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domingo, 27 de abril de 2008

La lucha por la memoria histórica: Una charla con Marcos Yauri Montero a propósito de su novela No preguntes quién ha muerto por Edith Pérez Orozco

En la novela No preguntes quién ha muerto[1], Marcos Yauri Montero representa la rebelión indígena de 1885 producida en Huarás y liderada por el alcalde Pedro Pablo Atusparia y Pedro Celestino Cochachin o “Uchcu” Pedro, desde una perspectiva contraria a la referida por la historia oficial y recreada por algunos escritores (como Ernesto Reyna, Julio Ramón Ribeyro y Óscar Colchado Lucio). No preguntes… se halla elaborado a manera de un diario personal, incluyéndose nombres de localidades geográficas y fechas que transcurren en el periodo de 1878 - 1885. Además se aprecia la presencia de las voces de los narradores omniscientes y autodiegéticos. El protagonista ensalzado es “Uchcu” Pedro, quien es modelizado como un individuo con vínculos éticos y morales a favor de los más desprotegidos y explotados: “¡que importan las razas! –replicó Pedro Celestino. Hay indios ricos, chinos ricos, igual que los blancos. Lo que a mí me interesa es que no haya pobres. Esta revolución debe ser una lucha contra la desigualdad” menciona Uchcu Pedro en una parte de la novela.

Según la propia versión del autor, en la construcción del mundo representado en No preguntes… se propuso llenar vacíos, corregir omisiones y desbaratar el discurso historiográfico oficial, cerrado y discreto. Por tal razón para Ismael P. Márquez (Prólogo a la última edición de No preguntes…) dicho texto debe ser considerado como novela histórica y debe incluírsela al interior del neoindigenismo, ya que como “Novela brillante y esclarecedora, No preguntes quién ha muerto trata con desenfado e integridad moral problemas seculares de la historia del Perú”.

Marcos Yauri Montero (1930) es un prolífico escritor que ha producido textos poéticos, narrativos y ensayos que han alcanzado méritos propios, logrando ser distinguidos con premios nacionales e internacionales otorgados por la comunidad literaria. Estos son los títulos de su producción narrativa: Piedra y nieve (1961), La sal amarga de la tierra (1968), El regreso del paraíso (1971), En otoño, después de mil años (1975), María Colón (1981), Mañana volveré (1983), Así que pasen los años (1985), No preguntes quién ha muerto (1989), El hombre de la gabardina (1995), El séptimo sello (1998), Eurídice, el amor (2002), Tiempo de amar, tiempo de morir (2007).

En las siguientes páginas, les presento una entrevista con Marcos Yauri Montero, un recorrido a través de la lucha por la memoria histórica, a propósito de su novela No preguntes quién ha muerto.

1. E.P.: En la novela No preguntes quién ha muerto (NPQHM) se representa al Huarás de antaño. Observamos a la aristocracia señorial, las labores comerciales de sus mestizos y el trabajo arduo de los indígenas. Además de los tópicos notorios del amor a la patria y a la libertad, en el texto. Se ha dicho mucho sobre su novela. Primero, que es neoindigenista. Y segundo, que se encuentra dentro de la denominada novela histórica ¿Está usted de acuerdo en considerar a su texto como neoindigenista y como novela histórica?

M.Y.: Es verdad. Huarás ha sido reconstruida mediante la imaginación, la narración lo exigía por su naturaleza histórica; toda novela tiene un soporte real y mucho más una que se propone dar cuenta de un acontecimiento que pertenece a la historia. En el caso concreto de No preguntes quién ha muerto, el Huarás que aparece corresponde al final del siglo XIX, reconstruido a base de informes obtenidos en fuentes escritas y orales. Dentro de esta reconstrucción lo importante ha sido mostrar el espíritu, el ambiente y el aire epocal. Mundo troceado, con una minoría relativamente acomodada y culta, una franja mediana y una mayoría enfrentada a abusos y carencias. Sabemos que el Perú como país poscolonial, al finalizar la época decimonónica, no era sino un espacio perteneciente a los “países-campo” (Pablo Macera). Es decir, casi rural, debido a la incipiente industrialización y a la persistencia de los vicios del sistema señorial. Hay un asunto que deseo enfatizar; toda reconstrucción del pasado no es arbitraria, sino cuidadosa, nada es abandonada al azar o al capricho, y en esta operación tiene mucho que ver la imaginación. Creo mucho en el pensamiento de Marc Bloch, uno de los padres de la historia moderna, que en la reconstrucción del pasado hay que usar inclusive la poesía por cuanto ésta le es inherente a la historia. De esta manera el pasado vuelve a vivir y uno está en condiciones de dialogar con los muertos y rescatar por esta vía lo que la historia escrita desde arriba ha olvidado, ocultado, silenciado o denigrado. En cuanto a que NPQHM es calificada de neoindigenista pienso que ha habido un apresuramiento en asignarle dicha etiqueta; 1) porque proviene de intelectuales urbanos de alta o mediana clase media, todos académicos que desafortunadamente hasta hoy no se han sacudido de la idea de que un escritor provinciano no tiene capacidad para escribir sobre temas que no son indígenas; 2) porque NPQHM es un retablo amplísimo donde están presentes todas las clases: ricos, pobres, aristócratas, plebeyos, “todas las sangres”: mestizos, blancos, indios, gentes ilustradas o analfabetas, muchas sensibilidades, diversos conflictos y no solo sociales, sino inclusive amorosos; gentes de ciudad y campo, sacerdotes, muchos imaginarios, en suma es una novela con un escenario inmenso, casi totalizador. 3) en relación a quienes gustan usar las palabras “indigenismo”, “neoindigenismo” o “andino”, guardo cierta distancia. Todos ellos están influenciados de manera envolvente por la mentalidad que aún percibe al país como un universo donde unos han nacido para mandar y otros para obedecer. Para ellos reivindicar la historia o cultura propias es un extravío, así como recusar al mundo criollo es una irreverencia. Aún más, en el campo estrictamente literario, dentro del indigenismo, neoindigenismo o andinismo, hay escritores que en su ceguera asumen conductas conservadoras. Escriben sobre un mundo inmune a las mutaciones históricas. Si el indio, neoindio o andino no son tristes, o no viven en las punas con los pies descalzos, no son indios. A ellos les encanta un universo indígena congelado en el siglo XVIII, con las notas elegíacas de la quena que añora el pasado incaico (como en el vals de Alicia Maguiña: “la luz se hizo sombra/ y nació el indio,/ indio triste, indio cautivo”); se resisten a percibir o aceptar los cambios, desacomodos, acomodamientos y mezclas que se han operado y continúan generando transformaciones que desembocan en la hibridación. Hoy el mundo indígena ha saturado a la gran ciudad, accede a estamentos culturales y políticos, al espacio académico de las universidades. Hoy, hay que convenir que el “problema indígena” ya no es como en los tiempos de Pedro Zulen o Dora Mayer o como en la época de López Albújar, Gonzáles Prada y Mariátegui, de manera que este tema (está visto) debe verse desde otras perspectivas y muchas de éstas calzan no solo en la realidad de nuestro país, sino nos unifica con otras realidades dentro de la globalización y la modernidad. Este indio, petrificado, degradado a través del tiempo por el mito del indigenismo, neoindigenismo y andinismo, fue comprendido e interpretado en Huarás por Antenor Rizo Patrón antes de la aparición de los ideólogos; en un artículo pulverizó a los enemigos de los indios, entre ellos a Ricardo Palma, que los hacían culpables de la derrota en la guerra con Chile por considerarlos de una raza abyecta: “Pobres indios! Se les exige imposibles… cuando se ha hecho todo lo posible por matar en ellos el sentimiento, cuando se ha trabajado tan solo por hacerles temido y hasta odioso el sagrado recuerdo de la Patria” (1885) Rizo Patrón se adelantó a los ideólogos del indigenismo social de los 20 y 30 del siglo XX; aparece en varios escenarios de NPQHM, en el más allá su casa es el punto de reunión de los que murieron en las batallas. 4) dentro de la producción literaria de los nuevos “indigenistas”, “neoindigenistas” y “andinistas”, hay propuestas inviables; de algunas novelas o cuentos trasciende un proyecto de nación indígena. Una mala lectura de Arguedas que ante ellos aparece no como quien enarbola un proyecto mesticista sino como un indigenista conservador, los ha conducido a esa posición desde donde emiten un proyecto de nación exclusivista , etnocentrista y pasadista. Creyendo avanzar en la dirección correcta para superar nuestra condición de país poscolonial han caído en una posición que se pone fuera de la historia.

En relación a que si NPQHM es una novela histórica, sí estoy de acuerdo, pero debo aclarar que no al estilo de las novelas históricas decimonónicas, sino una que pertenece a la nueva novela histórica. Está escrita desde abajo, como una relectura de la historia; su trama ha sido tejida explotando recursos expresivos modernos. A mí me colma de inmensa alegría que muchos lectores profesionales, sin dejar de reconocerle su valor histórico, han expresado que es una novela lírica, escrita como un poema. Así lo han manifestado Ismael Márquez y Luis Millones, inclusive Françoise Aubes. A mis novelas, de manera general, mis amigos lectores-novelistas las consideran líricas. No menciono los nombres de estos amigos, para evitar suspicacias.

2. E.P.: Teniendo en cuenta la representación de hechos históricos a través de la visión de la literatura ¿Su versión qué eventos o referencias intenta rescatar sobre la sublevación de Pedro Pablo Atusparia?

M.Y.: Cuando escribí No preguntes quién ha muerto, hice realidad una vieja ambición: escribir una novela que debía resistir la corrosión del tiempo. Ahora, que se la lea como la expresión de una intencionalidad específica, es decir rescatar la sublevación campesino-mestiza del S. XIX acaecida en el callejón de Huaylas, es más la iniciativa de sus lectores. Reconozco que la novela responde a las aspiraciones de la gente de Huarás, mi suelo natal, pues en ella se encuentra representada, y también a mis propias ambiciones, pues ¿quién no quiere que el Perú de tierra adentro encuentre un lugar en el centro del consenso nacional? El hecho de haberla escrito con coraje y deseo de que el texto venza al tiempo, seguramente le dio vigor y alas para recoger un amplísimo espectro social. La novela cubre un tiempo y un espacio social sumamente complejos; sin embargo nada de lo que cuenta está fuera de la historia, todo pertenece a ella; lugares, acontecimientos, escenarios, canciones, palabras, todos son reales, y los cientos de personajes, inclusive aquellos que aparecen por una sola vez o tangencialmente, son reales, todos con sus nombres verdaderos. En la construcción del discurso de NPQHM, usé todas las energías de que es capaz mi imaginación y en este proceso me sirvió de enorme ayuda mi conocimiento de la región, de sus gentes, de las viejas familias desaparecidas, tanto de las altas y bajas capas, mi conocimiento del quechua, de los campesinos, de los jornaleros, de los vagos, de los desocupados, de los músicos populares, de los contadores de historias marginales, de los cantores de canciones religiosas quechuas en las misas dominicales de las once de la mañana en la iglesia de mi barrio. Para imaginar el viejo s. XIX huarasino me sirvió inclusive mi propia memoria, de cuando a la edad de 4 o 5 años asistí a los funerales de un tío materno (José María Mejía). Aquella vez entré, de la mano de mi madre, (Carlota Montero Mejía) en una casa con más de cien puertas, allí vi una multitud de señores y señoras vestidos de negro, indios venidos de la hacienda de Huapra, con sombreros en forma de hongo y pantalones solo hasta la rodilla con abertura y botones a un lado; en un corral que era quizás la caballeriza vi un coche de tiro que se pudría hundido en el barro, bajo la lluvia, en un rincón, casi pegado a unas paredes corroídas. Esta escena me acompaña hasta hoy y la leo como el testimonio de la decadencia y el final de una época que hoy sé estuvo preñada de riqueza, poder e injusticia. A esa casa volví a entrar después de largos años, cuando vendida fue convertida en parte del Colegio La Libertad, a dictar clases.

3. E.P.: ¿En qué medida Pedro Pablo Atusparia y Pedro Celestino Cochachin representan la identidad y no identidad relacionado al tema de nación?


M.Y.: Los líderes de la sublevación, Atusparia y Cochachin, son hasta hoy casi desconocidos y aún no comprendidos. Para entenderlos hay que volver a releer la historia. Quienes han escrito sobre este acontecimiento de 1885, han partido de la crónica novelada de Ernesto Reyna: El Amauta Atusparia que apareció primero en la Revista de José Carlos Mariátegui, Amauta y más tarde en forma de libro. Ese texto contiene muchas cosas equivocadas. Todos creen –siguiendo a Reyna- que el jefe único fue Atusparia y Cochachin su lugarteniente. Un análisis demuestra que los dos casi ni se conocieron directamente, y que la sublevación no fue una sola, sino dos, la del sur comandada por Atusparia y la del norte por Cochachin. Ambos líderes son distintos, el primero un mestizo con mucha influencia urbana de Huarás, que repudió las tareas agrícolas porque sabía leer la biblia, era un pequeño industrial, curtía cueros y teñía bayetas que las vendía para el uniforme de la gendarmería. Cochachin, fue pobre y se hizo arriero y más tarde minero, labores que le proporcionaron dinero. En la acción, Atusparia fue indeciso y al recibir una leve herida en Yungay se hizo llevar en camilla hasta Huarás donde se refugió en casa de un rico abandonando a sus tropas que sin comando fueron devoradas por el caos y el alcohol que los ricos de Huarás les pusieron de señuelo en las calles para que fueran masacradas por la tropa punitiva que estaba a las puertas de la ciudad. Su ideal fue antifiscal, es decir para él la sublevación tenía un solo propósito: la supresión de los impuestos que empobrecían a los campesinos que después de la guerra con Chile estaban sumidos en una pobreza desesperante. Cochachin no fue solo antifiscal, sino aspiró a mucho más, quiso la reforma agraria y la devolución de las tierras usurpadas por los hacendados a las comunidades indígenas. En una escena se declara partidario del cambio, cuando dice que ya debe terminar esa representación del inca, que en las fiestas patronales es vencido por Pizarro, apresado y muerto. Al expresarse así nos dice que debemos vencer a los traumas, y en lugar de tener nuestra mente fija en las masacres y destrucciones, debemos mirar el futuro, un futuro que nos limpiaría de un pasado infeliz, que jamás debe repetirse. Al final, Atusparia desapareció del escenario de la lucha, quedó solo Cochachin cuyo propósito fue levantar en armas a todo Ancash; pero cayó traicionado y en Casma sin previo juicio fue fusilado. Su cadáver fue arrojado a un basural de donde fue recogido por un cristiano piadoso que le dio sepultura en un lugar hasta hoy desconocido. En mis investigaciones, en enero de 1956, algunos campesinos del valle de Yaután me señalaron una colina donde presumían que Cochachin soñaba por la eternidad. No era una colina sino una huaca en cuya superficie flotaban a flor de tierra restos textiles y huesos humanos de la época precolombina A Atusparia, Reyna le inventó una muerte ficticia, pues en mis investigaciones en el seno de su familia, ni sus nietas (Victoria, y Consuelo Atusparia) y biznietas (Estrellita, Fanny, Sonia Ramírez, que viven en el Callao) conocían la verdad. La muerte de Atusparia –según Reyna- fue consecuencia del envenenamiento por los indios como castigo por haberlos traicionado. Tengo la certeza de que esta muerte inventada, fue influenciada por el cuento: El brindis de los yayas de López Albújar a quien Ernesto Reyna conoció y trató en las oficinas de Amauta. (Recuerdo. Cuando quizás tenía yo cerca de 4 años, se me acercó una dulcísima anciana campesina, blanca y de ojos azules, en la estancia de Tucuypayoc, propiedad de mi familia paterna, y me dijo palabras cariñosas. Más tarde supe que era una de las hijas de Atusparia, se llamaba Visitación, vivía en la casa de su madre muerta, María Fernanda Yauri. Esa casa aún estaba en pie en estado ruinoso hasta 1969 en que la recorrí). Ella la había asistido a mi madre cuando nací (1930), allí en el lugar mencionado, era pues de acuerdo a la tradición, mi madrina de nacimiento).

4. E.P.: Algunos temas recurrentes en el texto son utopía, mesianismo, Pachacuti; y, sobre todo, la construcción de un “otro” universo nebulado, opaco, en el que se narra desde la muerte los acontecimientos acerca de cómo sucedieron el exterminio y los ataques entre los hombres de Cochachin y la fuerza represiva (representada por los aristócratas huaracinos). A mi parecer estos puntos evidencian la presencia del pensamiento andino ¿Qué relevancia tiene dicho pensamiento dentro de su texto?

M.Y.: La novela ha sido escrita desde el interior del universo indio y mestizo de la serranía ancashina, de tal modo que el espíritu, la vida y las prácticas culturales son genuinas. Todo lo que los especialistas en ciencias sociales llaman “utopía”, “mesianismo”, “pachacuti”, etc., emerge del discurso de modo natural, como manifestaciones ideológicas, culturales, en una palabra como la cosmovisión del peruano popular. Estos pensamientos a los que les han puesto etiquetas, son ideas y principios universales, son conceptos europeos, por ejemplo el del eterno retorno, el del corsi e ricorse viconiano, del curso dialéctico de negaciones y afirmaciones de la historia, de la aspiración a la felicidad futura. El mundo andino piensa igual que el de otros espacios del planeta. Por otra parte en el acontecimiento se advierte la presencia de los ideales de la Comuna de París, representados por Luis Felipe Montestruque, que en el periódico El sol de los incas, según E. Reyna plasmó el proyecto del futuro estado peruano que nacería si triunfaba la sublevación, como una cristalización de un socialismo neoinca. Esta inquietud no brotó solo en Huarás, sino también en otros lugares del Perú, por ejemplo el movimiento de los comuneros de Piura que ha sido estudiado por el historiador Miguel Maticorena. Este hecho, como muchos otros, demuestran que los Andes no han sido un mundo cerrado, como los indigenistas quieren que hubiera sido y que siguen soñando, sino abierto.

La brutalidad de la represión fue la expresión de un poder autárquico, de la dicotomía civilización / barbarie. Lima y la costa se consideraban el centro progresista y civilizado, en tanto que el Perú de tierra adentro era el mundo incivil, tal como pensó inclusive Santa Rosa de Lima, que quería ir a la serranía para redimir a los bárbaros. A esta dicotomía respondió la matanza de los indígenas-campesinos, porque la civilización se defendía de los salvajes. Cosa que volvió a ocurrir a los finales del siglo XX, durante la guerra interna con masacres que no son diferentes de las de la acción represora de 1885. A un siglo de distancia no han sido superadas esas ideologías excluyentes brutalmente arcaicas e inhumanas

5. E.P.: ¿Qué fuentes históricas y literarias utilizó para la elaboración del mundo representado en NPQHM?

M.Y.: No preguntes quién ha muerto ha bebido de infinidad de fuentes escritas y orales. Todo dato o informe de diverso origen y naturaleza relacionados con el acontecimiento han sido acogidos. Si las varias ediciones de la novela no van acompañadas de una página que revele dichas fuentes, fue porque las editoriales debido al apresuramiento no me dieron oportunidad. Ahora le puedo indicar algunas: Atusparia y la sublevación campesina de 1885 en Ancash, del historiador Augusto Alba Herrera. (Ediciones Atusparia,1985. Lima). /El amauta Atusparia, de Ernesto Reyna (1929) (1930, 1932) / “Huarás visto por los viajeros europeos”, de Manuel Reina Loli. (Queymi.Revista del Inst. Nac. de Cultura, No 16. 1981, Huarás)./ Ancash y la guerra con Chile. (del mismo autor. Cuadernos de difusión No 12., 1981. INC. Huarás)/ Atusparia Ángeles Pedro Pablo. La revolución indígena de 1885 en Huarás y Ancash, de Santiago Maguiña Chauca. (Edic. del autor, mimeografiada). A estas fuentes históricas se añaden archivos notariales y relatos orales de muchos informantes. Poseo un documento de 1723 relacionado con una composición de tierras. En este documento no conocido ni por Alba Herrera, Reina Loli y otro historiador importante, Félix Álvarez Brun aparece el nombre de Pedro Pablo Atusparia, uno de los caciques notables, sin duda bisabuelo del líder del 85.

6. E.P.: En este esfuerzo por reinventar el pasado ancashino ¿Qué opina usted sobre las diversas representaciones sobre la sublevación de Pedro Pablo Atusparia y Pedro Celestino Cochachin, teniendo en cuenta textos como El amauta Atusparia de Ernesto Reyna (1932), Atusparia (texto de teatro) escrito por Julio Ramón Ribeyro (1979) y Cordillera Negra (cuento) de Óscar Colchado (1985)?

M.Y.: La sublevación campesina de 1885 en Ancash, pese a las fuentes escritas mencionadas, sigue siendo un hecho histórico poco conocido. La mayoría de las historias nacionales escritas por diversos historiadores, ni siquiera la menciona; algunas la nombran tangencial o brevemente. Solo D. Jorge Basadre le dedicó un buen espacio en su libro: Ciudad y campo en la historia peruana. En consecuencia tal como aseguran el historiador Luis Millones y el crítico literario Ismael P. Márquez, que comentaron elogiosamente a NPQHM, el acontecimiento y sus líderes se prestan a la mitificación. El libro de Ernesto Reyna con todos sus defectos merece mucho respeto. Su gran mérito es haber salvado del olvido una sublevación campesina, que en el concepto del historiador francés, Jean Piel (conferencia en el simposio realizado sobre el tema en Huarás, 1975), es la más importante del siglo XIX. El texto de teatro Atusparia de Julio Ramón Ribeyro vale por su intención de hacer conocido un fragmento de la historia. Por ser una versión teatralizada de la crónica de Ernesto Reyna, casi textualmente, no tiene un aura que le otorgue grandiosidad. El cuento Cordillera negra de Colchado no tiene peso histórico ni intrahistórico, es una narración fabricada usando repetitivamente, casi como un calco, los materiales de la crónica novelada de Ernesto Reyna a los que le ha añadido un halo mítico; es un cuento mesiánico, su sociolecto híbrido (quechua-castellano) nacido como calco de El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas es su sostén.

7. E.P.: Para terminar, ¿con qué producción literaria nos va a sorprender Marco Yauri Montero en los próximos meses?

M.Y.: En estos días estoy más dedicado a la enseñanza. La historia me ha fascinado siempre. Paralela a mi labor docente estoy haciendo un pequeño estudio sobre el zorro músico de la tradición oral; en los intersticios de tiempo escribo poesía. En un último viaje que hice a Huarás, donde recogí material para mi estudio del zorro músico, he llegado a conocer una historia de amor trágico que me ha remecido. Se vincula a una canción que cuenta del mal presagio que significa cuando un zorro negro se cruza en el camino. En mi retorno a Lima, en el ómnibus, me llegó a la mente el deseo de escribir una novela sobre aquella tragedia.

Edith Eliana Pérez Orozco (1980). Licenciada en literatura por la Universidad Nacional Federico Villarreal (UNFV). Colaboradora de la revista Lhymen, cultura y literatura. Ha organizado y participado en eventos literarios; y publicado en diversas revistas del medio. Actualmente ejerce la docencia en la UNFV.

[1] La primera edición estuvo a cargo de la CONCYTEC, Lima 1989; la segunda por A.F.A. Editores, Lima 1996; y la tercera edición (corregida) fue publicada por la Editorial San Marcos, Lima, 1999.

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