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jueves, 19 de junio de 2008

LA ÚLTIMA CRÓNICA DE JORGE SALAZAR POR ENRIQUE SÁNCHEZ HERNANI

Gracias a la poeta Yamileth Latorre me entero que se ha creado un blog homenaje al recientemente fallecido escritor y periodista Jorge Salazar. Dicha página reza en su parte final: “creado por los alumnos del IX ciclo del taller de periodismo deportivo de la USMP. Salazar detesta la Internet”. Aquí los dejo con un sentido homenaje que apareció en el diario El Comercio firmado por el poeta Enrique Sánchez Hernani:

PERIODISTA Y ESCRITOR DE PULSO NERVIOSO, CULTOR DE LA CRÓNICA ROJA Y AUTOR DE NOVELAS PREMIADAS, JORGE SALAZAR SE MARCHÓ ESTOICAMENTE A LOS 67 AÑOS. FUE TODO UN PERSONAJE EN LAS REDACCIONES DE DIARIOS Y REVISTAS DONDE LABORÓ, Y LABRÓ SU VIDA COMO UNA INTERMINABLE AVENTURA. TAMBIÉN ERA UN GOURMET DE POLENDAS Y UN GRAN AFICIONADO AL FÚTBOL. AQUÍ UNA BREVE SEMBLANZA EN SU MEMORIA

Por los años ochenta Jorge Salazar lucía su impresionante levedad sobre una mesa circular de madera, cubierta acomedidamente por el clásico mantel a cuadros, en el antiguo café El Koala de la calle Camaná, aferrado a un cigarrillo encendido y con un lapicero sobre un papel en blanco. Ningún escritor podía haber sido más delgado ni tener esos ojos que disparaban como mortales pistoletazos. Por entonces era periodista de la revista Caretas pero El Koala era su verdadero centro de trabajo. Allí atendía a sus invitados y daba vueltas sobre la crónica que le tocaba escribir cada semana.

A pesar de ser tan flaco, Coco -así le llamaban sus amigos- había cultivado una fama de hombre con poca misericordia. Me parece que le gustaba aparentar que era tan duro como Clint Eatswoood. De menor altura que el actor, Coco, sin embargo, era una copia mestiza del desalmado pistolero que aquel encarnaba en las pantallas. Y siempre tenía una historia cruda con la cual impresionar a sus contertulios. Diríase que tenía una afectuosa propensión a las historias donde había mucha sangre coagulada y un par de nudillos sacándole un chasquido a la piel ajena.

No por nada en 1980 había ganado el codiciado premio literario Casa de las Américas con su novela La ópera de los fantasmas. El volumen, con una prosa nerviosa y cuajada en la crónica roja, narra la tragedia del Estadio Nacional, cuando el 24 de mayo de 1964 un árbitro nos anuló un gol durante un partido entre las selecciones del Perú y Argentina y desencadenó una furibunda e innecesaria reacción policial frente a la irritación de las tribunas. El resultado: 327 personas muertas. Coco estuvo allí y contó lo que vio en su libro.

El otro rasgo que pudo contribuir a esa falsa imagen suya de rudeza era su pasado en una de las tiendas políticas de izquierda que se hizo célebre en los sesenta: el Ejército de Liberación Nacional, cuyo mártir más visible fue el poeta Javier Heraud. Coco se había hecho un ferviente admirador de Cuba cuando a los veinte años, tras un holgado peregrinaje por Inglaterra, regresó al Perú visitando Canadá, los Estados Unidos y Cuba. El verbo flamígero de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución lo había persuadido.

Sin embargo, Coco era apreciado por sus amigos no solo por su charla vertiginosa, donde acumulaba homicidios y otras defunciones, cuando no las pormenorizadas hazañas de sus viajes, sino porque era un cocinero exquisito y un amante obsesivo del fútbol, sobre el cual disertaba con pasión y sapiencia. Pero lo que desconcertaba a sus amigos, que se diluían en envidias de todos los calibres (seamos sinceros), era su facilidad para enamorar a mujeres bellísimas. La más célebre de sus amantes fue una núbil modelo inglesa de nombre Moonbean, con quien volvió al Perú, después de uno de sus viajes a Inglaterra.

Moobeam desconcertó al entorno salazariano. Era rubia, de intensos ojos azules y tan bella que mirarla muy seguido hacía que nos dolieran los ojos. Tanta luz no era tolerable para la retina humana. Pero un día se marchó y Coco no dio ninguna pista de haber quedado descompuesto o maltraído por la partida. Siguió departiendo en El Koala, bebiendo tanto café cargado como podía soportarlo una persona de menos de cincuenta kilos de peso y fumando a pulmón batiente.

Lo suyo era la literatura y el periodismo. Y cocinar a veces, o conversar con los amigos en otras, o conquistar una nueva beldad. Coco pasó por otras redacciones y publicó más libros: Poggi: la verdad del caso (1987), La medianoche del japonés (1992) y Los papeles de Damasco (2006). En todos había su cuota de marginalidad, salvo el último volumen, el cual indagaba sobre la esquiva y misteriosa figura del Jesús histórico, distinto del Mesías religioso. La novela le sirvió para despacharse sobre la idiosincrasia de la sociedad judía de aquella época y dar cuenta de la fascinación que, en el fondo, tenía por ese personaje con rasgos de mago y que curaba tan solo con la palabra.

Cuando últimamente empezó a dar señales del mal cardíaco que lo afectaba, toleró el apremio con dignidad. Siguió, mientras pudo, con sus clases de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Martín de Porres, asombrando a sus alumnos. Y a sus alumnas, valgan verdades. Hoy debe estar deambulando en ese espacio oscuro (o tal vez cristalino) donde moran los personajes a los que persiguió en sus crónicas periodísticas, haciéndoles preguntas, sin darles tregua. Descansa en paz, Jorge.

2 comentarios:

Terpsícore dijo...

Paul:
Es una de las mejores crónicas que he disfrutado de la pluma de Enrique.
Gracias por compartirla con tus lectoras.
Saluditos,

yo soy dijo...

buena crónica... me he distraido un poco

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