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lunes, 13 de febrero de 2006

PREMIO JOSÉ MARÍA EGUREN 2005


Róger Santiváñez. Eucaristía.
Buenos Aires: Tsé-Tsé, 2004.
Alguna vez, José Antonio Mazzotti escribió que “una de las tareas más desafiantes con las que en algún momento tiene que enfrentarse todo crítico respetable de poesía peruana es la lectura y entendimiento de la obra de Róger Santiváñez” y, desde luego, no sólo con la obra del vate piurano. La crítica literaria peruana entiende, muchas veces, la tradición como un proceso lineal y cosificado. Cuando no se da cuenta de los múltiples niveles de enunciación poética que se efectúan dentro de los procesos de significación de textos no canónicos o hegemónicos, construidos apelando al margen o escritos desde los márgenes de la escritura. En la poesía del 80, que muy poco ha sido estudiada, ocurre este devenir–acción con la obra de poetas como Magdalena Chocano: Poesía a ciencia incierta, Estratagema en claroscuro y Contra el ensimismamiento (partituras); Iván Suárez Morales: Porque la muerte vive y Róger Santiváñez: Symbol y Cor cordium, sólo por mencionar unos cuantos.
A inicios de los 80, en la poesía peruana se podía percibir el agotamiento de la vertiente anglosajona del 60 (Cisneros e Hinostroza principalmente) y nuevos rumbos de escritura se proponían como caminos válidos para experiencias coyunturales como el inicio de la lucha armada en el Perú y la vuelta a la democracia a cargo del gobierno neoliberal de Fernando Belaúnde Terry. Una de estas propuestas fue la del grupo poético Kloaka, quienes asumen su condición de sujetos marginales con relación al rock subterráneo, el erotismo desenfrenado, la mística, la jerga, la bohemia. Un discurso liberador y a la vez sórdido. El cuerpo completamente liberado por la mística y por la droga. Kloaka fue mucho más beatnik que Hora zero, en el sentido, de reafirmar una exclusión disidente tanto política como corporalmente. Santiváñez al retirarse de su incursión por Hora zero y La Sagrada familia fundó en septiembre de 1982, junto a Mariela Dreyfus, Guillermo Gutiérrez y Edián Novoa un grupo poético relevante para la poesía del 80.
El signo kloakense, una vez más, se puede percibir en estos poemas de Santiváñez. Una poesía, que parte de la esquizofrenia y la lumpenización de la enunciación poética, en Eucaristía los componentes místicos se han asentado desde la perspectiva de un lenguaje barroco y mixto entre el argot y lo clásico, en eso nos recuerda a la poesía de Belli, y, más atrás, a Vallejo en Trilce. El coloquialismo- narrativismo, que caracteriza a un sector mayoritario de la poesía del 60/70 aquí es reformulado desde una perspectiva elitista, que en nada tiene que ver con el monólogo interior, descendiente de Browning y Pound ni con la representación de la voz popular. No obstante debemos acotar, que Santiváñez ha pasado por varias etapas en su escritura. Al respecto de su filiación con la tradición poética peruana, el propio Santiváñez no ha dudado en llamar a su último libro, Eucaristía, como “neobarroso platino andino”, este concepto claramente es una forma de volver a la vanguardia de los años 20, a lo más polémico y álgido de la vanguardia, que fue la confrontación entre las nociones de viejo/nuevo, en este caso, como él mismo afirma, sería la superación dialéctica de 50 años de conversacionalismo. Lo más importante de este proceso es la asunción de formas híbridas de vanguardia e indigenismo, entonces lo que intenta Santiváñez es engarzar su proyecto con una tradición, que proviene de Vallejo, y es lo que se conoce como el desarrollo de un español andino, pero desde el centro del sistema y no desde la periferia. Santiváñez intenta desde un lenguaje lumpen, híbrido, esquizofrénico y con figuraciones erótico-lúdicas en el texto, desarrollar este concepto de lo andino, en su caso, este concepto sería un andino migrante de tercera o cuarta generación. Un desarrollo, que instaura una poética disidente, original y convulsa en el panorama de la poesía peruana del 80.

Paul Guillén

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