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domingo, 27 de abril de 2008

La perseverancia de la tradición oral. Conversando con Marcos Yauri Montero sobre los Laberintos de la memoria por Jorge Terán Morveli

Marcos Yauri Montero es un conocido y reconocido novelista, poeta y ensayista. Dentro de esta última vertiente se destaca su trabajo antropológico de recopilación e interpretación de textos orales. En su abundante trabajo sobre este tema ha publicado los siguientes textos:

Libros

1. Leyendas ancashinas. Lima, Lerma Gómez, (1961) 2000.
2. Plantas alimenticias y Literatura Oral Andina. Lima, Concejo Nac. De Ciencia y Tecnología, 1990.
3. El Señor de la Soledad de Huarás. Discurso de la Abundancia y Carencia. Resistencia Andina. Lima, Edit. AVE, 1994.
4. Reina del viento. Lima, Ediciones Azalea, 1996.
5. Puerta de la Alegría. Canciones Religiosas Quechuas de Ancash. Lima, Universidad Ricardo Palma - Editorial universitaria, 2006.
6. Laberintos de la Memoria. Reinterpretación de relatos orales y mitos andinos. Lima, Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos - Instituto de Ciencias y Humanidades, 2006.

Artículos

1. “La Literatura Quechua y Mestiza de Ancash”. En: Ancash o la biografía de la inmortalidad. Lima, P.L. Villanueva Editor, 1972.
2. “Brujos y demonios en el imaginario de Ancash”. En: En el nombre del Señor. Shamanes, demonios y curanderos del norte del Perú. Luis Millones, Moisés Lemlij (eds.). Lima, Biblioteca Peruana de Psicoanálisis - Seminario Interdisciplinario de Estudios Andinos, 1994.
3. “Mitología andina y aculturación”. En: Asterisco. Revista de Cultura. N° 4. Huarás, 2000.
4 “La sabiduría del Amaru. Literatura oral de Ancash”. En: Asterisco. Revista de cultura N° 10. Huarás, s/f.
5. “Rondas líricas en los Andes”. En: Lhymen, cultura y literatura, N° 5. Lima (en prensa).

En esta entrevista nos acercamos a la labor de Yauri Montero en relación a la tradición oral, y dialogamos con él acerca de las dinámicas modernas de esta. La entrevista parte en principio del texto Laberintos de la memoria, para extender a las propuestas que Yauri ha ido afinando a través de artículos y libros anteriores. Sin nada más que decir, es necesario oír la voz de Yauri, recorrer la memoria y la tradición junto a él.

1. Su labor como estudioso de la literatura oral la inició joven y la ha mantenido vigente junto a su escritura narrativa y poética, en ese sentido, mi inquietud básica parte de conocer ¿cómo surge su interés por la tradición oral?

Mi labor de compilador de textos de literatura oral, ciertamente la inicié en mis años de estudiante secundario, época que se remonta a la década del 40 del siglo pasado. Por entonces, debido a mi edad (tenía 16 años) y desconocimiento del trabajo científico que esta tarea significa, todo lo hice guiado por el amor a esos relatos que escuchaba por igual de mis padres, de la gente popular de mi ciudad y de los campesinos con quienes estaba en permanente contacto debido a que mi familia paterna se dedicaba a la agricultura. Por entonces no había instrumentos técnicos, por ejemplo la grabadora, por eso, todo relato que escuchaba primero se quedaba en mi memoria de la que pasaba a la escritura por mi preocupación de que pudiera olvidarlo. Eso sucedió hasta 1960 en que frente a una pila de papeles me nació la idea de llevarlos a la imprenta y difundirlos, como en efecto sucedió; el sello P.L. Villanueva que inició la industria editorial en el país y era al mismo tiempo el más prestigioso, acogió el manuscrito y salió Ganchiscocha. Mitos, leyendas y cuentos de Ancash Mi labor continuó y al poco tiempo tuve otra colección que salió por el sello Minerva con el título de Warakuy. En 1969 a propuesta de P. L. Villanueva (D. Pablo L. Villanueva era huarasino) los dos libros se juntaron y apareció uno nuevo titulado: Leyendas ancashinas, que es el que se ha difundido. Debo indicar que mi tarea recolectora fue una labor diríamos empírica, debido a que en nuestro país a nivel académico las ciencias sociales estaban en una etapa inicial. Los temas de etnoliteratura, análisis de mitos, representaciones simbólicas, etc. han nacido entre nosotros como consecuencia de la difusión de las ideas occidentales de vertientes diversas: estructuralismo, funcionalismo, semiótica, etc. Igualmente en el mundo de la literatura se usaba el método estilístico, la crítica impresionista y no las técnicas modernas que hoy se utilizan.

Mi labor de estudioso es posterior y me nació como una urgencia, mis lecturas me llevaron por distintos rumbos, por la historia, la literatura, el arte, la filosofía, la crítica, las ciencias sociales, en fin. La consecuencia de ese trato permanente con esos quehaceres me indujeron a escrutar la entraña de los textos orales para descubrir el “tesoro que ocultan” (Pierre Macherey) o cumplir lo que Foucault incita, dar la palabra al silencio que asedia a la escritura. Digo urgencia, porque pensaba en la necesidad de conocer el entresijo de los mitos, pues a través de “la sabia ignorancia” que caracteriza a toda investigación, estaba convencido que en la inmensidad de esa literatura se ocultan datos, informes, ideas, que descubiertos serían útiles en el quehacer cultural, y sobre todo para saber qué hemos sido antes, cómo, y qué de útil podemos extraer para orientarnos en la vida e historia que nos ha tocado vivir.


2. En su último libro sobre tradición oral (Laberintos de la memoria), Ud. menciona que se han recopilado textos de tradición oral descuidando casi compulsivamente el análisis de los mismos. O, en caso contrario, se analiza estos sin realizar una labor seria. ¿A qué cree Ud. que se debe el descuido en emprender análisis e interpretaciones? y ¿cuál es la importancia de estos para el estudio de la tradición oral?

En principio, hasta donde alcanza mi información aún nos encontramos ante un vacío en cuanto concierne a estudios de la literatura oral peruana. Pero no así en cuanto a cómo esta cantera sirve mucho a los que profesan las ciencias sociales o la literatura. Etnólogos, antropólogos y otros tantos extraen datos o informes de allí para sus especulaciones; los escritores: narradores y aún poetas extraen materiales para sus creaciones. Martín Lienhard habla de la “etnoficción”, o sea de la elaboración (para él “recreación”) literaria usando el discurso del otro. Esto ocurre en el caso de algunos narradores peruanos de los últimos años, productores de una novelística llamada “neoindigenista” o “andina”. Ellos se apropian de algunos mitos y escriben cuentos para niños o novelas. La intención es buena, lo que es mala es que debido a la lejanía del escritor en relación con el mundo que ha creado los textos orales o ignorancia de la esencia de la cultura del otro, se suscita la destrucción del contenido de la tradición oral. Sucede lo que Lienhard llama usar “la máscara del otro” y la recreación de un discurso étnico artificial. Si bien escribir novelas o cuentos explotando la riqueza de la tradición oral es crear un humanismo estético, precipita la degeneración de la cosmovisión que el mito representa. Los analistas aseguran que el hombre como ente histórico es mitificador y que hace primero mito y después historia que unifica a la comunidad. Este significado de los textos míticos corre gran riesgo cuando un autor literario descarna el encantamiento del mito y cuando el mito queda privado del encanto convierte a la vida –como dice Heidegger- en algo así como un negocio que debe estar siempre en funcionamiento.

En cuanto al tema del estudio de los textos de la tradición oral, debemos tener en cuenta que la inquietud ha empezado a ponerse en marcha. Profesionales serios como R. Tom Zuidema, María Rostworowski, Luis Millones, Moisés Lemlij, Curatola, Ortiz Rescaniere, Wilfredo Kapsoli y otros han analizado mitos importantes. Lo que se echa de menos es la abundancia de esta clase de trabajos y no sobre lo ya conocido sino sobre mitos que empiezan a ser conocidos gracias al trabajo de los múltiples compiladores. Hoy nadie debe lamentarse de que carecemos de compilaciones de textos de literatura oral, lo que quiere decir que tenemos abundante material, pero estamos aún, pese a lo dicho líneas arriba, casi ante la ausencia de estudios. ¿Por qué esta ausencia? La respuesta a esta interrogante puede llevarnos por distintos caminos. Hoy estamos ante una abundancia de producción literaria. Todo se literaturiza, mucha gente aspira a ser poeta y escribe poesía, como también mucha gente escribe novelas, e igual, a muchos les tienta la crítica. La industria editorial peruana si bien no cuenta con grandes editoriales, hay una industria editora marginal en Lima y provincias que sirve a esa multitud ansiosa de fama. Esta fiebre por la poesía, novela, cuento, crítica, etc. creo que desvía la atención que podría centrarse en el estudio de la etnoliteratura. Quizás la aún escasa producción a nivel general de metodologías específicas sea también la otra causa. Lo que si es cosa conocida que hay numerosa producción que explica la naturaleza de los mitos, técnicas para recoger testimonios y versiones, así como la que encara el estudio de entrevistados y entrevistadores, el comportamiento lingüístico de cada uno de ellos, etc.

3. Es, sin duda, en la introducción de Laberintos de la memoria, donde Ud. discute, sobre todo, los métodos para la comprensión de la cosmovisión que subyace a los textos orales. Estoy pensando, específicamente, en la necesidad de crear desde América Latina una metodología que parta de marcos conceptuales propios, uniéndolas a los aportes provenientes de la epistemología occidental. Corroborando lo mencionado, en su texto encontramos categorías psicoanalíticas y deconstructivistas. En ese sentido, ¿cómo plantea Ud. esta comunicación científica entre saberes? y ¿cómo redunda en la mejor comprensión de, principalmente, el mundo andino?

El estudio que he realizado de algunos mitos me ha dado la oportunidad de conocer temas relacionados con nuestro comportamiento ante acontecimientos traumáticos de nuestra historia. Nosotros somos un país poscolonial y esta realidad nos exige ser acuciosos para entender nuestra vida de ayer y la presente. Hay ideas que nos ayudan en esta tarea. Jean Franco y Mary Louise Pratt hablan de la “lucha por el poder interpretativo”, que consiste que ante un apocalipsis como el que fue la conquista, el hombre trata de reinterpretar la nueva realidad para darle sentido a su existencia y sobrevivir dentro del caos. Edward W. Said habla del saqueo de las culturas nativas por los colonizadores y del rescate del exilio al que son arrastrados el corazón y el hogar, para reconstruir la identidad. El sociólogo Ackbar Abbas –citado por Serge Gruzinski- habla de la “cultura de la desaparición”. Estas ideas tan meridianas apuntan a procesos que hemos vivido pero que han sido sesgados o conscientemente sumidos en el olvido por nuestros intelectuales. El pueblo peruano no acusa culturalmente un estancamiento, sino un dinamismo. Es decir contra la absorción o el aniquilamiento cuya amenaza es la desaparición, el peruano colonial, poscolonial y el moderno han aprendido a sobrevivir adoptando estrategias que convirtieron en útiles las mutaciones tempestuosas. Así han creado una nueva subjetividad y un nuevo imaginario, fuentes de una cultura, de un arte, de una mitología y artesanía mestizas de diversos matices. De este trabajo en la entraña misma de la desaparición dan cuenta los mitos que estamos llegando a conocer, cosa que ignoran o quieren ignorar muchos profesionales que nos han acostumbrado a hablar solo de masacres y destrucciones y de una etapa arcaica supuestamente incaica que ha generado culto y nostalgia por un pasado con múltiples posibles-irreales, culto del que no hemos salido. El mundo criollo en su negación u ocultamiento de la parte más grande del país sigue suspirando con los valses que sueñan con caballeros de fina estampa o mulatas adornadas de jazmines y cuando alude al mundo indio habla solo de la tristeza, como el vals de Alicia Maguiña: “indio triste, indio cautivo”. Los intelectuales de pensamiento excluyente, con matices racistas, nos presentan un universo andino que vive solo recordando al inca, es decir una colectividad inerme, cosificada; cosa irreal, que existe solo en la música o literatura pasadistas. Pues la colectividad andina posee una cosmovisión, maneras de interpretar y reinterpretar la realidad, recusar la injusticia o el abuso, sentir y gozar del arte y de la vida. ¿A qué nos conduce esta elucubración?... Tenemos que reajustar nuestras metodologías. Occidente se reconoce como el mundo creador de ideas y a los no occidentales nos consideran como quienes las usan y aplican. En este reajuste los saberes se complementan o auxilian; y por otra parte corresponde al estudioso ser creador de nuevas estrategias para penetrar en la reconditez de los mitos, que atesoran mucha historia, como asevera Lévi Strauss, para quien el mito trabaja con residuos y desechos de la historia, es decir, con el material que la historia escrita desde arriba ha olvidado u ocultado conscientemente, pero que la nueva historia lo recoge, porque es la que se escribe desde abajo. Tengamos presente el aserto del jesuita Michel de Certeau, para quien la historia es una fabricación hecha por el historiador de acuerdo a sus odios y amores.

4. Occidente, sobre todo, a raíz de la ilustración ha sistematizado su acercamiento al otro subalterno, cosa que se aprecia en la denominada “antropología de grabadora”. ¿Por qué ese afán de Occidente de venir a espacios como el andino a buscar muestras de oralidad?

La imagen del Nuevo Mundo en Europa ha pasado por varias etapas. En los s. XVI y XVII fue un espacio maravilloso con El Dorado y el Paititi dentro de sus entrañas. La lectoría europea del XVII, burguesa y exotista fue un clima que propició la aparición de una literatura ficcionalizadora elaborada a base de los materiales trasladados por aventureros, mercaderes y piratas. En el s. XVIII vinieron viajeros financiados por los estados europeos ricos, ya no fueron gentes improvisadas, sino científicos que llegaron para estudiar el entorno natural y social, la finalidad era económica y llegaron a conocer la variedad y calidad de nuestros recursos que servirían como insumos para la segunda revolución industrial cuya consigna era “¡enriqueceos!”. Esta búsqueda de recursos se acentuó en el s. XIX debido a la expansión del mercado. Europa, con Inglaterra como potencia hegemónica, convirtió a nuestro continente en parte de las “zonas de influencia”, donde podían intervenir política y militarmente. En este tiempo nació la etnología como ciencia de las razas que entronizó al hombre de raza blanca por considerarlo superior. Los ex virreinatos fueron vistos como ámbitos lejanos y primitivos con habitantes inferiores al hombre blanco, donde la cultura estaba por hacer. Los agentes que vinieron al Perú tuvieron la misión de conocer nuestros planes de gobierno y de nuestras simpatías o antipatías por las potencias de Europa. En el contacto entre europeo y americano o peruano, el primero no rechaza la diferencia, sino la semejanza. Pues, no rechazar la semejanza ponía en riesgo la identidad europea, si se la aceptaba ponía en duda si el otro inferior podría ser tan civilizado como él mismo. Estas imágenes del Nuevo Mundo han servido para los programas culturales, científicos y de diferente matiz que hoy se despliegan. Para Occidente seguimos siendo el mundo del buen salvaje, espacio arcádico (pese a los padecimientos) donde el turista de las metrópolis viene a curarse del estrés. Somos un laboratorio para los científicos sociales: antropólogos, etnólogos, lingüistas, especialistas en estudios poscoloniales. Estamos convencidos de que quieren conocernos profundamente, pero no estamos seguros por qué y para qué. Es impresionante, en las bibliotecas académicas europeas o norteamericanas, hay libros, diversas publicaciones que aquí a veces no conocemos o no poseemos… En el espacio de la oralidad hay conductas extranjeras que siembran confusión. Citaré un caso, como ejemplo. Hace años, en 1969, los benedictinos que llegaron a Huarás y se encargaron del seminario para la formación de sacerdotes, y que fundaron un colegio, entraron en contacto conmigo por puentes amicales. La intención de ellos era manipular la compilación de textos de la tradición oral de la región que yo había realizado, que en 1960 apareció con el título de Ganchiscocha. (P.L. Villanueva, Lima). Querían mi autorización para devolver los textos al quechua y luego ellos realizar otra traducción. Como es natural me negué terminantemente y mi negativa les molestó mucho. Ignoro lo que sucedió después de esa descomedida conversación. ¿Acaso se salieron con la suya? Ganchiscocha, es el fruto de largos y muchos años de trabajo, desde 1946. Los benedictinos ignoraban que no todos los textos fueron recogidos del quechua, sino que una gran cantidad fueron escuchados en castellano popular. Toda colonización, incluyendo la que causa la globalización, es incapaz de destruir el espíritu. El espíritu del colonizado se erige en una energía con capacidad de rechazar, reinterpretar o asumir una conducta dentro del desorden y la destrucción para sobrevivir. En esta fase de la “cultura de la desaparición”, nacen los relatos como manifestación de resistencia para difundirse en la oralidad. El Occidente actual es consciente de la resistencia de los bordes. Pienso que aquí está el motivo por qué vienen muchos a buscar nuestras muestras de oralidad.

5. En estos momentos, ¿Cuáles son los textos sobre memoria oral que está trabajando?

Actualmente, aprovechando los intersticios de tiempo que me deja la labor docente, estoy elaborando un ensayo (cuyas dimensiones no puedo calcular) que provisionalmente se titula: La saga del zorro músico en la tradición oral.
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JORGE TERÁN MORVELI. Licenciado en Literatura por la UNMSM. Co-director de la revista Lhymen, cultura y literatura. Ha participado en eventos nacionales e internacionales. Ha publicado artículos, reseñas, poesía y narración en diversas revistas del medio. En 2005 publicó el poemario Penumbras & artificios. Actualmente se desempeña como docente en la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional Federico Villarreal.

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