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miércoles, 15 de febrero de 2006

PARA CONOCER CÓMO SE TRANSFORMAN LOS METALES


Paul Guillén. La transformación de los metales.
Lima: tRpode, 2005.

Experimentamos un importante fenómeno literario: originales proyectos editoriales batallan por dar a conocer nuevas propuestas de jóvenes poetas y narradores. Es el caso de la editorial tRpode, que con impecable cuidado nos presenta el poemario La transformación de los metales de Paul Guillén.

Conocí la poesía de Paul Guillén, a través de revistas, que circulaban en San Marcos. No encontraba en su poesía aquella corriente predilección referencialista al cuerpo o la libido, tampoco hallaba el estrangulado universo interior de afecciones por traumas amorosos, ni mucho menos la confusión escolar, que rimar versos es igual a hacer poesía. Su cosmos era distinto y su dicción tenía el notable desafío del hermetismo.

La transformación de los metales se compone de cuatro estancias: “El prado”, “Vestales”, “La muerte del hombre amarillo” y “Salmos de Marco Valerio”. Desde cada una se indaga constantemente por la posibilidad del conocimiento, por la inmersión en el mundo de las sombras, y por el tránsito a la morada del ser. Así descrito parece sencillo, pero a veces en camino por este universo, las flechas se retuercen para formar laberintos. El hermetismo no permite salir del propio lenguaje. Se logra lo que se persigue: desconcertar al lector, atravesarlo una y otra vez con el lenguaje.

Los epígrafes, que anuncian la entrada de cada estancia o a veces antes de iniciar cada poema, nos pone frente a voces de distintas tradiciones y horizontes estéticos. El universo poético de La transformación de los metales recuerda aquella empresa, que en los años sesenta fue iniciada por una de las voces originales de la poesía peruana y latinoamericana, Juan Ojeda, poeta que la crítica literaria peruana aún mantiene en el olvido. Sostengo que en algunos poemas de La transformación de los metales se sigue aquel sendero que Ojeda había trazado para su poética.

Paul Guillén ha logrado fijar con sorprendente acierto su residencia en la tierra. Que los materiales de su morada nos sirvan como una suerte de tratado sobre el devenir del ser, experimentemos entonces las trampas de la fe ontológica, siempre de la mano de aquel guardián del ser.

Javier Morales Mena
Publicado originalmente en: La Razón. Lima, 21 de enero 2006.
Fotografía de Antonio de Saavedra.

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