viernes, 8 de febrero de 2013

Juliana Spahr, por Cristina Rivera Garza



La poeta norteamericana Juliana Spahr (USA, 1966) no ha dejado pasar por alto una porción singular de la producción literaria que se llevó a cabo en inglés hacia finales del siglo XX. En el artículo intitulado precisamente “Los 90”, Spahr enfatiza el valor estético y político de aquellas obras que se alejaron a propósito del inglés estándar o promedio no necesariamente para discurrir sobre la identidad, usualmente marginal o periférica, de sus autores, sino para “decir algo” sobre el inglés y sus experiencias de colonización en el mundo contemporáneo. Muy lejos de la visión dicotómica y más bien comercial que divide la literatura norteamericana de inicios del XXI entre los adeptos al realismo de Jonathan Franzen y los seguidores de David Foster Wallace, Sphar se concentra en una serie de autores que, ya a través del uso estratégico de otras lenguas o ya produciendo directamente en lenguas de contacto como el creole, han cuestionado el estado de las cosas y el estado de los lenguajes en los que vivimos. Sus lecturas críticas de poetas como Edwin Torres o Harriet Mullen, de Theresa Cha o Kim Mi Myung, o de narradoras como Renee Gladman, le permiten explorar eso que tan atinadamente llama “la inquietante desorientación lingüística producto de la migración” dentro del contexto de los debates que sobre el uso del inglés se llevaron a cabo en los Estados Unidos justo al mismo tiempo.

Aunque Spahr es una poeta norteamericana, nacida en el corazón del Medio Oeste de los Estados Unidos, y su lengua materna es el inglés, no sería descabellado del todo añadir su nombre a la lista de autores que se alejaron a propósito, desde los 90, del inglés estándar para “decir algo” acerca de las relaciones de esa lengua con las comunidades el mundo y con los cuerpos de esas comunidades. De This Connection of Everyone with Lungs (2005) a The Transformation (2007) yWell There Then Now (2011), tres de sus libros más reconocidos por la crítica y aún sin traducción al español, Spahr ha trabajado insistentemente en la desestabilización de la sintaxis convencional ya sea a través de la repetición, el uso peculiar de los pronombres en plural y, más recientemente, la incorporación de máquinas de traducción. Estas prácticas, que en tantos otros no pasan de ser meros ejercicios formales, son centrales para una obra que incorpora y liga lo personal, lo social y lo natural en grados pocas veces vistos en las literaturas de hoy.

Spahr escribe libros muy personales, a veces apabulladoramente personales, que cuestionan y desestabilizan, sin embargo, el coto limitado de lo privado. En The Transformation, por ejemplo, Spahr no sólo se da a la peculiar tarea de explorar su traslado a Hawaii y su confrontación con un colonialismo que define tanto en términos sociolingüísticos como ecológicos, sino que también visita críticamente la relación en trío que en ese entonces estableció bajo el mismo techo con dos hombres. En la sección “Sonetos” de Well Then There Now, Spahr afirma que “la confesión íntima es un proyecto”, y añade: “Las cosas deberían enunciarse más allá de lo personal /Las cosas sobrepasan la forma en que lo personal se dice”. Y, luego, en breves versos alineados hacia el centro del libro, obligando así a su mutua confrontación, la poeta da cuenta de los datos objetivos que resultan de pruebas de laboratorio médico: cantidades de hemoglobina, porcentajes de linfocitos y monocitos, densidades de lipoproteínas y colesterol. La presentación de cada cifra nos obliga a considerar los procesos científicos y sociales, es decir, públicos, a través de los cuales producimos nuestro conocimiento del cuerpo y, luego entonces, nuestras ideas de lo que nos es personal en las esquinas más intransferibles del yo encarnado. El yo es, de entrada, ese nosotros con el que y en el que nos volvemos “yo”—en el lenguaje de la poesía, sin duda, y en el lenguaje, también, de la medicina y la ciencia. La reflexión crítica no se detiene ahí. La mención de términos como “sangre” invitan a los siguientes versos: “Cuando se toma en cuenta la cantidad de sangre./ Cuando se consideran la fuerza y las cantidades de la sangre./ Cuando se piensa a la sangre como significado./ Una confesión íntima”. La sangre, advierte el poema, entrelazando el cuerpo con la casa que es un mundo estructurado a través de relaciones desiguales de poder: “La sangre es una fuerza, una casa./ Y la diferencia entonces entre los que invadieron y los que estuvieron ahí desde el principio”. En una especie de ecopoesía que busca encarnar en el lenguaje la conexión de las cosas intrínsecas al mundo, Spahr insiste en un catálogo, sí, pero en un catálogo completo: “Un catálogo del individuo y un catálogo del nosotros con todos./ Un catálogo del pensamiento completo./ Una casa donde nosotros yazgamos con todas nuestras complejidades./ Un catálogo de sangre”.

Tal vez eso explica su uso constante del primer pronombre del plural, ese nosotros que sustituye una y otra vez a un yo que, en todo caso, conecta y expande. En “Go Gentle, Do no Add to the Heartache”, el poema que Spahr publicó en la revista Tarpaulin Sky en 2005, la poeta se sirve del nosotros para dilucidar la experiencia colectiva que conecta la presencia humana en el mundo natural y la formación, a partir de ahí, de una comunidad social propiamente dicha. No era el tú o el yo al inicio; al inicio era siempre, siempre está, el nosotros. De ahí el arroyo iniciático que conecta, como los pulmones de su poemario que salió a la luz ese mismo año, el mundo natural con el cuerpo, y el cuerpo con distintos ecosistemas que termina alterando. Luego de un recorrido por el arroyo que deviene río y, eventualmente, golfo o mar; luego del proceso de nombrar hasta la más nimia criatura vegetal o animal, entonces: “Colocamos nuestras cabezas juntas sobre una pequeña almohada, sobre una piedra, sobre una pequeña almohada de piedra, y hablamos todo el día porque amábamos.// Amábamos el arroyo. Y éramos del arroyo.”

Y ahí, sobre esa pequeña almohada de piedra, ahí, con las cabezas juntas, hablando hasta el amanecer, ahí, 
justo ahí, empezamos todos. Tal vez.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Billy Collins: haciendo esquí acuático en la superficie de un poema, por Miguel Ángel Zapata



En una nación tan dispersa como los Estados Unidos, encontrar alguna señal de apoyo para las artes y la literatura podría ser casi un milagro para ciertos inocentes. Pero hay que reconocer que los Estados Unidos es una de las naciones donde la cultura posee un apoyo enorme (sin alcanzar el que debería tener debido a sus altos ingresos), el cual se cristaliza con premios, becas, patrocinios, y honorarios por cada lectura de poesía o presentación literaria. Como en el resto del mundo, la poesía es un paraíso secreto, y los medios de comunicación casi no le prestan atención.  Eso, al menos pudiera ser positivo si defendemos su soledad y su misterio. Una sola excepción me viene a la memoria: Bill Moyers.  El periodista norteamericano, a fines de los ochenta (1989) inició una serie en la televisión pública, The Power of the Word, dedicada a la divulgación de la obra poética de un grupo selecto de escritores, con el fin de que una gran mayoría pudiera ver y oír lo que tenían que decir los poetas en la actualidad. Después, publicaría un libro de entrevistas con varios poetas de los Estados Unidos.  Ese fue un gran intento de llevar el arte al pueblo, esencialmente a los adolescentes de ese entonces, y a los niños en las escuelas públicas y privadas.  Uno de los premios más significativos de los últimos tiempos ha recaído en el poeta y profesor universitario, Billy Collins (1938).

Billy Collins fue nombrado Poeta Laureado por dos años consecutivos (2002-2003), y Poeta Laureado del estado de Nueva York (2004-2006).  Collins es autor de seis libros de poesía, entre los que destacan Picnic, Lightning; The Art of Drowning; Questions about Angels, Sailing Alone Around the Room, y Nine Horses.  Ha publicado sus poemas en revistas norteamericanas de renombre internacional tales como Poetry, American Poetry Review y Paris Review. Billy Collins ha recibido numerosos premios, así como el reconocimiento de la Fundación Nacional para las Artes y la Fundación Guggenheim.  Escribir y publicar poesía en una nación donde hoy en día la oscuridad es la metáfora del desconcierto, es ya un acto heroico de supervivencia. El sueño de lo cotidiano es una rareza, y el sueño de lo imposible sólo se puede conseguir en el imaginario de las artes y las letras.

Se podría decir que los actuales gobernantes de los Estados Unidos están más preocupados en el arte de la guerra que en la situación de su literatura o de las artes, o más seriamente en la situación de los seres humanos que viven en el gran país del norte, o en los que se fueron a morir por la patria.  Estados Unidos es una tierra de grandes poetas, los cuales son y han sido muy influyentes en la literatura universal. Basta señalar algunos nombres: Ralph Waldo Emerson, Edgar Allan Poe, Amy Lowell, Gertrude Stein, William Carlos Williams, H.D., T.S. Eliot, e.e. cummings, Hart Crane, Ernest Hemingway, Robert Bly, Allen Ginsberg, Frank O’Hara, John Ashbery, W.S. Merwin, Mark Strand, Theodore Roethke, Charles Simic, Louise Glück, Margaret Atwood, James Tate, Yusef Komunyakaa, y Billy Collins.  Y mientras los candidatos a la presidencia de la república discuten sus posibilidades para controlar Irak y el terrorismo, los poetas leen su poesía en cafés, universidades, museos, publican sus libros, y en el fondo oscuro de las ciudades salen a veces a gritar al cielo y al gobierno sus injusticias y olvidos, como una señal de insatisfacción, y para la salud de la mística del cielo y de la vida citadina, se oye alguna canción mundana y avasallante de los Beastie Boys, y otra de Miles Davis para la larga noche.   

Por eso, para el lector extranjero, y para los interesados (que no siempre son poetas) que no viven en los Estados Unidos, las traducciones (versiones) de poesía norteamericana son una ventana abierta necesaria para conocer su cultura y a sus poetas.  El hecho de admitir  que la poesía en este país tiene sus adeptos no es un sueño romántico ni nacionalista sino una realidad palpable. Algunos amigos, y el mismo Billy Collins ha dicho en más de una ocasión que los lectores de poesía son tantos como los poetas mismos.  Hay una salvedad: en Nueva York, el público que asiste a los recitales de poesía es cada vez más numeroso, y tampoco es extraño escuchar recitales de John Ashbery, Charles Simic, Louise Glück, David Lehman, Philis Levin o Billy Collins, y decenas de poetas de varias partes del mundo que ofrecen recitales todos los días en distintos lugares de la gran manzana. El arte en la ciudad de Nueva York no sólo puede percibirse mirando la sombra de los rascacielos en la era de la postciudad, sino también en la inmensa cantidad de galerías de arte, cafés, museos, y universidades.  Entre esa multitud selecta se pasea el poeta Billy Collins con su abrigo negro, saliendo de clases, o yendo a tomar un café y leer un libro de Thomas De Quincey.  

La poesía de Collins trae un lenguaje refrescante para la poesía norteamericana. Es una poesía en apariencia lineal, pero si se le lee con paciencia y desconfianza, el lector se encuentra con un poeta profundo e irónico: sus poemas encierran en sus paredes una extraña transparencia.  El principio de cada poema siempre trae algo inesperado: “Derramo una capa de sal sobre la mesa/ y trazo un círculo con mi dedo”.  El silencio es inmediato, y pareciera confundir el encabalgamiento suscitado por una imagen inusual.  Leemos a Billy Collins porque en sus poemas hay una extraña transparencia.  Es una transparencia que nos lleva por jardines olvidados en los sueños, por la grama de una pesadilla, y el descubrimiento de una palabra nueva. La poesía y su lenguaje siempre están escuchando al poeta escribir sus versos. La novedad está en cómo lo inesperado se configura en un poema: “les pido que hagan esquí acuático/ a través de la superficie del poema”. Tal vez sugiere alguna nueva forma de moldear la superficie del poema cuyo centro es el agua que cambia de aspecto con el viento de la pluma, o forzada por un esquí acuático.  Pero mejor aún, aquí tiene el lector tres versiones de su fresca y profunda poesía, como el agua, como los trenes.  


Poemas de Billy Collins
Versiones al español de Miguel Ángel Zapata

Diseño
Billy Collins

Derramo una capa de sal sobre la mesa
y trazo un círculo con mi dedo.
Este es el ciclo de la vida
le digo a nadie.
Esta es la rueda de la fortuna,
el Círculo Ártico.
Este es el anillo de Kerry
y la rosa blanca de Tralee
les digo a los fantasmas de mi familia,
los padres muertos,
la tía que se ahogó,
mis hermanos y hermanas venideros,
mis hijos por venir.
Este es el sol con sus rayos relucientes
y la luna amarga.
Este es el círculo absoluto de la geometría
le digo a la hendidura en la pared,
a los pájaros que cruzan la ventana.
Esta es la rueda que acabo de inventar
para rodar por el resto de mi vida
y lo digo
tocando mi lengua con el dedo.

De Sailing Alone Around the Room (New York: Random House, 2001)


Centro
Billy Collins

Les pido que agarren un poema
y lo sostengan en alto a contraluz como una transparencia de colores
o que presionen una oreja a su colmena.
Digo que dejen caer un ratón en el poema
y lo observen para ver cómo sale
o que caminen dentro del cuarto del poema
y sientan las paredes
les pido que hagan esquí acuático
a través de la superficie del poema
Pero todo lo que quieren hacer
es amarrar al poema en una silla con una soga
y torturarlo hasta que confiese
Ellos comienzan a azotarlo con una manguera
para saber si dice de verdad

            De Saling…

            
Letanía
Billy Collins

    Tú eres el pan y el cuchillo,
  La copa de cristal y el vino.
        Jacques Crickillon
Tú eres el pan y el cuchillo,
la copa de cristal y el vino.
Eres el rocío en el césped
de la mañana y la rueda 
ardiente del sol.
Eres el mandil blanco del
panadero y la marisma de
pájaros de repente en vuelo. Sin embargo, tú no eres el
viento en la huerta, los
ciruelos en el mostrador
o la casa de naipes. 
Y ciertamente no eres el aire
fragante del pino.
De ninguna manera eres el aire
fragante del pino.
Es posible que seas el pez debajo
del puente,
hasta tal vez la paloma en la cabeza
del general,
pero ni siquiera puedes soñar ser
el campo de flores de maíz en 
el crepúsculo.
Y una mirada rápida en el espejo mostrará
que no eres ni las botas en el rincón ni
el bote durmiendo en su cobertizo.
Te pudiera interesar saber,
hablando de la imaginería juguetona del mundo,
que soy el sonido de la lluvia en el tejado.
Sucede que también soy la estrella fugaz,
el diario de la tarde volando por el callejón,
y la canasta de castañas en la mesa de la cocina.
También soy la luna entre los árboles,
la taza de té de la mujer ciega.
Pero no te preocupes, no soy el pan y el cuchillo.
Tú todavía eres el pan y el cuchillo.
Siempre serás el pan y el cuchillo,
por no decir la copa de cristal  y –de alguna manera-
     el vino

De Nine Horses (2002)

lunes, 4 de febrero de 2013

Flores en las grietas de Richard Ford, por Hugo Fontana


Richard Ford nació en Jackson, Mississippi, en 1944, y es hoy uno de los escritores vivos más importantes, que continúa en plena y notable producción (en Estados Unidos acaba de aparecer Canadá, su última novela, aún sin traducir al castellano). Autor de una generosa obra, debutó en 1976 con Un pedazo de mi corazón, a la que seguiría cinco años más tarde La última oportunidad. En 1986 publicó El periodista deportivo, el primero de sus grandes títulos y el comienzo de la trilogía protagonizada por Frank Bascombe, que continuaría luego con El Día de la Independencia (1995, primera novela premiada simultáneamente con el Pulitzer y el PEN/Faulkner) y Acción de gracias (2006). Entre tanto, sus lectores también pudieron acceder a Mi madre (1988, breve volumen autobiográfico), a la novela corta Incendios (1990) y a los libros de cuentos Rock Springs (1987), De mujeres con hombres (1997) y Pecados sin cuento (2002). Y si bien sus dos primeros títulos revelaron acaso demasiadas búsquedas y experimentaciones –un estilo muchas veces oscuro, abigarrado, dominado por una violencia que parecía exceder incluso a sus propios protagonistas-, el resto de su obra es un ejemplo de maestría, de libertad y de responsabilidad frente al ejercicio de la literatura, de examen y compromiso ante una estética sin concesiones. Y en su esencia, de todo esto trata Flores en las grietas, colección de artículos de diversa procedencia, reunidos en libro en edición castellana y aún sin publicar en tal formato en su idioma original.

Una conferencia de prensa, cuatro prólogos (a las novelas Revolutionary Road de Richard Yates, y Años luz de James Salter, a la antología The Essential Tales of Chekhov, preparada por el propio Ford, y al Granta Book of American Short Story de 2007, en el que ofrece un exhaustivo análisis del cuento como género literario), algunas notas de claro carácter evocativo en los que desfilan recuerdos familiares y su intensa relación con Raymond Carver, y algunos artículos a propósito del Ford en su intimidad creativa dan forma a un volumen que nos proporciona una extraña cercanía con el autor, un arte de complicidad pocas veces logrado entre un escritor en la cumbre de su carrera y sus eventuales lectores.

El Chéjov americano

Es casi previsible que un admirador del minimalismo dé comienzo a la lectura de este libro por el artículo “El buen Raymond”, aparecido en The New Yorker en octubre de 1998. Carver y Ford se conocieron en 1977 en un encuentro de escritores celebrado en la Southern Methodist University of Dallas, cuando el primero llevaba publicado su libro de cuentos Quieres hacer el favor de callarte, por favor, y Ford su primera novela, que había pasado por crítica y librerías con poco éxito.

“Con honestidad debo decir que en aquel momento”, cuenta Ford, “no sabía quién era Raymond Carver. Entonces no estaba claro que en los años siguientes todo el mundo conocería su nombre, que sus relatos serían un modelo formal, ni que sería elevado a la categoría del ‘Chéjov americano’”. El Carver de aquel momento, a año y medio de haber dejado de beber con la ayuda de Alcohólicos Anónimos, aún estaba casado con su primera esposa, la madre de sus dos hijos, aunque el matrimonio hacía mucho tiempo que estaba condenado y pronto el autor de Catedral se cruzaría con Tess Gallaguer. Era una persona de mala fama pero que empezaba a atarse con furia a ciertos parámetros de normalidad en el trato hacia los demás y, en particular, hacia sí mismo. Ford comenta que invitarlo “a una fiesta de escritores o a dar clases en tu universidad, prestarle el coche, encargarle que se ocupara de tu piso en tu ausencia o que sacara a pasear tu perro podía resultar peligroso”.

“…lo primero que recuerdo haber oído acerca de Ray aquella semana en Dallas, incluso antes de prestarle atención, es que había estado mucho tiempo sumergido en la bebida, que había tratado una y otra vez de dejarla”, continúa Ford, para agregar luego que “Como es natural, ha habido toda una serie de historias relativas al ‘Raymond malo’ (su nombre para él, un nombre que le gustaba), historias relativas a sus días de borracheras en San Francisco, Cupertino, Iowa City otra vez: ciudadanos aplastados con sillas, un golpe imprudente en una arteria vulnerable que provocó una carrera por las calles de una ciudad para evitar que la persona herida muriera desangrada. La bancarrota. Coches remolcados, riñas con todo el mundo, deudas impagadas, policía, cheques robados, tiempo robado. Los viejos tiempos.”

Tres barcos pesqueros

En esa época Ford vivía en Princeton con su esposa Kristina, donde daba clases y, gracias a un dinero que había ganado en Hollywood, se había comprado una bonita casa, tenía un coche francés y una vida tranquila. Todo ello admiraba Carver y así lo repetía una y otra vez en sus primeras visitas, cuando comenzaba a emprender una serie de trabajos universitarios y preparaba sus siguientes volúmenes de cuentos. Y Ford agradece con énfasis el carácter bonachón de su amigo, su generosidad (“Habló bien de mí a mis espaldas: a editores de Inglaterra y de Francia; a su amigo y editor Gary Fisketjon, que luego fue amigo mío; a periodistas que nunca habían oído hablar de mí o de lo que había escrito…”), su franqueza a la hora de intercambiar y de solicitar opiniones acerca de trabajos manuscritos, su deseo de salir adelante simultáneo al deseo de suerte para sus amigos.

Desde entonces, y durante los diez años siguientes en que Carver estuvo vivo, se volvieron a ver muchas veces, compartiendo la tarea de dar a conocer sus escritos en diversas ciudades. En ese sentido, el artículo “Amistad”, que Carver publicó en el volumen La vida de mi padre, y que narra un viaje a Londres que hizo junto a Ford y a Tobías Wolff, es sin lugar a dudas uno de los relatos más conmovedores a propósito del vínculo afectivo que supieron compartir.

Una primera parte de la vida de Carver cargada de penurias dio paso a una avidez incontenible una vez que el éxito llamó a sus puertas: “Ray quería un barco pesquero, así que compró tres barcos pesqueros. Quería una casa nueva en Port Angeles, así que compró dos casas nuevas. Quería un bonito coche nuevo, así que compró un Jeep Cherokee rojo y un día apareció en Missoula conduciendo un Mercedes 300D nuevo plateado cuyos asientos, como pude observar, eran de plástico, no de cuero. ‘Por Dios’, dijo enfadadísimo, ‘ya me ocuparé de eso. Verás como la próxima vez que me veas llevo asientos de cuero u otro coche. Eso, por descontado. Pagué por asientos de cuero. Y los quiero’”. Y la segunda parte, sin dudas despiadadamente corta, sirvió sin embargo para dejar una huella indeleble en la narrativa de nuestro tiempo, pero también, siempre según las palabras de Ford, para marcar a fuego a todo su entorno: “En esos años, estuve durante un período de tiempo prolongado a la sombra de Ray, bajo su protección (si es que no lo estoy todavía o si alguna vez dejaré de estarlo). Y aunque yo seguramente deseaba el bien para mí, siempre me gustaba que cayera a mi alrededor. Comprobar de cerca cómo Ray se hacía famoso era instructivo. Me gustaba verle aferrado a su humildad ante las alabanzas clamorosas, ver crecer su confianza en sus elecciones, pero no cejar en su empeño de que la nueva selección de cuentos fuera mejor que la anterior”.

Un padre en bicicleta

Cuando Richard Ford entraba apenas a la adolescencia, su padre, un viajante de comercio, enfermó del corazón, y el muchacho fue enviado a vivir con su abuelo, quien gerenciaba un gran hotel en Little Rock, Arkansas. Allí, según nos cuenta en “El hotel”, aparecido en Harper’s Magazine en 1998, el incipiente escritor escuchó e imaginó sus primeras historias, historias de hombres y mujeres viviendo en una lujosa tierra de nadie, un lugar de paso donde se hospedaban políticos que llegaban a una convención partidaria, algunos famosos como Jack Dempsey, Harry Truman y Ricky Nelson, y vendedores que luchaban contra la soledad de las carreteras. “Oigo el tintineo de unas llaves, una puerta que se cierra nuevamente, luego pasos sobre el corredor alfombrado. Después la fragancia de un perfume suave en mi habitación, un olor a orquídea a mi alrededor, donde estoy solo, acostado e inmóvil…”

El abuelo, Ben Shelley, había sido boxeador, camarero y proveedor de hostales, y era un hombre locuaz y gordo que introdujo al nieto en un deporte en el que no brillaría pero que le serviría para otorgarle un oficio al protagonista de Incendios: el golf. Y uno de sus primeros recuerdos al respecto es la paciencia de Chester, el jefe de botones del hotel, un negro que dedicaba sus vacaciones a practicar golf y que algunos fines de semana, casi obligado por Shelley, llevaba al muchacho a un campo público en Fort Roots, donde le ofreció sus primeras e infructuosas instrucciones driver en mano.

Y en ese mismo plano evocativo de algunos de los artículos del libro, destaca y emociona el breve “Un padre y una bicicleta” (The New Yorker, 2002), en el que Ford recuerda algunas de las fiestas de fin de año pasadas en compañía de sus padres, y una en particular, cuando él tenía diez años y ellos le regalaron una bicicleta. “Cuando terminé mi primera vuelta en bicicleta por la parte de atrás de la casa, mi padre la montó a su vez, con su traje de trabajo, su sombrero y un par de gruesos zapatos marrones que usaba en la calle. Dio una vuelta, y otra y otra –un hombre voluminoso, de cincuenta años, nacido en 1904, montando una bicicleta de niño-, hasta que mi madre, refiriéndose a él, dijo que pensaba que nunca me permitiría volver a montarla, tanto era el placer que parecía extraer de aquel momento (o que le parecía a ella, quien, de todas manera, también lo amaba).”

El propósito de la literatura

En “Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa” (conferencia publicada en Michigan Quarterly, 1992), “La lectura” (Anateus 59, 1998), “¿De dónde viene la escritura?” (Granta 62, 1998) y “Holgazanear mientras la Musa recarga pilas” (The New Yorker, 1999), además de en los prólogos ya citados, Ford habla del acto y del oficio de escribir. Algunas de las primeras corroboraciones que se desprenden de esos textos giran alrededor del estatus social y académico que la literatura ha adquirido en Estados Unidos, algo que también va de la mano con la postura del escritor ante sus lectores y ante el propio acto de creación.

Sus planteos van de lo simplemente anecdótico –sus estrategias a la hora de culminar un trabajo y comenzar otro, sus períodos de ocio, las posibilidades laborales que los distintos centros universitarios ofrecen a un escritor y cómo estas influyen a la hora de convertir un ejercicio más o menos solitario en una verdadera profesión- a lo agudamente conceptual, y en todos ellos brilla y se transmite una manera de entender la literatura como un fenómeno de una complejidad y una responsabilidad absolutas. Adentrarse en el desarrollo que Ford ofrece con perseverancia y honestidad provoca una inocultable envidia. Estos artículos están escritos por un individuo que pertenece a un mundo donde su oficio ha adquirido un relieve de primera línea, donde la enseñanza de lo que los yanquis llaman “escritura creativa” se ha transformado en una generalizada opción curricular, y donde el escritor no solo puede tener a su alcance los medios necesarios para abrazarse a una carrera sino que también cuenta con el respeto de todos los estamentos sociales. La escritura, según estos textos, es entendida como un fin en sí mismo, y no como un mero preámbulo para ocupar algún cargo administrativo o de gobierno.

Y ello libera al escritor de la muy extendida condena de formular un mundo de personajes y épicas políticamente correctos. “Creo, y probablemente vosotros también, al menos en principio”, asevera en su conferencia, “que a veces el propósito de la literatura es insultar, ofender, conmocionar, reprender y crear incomodidad en los lectores…”. Y un par de páginas más tarde sostiene que “La Libertad y el Arte no son instituciones, y a nosotros, los escritores –lo mismo que a los cineastas, los fotógrafos o los pintores- nadie tiene nada que reclamarnos. No empleamos a nadie, no otorgamos ningún cargo, no tenemos clientes ni relaciones fiduciarias; no estamos sometidos a la supervisión de nadie, salvo por decisión personal. A los escritores no se les pide que sean democráticos.” Y de inmediato agrega: “Y nuestra obligación no es halagar al lector ni crear modelos positivos, sino intentar por encima de todo, contar al lector algo que no sabía acerca de un tema que le interesa, y que una vez que lo conoce, se vuelve esencial”.

Flores en las grietas. Autobiografía y literatura, de Richard Ford, Editorial Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona, 2012, 222 páginas

Fuente: http://sub-urbano.com/textos-de-richard-ford-algo-que-no-sabia-acerca-de-algo-que-me-interesa/

El saltamartí/ El tentetieso de Joan Brossa en edición digital


El saltamartí/ El tentetieso
  
“Joan Brossa es uno de los mayores y más innovadores artistas del siglo XX. Sin embargo, su obra es muy poco conocida fuera de las fronteras de Catalunya y prácticamente desconocida fuera del estado español. En Sigueleyendo nos hemos propuesto editar la obra de Brossa en digital y en edición bilingüe. Así, los lectores españoles, latinoamericanos e incluso norteamericanos podrán acceder a un autor, desde nuestro punto de vista imprescindible, en su lengua original.
Esta es la primera vez que se publica a Joan Brossa en edición digital. Traducida por el también poeta “Carlos Vitale.

“En un ambiente poético largamente enquistado en (y dominado por) un cierto neorromanticismo floralista, la obra de Joan Brossa estallará, tarde o temprano, como una bomba de relojería, y obligará a un replanteamiento de la historia de la poesía catalana contemporánea. Silenciado o ignorado por la cultura oficial(ista), tras una apariencia cotidiana y hasta superficial, la poesía de Brossa exige del lector una gran perspicacia y una enorme capacidad de juego, para desentrañar la gravedad de aquello que se esconde detrás de una máscara risueña y distanciada. Satírico, irreverente y desmitificador, Brossa ha publicado docenas de libros que han ido conformando, en su diversidad de metros y estilos (sonetos, sextinas, poesía visual, etc.), un corpus personal y reconocible. El tentetieso (El saltamartí, 1969) es una de sus obras más emblemáticas. “ CARLOS VITALE, traductor y responsable de esta edición.

EL SALTAMARTÍ/ EL TENTETIESO
Joan Brossa
Edición bilingüe traducida por Carlos Vitale.
Poesía
205 págs
Precio: 3’99 €
Biblioteca de autor


Sobre el autor

Nacido en 1919 en Barcelona, Joan Brossa murió en 1998. Después de la guerra civil, conoció a J.V. Foix en el año 1941 y, después, a Joan Miró y Joan Prats y escribió sus primeros libros, La bola i l'escarabat (1941-43) o Fogall de sonets (1943-48). En la misma línea neosurrealista, siguió Romancets del Dragolí(1948). En 1947 participó en la realización de la revista Algol, germen de lo que sería Dau al Set, los fundadores de la cual fueron Joan Brossa, Antoni Tàpies, Modest Cuixart, Joan Ponç, Arnau Puig y Joan Josep Tharrats. Durante esta época también escribió prosas como la recopilación Proses de Carnaval (1949) o la pseudonovela Carnaval escampat o la invasió desfeta (1949). A partir de 1950, la poesía de Brossa experimentó un giro hacia el compromiso social, en parte gracias al encuentro con el poeta brasileño Joâo Cabral de Melo. Em va fer Joan Brossa de 1950 representa una ruptura formal y temática profunda (la realidad retratada con un lenguaje prosaico). Un interés político-social manifestado en odas, sonetos y obras de teatro de una estructura más tradicional (Des d'un got d'aigua fins al petroli -1950-, Catalunya i selva -1953- o El pedestal són les sabates -1955-, entre los libros de poesía, y Cortina de muralles -1951-, Els beneficis de la nació -1958- o Or i sal -1959-, entre los de teatro). Paralelamente, desarrolló un interés conceptual, a partir de los años sesenta (Poemes civils -1960-, El saltamartí -1963-, etc.). Inició también  sus experiencias de poesía visual y objetual, que lo condujeron hacia el mundo de la plástica. Sus colaboraciones con artistas son abundantes: El pa a la barca (1963), Novel·la(1965), Frègoli (1965) , etc., con Antoni Tàpies; Oda a Joan Miró (1973) y Tres Joans (1978), con Joan Miró; Cartipàs (1974) y La cabaleta (1974) con Moisès Villèlia; Tal i tant (1983), con Frederic Amat; El bosc a casa (1990) con Perejaume; Brossa i Chillida a peu pel llibre (1995), con Eduardo Chillida, etc. En el campo teatral, los años sesenta representaron la intensificación de las acciones-espectáculo y de otros géneros parateatrales, como los monólogos de transformación o los ballets, ópera y conciertos. Destacan las colaboraciones con Josep M. Mestres Quadreny y Carles Santos (Suite bufa de 1966 o Concert irregular de 1968). Por otro lado, a partir de la publicación de Poesia Rasa (1970) (selección de libros escritos desde 1943, continuada en Poemes de seny i cabell -1977- y Rua de llibres - 1980-) y los seis volúmenes de Poesia escènica (entre 1973 y 1983), Brossa destacó como una de las figuras capitales de la literatura catalana contemporánea, a la vez que comenzaba a ser reconocido internacionalmente como artista plástico. Recibió diferentes premios o reconocimientos (Premio Ciudad de Barcelona, 1987; Medalla Picasso de la Unesco, 1988; Premio Nacional de Artes Plásticas, 1992; Premio Nacional de Teatro de la Generalitat de Catalunya, 1998, etc.).

Recital de Julio Nelson en la Casa Mariátegui



ASOCIACIÓN AMIGOS DE MARIÁTEGUI   
CASA MARIÁTEGUI

INVITAN:


"EL OTRO UNIVERSO"
(Poesía)



CON:

JULIO NELSON
(Poeta y narrador)

Presenta:

JORGE LUIS RONCAL

Presentación artística:
TAKANAMANTA

 MARTES 5  DE FEBRERO A LAS 6:30pm.
CASA MARIÁTEGUI
WASHINGTON 1946-CERCADO DE LIMA
Ingreso libre

domingo, 3 de febrero de 2013

La ópera fantasma de Mercedes Roffé, por Paul Guillén


Dentro del concierto de voces de la poesía latinoamericana la poesía de Mercedes Roffé (Buenos Aires, 1954) es una de las más inclasificables, aunque en apariencia su poesía o su sintaxis o sus formas parezcan "simples". Y es precisamente en esa "simplicidad" que habita el germen de lo nuevo y de lo revolucionario del oído y de la imagen. En varias oportunidades he mencionado, siguiendo al poeta cubano José Kozer, que se puede percibir dos líneas claras en la poesía latinoamericana: una línea diáfana y la otra imbricada, una línea fina y la otra espesa, una línea transparente y una línea de enmascaramiento como sugirió el crítico venezolano Guillermo Sucre. La poesía de Roffé no se instala en ninguna de estas dos líneas ni en su cruce y ni siquiera se hace problemas con esas distinciones. Su poesía, ajena a una carga demasiado pesada de tradición literaria, transita otros referentes como la música, la pintura o el teatro.

La ópera fantasma, octavo poemario de Roffé, se abre con un epígrafe de Octavio Paz: "Por una vía que, a su manera, también es negativa, el poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio, página en blanco. Un silencio que es como un lago, una superficie lisa y compacta. Dentro, sumergidas, aguardan las palabras", esta cita, es en buena parte una poética del libro de Roffé, la página despliega sus movimientos a través de los blancos de la página, y al contrario de una sensación de vacío, esos espacios no están deshabitados, están poblados por la resonancia de las voces. Por ello en este libro no se utiliza la primera persona del singular, sino una forma neutra, impersonal e intemporal. El poeta se torna así en un medio (un catalizador) y no en el centro de la enunciación. La ópera fantasma está compuesta por dos capítulos (Aproximaciones a la boca del rey y La ópera fantasma) que abarcan cinco secciones (El Lago (Chances Are), Definiciones Mayas, Situaciones: eventos y conjuros, Teoría de los colores y El pájaro de fuego).

En la primera sección una de las ideas recurrentes y que se repetirá a lo largo del libro es el paralelismo entre los términos "silencio", "muerte" y "sueño", tal vez la cita de Maurice Blanchot, en el poema Égloga oscura, nos ayude a contextualizar mejor esta operación: "Sólo eso es lo que Orfeo fue a buscar al Hades... su único propósito: ver en la noche lo que la noche oculta, la otra noche, la disimulación que aparece" (25), entonces, de lo que se trata es "ver" con otros ojos, el poeta debe "ver" la/su realidad con otros ojos.

La siguiente sección es Definiciones Mayas y contiene textos vinculados a lo que podríamos conceptuar como un diálogo con la oralidad, como la misma autora refiere: "Según [el etnólogo] Burns esas 'definiciones' habían sido dictadas o anotadas por su informante Alonzo Gonzales Mó, para explicarle a él mismo, el investigador, el sentido y usos de algunas palabras y expresiones mayas, y contribuir así a preservar su propia lengua y cultura" (31), así es como desfilan mediante aproximaciones y metáforas las palabras "A veces", "También", "Entonces" y "Paisaje".

La tercera sección, y la que cierra el primer capítulo del libro, es Situaciones: eventos y conjuros. Dicha sección se abre con un epígrafe de Antonin Artaud: "Una suerte de horror nos invade al ver esos seres mecanizados, cuyas penas y alegrías no parecerían pertenecerles, sino más bien obedecer a antiguos ritos que les fueran dictados por una inteligencia superior. Es esa intuición de una Vida más alta y prescrita lo que más nos sorprende, como una especie de rito que pudiéramos profanar". Esta sección trabaja con algunas ideas como la descripción obsesiva y minuciosa de ciertos objetos, la mezcla de voces dentro de un gran teatro delirante: "Toma ahora un retazo de alguno / de los que enloquecieron de sus voces" (62), el ritmo de la naturaleza, etc.

La cuarta sección es la que abre el segundo capítulo y se llama Teoría de los colores al parecer Roffé juega con las nociones intercambiables de poesía, música y colores. Esta sección es la sección más intertextual de todas encontramos referencias a la pintura de Redon, Moreau, Crane, Maillol, entre muchos otros.

Por último, la quinta sección El pájaro de fuego sus mayores referencias son piezas musicales de Bach, Schoenberg, Tan Dun, entre otros. Una de las ideas más importantes que nos deja esta sección es expresada así: "Dice el salmista: / Sin habla y sin palabras / aún así su voz se oye" (120), y el poeta siempre nos dirá, a pesar de su voz y siguiendo a Bach y Celan: "Fuga / Fuga de muerte" (150).

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...