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viernes, 13 de junio de 2008

PUERTA DE EXILIO: Libro de Poesía de Samuel Cardich por Miguel Ildefonso

En este reciente viaje a Huánuco, en donde di lectura de mis dos últimos libros de poesía, junto al narrador Fernando Carrasco, quien presentaba el número de estreno de la revista cantuteña Sol de Ciegos, pude recibir de sus propias manos el ejemplar de Puerta de exilio (Hipocampo Editores, 2008) que acaba de aparecer. Reacio a dar entrevistas, pero carismática persona, conocí algo más a don Cardich, quien junto a escritores y poetas como Andres Cloud, Mario Malpartida, Virgilio López Calderón, Fabián Nieves, Miguel Rivera, Andrés Jara, sumados los integrantes de la revista Letra Muerta, entre otros, forma la potente movida de la ciudad del clima más bello del mundo, como dice el letrero en la entrada.

Samuel Cardich (Huánuco, 1947), poeta y narrador, ha sido profesor en las universidades Daniel Alcides Carrión y Hermilio Valdizán. Entre sus libros de poesía están: Hora del silencio, De claro a oscuro, Mudanza, Blanco de hospital y Ultimo tramo. Descendiente de croatas y afincado en el pueblo de Amarilis, ha forjado su obra poética al margen de las corrientes y movimientos generacionales de la poesía peruana, como lo explica el estudioso Manuel J. Baquerizo. “Además de dotado cuentista, desde un comienzo (breves colecciones de 1977,1982 y 1983) nos pareció un poeta genuino, acertado forjador de una visión ‘fresca y natural’, sin excrecencias retóricas, conforme lo señalamos en el prólogo que escribimos para edición completa de ‘Hora de silencio’ (1986)”, señala también el poeta y crítico Ricardo González Vigil acerca de este magnifico escritor.

Puerta de exilio es un la voz madura de un poeta en cuya relación íntima con el lenguaje logra conciliar la sabiduría del oficio con la frescura de los relámpagos del entusiasmo. Está estructurado en cuatro partes: Diario de Arena, en el que se suceden paisajes en donde vamos conducidos por una sosegada música armoniosa: “Después de divagar por el difuso paisaje/ de su territorio, el pesado abejorro/ que da con la música de su vuelo solemnidad/ a la mañana, toca la lila o la suave textura/ de una pasiflora y las hechiza/ con el arrebatado bordón de su guitarra.” Es el cuaderno de la naturaleza y la música.

En Al Pie de la Memoria vemos la mirada del poeta vuelta a la infancia “cuando emprendía/ una larga caminata por el arco de un collado/ e iba con pie firme/ en ruta de ascenso hacia la cima.”, o a los retratos hallados: “Tregua del tiempo en el recuerdo mudo/ que busca hoy asilo”.

Botella al Mar es el encuentro sobre todo con la orilla del mar: “el peregrino/ quejado de otredad, que recorría/ su litoral y lo encontraba cada vez mas solitario/ al margen del mundo”. Vemos al poeta como poeta (o gaviota o peregrino o viejo navegante) frente al mar entre el desencanto y la esperanza.

En la última sección, El Divagar Soñado, el fulgor de la lengua ensaya su salto al cuerpo de la amada: “La palabra quedó en suspenso, la silla tibia/ aguardando el arribo de unos ojos/ callados pero ávidos, de un cuerpo con su voz/ que se asiente a mi costado y sepa darle/ al desbocado latir del corazón,/ la calma que sofrene su loco extravío.” O más adelante: “Siente la yema de los dedos rozar el botón/ de sus senos de rosa, la mano entera/ caer con avaricia por su vientre/ para romper la maraña oscura que recubre/ el secreto de su pubis y atrapar/ como una garra/ su orquídea roja, alucinante.”

Mejor los dejo con un poema entero de esta sección, el de la sensualidad y el erotismo, para así calentarnos del frío limeño:

Ex Acto

Ruptura del exacto encaje del acto
detrás del fin que finge con un gimo la agonía.

Dado el desenlace del lance en el lecho,
ahora sólo rezagos del hecho, apenas
estrías de tibieza en la piel
que ardía cuando la mano quieta
buscaba saciar su sed de senos
y de pubis, y atizar el deseo de cosechar
la miel interna, la más dulce,
acompasando las partes con la cadencia
de la pelvis, en un largo bis
de afuera adentro y otra vez adentro afuera adentro,
antes que cayeran exangües, separados,
uno al lado de la otra,
dándole reposo a cada cuerpo
y cerrando con fatiga los sentidos,
excepto uno que queda en guardia atenta
al llamado de la fiebre por venir,
de la nueva acometida.

Así, arrojados por la marea de los cuerpos
a la orilla del cansancio, en laxitud
gratificada por la sonrisa del epílogo que extiende
en la boca el rictus feliz del saciado acto de amor.
La calma.

Lima, 12 de junio 2008

1 comentario:

Iván dijo...

Gran poeta.

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