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jueves, 21 de julio de 2011

EL BARROCO DE SANTIVÁÑEZ

¿Te consideras partícipe del lenguaje neobarroco en tus últimos libros?
Me siento bien en el neobarroco, si es que lo es. Yo prefiero hablar de poesía del lenguaje, terreno al que he llegado después de muchos años de trabajo en la poesía conversacional. La evolución empezó en el año 1995, en la soledad de un departamentito en Pueblo Libre. Estos son trabajos que buscan la secuencia fónica y un lenguaje que se autoilumina.

¿No es un poco oscuro para el lector?
Hay algo de hermetismo, pero la poesía no tiene por qué tener una semántica realista. Es otro lenguaje, autónomo, referencial y tiene su propio arte.

El neobarroco tiene más arraigo en Argentina, México, Uruguay. ¿Te ligaste a él por vivir fuera?
Ya lo había empezado en Lima y lo desarrollé a fondo estando en Estados Unidos, donde vivo refugiado en la poesía. Leo, escribo y soy profesor en la universidad.

Tratas la palabra como materia independiente de su significado…
Exacto, en su valor intrínseco, en el sonido, en su color y articulación. En Estados Unidos conocí José Kozer, Eduardo Espina, a Reynaldo Jiménez, que vive en Buenos Aires, y a unos mexicanos más jóvenes. Este es el movimiento de la poesía del lenguaje, originada en el neobarroco y en la antología de poesía latinoamericana “Medusario” de Roberto Echavarren.

¿En qué contexto ves tu poesía?
Nosotros nos vemos como latinoamericanos porque en Estados Unidos no hay colombianos, brasileños, bolivianos ni paraguayos: somos latinos. No hay diferenciación.

¿Te has desprendido de tu identidad peruana?
No puedo desprenderme. Martín Adán y Eielson están muy metidos en mí.

Tras estar en una línea que viene de los 60 y 70, ¿en tu evolución has ido hacia los clásicos anteriores?
Siempre es bueno retroceder para avanzar. Nací como poeta mientras imperaba el conversacionalismo. Era imposible sustraerse, era el tono de la época. Pero luego tienes que encontrar tus propios caminos, enroscarte con las palabras y pasar a otras playas.

¿El Perú está presente, así sea de manera cifrada?
Siempre lo estará, porque llevo al Perú en el alma. Y se filtra a través de una memoria, de un objeto. En la construcción del poema, a pesar de que yo trabajo los sonidos como si se tratase de notas musicales, voy encontrando una semántica secreta que se incorpora.

¿A qué poetas peruanos te sientes más próximo?
A Mario Montalbetti, por la lectura de su obra, aunque eventualmente nos comunicamos.

¿“Amaranth”, el otro libro que presentas, se relaciona con “Roberts Pool Crepúsculos”?
Lo escribí cuando estaba en la Universidad de Princeton, el 2009. Está emparentado en algún sentido con “Roberts Pool Crepúsculos”, aunque el trabajo es más barroco acá. En “Roberts…”, el lenguaje es más órfico, más plástico. “Amaranth” es una fantasía verbal fónica.

¿Tu vínculo con la escritura parte de la lectura y la meditación? ¿No influencian la música y lo lúdico?
Lo lúdico está en el trabajo con el lenguaje. La música es fundamental. No puedo vivir sin ella, sobre todo rock and roll, aunque también puedo escuchar a Bach, dependiendo del momento. La música es central, por su capacidad evocadora; me trae muchas memorias oír una canción que escuchaba hace treinta años, me mueve los sentimientos.

Plegaria

Amo tu sonrisa de rosa sobre mí
Moviéndote eres un mar devastador
Que posee entera paradisíaca luz

En la penumbra densa & ligera
Brillas como del firmamento
La más lejana estrella sur

Monte deleitoso me das el dulce estilo
Ahora que el aire es leve brizna q’ se mueve
& me abre las compuertas del deseo

Un ansia enferma mi corazón esmalta
Como a los arrozales el surtidor alcanza
O la neblina ciega el amanecer en Lima

Fuente: El Comercio

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