martes, 29 de abril de 2008

LA MUJER DE ANTONIO CLAROS, CUENTO INÉDITO DE TEÓFILO GUTIÉRREZ

Teófilo Gutiérrez Jiménez. Publicó Tiempos de Colambo, libro de cuentos, en 1996. Egresado de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tercer Premio Copé de Cuento, 1989. Actualmente es director de Hipocampo Editores. En calidad de primicia publicamos el cuento “La mujer de Antonio Claros”, que pertenece a un nuevo conjunto llamado Colina Cruz, título tomado del cuento ganador del Primer Premio en el Concurso de Cuento de los 500 Viernes Literarios y Municipalidad de Lima, 2004, y que este año se publicará.


La mujer de Antonio Claros


Antonio Claros se ausentó cerca de un mes del pueblo. Al regresar lo hizo acompañado de otra sombra. Era una noche bien prieta, de esas en que solamente se presiente la forma de quien la habita o camina. Desde ese día los guaranguillanos dijeron, calladamente: Antonio Claros, por fin, ya no duerme solo, ha traído una mujer de Ambato.

Entonces la pregunta que más se hicieron los guaranguillanos durante ese día y los siguientes fue saber ¿cómo será la fulana? Se preguntaban a cada rato, esperaban que Antonio Claros les presentara públicamente a la señora. Pero no lo hizo. Entonces se lo dijeron ¿qué, acaso, tiene un pie cojo?, comprendemos, ¿es muda?, también lo comprendemos. Pero Antonio Claros selló sus labios. Se ponía serio y miraba de reojo. Los guaranguillanos inventaron pretextos para acercarse a la casa de Antonio Claros, que estaba ubicada en la parte este de Guaranguillo, alrededor de ella se levantaba una tapia de la que colgaban hacia el exterior enredaderas que el tiempo había acumulado como si fueran un enrevesado colchón de chamisas, de donde brotaban en manojos flores amarillas olorosas, de manera que la curiosa mirada de los guaranguillanos se tornaba ciega. Por el interior las enredaderas unían por encima el pequeño espacio que separaba el muro del techo de la casa, por lo que los guaranguillanos, aun subiéndose a la parte alta de la colina o a las ramas de un michino que se erguía señorial junto a la iglesia, no podían mirar hacia el interior.

Antonio Claros continuó su vida normal durante varios meses. Muchos de los pobladores, o casi todos, le preguntaron por su mujer, casi como si estuvieran obligados a hacerlo. Él solamente contestaba que ella se hallaba muy bien. Luego apuraba el paso. Día tras día la gente seguía preguntándole lo mismo y él contestaba lo de siempre: bien, gracias. Y apresuraba el paso. Pasaron más días, muchos meses, y los guaranguillanos siguieron comiéndose las uñas tratando de averiguar algo sobre aquella mujer. “Si es que existe -dijeron-, ella tendrá que asomar la cara en algún momento. Nadie puede vivir recluida en una casa toda la vida”. Pero a la mujer nunca se le vio. Entonces avanzaron un poco más para matar la curiosidad, porque en la hora menos esperada cualquiera le tocaba la puerta con el pretexto de consultarle algo sobre el trabajo de albañilería, el oficio principal de don Antonio Claros, porque también era campesino como todo el mundo y durante la mayor parte del tiempo. Él los hacía pasar al patio y ellos asomaban la nariz por sobre el hombro mientras hablaban con él. Pero se cansó de tanto verlos y entonces comenzó a tratarlos muy mal. Nunca más volvió a abrirles la puerta. Quienes aún insistían se estrellaban con la parquedad de un hombre que empezó a vivir en la penumbra, que les devolvía las palabras en la cara a través de algún resquicio y que, finalmente, no quiso responder siquiera el llamado de la aldaba.

El tiempo pasó sin sentirlo y, lógicamente, hubo tantos resentimientos de los guaranguillanos contra Antonio Claros, que ya no lo contrataron para que arreglara o construyera casas. Dejaron de hablarle. Prefirieron traer un albañil de un pueblo cercano. Los domingos pasaban de ida y vuelta delante de su casa, castigándola con infinidad de miradas torcidas. En las tardes se juntaban en grupitos y, en voz alta y carcajadas continuas, hablaban de lo mismo, e incansables hacían trizas la vida entera de Antonio Claros. Recordaban cuando Francisco Gil lo trajo para que construyera la primera iglesia de una sola torre. Después hizo la casa de los Méndez Rivas y también de las familias importantes. Habían pasado cerca de dos años. Luego edificó su propia casa y con la plata que ganó durante ese período de bonanza compró una huerta y unas hectáreas de café. Durante esa época las jóvenes casaderas lo acosaron, pero más interés mostraron los padres de éstas que hicieron lo indecible para que Antonio Claros se dignara asistir a las reuniones familiares. Nunca lo lograron. Durante años la rutina de este hombre ya era conocida. En muy escasas ocasiones tuvo algún diálogo fluido con alguien. Su vida transcurría de su casa a la huerta y viceversa. Incluso, cuando lo contrataban como albañil, sólo hablaba lo necesario. El día de San Francisco de Asís, el cuatro de octubre, se oficiaba la misa principal de todo el año a la que él asistía pulcramente vestido, se confesaba y se mantenía arrodillado durante toda la ceremonia. Luego se esfumaba. El único amigo íntimo que tuvo fue Machaguay Brito, un hombre también solo. Dijeron de todo contra Antonio Claros, pero este parecía sordo y continuó su vida normal. Entonces algunos iniciaron el acoso final, agrediéndolo con insultos directos cuando él transitaba por el camino a su huerta de café, porque desde los arbustos alguna voz al acecho lanzaba una ofensa buscando herir lo más íntimo y sagrado. Otras veces le tiraban terrones y hasta barro podrido. Él se quedaba quieto y callado oyendo el ruido de las hojas de los arbustos de quien o quienes fugaban cobardemente después de atacarlo. Llegaron a colgar letreros de todo tipo en la puerta de su casa o cerca a ella. Él los retiraba pacientemente en las mañanas. Finalmente, no sólo empezaron a tirar piedras arteras al techo de calamina sino también animales muertos, carroña que atraía a los gallinazos, huellas que marcarían la estancia de los últimos días de Antonio Claros en el pueblo, huellas del odio que la oscuridad de la noche amañaba.

Hasta que una tarde soleada de un domingo, cuando todo el mundo descansa, Antonio Claros y la mujer cruzaron el pueblo con dirección a Ambato. Se marchaba a ojos vista, como dicen. Así era, Antonio Claros, después de treinta años de vida en un pueblo que tenía las huellas de sus manos en las paredes de sus casas, había decidido partir, y para siempre.

Entonces los guaranguillanos sí que abrieron los ojos hasta donde no podían abrirlos más, como para llenarse de la imagen de una mujer que había sido el tema eterno de la habladuría o la comidilla de la mañana, tarde y noche, por meses; casi un siglo para Antonio Claros. En ese único instante, todos verían a su regalado gusto a una mujer de contextura delgada y talla mediana. Tenía puestos unos pantalones jeans y una blusa impresa con flores lilas y una lluvia de escarcha. Pasó dejando un hilo de colonia que recorrió de lado a lado el pueblo. El olor parecía salir de su frondosa cabellera negra que la batía el viento.

Los guaranguillanos solamente callaron y se miraron unos a otros, como queriendo hallar un culpable al final de la fila por tanta habladuría y suposiciones que llegaron al extremo de la crueldad. Pero Antonio Claros y su mujer desaparecieron por el horizonte y pronto serían solo dos siluetas en la memoria de todos. Pero muchos se quedaron mirando el horizonte un buen rato, siempre queda la esperanza del retorno. Sin embargo, allí sólo quedaban arbustos pequeños. Allí sólo quedaba un camino vacío que se encontraba con el pueblo y con los ojos de todo el mundo.

Hasta que, como para romper el silencio, alguien habló: “¿No que decían que la mujer tenía una nariz repleta de lunares con pelos grandes? ¿Acaso no era bizca, calva y gorda de la cintura para arriba?”. Otra voz señaló: “No que decían que la mujer esa tenía las piernas como patas de saltamontes”. Una voz de mujer, aflautada, dijo: “Y pensaban que era albina y muy viejísima”. Y otra siguió: “Como que tenía cola de mono y pezuña en lugar de un pie”. Una voz que escupió groseramente, dijo: “Como los duendes, ésos que tienen como rostro una pelota de carne peluda, ésos de largo pelo blanco y llenos de piojos”. Y otra voz recordó: “La mujer no era ella sino una burra manfredita, de las que no aceptan burro porque son muy estrechas”. “¡Qué carajo, si sólo era una mujer como cualquier otra!”– dijo alguien más.

El sol declinó al fin, se hundió en el horizonte. Llegó la penumbra. Nadie habló más ese día. Todos, ya convertidos en sombras silenciosas, se dispersaron.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ante lo desconocido los mitos y rumores se alzan y resaltan abrazando lo cotidiano. Se dividen en dos tipos de personalidad cada una con sus respectivas caracteristicas...la intriga queda a la pregunta no resuelta: ¿cuanto de nosotros se describe en el pueblo Guaranguillan..y cuantos llevaremos una mujer como la de Antonio Claros? todo es cuento y los personajes narrados dominan al autor...el fin era previsible

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