lunes, 29 de enero de 2018

Historia y ficción en Los juicios del dios agrella de Zsigmond Remenyik, por László Scholz

En una efímera publicación de Valparaíso, La Estrella se lee en abril de 1922 la noticia siguiente: "... el escritor Z. Rememjik (sic) pertenece a los más libres de los intelectuales de la nueva generación de su país, Hungría...", y al anunciar la publicación de su tomo de poemas ("libro rotundo y verdaderamente original") se lo cataloga como representante ejemplar de las letras nuevas que "un muy próximo mañana substituirá, inevitablemente, a las degastadas expresiones estéticas y los estrujados conceptos literarios en uso" [1]. Los comentarios son, por supuesto, altisonantes y exagerados - son de 1922, momento eufórico del torbellino vanguardista -, pero conllevan una buena dosis de veracidad: el escritor húngaro Zsigmond Remenyik (1900-1962) contribuyó efectivamente con un aporte sustancial a la renovación de la literatura de aquel entonces tanto en América Latina como en Hungría. Entre 1921 y 1926 pasó unos seis años en la Argentina, Chile y Perú, y según lo detallamos en otra oportunida [2], publicó tres "epopeyas" [3] en castellano y firmó también el cartel vanguardista de Rosa Náutica donde su nombre aparece incluido entre celebridades de la talla de J. Edwards, G. de Torre, Huidobro, Borges, Maples Arce [4].
Remenyik no dejó de escribir en español ni siquiera después de su regreso a Hungría en 1926: entre los textos que se guardan hoy en la Biblioteca Nacional de Hungría se ha localizado [5] un extenso trabajo en prosa; su título es, con una evidente referencia al poeta vanguardista de Valparaíso, Los juicios del dios Agrella; el manuscrito es de 107 páginas mecanografiadas, y lleva la fecha de 1929. Queda inédita hasta hoy en castellano; en húngaro salió una versión abreviada en 1938 [6], en la traducción del propio Remenyik, así como el texto íntegro en un volumen publicado en 1979 [7].
El tono, la escritura y la estratificación del texto sugieren, a primera vista, una obra poco madura, escrita a lo mejor con demasiado apuro, casi como si fuera un extenso poema vanguardista para irse pegando por capítulos en las paredes. Mas engaña la apariencia: Los juicios del dios Agrella se estratifica de un modo bien pensado y cada una de sus capas resulta bastante compleja.
El primer nivel podría llamarse "documental". Tenemos varios datos que indican que la intención original del autor no fue sino elaborar un recuento testimonial de la historia del renombrado grupo vanguardista de Valparaíso. El propio título lo sugiere en la versión húngara: "Agrella emléke" (La memoria de Agrella); dicha versión además va precedida por algunas frases introductorias que definen el texto como "necrología y biografía" e insisten en presentar la vida del poeta protagonista, Neftalí Agrella en "su valor material" [8]. La fecha de su génesis del texto es igualmente llamativa: 1929, es decir, tres años después del regreso definitivo a Hungría, el autor parecía hacer un balance de sus vivencias latinoamericanas y, al realizarlo, renegó de sus obras poéticas anteriores, pero no de las experiencias que salvaba para sus novelas posteriores.
Nuestra lectura de Los juicios del dios Agrella encuentra ampliamente cumplida la intención del autor: la obra sin duda alguna es un documento de primerísima calidad sobre el grupo vanguardista de Valparaíso. Casi en el estilo de Roberto Arlt, Remenyik pinta un cuadro verista de los bajos fondos de esa ciudad: nos presenta implacable la vida de los pescadores, marineros, carniceros, lavanderas, cocineras, chulos y prostitutas, así como la miseria, el alcoholismo, la delicuencia. Los escenarios, los personajes y sus idearios representan el mundo de la marginación total. En la segunda parte de la obra el protagonista pasa a ser Agrella y se da el caso curioso que esas páginas parecen ser la fuente más extensa de la vida y filosofía del poeta chileno. (Lo curioso roza ya con lo absurdo si tomamos en cuenta que Agrella no murió en los años veinte según pensara Remenyik en 1929, sino en 1957 [9]; es decir, se escribió una memoria necrológica de un literato vivo, lo que suena como puro vanguardismo huidobriano.) Con Agrella Remenyik nos inicia en el mundo de los poetas de aquel entonces, nos presenta a los autores del manifiesto de Rosa Náutica, nos lleva a Nueva York donde Agrella se encontró con Marinetti, etc. El carácter testimonial se refuerza aun más en los últimos capítulos en los cuales el autor inserta los apuntes de Agrella como sendos documentos decisivos en memoria de los turbulentos años de los ismos.
El segundo estrato está estructurado por las ideas que pone el autor en boca de su protagonista. Se trata de una serie de afirmaciones filosóficas, políticas y estéticas - son los juicios de Agrella - que en su mayoría aparecen expresamente formulados, es decir, sin trasposición literaria. El bagaje intelectual de los vanguardistas de Valparaíso son ricos en matices, pero no revelan ningún sistema elaborado ni coherente. Profesan un credo bastante internacionalizado con huellas futuristas, activistas y anarquistas. De entre la larga serie de ídolos baste con mencionar a Whitman, Swift, Gorki, Apollinaire, Marinetti, y a Marx, Darwin y sobre todo Trotsky con quien Agrella mantenía correspondencia. Los temas tocados son igualmente múltiples: vida y muerte, revolución y justicia social, genio y arte, materia y alma, la naturaleza humana, el mundo sin Dios, etc. Agrella confiesa ser anarquista: "Yo anunció la anarquia, la brutalidad de lás leyes, i la necesidád de lás teoriás, porqué una teoria, que sea la más condescentiente aun, es una barrera innatural..." [10] (sic). El leitmotif de sus juicios se da en el lema de
"¡Revolución y burdeles!, implicando la destrucción de la sociedad con todo su andamiaje para desembocar en la aniquilación total. Dice: "la mujer! el matromónio! la familia! cása de orátes! tóda la história humana es tan corta, neciamente tan corta, i clára, que en ninguna de sus partes tiene secrétós! en el futuro me suicidaré, entonces llegará el fin del mundo!" [11] (sic). 

La presentación de tales ideas se relaciona evidentemente con el conocido ensayismo de la narrativa del siglo 20, mas el envolvente tono profético le confiere muchas veces el carácter de la escritura automática de los surrealistas.
La obra de Remenyik no se constriñe a ser un texto documental y de ideas de la época vanguardista, sino constituye una valiosa tentativa de crear una narrativa nueva en 1929. Su intención se formuló explícitamente no sólo por el subtítulo de Los juicios del dios Agrella (se menciona "novella", es decir, cuento literario), sino también por la siguiente frase:
"Llegué a conocer así no sólo la vida sino también la maravillosa manera de pensar de ese hombre, de tal modo que su figura creció tanto que sobrepasó los límites de la realidad y se convirtió en un personaje novelesco." [12]
Este nivel, el tercero, de Los juicios del dios Agrella nos revela que Remenyik se propuso estetizar sus vivencias de Valparaíso y, según testimonio de su obra, fue uno de los pocos que se arriesgaron a hacerlo no sólo en las formas poéticas de la vanguardia sino también en el género de la narrativa. Nuestro autor llegó a "poetizar" la narrativa, pero no siguió el camino de la lirización de la misma según lo realizara, por ejemplo, Martín Adán en La Casa de cartón (1928), sino la poetizó según los criterios de los ismosmás violentos de la década veinte. Su texto no se contenta con modificar los parámetros del género: los mina y revienta con un vanguardismo consecuente para sorprender al lector con una formidable anti-narrativa.
¿Cómo lo realiza? Primero destruye la linearidad tradicional del relato y produce un texto totalmente fragmentario. En 107 páginas diseña no menos que 92 capítulos, dando como resultado una estructura hecha de los añicos de un mundo despedazado. Desaparece con ello toda trama convencional, mejor dicho, hay varios episodios paralelos, pero todos quedan constantemente truncados. Los hechos, además, quedan siempre relegados a un nivel distinto al de los acontecimientos: no se los representa en directa, sino los recuentan narradores del más dudoso estatus existencial. Como veremos, por tal procedimiento ni siquiera lo documental de la vida de Agrella queda intacto debido al artículo que se añade como postdata al último capítulo. El espacio y el tiempo novelescos pierden igualmente su vigencia; verdad que aparecen bastantes escenarios reales desde Valparaíso hasta Nueva York, desde la mar hasta la selva, pero todos se fijan en un solo cuadro estático, en el de contar, en una atmósfera casi siempre lúgubre, los acontecimientos y los juicios.
El lenguaje y el estilo, a su vez, se han alejado del concepto prevanguardista de la narrativa: su rasgo decisivo puede definirse como un profuso culto al feísmo. Agrella dice al respecto:
"...indudablemente Swift o cualquiere de los literátós estás cósás hán podidó contár más descrétamente, pero la vrutalidad es mi fuerza, que me cuida de todó concertár miseráble!" [13]
Como se ve Remenyik nunca llegó a dominar el español con toda perfección (dicho sea de paso que su lenguaje suena igualmente ajeno en su lengua materna); pero el estilo que inaugura en Los juicios del dios Agrella quiere ser imperfecto adrede: de hecho, el texto conserva el ambiente de los conocidos poemas de la vanguardia donde prevalece lo patético, extático, muchas veces lo profético-bíblico, y se siente a lo largo de toda la obra una desmesura intencionada para evitar cualquier tentación de producir un estilo "literario".
La imaginería se abastece, sin duda, de los hallazgos anteriores de Remenyik como poeta. Por una parte, abruma al lector con una avalancha de metáforas surrealistas (un toro negro se instala en un hotel de lujo, frente a la estatua del célebre viajero burgués Odiseo; llegan a las ciudades los nuevos profetas en motocicleta; los ladrones llevan en sus ojos cuchillos, siete estrellas y una media luna [14], etc.); por otra, nos acerca cada vez más al mundo de los milagros, al mundo absrudo: una de las amantes de Agrella aparece "al ládó de lós baldes i caldérás, lavando libros sucios i rotós"; el héreo escucha alguna "música salváje... con violines i trompétás, i sobre tódó con un triste saxofon" desde el fondo del cementerio; es casi apocalíptico lo siguiente:
"Hé visto cláramente, que bestiás enormes siguen mis huellás, enormes bestiás ascósás, que llenan tódás lás calles, i pásan sobre los automóviles y tramviás, mugian terriblemente..." [15]
El concepto que desarrolla Remenyik del protagonista es tal vez lo que está dotado de más originalidad entre sus hallazgos. Ya en el título anuncia que le atribuye carácter divino al poeta, en lo cual sigue al pie de la letra el principio de Huidobro ("El poeta es un pequeño Dios." [16]) según lo formuló en su texto sobre La pura creación:: "... toda historia del arte no es sino la historia de la evolución del Hombre-Espejo hacia el Hombre-Dios..." [17] La aparición de Agrella en los primeros capítulos es efectivamente de un ambiente digno de un dios, pero después el protagonista se humaniza hasta lo máximo. Es un vagabundo harapiento, sumergido en los menconados bajos fondos de los marginados, abusa de sus compañeros, comete atrocidades, no respeta ninguna forma de lo sagrado, etc. El dios Agrella encarna la miseria humana en su integridad, representa el estado de la angustia, del horror de los existencialistas y llega a afirmar que no hay, no puede haber, redención para el mundo. Él mismo rechaza ser sobrenatural diciendo "no creo en lo sobrenaturál, solamente nosotrós sómos bajónaturáles!" [18] El protagonista de Remenyik no es ningún héreo, es el hombre de siempre, vil e insalvable, que no aguanta la deificación ni la ficcionalización en el sentido tradicional: se es un anti-héroe. Sruge del creacionismo, pero prefiere destruir; propaga la vida nueva, pero se prepara para el suicidio; insiste en las ideas, pero es lo más anti-intelectual posible.
Y Remenyik no se contenta ni siquiera con esa solución, da una vuelta más a la tuerca: en el último capítulo nos presenta a Agrella como un dios verdadero, adorado por los indios de la Tierra de Fuego. La escena es netamente sarcástica y muy del estilo de las postdatas de Borges: tiene la función de anular la validez de todo lo anterior. Por tal procedimiento Remenyik nos indica que en último término no acepta ni siquiera al dios humanizado, al contrario, lo encuentra tan ridículo como a las demás deidades; transponiéndolo al nivel del arte: el protagonista creador se escinde en su propia caricatura y con él se pone en ridículo toda salvación de las artes por el propio arte. Los juicios del dios Agrella llega a ser, de esta manera, una obra que se niega a sí misma, que se autodestruye: es una anti-narrativa.
Los juicios del dios Agrella, en resumen, es una extraña mezcla de distintos estratos, géneros, intenciones y también de calidad muy variada, como si lo hubiera escrito Arlt, Macedonio y Borges en equipo. Pero en su realización, es decir, en estetizar en una forma narrativa vanguardista una historia vivida, Remenyik se ubica como uno de los experimentadores más consecuentes de la narrativa de la década veinte y como un lejano antecedente de las tentativas renovadoras de la época del postboom. Si Borges acierta diciendo que los precursores siempre se crean a posteriori , es hora, supongo, de resucitar a ese eminente "descompositor" o "levadura" [19] de nuestras letras que se llama Zsigmond Remenyik.
[1] Véase "Las modernísimas tendencias de la literatura: el activismo", en: La estrella (Valparaíso), 4 (1922), 3
[2] Ver László Scholz: "Remenyik: un vanguardista húngaro en América Latina", en: Hueso Húmero (Lima), 7 (1976), 88-100
[3] Las tres tragedias del lamparero alucinado, Lima, Ed. Agitación, 1923.
[4] Véase Saúl Yúrkievich: "Rosa Náutica, un manifiesto del movimiento de vanguardia chileno", en Bulletin de la Faculté des Lettres de Strasbourg, VII, avril, 1968; la monografía fundamental de Georges Ferdinandy: L'oeuvre hispanoamericaine de Zsigmond Remenyik, Strasbourg, 1969 y The Hague-Paris, 1975; el texto se reprodujo también en el libro de Jorge Schwartz: Las vanguardias latinoamericanas, Madrid, Cátedra, 1991, 95-97.
[5] Se encuentra bajo la signatura de FOND 109/216.
[6] "Agrella emléke" I-II, en: Szép szó, 1938, 24-25.
[7] Ver A képzelgõ lámpagyújtogató Budapest, Magvetõ, 1979, 105-279.
[8] Ver Ferdinandy, op. cit. p. 356.
[9] Consúltese los comentarios de Ferdinandy (II/2).
[10] Ver capítulo 89, p. 103.
[11] Ver capítulo 90, p. 104.
[12] Consúltese FOND 109/13/2: 'Plan de Peligro y aventura, datos autobiográficos', 1933, p. 9.
[13] Véase cap. 45, p. 48.
[14] Cf. los capítulos 2, 3 y 11 (págs. 3, 4, 14).
[15] Cf. los capítulos 64, 84, 63 (págs. 71, 98, 69) respectivamene.
[16] Véase "El arte poética" en El espejo de agua.
[17] Cf. V. Huidobro: Obras completas, I, 658.
[18] Cf. capítulo 90, pág. 104.
[19] Cf. FOND 109/13/2, p. 10.

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