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jueves, 23 de febrero de 2006

Dossier de poesía mexicana contemporánea (Selección y nota de Ehitel Silva Zegarra)


Nada hay como la pluralidad. El presente dossier de poesía mexicana presenta nueve voces que han marcado el ejercicio poético reciente de este país. Voces poéticas que van desde autores nacidos hacia mediados y finales de la década de los sesenta, algunos autores de los setenta y dos novísimos de la década de los ochenta. Se le ha consignado el adjetivo de solemne a la poesía de México, nada más lejano a la realidad en nuestros días. La poesía que se produce en este país comienza a emerger como una poesía polifónica en la que la mirada cuestiona desde la propia Historia (la memoria es un bien común que los poetas no han olvidado) que nos antecede, referentes a otros autores de diversas nacionalidades, diálogos con la vida y los objetos cotidianos, la violencia y la nota roja, la capacidad de habitar, de estancia en el mundo global, de Babilonias indecisas, de referentes culturales que se entrecruzan con la experiencia del barrio, de las calles, de una mirada naif, casi infantil que se pregunta por la vida. Ernesto Lumbreras, Carla Faesler, León Plascencia Ñol, Mónica Nepote, Rocío Cerón, Luis Felipe Fabre, Eduardo Padilla, Inti García Santamaría y Karen Plata nos muestran en estos poemas que la moneda está en el aire y que la poesía mexicana se encuentra con una estupenda salud, llena de humor, de profundidad y con el estilete siempre hendido en la vida contemporánea que nos rodea. Poetas todos que cuentan con una poesía propia y que van marcando el paso de una tradición que está escribiéndose. Sea pues el lector un gozoso cómplice del presente concierto de voces y estruendos.


1) Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966)

DEL DIARIO DE UN CAMPANERO

En mi duermevela oigo repicar los campanarios de una catedral sumergida. ¿Celebrarán estas esquilas fraternales la boda de una campana con el mar? No lo sé. En todo caso, esa brisa de resurrección trae a mi oído de artillero un redondo amanecer de ires y venires consagrados a las hechiceras ordenanzas del beso.
Decir como llegué a esta algarabía de bronces, me corta la respiración, me pone a reír en compañía de mis muertos. Tal vez fue en Cholula, el reino de mi exilio musical donde aprendí la lengua shabda de los sacristanes. Desde entonces, llevando a cuestas el badajo de la hermana mayor, las nupcias marinas me proveen el sésamo capital para ir al encuentro del aire pagano, allá, en las tierras altas.

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2) Carla Faesler (Ciudad de México, 1967)


La casa del investigador

Había en el florero un ramillete de brazos.

Mi amigo me había hablado
de un busto de cadáver sobre el piano,
que tenía una peluca.

Guardaba el anfitrión, para los niños,
en una estancia alegre y llena de color,
fetitos momificados con ropa de muñeca.

Noté algunas piernas de señorita
al pie de las puertas para impedir chiflones
y en su gran biblioteca, una pálida lengua
había sido adaptada como control de tele.

Varias nalgas servían de cojines en los amplios sillones de la sala.

Durante la comida, le pedí una cuchara
y abrió un largo cajón del trinchador
lleno de pies dispuestos, uno después del otro,
en cuyos muchos dedos se ordenaban, de plata, los cubiertos.

Tomamos el café en la terraza,
la sombrilla tenía color de pergamino.

Un intestino grueso servía como manguera
y una mano sin uñas hacía de rehilete sobre el pasto.

Para espantar las moscas,
en el techo giraban unos ventiladores
hechos con cuatro fémures y cueros cabelludos.

Como adorno en el baño,
ojos de mil colores bajo el agua,
en un bibelot de cristal cortado.

Estaba pensando en donar mi cuerpo,
cuando muera, a la ciencia.

Pero sería más útil dar mi computadora.

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3) León Plascencia Ñol. (Ameca, Jalisco, 1968)


Encontrado en una libreta de M. P.

This is what I am doing now.
M.P.

Esto lo estoy haciendo ahora.

Colinas rojas frente al cementerio, dices.

Una superficie brillante en la mesa, papeles dispersos, un chorro cayendo en el búcaro, desperdiciados colores entre el humo.

Como un brazo extendido.

No hay escritura visible.

Dice: al borde del hombro, en el pliegue de la boca. O cambias de posición en la tumbona─ Letras que se oscurecen.

Me gustaría irme a Madagascar. Aprendí a encontrar los signos ocultos de la lámpara.

Di: Esto lo estoy haciendo.

Di: Ahora el muelle es algo que te mencioné. Como mi nombre y la botella esencial junto al guijarro.

Posiblemente la puerta entreabierta. El lenguaje.

Di: las nubes de Hong Kong son muros, dices.

Estas brisas.

Estos árboles que perdí, me acostumbré a decir, dices.

Hubo un camino.

Antes de saberlo, las olas tuvieron algo de familiar. Es lo mejor que pude hacerlo─

Di: ahora una seguridad, unos lugares.

Di: la playa afecta a la alabanza. Lenguaje, dices.

La primera estela, la rompiente.

No hay complejidad en los suburbios. Jhonson, Blake, Williams. ¿Antes hubo amor?

Hablo como un recolector de algodones, dices.

El lenguaje es un guijarro.

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4) Mónica Nepote (Guadalajara, 1970)

Paparazzi
la obscenidad

en la fabricación de la prueba, en la desaparición,
en la evidencia en la evidencia de la evidencia
la zona vedada

vedere

manos contra piernas, malabares, manos contra ojos
contra los ojos todos. En esta puerta donde el cerrojo
donde el cerrojo aprieta, donde veo la imagen que me mata

es un cuerpo destazado

las manos apuntan, apunta el cuerpo
la flecha aniquilada
flecha que apunta desde el papel
desde el ojo que se cierra y aprisiona

las manos atadas dulce el lazo a todo esto
dulce en su persistencia
en la inutilidad

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5) Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972)

A falta de tierra, desnudo
sin firma ni signo de atadura,
acaso entre la falta y la velocidad del ala
del zancudo.
Aterrizas.
En tanto, el aire se desprende de las voces.

Cuantioso el infierno de los nombres.

No cargas más.
No más allá de esta calle, esta penumbra.
De las sombras has vuelto a este paraje,
sin una libélula en la frente.
Ni azul que desmaye en tu presencia.

Habitas en la precisión del instante:
Esa es tu certeza.

Yace aquí tu contenido,
el líquido difuso de tu paso.

Yerras, caes a tumbos.
No esperas.

La impaciencia es la deshonra del furtivo.

De bruces en el lodo, tus rodillas guarecen el estigma
que tu imperio necesita.

Estás más solo que la angustia.

Junto a las tarántulas náuticas y los reptiles
cansados de olisquear las formas
tu silueta regresa.

Incidencia en este vuelo a ras de angustia.
El pasado no clarifica, no abriga a la piedad ni a los momentos.
Incidencia en tus ojos que trascienden al fuego.

No gastes la memoria.
Siéntate. Bosteza.
Adquiere temperatura y brizna en la nuca, en las sienes.
Acuérdate del jardín, del ala antigua que rozaba la frescura de los cuerpos.

Desata los cordeles, los nudos, las hebillas,
anuda el enjambre de las venas a la huella de tus manos.
Aléjate de la vileza, del rencor y la envidia.
Cuida tus palabras.

Toda alabanza posa su ruego en la cal: arcilla, forma asible: presencia para
deambular entre los muertos.

Siente la noche como fe carcomida por el tiempo.

El rezago del miedo ha dejado sus hábitos en la frente del autista; ese ademán,
apenas contenido, es el mundo escondido bajo el caparazón de las hogueras.

Con pujo de vejiga, llano el dolor,
celebra en la orina.
Regresa a la santidad del huérfano,
ningún intento resbale por tus párpados.
Sé el entierro del sentido.

Desciende hasta donde sólo resta el lugar para uno mismo.
Ablándate y cae en cuenta:
somos flor que se deshace.

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6) Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974)

Exvoto

Exvoto: gracias a San Sebastián por los favores concedidos.
Ex libris: este poema es de San Sebastián.

Imagen de San Sebastián: un cuerpo atravesado
de dardos por amor a Cristo. Imagen de Cristo:
pez pero a la vez cordero: ¡misterio, misterio!

De San Sebastián podría decirse
lo contrario al puerco espín: alfiletero: erizo inverso:
un muchacho ambiguo como una heroinómana:

ah, las bodas contra natura entre la carne y la flecha.

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7) Eduardo Padilla (Vancouver, 1976)

Galgódromo

Una canción de guijarros
trepidando
cabeza a cabeza
desde la línea punteada de arranque:

aventarle los perros a la Santa Madrina
es la canción que expresa la urgencia
del hincamiento del diente
a Don Conejo Irisado
al Conejito de Felpa
o si no hay de otra pues a la Coneja Pérez,
Baronesa del Estaño.

¡Échenle un galgo! dirán los cronistas
desde la masturbación encumbrada de sus asientos;
pero por muy lento que sea el fuego que cocina al fango
eventualmente vendrán las primeras burbujas
y con ellas los primeros ángeles de la temporada
saldrán de sus madrigueras
apestando a etanol
y portando ballestas
lanzagranadas
y tiramocos neutrónicos
ensalivados con ira divina para mayor puntería
y autografiados desde la más alta esfera—
“directo desde el ventrículo izquierdo en el corazón del meollo,
firmado por la mano derecha del casero: el Capitán Archipiélago”;
y los ángeles jugarán al arte del venadeo
en este espléndido polígono de tiro
que haría que cualquier palacio antiguo
pareciera una humilde perrera;
10 puntos por los feladores
100 por los cobistas
1000 puntos por cualquier cronista
y si uno de estos fuera despachado mientras recibe
un halago o una mamada
se sumarán los puntos
y se multiplicarán por tres
(siempre la regla de 3, siempre, incluso ahora);
y los abatidos hincarán el pico en el fango
y sacarán burbujas
y poco antes de pasar a mejor vida recordarán su infancia,
cuando jugaban a sacar burbujas:
sólo entonces vislumbrarán la envergadura de su derrota;
¡Que les echen un galgo! gritarán los ángeles,
y los galgos acudirán al llamado trotando,
sin prisa,
finalmente,
para devorar las sobrinas
en la Gran Mesa Elipsoidal que para entonces ya habrá dejado de tomar apuestas.


2.

Realmente es como una canción de guijarros,
pues aunque la liebre sea de estaño
y la tortuga prácticamente indigestible,
todo perro, según entiendo,
tiene su día de fiesta.

Arranquemos pues, por medio de la línea punteada
cabezas y corazones,
menudencias
volando por las pistas del aire:

Que lluevan, que lluevan las bendiciones
el vinagre, los llaveros, las variaciones

que las patas de la buena suerte
caigan sobre el galgódromo
como una especie de diluvio bienintencionado.


3.

Una canción de guijarros
remonta
trepa
gestiona
acelera,
pero nunca titubea.

Podrá gemir de gozo
o casi matarse tropezando con su propia bofe,
pero nunca titubea.


4.

La canción está curveando hacia la meta:
eje invisible que canta con voz diamantina
sobre los pozos del hambre.

Es como un árbol de navidad que sonríe
colgado cabeza abajo
con la cresta metida bajo las faldas del cielo.

Es, también, como una bella trevaspa.

Una canción de guijarros es una tremenda cantambra.


5.

El hecho es que una canción de guijarros
está siendo cantada desde el funicular de la infancia;
de aquí en delante todo será a campo traviesa
hasta que mis ojos de mirador
rompan el juego por el medio
y oscilando corran a ahogarse
en la amorosa muerte de sus respectivas buchacas.

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8) Inti García Santamaría (Ciudad de México, 1983)

Estival

Háblame de las horas que perdimos
en qué pisada de talco frente al ortopedista
quién miró ningún pájaro en la ventana
cómo desapareció el silbido inconstante
entre las hojas de cuál lluvia
porque diario llovía y diario cantaba
desde el mismo lugar otra figura de yeso
dame otra firma
háblame de las horas que perdimos
sin retorno posible aunque nuestras manos enciendan
otra vez mecheros de Bunsen sobre las mesas del laboratorio
aunque la consola de la escuela entone La Bikina
porque ninguna carta guarda la voz que descubrimos
y aquel volumen de la revista que publicó
tu retrato resulta inconseguible
porque habrás olvidado las tres líneas
de lo que tú llamaste mi primer poema
hoy comprendes nuestro canto nunca estuvo
en la cueva que inventamos en su honor
sino en la necesidad de retener
nunca la tuvimos su presencia
ésta es la clave para practicar el aturdimiento de la memoria
cuando hablo contigo estoy diciendo a todos
una frase interminable que tus labios me dieron
un estilo para hablar de las horas perdidas
una forma sin espacio que nombra el espacio
donde nada crecerá nuevamente
donde nunca estaremos nuevamente
si la tarde controla cielos morados
si aprehendemos la cercana estación
para ofrendar a los muertos nuestras manos vacías
sin mecheros de Bunsen ni fórmulas de hacer fuego
sin control sobre los recuerdos ni lástima para el descuido
que nos llama como falso espejo en la boca
un suspiro sin cuerpo lo reitera epílogo de los días
no es posible traducir tu lenguaje sin traición…

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9) Karen Plata (Ciudad de México, 1984)


poemas cortos



nada

no digo nada

de eso

se encarga

la voz


*

se murió el árbol

o nos hicimos árbol


*

uno

es la casa

del otro

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente selección de poesías las que he leído y con una antología uno sigue investigando muchas gracias
susana rozas- (Rosario) Argentina

el taller de las calacas dijo...

buena poesía, y se agradece que des a conocer a mujeres poetas de calidad