual. Así, en su lectura, debemos entender que existen seis sistemas definidos: «1) sistema coloquial; 2) sistema del lirismo, lenguaje de imágenes irracionales y surrealistas; 3) sistema neobarroco; 4) sistema del concretismo y post-concretismo; 5) sistema de la poesía escrita en lenguas aborígenes y [SIC] 6) sistema de poesía del lenguaje» (8).

De todos estos, el cuarto solo es descrito en el prólogo y no tiene presencia en el cuerpo de la antología. No está de más señalar que, incluso considerando los libros mencionados en la introducción, resulta complicado asumir que este tipo de poesía constituya propiamente «un» sistema, con cierta autonomía y una historia propia, como sí sucede con los otros, dentro de la poesía peruana. Habría que calibrar hasta qué punto no estamos solo ante experiencias estéticas que, en el peor de los casos, podrían ser tildadas de anecdóticas. También, sucede lo mismo con el sistema de la poesía del lenguaje que, por momentos, parece que no contara con un corpus importante para reclamar su independencia. Asimismo, en el caso del segundo sistema, cabe preguntarse por la pertinencia del encabezado, ya que, en esencia, se refiere específicamente a los residuos de las herencias simbolista y surrealista, que aún puede rastrearse en algunos autores en pleno ejercicio de la palabra. Para el prologuista, ambos legados son decisivos en los poetas inscritos en este sistema.

Sin duda, en estos casos la brevedad del estudio introductorio es un factor en contra. Incluso, puede afirmarse que este inconveniente se extiende al cuerpo mismo de la muestra. En efecto, todo el conjunto, prólogo y selección, dejan la sensación de que requieren de más espacio. En este caso, se trata de una decisión editorial poco afortunada: un proyecto de este tipo demandaba una cantidad mayor de páginas o, caso contrario, la reducción del número de autores de la antología, para repotenciar el ensayo introductorio, que, como se ha visto, es una pieza clave, y la cantidad de poemas por cada uno de ellos.

Sin embargo, uno de los mayores logros del empleo de la noción de sistema radica en su capacidad para, prácticamente, disolver la aparente encrucijada que provocó un debate iniciado hace unos años entre Luis Fernando Chueca (2001) y José Carlos Yrigoyen (2008). Aunque ambos emprendieron una empresa similar, que tenía como propósito último definir los rasgos característicos de la poesía reciente, como resultado de sus pesquisas, terminaron ofreciendo soluciones antagónicas. En su intento de comprender la composición de la poesía peruana actual, Guillén señala que «la concepción de la diversidad (Chueca, 2001) se torna muy abierta, modulable y permeable, en tanto, la noción de hegemonía de lo conversacional (Yrigoyen, 2008) justamente oculta las disidencias textuales o la copresencia de lo diferente» (13).

En el caso de Yrigoyen, su tesis obedece más a una convicción estética: dicho de una manera distinta, su defensa de la poesía conversacional es una manifestación de principios. Se comprende el énfasis en su postura, ya que su producción lírica adquiere sentido y mayor brillo puesta en relación, precisamente, con el sistema coloquial, del cual sin duda es epígono y superación. Sin embargo, asumir sus ideas genera demasiadas restricciones a un corpus que, abiertamente, muestra una mayor variedad, capacidad de exploración y riqueza formal. En el caso de Chueca, aunque no lo señala de manera explícita, Guillén sugiere que el principal inconveniente de su postura radica en su énfasis en el aspecto temático. Al hacer hincapié en los temas de la poesía escrita en los noventa, Chueca soslaya que es, finalmente, la forma expresiva empleada para forjar el poema la que lo define. Así, el lenguaje precisa la identidad del texto poético. Ni hegemonía, ni diversidad. El enfoque de Guillén, en este aspecto, es una manera inteligente de salir de un aparente atolladero.

 En segundo lugar, aunque, el antologador afirma que «la elección de estos nombres es simplemente […] provisional y transitoria» (25), la colección que presenta es, en la mayoría de casos, un ejemplo de lectura exigente y perspicaz, donde impera el buen tino. En este sentido, a diferencia de otros autores, Guillén ha sabido aprovechar sagazmente su faceta creativa. Esta, lejos de ser un obstáculo (una poética rígida que sesga su visión y su juicio), es utilizada como un «observatorio» que le permite atisbar un conjunto surtido de poéticas muchas veces disímiles e, incluso, exagerando un poco, hostiles (pensemos solamente en el contrate abrupto entre la poética coloquial y la del neobarroco). Incluso, puede decirse que la lista presentada constituye un espacio de reivindicación y rescate de algunos autores poco conocidos en el medio. Más aún, el hecho mismo de evidenciar que el neobarroco es dueño de un espacio expresivo propio e importante en la poesía peruana es, por sí mismo, un logro. En este sentido, no es errado caracterizar el conjunto propuesto en Aguas móviles como un acceso válido al corpus poético contemporáneo, que brinda luces sobre la práctica poética en nuestro país. Guillén explota acertadamente su lugar como poeta: las redes que ha establecido, en su ejercicio con la palabra, le permiten identificar, a veces, poéticas marginas por la crítica en boga.

Sucede, por ejemplo, con el poeta Javier Gálvez, quien hasta el momento solo tiene un poemario, Libro de Daniel (Jaime Campodónico, 1995) y un ensayo editado a cuenta del autor, Javier Heraud y la nueva Eurídice (2011). Este compromiso con la búsqueda de fuentes es el indicio de un trabajo sesudo, que, tal vez, solo sea el preámbulo de un proyecto mayor. Asimismo, un caso similar es la recuperación de la poesía escrita en lengua quechua, representada en la antología de forma notable por Dida Aguirre y Odi Gonzales. También, en esta línea, destaca el caso de Iván Suárez Morales, poeta que conjuga milenarismo y política con un espléndido trabajo del ritmo.

No obstante, existen dos inconvenientes que atraviesan la selección de poetas. El primero radica en la organización. En vista de que el planteamiento central del prólogo consiste en una comprensión alternativa de la lírica peruana como un corpus sectorizado por «sistemas poéticos», resulta contradictorio que al momento de proponer un orden se haya recurrido a la cronología. Hubiera sido conveniente aprovechar la noción de sistema y graficarla en el cuerpo de la antología. Es decir, presentar juntos los poemas que corresponden a un mismo sistema, para establecer de esta forma variantes, continuidades y procesos que permitan apreciar, precisamente, en la propia escritura poética su «sistematicidad». El prólogo y la selección, entonces, habrían adquirido la necesaria complementariedad que exigen proyectos de este tipo.

Definitivamente, esta decisión conllevaba, aparentemente, el riesgo de soslayar casos donde un mismo autor puede ser exponente de varios sistemas. Sin embargo, esto no habría sido un problema, si se hubiera aprovechado consecuentemente la noción de sistema. En otras palabras, habría sido interesante colocar la noción de sistema por encima a la de autor. Nos referimos a la posibilidad de que un mismo poeta pudiera aparecer dos o más veces en diferentes secciones de la antología, debido a que, como se señala en el prólogo, un mismo autor puede inscribirse en varios sistemas a lo largo del tiempo. Casos paradigmáticos de este fenómeno podrían ser los poetas Roger Santiváñez o Mario Montalbetti, quienes partieron del sistema coloquial al neobarroco y a la poesía del lenguaje, respectivamente. Una distribución de los espacios textuales de la antología definida por la noción de sistema hubiera sido la manera más rotunda de materializar la propuesta detrás de este proyecto.

Un segundo inconveniente, aunque en menor escala, se desprende de la funcionalidad del concepto de sistema. Como habíamos mencionado, el uso de esta categoría se justifica, en parte, por su capacidad para iluminar sectores de la poesía poco conocidos por el público lector o atendidos por la crítica oficial. Por tal motivo, después de una lectura general, resulta paradójico que los poemas que más destaquen correspondan a los poetas consagrados por la crítica. No siempre los exponentes «menos reconocidos»  permiten apreciar la riqueza del sistema que representan. Es lo que ocurre con los textos de Yulino Dávila o de Giancarlo Huapaya, cuya radicalidad formal pocas veces consigue dar buen fruto. La experimentación no supone, necesariamente, en esos casos, resultados importantes. A esto debemos agregar que el número de autores va en desmedro de la cantidad de poemas por cada uno de ellos. En algunos casos, esto tiene como consecuencia que, debido a la extensión de sus textos, solo se puedan incluir uno o dos poemas representativos por autor. Un caso emblemático puede ser el de José Morales Saravia, cuya obra está resumida en un solo poema («La mar» que comprende seis carillas). Esto nos lleva a pensar que, por momentos, debido a la tensión entre el proyecto que la guía y el número de páginas que, finalmente, posee, esta edición no logra definir con claridad si es una antología o una muestra (entendida como un ejercicio de difusión bajo el criterio de concisión y esencialidad).

No obstante, a pesar de estos problemas, es necesario recalcar que Aguas móviles sí cumple con su propósito de recuperar voces importantes de la poesía peruana. Es el caso de Dida Aguirre, exponente de la poesía escrita en quechua, dueña de un lirismo singular que se apropia de su tradición, y de Javier Gálvez, vate poco conocido, poseedor de una aguda sensibilidad para forjar el ritmo en sus poemas. También, es necesario destacar el acierto de recuperar algunos nombre conocidos pero con escaza difusión, debido principalmente a su breve paso por la poesía. En ese rubro entran los trabajos poéticos de Xavier Echarri, una de las voces más interesantes de la lírica escrita en los años noventa, y de Patricia Alba, notable exponente de la poesía escrita por mujeres en la década del ochenta.

En síntesis, podemos afirmar que Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006 constituye una apuesta oportuna en el intento de renovación de los estudios de la poesía en nuestro país. El conjunto tiene dos méritos principalmente. En primer lugar, expone una concepción alternativa sobre la producción poética. No se trata de una colección arbitraria. La lista final de autores seleccionados obedece a una perspectiva crítica que pretende articular una comprensión sobre el fenómeno poético. Por más que la noción de «sistema», axial en su enfoque, necesite un esclarecimiento mayor, creemos que la decisión de analizar el corpus seleccionado en segmentos es realmente pertinente (sino urgente). Aunque es necesario que esta propuesta se materialice en la composición de la antología. En segundo lugar, la mayoría de veces, consigue rescatar las voces de algunos de los representantes menos difundidos de la poesía peruana. Incluso, en el caso del neobarroco, define un área específica del corpus poco valorada. Estas operaciones son vitales para tener una percepción cabal de los senderos que recorre la lírica peruana en la actualidad. Creemos que esta colección exige una segunda edición que afronte consecuentemente los postulados de su prólogo y que solucione algunas de los traspiés o confusiones que han surgido en esta primera entrega. Consideramos que esta colección es, desde ya, un aporte valioso para los estudios literarios y  para los lectores interesados, siempre atentos al devenir de la lírica.

UNA RESPUESTA / UN POEMA DE MI AMIGA MONTSERRAT ALVAREZ, por Willy Gómez Migliaro



La siguiente entrevista a mi amiga Montserrat Álvarez, que inicialmente iba a salir en el Clarín de Argentina, fue boicoteada por el mismo entrevistador que tuvo miedo de publicarla. Imagino otros intereses, pero siempre hay miedo a esa lucidez y fuerza con que la poeta suele responder. Pedí a la autora de Zona Dark, darme la exclusiva para difundirla. Previa conversa siempre placentera, la presento junto a un poema inédito y potente que ha tenido a bien cederme.
Willy Gómez Migliaro
Centro de Lima, junio de 2017.


MONTSERRAT ALVAREZ
(Zaragoza, España, 1969)
Premio de poesía en los Juegos Florales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1990, y Premio Poeta Joven del Perú, 1990-1995. Estudios de filología inglesa en la Universidad de Zaragoza y de filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la Universidad Católica de Asunción, Paraguay, y en el Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos (ISEHF), Asunción. Correctora para diversas editoriales y diarios en Paraguay. Ha publicado Zona Dark (poemas), Lima, 1991, Doce esbozos haitianos y un cuento andino (cuentos), Asunción, 1994, Espero mi turno (¿nouvelle?), Editorial El Augur, Asunción, 1996, El Poema del Vampiro ("diálogo platónico-gótico"), Editorial Arandurá, Asunción, 1999, Underground (poemas), Arandurá, Asunción, 2000, Alta suciedad (poemas), Bala perdida, Ediciones El Billar de Lucrecia (México, 2007) Es una de las voces más interesantes de la poesía peruana e hispanoamericana. Actualmente vive en Paraguay.


1) ¿Cuál es la situación de la literatura paraguaya actual?

Antes de dar mi testimonio, debo indicar mis flaquezas: vine a Paraguay muy joven, he vivido aquí desde entonces y no puedo comparar el mundo cultural y literario paraguayo con otros; y vine en parte huyendo de –sé que esto dará pie a burlas, pero es verdad y es un dato que influye en ese testimonio– la fama, muy precoz en mi caso: no solo no me interesa el renombre, sino que mi ideal –quizá tímido o cobarde; quizá, posibilidad más oscura, meramente misántropo– es el anonimato –de hecho, escribo, pero hace años que no publico (salvo artículos, porque vivo de ellos)–. Lo primero me impide exponer mis observaciones como un «caso», dado que ignoro si se trata de una ley; lo segundo, por falta de empatía con ambiciones que no entiendo, puede dar a tales observaciones cierta dureza. Dicho esto, Paraguay fue para mí –pero tal vez cualquier país lo hubiera sido; por la primera flaqueza dicha, no puedo saberlo– el lugar del desengaño y del hallazgo: desengaño del mundo literario y cultural, hallazgo de mi modo de hacer literatura, que solo puede ser al margen de ese mundo. Actualmente soy una escritora, por decisión propia, absolutamente marginal.
No veo, francamente, talentos ocultos en la, para mí, predominantemente cuantiosa e insípida producción literaria de Paraguay (quizá sea así en todas partes); sí un constante reclamo de visibilidad y una abundancia de quejas, siempre imprecisas –de hecho, mendaces– por su falta. Falta que no existe: por el contrario, la promoción de escritores de todo género (literario), edad y sexo, de parte de sus grupos y amigos –con reciprocidad: promoción mutua–, y de parte de los medios en general y de los centros culturales, academias o asociaciones –como el Centro Juan de Salazar o la Sociedad de Escritores, que exaltan y publicitan a varios, por ejemplo–, para mí la resume bien el dicho: «Mucho ruido, pocas nueces».
La política paraguaya es tradicionalmente clientelista y mafiosa, estructurada como un sistema de alianzas para beneficio mutuo y de lealtades y compromisos basados en el intercambio de respaldos y favores, y esto incluye la política cultural: amigos o aliados se aplauden entre sí frente a un público que no tiene acceso a otras visiones y reciben el refuerzo de una prensa y unas instituciones movidas por los mismos mecanismos. Las redes sociales, como en todas partes, para la mayoría solo potencian los espejismos; las alternativas que podrían brindarles a los espectadores y lectores son percibidas por muy pocos, y precisamente por los que ya tienen de por sí suficiente lucidez como para sospechar o saber que lo que se presenta como literatura paraguaya no necesariamente es tan interesante como se cree.
Hace unos años, el Correo Semanal, suplemento del diario paraguayo Última Hora, publicó una serie de reportajes a diversos escritores; no conservo esas hojas, por desgracia, pues eran un penoso ejemplo de estas imposturas: afirmaciones sin sustento, acusaciones no verificables contra enemigos nunca nombrados –acusaciones vacías, pues, pero que, por ello mismo, nadie podía desmentir– que supuestamente habrían excluido a esas personas, según ellas mismas, de algún espacio, y toda clase de infundios emitidos para crear una ilusión de heroísmo sobre sí mismos por los propios escritores y supuestas víctimas; algo por demás indigno, y, sobre todo, ridículo. Sin datos, sin investigaciones, sin nada. Pero el sistema descrito funciona tan bien que muy pocos –incluyéndome, tal vez cinco personas– nos reímos aquella vez de esos reportajes –que, sin embargo, eran y siguen siendo muy cómicos–. Este es un ejemplo de las manipulaciones procedentes de los escritores considerados «emergentes» –los presentó así el redactor de aquel diario–. Cuando tomé hace tres años la posta de la dirección del Suplemento Cultural del diario Abc Color, este suplemento formaba parte de ese sistema –era, en realidad, vocero suyo–, del cual yo no formo ni formaré parte nunca; mi posición es extraña, por absolutamente marginal; por eso, al asumir yo este puesto laboral, naturalmente, cundió la alarma y los señores de la Sociedad de Escritores, la Academia Paraguaya de la Lengua, etcétera, utilizando todos los contactos, poderes y recursos, formales e informales, a su alcance presionaron a los directivos y dueños del diario para que me sacaran del puesto. Este es un ejemplo de las manipulaciones procedentes de los escritores considerados «consagrados».
En realidad, no son dos bandos opuestos: unos fueron lo que son los otros, que serán en breve lo que estos ya son. No hay renovación, sino continuidad: son todos, para mí, en suma, la misma cosa.
Cuando hablamos del golpe de Estado que derrocó a Stroessner en 1989 decimos golpe y no revolución: de una revolución se espera que no deje en pie la estructura de poder sobre la que se basa el régimen que derroca. El golpe que derrocó ese régimen la dejó en pie con sus herramientas de legitimación, osamenta de la sociedad local. La prensa, la educación, el estado, la cultura tienen la marca de hábitos heredados que son parte de las estructuras del poder en Paraguay, donde la censura ya no es ante todo estatal, sino social. Los grupos literarios «oficiales» y los «emergentes» buscan lo mismo: acaparar espacios, visibilidad, premios, viajes, etcétera; no hay entre ellos una diferencia estructural, sino mercadotécnica. Bajo las aparentes oposiciones del mundo literario, mero juego de superficies, los diversos grupos –con los muy promocionados pero que se autoproclaman excluidos a la cabeza– son iguales. Nadie desea ser dueño solitario pero absoluto de sus ideas. No entrar en grupos que respalden y excluyan en Paraguay es ser un outsider. A un muerto que haya vivido así se lo homenajea, pero a un vivo se lo descalifica, y nadie ve los mecanismos por los cuales cabe hacerlo sin que parezca indigno. Así fue con Rafael Barret, que ensalzan paradójicamente aquellos cuyas políticas de grupo, sean parte de grupos con poder, lo sean de grupos movidos por la ambición de tenerlo, favorecen y excluyen por conveniencia. El mundo cultural paraguayo es un sistema gregario de favores mutuos. Pero el precio de la libertad, publique uno en la prensa, hable en los bares o alce en la web sus ideas, es no aceptar más respaldo para ellas que su nombre. Por eso elijo la marginalidad. Elegir la marginalidad es vivir en oposición al sistema político, artístico, intelectual y al tipo de relaciones sociales que marcan históricamente la cultura local. Es duro. En Paraguay, pensar y opinar de manera individual se percibe como una insolencia.
Esto es lo que puedo decir acerca de lo más visible –que no «invisibilizado», como se pretende– de la literatura paraguaya. Hace poco, aprovechando el tema en auge del centenario de Roa Bastos, hubo un congreso de literatura paraguaya en Buenos Aires. Por cierto, un modo que tienen muchos escritores paraguayos de fomentar el odio del público contra personas como yo es atribuirles posturas inexistentes; así, por ejemplo, a propósito de este centenario parece que en mi caso muchos escritores paraguayos se dedicaron a decir que yo detesto a Roa Bastos. No hay hecho ni dicho mío que permita afirmarlo (lógicamente, porque no es cierto; y si lo fuera me encantaría decirlo), y, sin embargo, mentiras como esa son sostenidas y promovidas por el sistema literario y cultural de Paraguay. Los escritores paraguayos son, en general, menores e irrelevantes (repito: tal vez esa sea la mayoría en cualquier parte), y su medianía termina por envilecerlos mucho. Volviendo a ese congreso porteño, como siempre, lo organizó un grupo de aliados para presentarse en el exterior y hablar de sí mismos y de los suyos. Y, también como siempre, el público no tenía información alguna a su alcance para poder comparar esa versión con otras y, cuando menos, relativizarla, con lo que habrá pasado por verdad absoluta. Sin embargo, para hacer una melancólica confesión, el público es (para mí) decepcionante también: tendría, creo yo, que darse cuenta de la pobre calidad de lo que en general es tan celebrado de esta manera. Algunos lo hacen, pero, como los que escribimos (y quizá aquí tendría que sentirme culpable por no publicar, al cabo) al margen del sistema (solo conozco otro caso, actualmente, de un individuo así, aparte de mí; y es amigo mío), son una excepción muy rara. Supongo que tal vez sea natural; quizá siempre y en todo lugar las cosas hayan sido así. Quizá otros antes que yo se han visto en situaciones de marginalidad necesaria, sea forzosa o deseada, sea ambas cosas. Quizá el grueso de los escritores de todo tiempo y lugar ha sido, en general, menor e irrelevante; quizá a esa mayoría también su medianía habrá terminado por envilecerla. Quizá lo que sucede es que no recordamos, al pasar las décadas y los siglos, a todas las personas que se habrán comportado de esa manera.




AMOUR FOU

Cada uno en su asiento
o de pie en su lugar
la ciudad recorremos
deseando llegar pronto
ligeramente incómodos
entre extraños molestos

En el fondo
tenemos mucho miedo
de sabernos
reunidos aquí
en esta humilde luz
contra la noche
En el fondo
tenemos mucho miedo de sabernos
como grandes amantes reunidos

Como grandes amantes reunidos
en el pliegue del manto de un dios ciego
Como polvo de estrellas reunidos
bajo esta luz fugaz nos desconocemos
Porque es muy breve el tiempo concedido,
evitamos mirarnos
Porque es muy breve el tiempo concedido,
amor tal en los ojos
sería sangre

Podría destruirnos
Así que vamos graves
como veinte astronautas que se encuentran
en extraño planeta
y de amor tal
que todo desintegra
no se miran siquiera
Y surcamos las calles
deseando no llegar
no tener que perdernos
tan fuera de la luz del colectivo
que nos congregó a todos,
pasajeros,

boleto en el bolsillo
El módico milagro
que pronto quedará
para siempre perdido
No tocar ese timbre no tener que bajarnos
–hasta nunca–
en nuestros respectivos paraderos

Inédito
Paraguay, junio de 2017

POEMAS DE LA ARGENTINA ANA ROMANO