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martes, 2 de noviembre de 2010

Sobre TRANSTIERROS de Maurizio Medo. Decir, atravesar la mutación de la peste como lengua del mundo, por Juan José Rodríguez

Poeta chilena Paula Ilabaca presentando Transtierros de Maurizio Medo

Transtierros de Maurizio Medo muestra a la peste como lugar de aparición de una especie de lingua franca. El entendimiento sólo sucede en el merodeo, en el asedio involuntario de la infección. La globalidad, el globo terráqueo fotografiado desde la estratosfera, invita a pensar la peste como un escenario que circula, a medio camino entre lo paranoico y lo fáctico, casi al ritmo de las informaciones. En la primera sección, por ejemplo, titulada “Obertura”, el poeta sitúa el arruinamiento de la poesía, como una suerte de alegoría, en la que los símbolos arquetípicos de una poesía de raíz simbolista (árbol, pájaro, torre) se denuncian autoparódicos, imagos kamikaze, espectrales caricaturas: «Si ícaro ¿en qué cielo?/ Otros en anacoluto con predio/ Si orfeo ¿dónde infierno?/ Terrestres las torres Hasta el/ tuétano/ Y acrofóbicos los poetas/ Temen la cumbre/ Alguien viene de pronto y tala el árbol». Disminuidas las figuras mitológicas de Orfeo e Ícaro (no es gratuito el uso de las minúsculas), el orden simbólico del poema parece establecido sobre la perentoriedad de cualquier metafísica. La poesía se revela como una experiencia residual, donde la “verdad aurática” se ha extinguido por la desmaterialización del mundo, por la reproducción tecnológica de la obra de arte (o por el uso de la tecnología misma como obra de arte) y por la amputación de mundos mitológicos (que antes estaban siempre lejos –Arcadia- y que ahora parecen estar cerca y, por ello, no existen). La pérdida de naturaleza de la poesía contemporánea ha venido de la mano de, al menos, dos posibilidades: ejercer la criptobotánica en tiempo presente (poesía adánica a conciencia de crisis ecológica) o aceptar, como evidencia, la fragmentación como única mímesis posible: la del arruinamiento. Evidentemente, Medo se sitúa en el segundo estrato y, es más, la “Obertura” de Transtierros nos habla de esa movilidad, (un transtierro hacia abajo, véase los cuerpos Berryman y Celan en línea vertical, desplazamiento por gravedad) que permite que las ruinas del mundo aurático se ensamblen como denuncia, pero también como la procura de un nuevo ADN poético: «“La realidad nos traga” no es una frase traga/ nos traga enteros/ Su boca hedionda se abre cierra y bruta contra/ el aura poética (ahora en sombras) Y magros/ con la iluminación a cuestas/ (convertida en un guiñapo)». Curiosamente, la peste desautomatiza la seriada experiencia vital ordinaria y los códigos de la vida burguesa.

En la segunda sección, titulada “El centro errante”, Medo centra su atención en la peste, como guión simbólico. En la edad media occidental, las poblaciones se movían en dirección opuesta a la ruta de la peste, transterraban para huir de esa promesa invertida: de esa fatalidad. Ahora esto sólo sería posible llevándose la peste consigo: «Ahí quedan/ los reports de la CNN/ Ácaros dendritas/ Las ahora 3000 víctimas/ El fercho/ Un cuarto de hora en el reality/ Mi capisci Rita mi capisci?/ Vuelvo solo e instintivo[…] (Tú siempre estás en el poema/…/ Ya cerca arribo trapo/ pero no a morar ahí/ El poema es una instancia/ Lo vivo está en el viaje». La fatalidad se convierte en un elemento constitutivo del estar en cualquier parte. Por eso, el desplazamiento no es algo que se busca, sino algo que sucede ya de hecho: la enfermedad nos llega, pero también podemos llevarla con nosotros. El desplazamiento también sucede en la sintaxis del poema. Dicha sintaxis, como en Sparagmos, participa de un fraseo coloquial que funciona en solapamiento, pues otro fraseo disruptivo o aglutinador también funciona así: ambos niveles se oponen y cooperan para crear una desautomatización que se revela así más singular. De todos modos, la poesía de Medo, a diferencia de otras escrituras en que lo coloquial y lo neobarroco se enlazan, es marcademente lírica pues las marcas prosódicas –y hasta métricas- son sostenidas con rigor y convicción (además de hacer un trabajo sobre “los blancos” de la página que crean un ominoso silencio, que funciona como contrapeso de esa “poliglosia para decir verdad” que desarrolla el poeta). La sintaxis no aparece ya como una ruptura con un orden, si no como un orden otro, regulado por sus propios códigos. Así, la sintaxis de Medo no actúa contra el lenguaje, sino desde la verificación de un lenguaje propio. Digo esto porque, en Transtierros, Medo no delata ocasionales procedimientos para invadir o trastocar la lengua normalizada, sino que todo el conjunto supone un desplazamiento para situar el habla propia como idioma y práctica de singularidad en el centro del discurso (centro que también se postula errante).

Así, la poesía y la experiencia subjetiva viven un estado de transfiguración (el transtierro, como señalaba, no sólo sucede en el espacio, sino también en el tiempo y la experiencia gramatical del poema). En la tercera sección, (tres secciones, acaso correlato secular de las tres vías: iluminativa, purgativa y unitiva de la tradición mística), titulada “Suite de la neurosis”, Medo despliega un ejercicio de apelación metapoética con una marca más subjetiva. Si la neurosis es, en efecto, un padecimiento psicológico caracterizado por la necesidad de ejercicios compensatorios para adecuar(se a) la realidad, la poesía se postula en la sección final de Transtierros como una metaconciencia de la perentoriedad de esos ejercicios -como objetos-poemas- en la vida social de la tos como lingua franca, como verdad alienante. Se trata de un poema que necesita corroborrarse fiel al presente, para –paradójicamente- corrobarse innecesario: práctica de la tos como síntoma neurótico, pero también como verdad poética, en el marco de los movimientos humanos: «en el ríspido lenguaje errando/ nómade y feroz/ por lo iNeStAbLe/ Ahora/ cof cof Y sólo/ cof cof / donde iba en desbunde la palabra». La palabra aurática, expulsada por la “palabra de la tos” -ora onomatopéyica ora prosaica- que es la palabra del flujo informativo, es la que relativiza la experiencia de realidad en la que se sostenía el poema hasta bien entrado el siglo XX. Por ejemplo, el arquetipo del árbol, eje o logos de la naturaleza, aparece, más que destituido de su lugar en el poema, enajenado de él: Mueve y mueve el tontito tren De la poesía por el riel/ Es quien sueña oír una voz (“árbol”)/ y se agita en una lóbrega oficina/ contigua al purgatorio/ En hora punta/ Sueño soñado». Así, el poema de Medo en Transtierros surge de una conciencia del fin de la naturaleza –y de su ilusión de transparencia- como experiencia dominante en la poesía, pero también de una conciencia de lo autoparódica que puede sentirse en el oído una escritura de la trascendencia, que pretenda dejar de oír la tos, ese “cof cof”, céfiro de este tiempo.

Extraordinario –y tan extraño como cercano- este libro de uno de los poetas latinoamericanos más importantes y singulares de las últimas décadas.

2 comentarios:

Arturo Ledezma dijo...

Buenísimo! gracias por difundirlo.

un abrazo

Ar. Ledezma
de FUGA

courier dijo...

un buen articulo

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