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miércoles, 1 de agosto de 2007

EL SUEÑO DE LOS DETECTIVES SALVAJES POR SILVIA BANFIELD


El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte. R.B.

Debo haberme soñado. A veces me ocurre. Soy la ficción de lo real. Algo te transforma en la invención de ti mismo. Nadie te obliga, a un sueño se entra como a la dimensión de otra realidad, que puede ser laque se está viviendo en paralelo o un anticipo de algo. Es como un martes 13, da igual. A veces, pero no siempre. Viene, sucede, se cuelga en el calendario. Puede ser un lugar sin colores, un sitio ideal para la virtualidad o tan real como la realidad. Siempre acude una misteriosa luz que invita a abrazar el silencio. El lugar tiene múltiples formas, un espacio que se ajusta al sueño o puede ser muy preciso para recordarlo. El sueño se instala, la vaguedad o la certeza es del soñado.

El escenario era una Isla. Mar, arena blanca, sol quemante, la luz como un espejo sin dueño. Estoy leyendo, porque me veo de espaldas, correr unas páginas. Es un gesto que me conozco de memoria. Siento los movimientos cuando con una pluma marcó unas líneas de un libro. Hago un paréntesis no redondo entre líneas. Una línea vertical cortada por dos horizontales más pequeñas. Tienen la forma de ese pequeño metal con que se cargan las engrapadoras, clipsadoras, corcheteras le llaman algunos en el Sur. Es una manera de conservar intacta la línea, separarla del contexto para recordarla, pero no contaminarla con una raya, cruz o algo que la violente. Sentía una rara sensación de inestabilidad, algo parecido al “miedo” y con rabia conmigo misma. Esa extraña sensación que no termina de completarse. No sé cuantas veces dejé el mar a mi espalda y pensé en la felicidad. El sol era el rey indiscutido esa mañana. El gris y el frío de estos últimos 15 años, caían como una barra de acero sobre la Isla y se desintegraban. Sentía aún el sabor menta suave de un Titans, esos que comía al salir de clases de la Universidad. Se me deshacía lentamente en la boca. Así también ingresaba el paisaje, algo azucarado. La nieve se evaporaba en mi memoria y este paisaje se transformaba en un manjar blanco, aunque el mar nada tenía de espumoso. Un verde esmeralda tranquilo hasta llegar al horizonte. Siempre hay una ciudad frente al mar. ¿El hombre sueña el mar? ¿El mar es un espectador que nos mira impasible? ¿El mar nos invita a desafiarlo o a amarlo o respetarlo? Sus aguas entran tibias por las costillas de mi sueño. Las siento cálidas. Son aguas Caribe, transparentes, amigables.

Unos pequeños peces

Unos pequeños peces juegan con mis largas piernas. Se ajusta el adagio: como peces en el agua. En mis aguas viaja el tiempo, la noche del poeta. Una sensación similar tal vez a la de un USB cuando succiona su música o palabras favoritas. Sólo se siente el rumor cálido de la información, los mega bytes que juegan con los sentidos. El tiempo ahí no es una conclusión válida. Lo primero que uno cree vislumbrar es que el tiempo sobra. Un sueño tiene una capacidad infinita para desprender imágenes, motivar recuerdos posteriores, traer olores y atmósferas vividas quizás. Yo paseaba en la Isla con el poeta en un carrito de golf. Una historia magnífica o simple, en cualquier sueño. ¿Es un privilegio estacionar el sueño en algún lugar? Me prometí no mezclar las cosas. Pienso que el trago debe ser igual, on the rock. La mañana era un espejo de luz. El día variaba, las nubes corrían el cielo y cambiaban de color las horas que venían. La humedad sepultaba mis inviernos, la nieve que no abandonaba mi piel ni mis sentidos. La Isla es otra sensación fija un tiempo que no existe y si en verdad existiera, sería para sí mismo. Es como ese tiempo Maya sin tiempo en el calendario de las 13 lunas. Estoy leyendo en el sueño un libro de tapas rojas. Manejo un separador con unos hilos y cuencas. No sé por qué me recogí el pelo. Ahora recuerdo mejor, está amarrado. Es un detalle. Nada más. Siento el peso del libro sobre mis manos. Paso de leer en un cuarto sobre una cama con cubierta blanca, a una extensa playa y luego al borde de una pequeña pista de aeropuerto. Recuerdo que hice ese viaje. Fue un vuelo corto desde una ciudad frente al mar. La avioneta canadiense se empinó ágil y enrumbó suave, sobre el mar y un cielo levemente normal entre las plácidas nubes hasta que enfiló hacia la Isla para caer suave y ruidoso sobre una pista corta al inicio de un acantilado. Es como un matapiojos que zumba sobre el asfalto y sus alas abiertas sólo llevan viento hasta que el motor se apaga. Seguían mis ojos fijos en el libro rojo, sentía tirante mi piel, el sueño me recorría el cuerpo como un lagarto tibio dormido. El mar no traía ruidos, absolutamente calmo, se adivinaba en un espejo de agua inmenso. Vestí de blanco en mucha parte del tiempo, pero después aparecía con otro vestido largo, y mi cabeza daba mil vueltas de remolino. La portada se presentaba roja con un recuadro amarillo en el centro y tres tipos elegantes de los años 30 de Chicago. Sólo más esbeltos, con sombreros alones, delgados, caminando sobre la arena y detrás el mar. ¿Venían hacia mí o eran parte de mi lectura? Uno sólo vestía corbata, dos ensacados, con sus cuellos abiertos como si fueran grandes solapas, mirando hacia los lados. Aparentemente distraídos, dibujados sobre la arena ingresaban al sueño y adquirían forma: Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño. Venían con una intención clara, a conversarme y advertirme sobre un Carnaval dedicado a su autor, progenitor, padre literario, en un país lejano desdibujado en la geografía.

La fiesta de la palabra nace de la lectura silenciosa, un compromiso que es personal, como el que realizas ahora subrayando mi libro, viajando en el interior de sus páginas. Se puede leer en una Isla, avión, en un cuarto cerrado abierto a un gran ventanal detrás de una cortina, en el baño, en un parque, sala de espera, estación del Metro, sentado en una hamaca o al borde de una pista aérea. En la lectura no hay más precariedad que la aventura. ¿Es la vida de los otros? El mar no deja de explicarme que no hay horizonte lejano. Los detectives se cruzan de piernas en la orilla frente al mar y comienzan a escuchar. Quizás se sientan confundidos de mar. Se desprenden de sus sacos y dejan salir a su Autor, que ya me había dicho que la fiesta de la palabra..., con su clásico cigarrillo en mano, enfundado en su mirada de actor de provincia, ironiza:- Así que quieren hacer una fiesta con mi cadáver de Norte a Sur (cae la ceniza de su cigarrillo y se respira un aire tibio en la Isla. Me asienta el mar, por eso pedí que esparcieron mis cenizas en el Mediterráneo. Espero que lo limpien un poco porque me pone a toser por las noches. Me he reído mucho con eso de Carnaval y Fiesta inolvidable.

Qué fiesta inolvidable

Las noches que me pasé en el DF, los días caminando por sus sombras y después en un camping nocturno cuidando el amanecer de la vida de otros, leyendo a hurtadillas, cagándome de frío y de sueño. Y ahora un lumpencito llama a un Carnaval. Qué fiesta inolvidable. Los carnavales, es lo que digo, con fondos del estado, son un fracaso. Se convierte en retórica burocrática la más mínima payasada relacionada con la cultura y el arte de la mendicidad de fondos-lotería. (Yo me arrepiento de haberme presentado al Premio Nacional de Literatura, poco tiempo antes de morir. Y resulta increíble que Herralde insinúe que mi novela 2666 podría haberme dado el Premio Nobel de Literatura). Es mejor, más sano, y es lo que recomiendo, que Piglia dicte una cátedra, conversatorio, sobre mi obra en alguna universidad de buena voluntad. Él, desde el otro lado de la mesa, podrá decir algunas cosas sin compromiso. Pero eso de que soy un poeta dado a novelista, es una típica frase de un poeta frustrado o de un novelista que aspira marcar puntos. Son poetas que definitivamente pertenecen a las ONG de la poesía. Por ahí saldrá alguna promoción para escritores jóvenes con mi nombre y alguien se acomodará como jurado. Volviendo a la Fiesta inolvidable, esta es una frase de algún promotor que ha plagiado al mismísimo Peter Sellers. Tanto nos hizo reír Seller, que no hay que desconfiar de la risa, pero sí de los promotores, incluido cualquier producto, hasta el de la poesía.- Pienso SB, que te has perdido una Fiesta Inolvidable, afortunadamente. No me imagino cómo se iban a organizar, porque hasta para piropear al muerto hay que estar preparado. Supe que la mayoría de mis amigos no quiso participar y dar su nombre para avivar la viveza de la cultura Invitaron a Herralde, con lo que me costó para que me editara mis pinches libros. Al Mediterráneo me llegó la noticia que Herralde me definía como un explorador audaz, un buceador a pulmón libre, un trapecista sin red. Todo eso me parece haberlo leído antes, pero se publicaron los libros. La historia de La Literatura Nazi (Seix Barral) es muy distinta: no se vendió casi y fue guillotinada. Sentí, querida SB, como rodaba mi cabeza en París junto a Robespierre. Alfaguara, Destino, Plaza& Janéz, la habían rechazado. Me enteré que el organizador del Carnaval no conocía a Piglia. Hay que cuidarse de aquellos que elogian tu obra como un Manifiesto al futuro, esos que dicen sólo respirar Bolaño: Vade retro. La charlatanería es más antigua que la literatura. La literatura es un cajón de sastre lleno de alfileres.“La creme de la creme de la literatura está en los lectores. Por eso he pasado por aquí al verte en la Isla leyendo. En este momento especial tuyo, quiero homenajear al lector solitario, anónimo, ese que entra en una librería del DF, Barcelona, Denver, Buenos Aires, Puerto Montt, Boulder o París, y pide un autor, el que le plazca con pleno convencimiento que es el mejor para sus sueños. Al ladrón de sueños ajenos. Con todo puede hacerse negocio, inclusive con la literatura Afortunadamente el poeta Nibardo de Casarolli presentó un proyecto de cuarta pagado en euros que debió esfumarse de las manos del jurado ilustrísimo como pompas de jabón. Los libros verdaderos son la fiesta inolvidable. Confía en la poesía, que es lo que hace un novelista que no está pensando en el mercado. Sigue leyendo y me seguiré viviendo. QUÉ MÁS QUISIERA YO.

Epilogando la Isla

El mar se quedó dueño de la Isla. Bolaño se fue con su ejemplar de Los Detectives Salvajes, húmedo, mojado por el mar y su señalizador de papel verde, tenía en su parte superior una mariposa de papel y abajo dos hojitas. No alcancé a leer que página estaba leyendo.

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