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lunes, 13 de febrero de 2006

JUAN OJEDA

Elogio de la Escritura

“y el silencio cubrió la gran esfera”
Benito Gutti y Catalán

Hemos tenido que esperar más de veinticinco años para ver impresa una obra, abismal y fortísima, como Arte de navegar (1962-1974). Pero, incluso con este valioso aporte falta mucho por recopilar para constituir la obra completa de este poeta, que nació un 27 de marzo de 1944, en el puerto de Chimbote, y que vislumbró una luz, más fuerte y original, el 11 de noviembre de 1974. Sólo treinta años tenía el poeta cuando la muerte lo encontró en la cuadra 23 de la Avenida Arequipa. Sus poemas fueron publicados, a lo largo de las décadas del 60 y 70, en revistas literarias como: Alborada, Arcilla, Piélago, Hipócrita lector o Haraui. La exégesis de su obra ha sido realizada, la mayoría de veces, por amigos cercanos a él, que no pueden desvincular el sujeto escritural del sujeto real. Por eso, es casi imposible encontrar una aproximación hermenéutica, que escape a esa disyuntiva. Tampoco la crítica especializada ha dicho mucho sobre la originalidad, vitalidad y energía de tal empresa. La crítica literaria acostumbrada a leer bajo ciertos cánones legitimadores, progresistas y autotélicos no puede decir mucho sobre una poesía, que socava sus propios estamentos: “para nadie es un secreto que la racionalidad occidental, tecnológica y reificante, es esencialmente destructiva”1. A veces, la crítica prefiere encubrir, callar, ceder o favorecer sus propios contenidos y formas en detrimento de la verdadera y valiosa poesía. Sólo algunos aportes, que hacen uso de herramientas antropológicas e históricas, nos han entregado Javier Gálvez y Rafael Dávila-Franco mediante sus tesis presentadas en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Pontificia Universidad Católica del Perú. Aún falta organizar una agenda crítica seria en torno a la obra de Juan Ojeda. Superar el biografismo, revisar la relación de esta obra con las demás poéticas existentes en la década del 60 y 70, deslindar las posiciones antropológicas e históricas en favor de una aproximación desde la metafísica kantiana, rastrear la posibilidad de la influencia de la concepción del Ser heideggeriano y de algunas concepciones budistas y taoístas serían, entre muchas otras, los pilares de una nueva y moderna reflexión sobre esta obra.

Unos mirtos salvajes para tu epitafio


“la poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño frente
a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa.
Y sin embargo es al contrario pues lo que el poeta dice y toma
por ser es la realidad”
Martin Heidegger

1.0. Cuando los objetos se transforman y no mantienen su quietismo. Cuando la escritura se convierte en una ausencia. Cuando la realidad se vuelve una horrenda fábula en que la duración se convierte en una densidad al sentirse terrenales. ¿Qué ocurre? El viaje mortuorio de Ojeda antes, que una ontología propone una entrada ética, porque su mundo poblado de espanto se asume como un Infierno, donde se instaura una axiología que dialoga, con voz de ultratumba, con lo que él llama inserciones claves (Boecio, Swedenborg, Paracelso, etcétera). Un conocimiento, que en nada tiene, que ver con una preeminencia del logos occidental, por el contrario busca desde la experiencia de la vida como una pre-muerte un conocimiento oscuro y un no-saber. Una fusión ardua el perderse en su propio laberinto, en su propio Infierno: “Yo siempre he morado en el Infierno, / Y de la vida sólo conozco un rostro destrozado”.
2.0. Caminas y no ves las calles. Giras y mueres. La aventura existencial de Ojeda está marcada por una profunda identificación a nivel de sujeto, para él no existen objetos fuera del cuerpo, el cuerpo es interior a los objetos, es decir, sólo existe el cuerpo, que se aferra a la percepción del mundo real efectivo (una especie de nonsense). La verdad es el Ser, que se corroe, se niega y se deforma. El Ser siente demasiado miedo frente a la muerte, porque incluso el conocimiento oscuro, el no-saber no es salida posible o futurible para la experiencia de la muerte. Por eso, requería de una unión entre lo escrito y lo vivido, buscaba una verdad hasta en los bajos fondos, encontraba en la corrupción una suerte de diadema de lo real, la quería profanar, morar en el Infierno, pero no se daba cuenta que él ya estaba allí, que no podía retroceder. Y comprendió que: “El dolo preside en el consejo de los hombres, y sólo la futilidad”.
3.0. La navegación como recurrencia y en diálogo con la tradición poética desde Virgilio, Ovidio y Camões (carácter épico del discurso) hasta Suely Rolnik (postmodernidad, que se fija en la incertidumbre) se presenta en sus moradas infernales como un paralelo con la vida, con el desgarramiento de las voces, con la cetrería, que nos impone la existencia, su visión de los signos en conjunción con la destrucción de lo real y del sujeto mismo. Lo real inaprehensible y caótico como una especie de magma cósmico, que se interpone entre nuestros torpes sentidos y que nos hace vivir una suerte de aletargamiento, una elevación mística o una elevación de la neurosis. Un Sueño terrible y confuso: “Y destruyes el reino de lo innombrable, que en ti mismo habita”.
4.0. Entre las múltiples tareas, que deben de emprenderse para ver reunidas, en un tomo, toda la producción escritural de Juan Ojeda se hace imperioso la divulgación de su libro de relatos, La isla y otras exploraciones. Ojeda es un cartógrafo. Un cartógrafo es un antropófago. La isla es un espacio deshabitado: “el lenguaje no es un vehículo de mensajes ni de salvación, es en sí mismo creación de mundos, vehículo donde el auténtico problema no es el de verdad o falsedad, sino el de integración a las texturas que (des)componen la realidad”2
5.0. Si el arte es auto-reflexivo como afirma Arthur C. Danto. También, podemos afirmar, que es auto-expresivo, porque sólo busca su propio placer, es onanista y, a la vez, auto-fagocitivo, se devora a sí mismo. Se insta a los hombres a salir del Sueño y la ilusión en la cual se encuentran. Pero, a su vez, su condena es el tratar de despertar de un reino mundano, que se rige sólo por la apariencia para tener una clara conciencia de la muerte. La condena es doble.
6.0. Juan Ojeda es un gran panegirista de la muerte. Lo confirman las exequias de Águeda Castañeda en la residencia de estudiantes de San Marcos, en 1970. Un grupo de poetas jóvenes, entre ellos, Juan Ramírez Ruiz y José Rosas Ribeyro, frente a los ataúdes de Águeda y su novio muertos en la víspera de semana santa en el mar de La Punta. Ojeda alaba la muerte frente a la horrenda vida. La vida para Ojeda es un espacio, donde habitan imágenes catastróficas y caóticas. Su enunciación del espacio de la muerte estaría reconvirtiendo la dicotomía de Ángelus Silesius:

contingencia (vida) / esencia (muerte)
por la de
destrucción (vida) / esencia (muerte)
En ese sentido, para Juan Ojeda la vida-destrucción se constituiría como lo contingente y la muerte-esencia como lo necesario: “Y el mundo, impenetrable, resuena entre frescas cenizas / Punzando nuestras carnes heladas en un fatigado ardor, / Sólo debemos aceptar este vértigo inmóvil / En los desiertos de la Esencia y la Destrucción”.
7.0. La poesía de Juan Ojeda manifiesta, que los hombres hemos sido arrojados al mundo por algún dios muerto o que ya no existe para sufrir a causa de los placeres, que perpetúan la vida como una cosificación de la realidad. Esta idea puede cesar si el hombre despierta del Sueño en el cual se encuentra sumergido y su única salida es la muerte. Por eso, es paradójico que Arte de navegar termine su recorrido textual con el poema “Elogio de la infancia”, en el cual mediante la imagen del niño se propone una esperanza potencial para el fárrago de la existencia humana. Un nuevo humanismo, que a partir de posturas existenciales propondría una débil esperanza para los hombres.


Bibliografía de Juan Ojeda


Ardiente sombra (elegía dedicada a Javier Heraud). Lima: Colección Fronda, número 1, 1963.

Elogio de los navegantes. Trujillo: revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, número 37, 1966.

Recital. Lima: Colección Gesta, número 4, 1970.

Eleusis. Lima: Colección Gárgola, número 2, 1972.

Arte de navegar (1963-1973). Compilación de Jesús Cabel. Guadalupe (La Libertad): Runakay editores, 1986.3

Arte de navegar (1962-1974). Lima: Cronopia editores, 2000.
NOTAS

1 Juan Ojeda. “En el nacimiento de la realidad”. En: Eleusis. Lima: Colección “Gárgola”, número 2, 1972. p. 6.
2 Citado por Renato Gómez en: “Dentro del cadáver de un dios. Aproximaciones fragmentadas a una poética del horror” (inédito).
3 Esta edición sólo reproduce diecinueve poemas de los cuarenta y cuatro, que conforman el libro, Arte de navegar. No se consigna a cabalidad el lapso de tiempo de su composición. También, se mezclan poemas de las partes tercera y cuarta en una primera parte, además, de las constantes erratas, que imposibilitan una lectura atenta. Impedimentos que, en la edición del 2000, no han sido superados a cabalidad.


Paul Guillén

Publicado originalmente en: La Unión libre, año 1, número 1. Lima, marzo 2004. p. 5-6.

3 comentarios:

Antonio De Saavedra dijo...

Paul, muy interesante tu perspectiva sobre Juan Ojeda. Mas valoraciones de otros poetas insulares como el se nos deben en los medios. En donde se puede conseguir la revista La Union Libre? ANTONIO DE SAAVEDRA.

http://ambarina.blogspot.com

sol negro dijo...

Estimado Antonio el periodico de poesia La Union Libre se podia conseguir gratuitamente en la libreria crisol, no sé si aún queden ejemplares de eso por allí, lo dudo mucho porque han pasado casi dos años. Sol negro se encargará de hablar de esos poetas insulares, raros, secretos o no-revisitados, dalo como un hecho.

Anónimo dijo...

ESTIMADOS HERMANOS:
Solicito el angelus de la Santa muerte porque soy el avatar de la Santa muerte cartonera.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.

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