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viernes, 10 de abril de 2009

BIOPOÉTICA DE JOSÉ KOZER POR PAUL GUILLÉN

Bajo el naciente sello editorial “Ediciones de Coral” del poeta y crítico Víctor Coral se acaba de publicar el libro Biopoética del poeta cubano José Kozer (La Habana, 1940). Como se afirma en el texto de presentación titulado “Liminar” se trata de una extensa entrevista seguida de cuatro poemas inéditos (Matanza, Arcadia, Actividad del azogue y Reino). El recorrido parte desde la infancia de Kozer hasta llegar a la actualidad en una mezcla de análisis textual y validación biográfica. En ese sentido, el entrevistador es más bien parco y analítico, y le da más importancia a lo que expresa el entrevistado para remarcar la fluidez del discurso. Desde el inicio, se nos da una clave para entender la poesía kozeriana como un “soltarlo todo, echar para afuera, no dejar que se te pudra nada en el alma”, y así podríamos entender el proyecto total de esta poesía que cuenta, en la actualidad, con 7,328 poemas, a razón de un poema por día.

Para Kozer la infancia fue un mirar por la hendija de “los opacos episodios” o “una sombra deshilachada”, en tanto, la adolescencia fue “esquizoide, un esquizoide suave y protegido, pero esquizoide”. En la infancia, la figura materna (o femenina) cobra vital importancia. En la adolescencia, la figura paterna se torna más fuerte: “el padre, por su parte, era el silencio tajante, la parquedad cortante, la voz de mando incontrovertible. La mano del militar”. Entonces, para Kozer la escritura se convierte en ese espacio, donde el padre no puede entrar, un espacio libre de autoritarismo: “mi padre habló muy mal el castellano, con un acento judío fuerte, abrir la boca era ser identificado, ya como extranjero”. En otro momento de la entrevista Kozer es claro en afirmar que no existe una serie de influencias en su poesía, sino que todos los libros que ha leído influencian su escritura y que, por lo general, leer otros textos “poesía, ficción (poco ensayo)” se cuelan en la composición de un nuevo poema: “si leo a Góngora algo en mí se gongoriza de inmediato pasando al texto, si entonces me pongo a leer a Wang Wei, algo se me guangüeíza en el poema que escribo”. Kozer despliega así su poética proliferante y afirma que los poetas que lo marcaron en su juventud fueron los simbolistas franceses como Rimbaud y Baudelaire, y luego los poetas norteamericanos como Stevens, Eliot, Pound, Williams, Dickinson, y, más adelante, Frank O’Hara, George Oppen, Olson, Zukofsky, Spicer. Otro de los puntos claves para entender la poética kozeriana es la diferencia que realiza entre poetas de la transparencia o de la experiencia y poetas de la dificultad o de la palabra, esto dicho frente al manipulado y malentendido término “neobarroco”: “mi poesía, calificada tantas veces de neobarroca, tantas veces tildada de neobarroca, es asimismo conversacional. El auténtico barroco, el del Siglo de Oro y el actual, en todas sus vertientes nacionales y transnacionales, contiene en su espesor, en su densa proliferación de jungla y magma, de barro y ciénaga, un continuo entreverar de módulos lingüísticos que son pura conversación, anecdotario personal, claro que vuelto ficción, claro que pasado por el tamiz de la invención”. En ese sentido, Kozer prefiere el término poetas de la dificultad, antes que poetas neobarrocos, que se ha convertido en un término fácil para designar lo “hermético”: “el hermetismo es más bien hijo de la pereza lectora, de la pésima costumbre de cargar las tintas lectoras a lo directo, facilón y retoricón”.

Para terminar, sólo quiero transcribir esta lección frente a la crítica que nos enseña José: “yo recibo de la crítica, la que se publica y la que en los corrillos se rumora y se chismea sotto voce (muchos envidiosos ahí) (y muchos analfabetos corrosivos que se escudan en el anonimato para decir sus barrabasadas de personajes marcados por la mediocridad y la impotencia) muchos elogios y ciertos ataques: del budismo zen aprendí a disolver los elogios, no es que no me sean gratos y que no los agradezca, al contrario, pero procuro que no me afecten por miedo a que empiece a escribir poemas pensando en algo tan exterior a mi existencia como lo que se pueda decir de esa existencia y su trabajo. Los ataques me los paso por el forro, suelen ser rastacueros, y no hay que perder el tiempo”.

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