lunes, 9 de junio de 2008

UN ENSAYO DE MARTÍN ALVARENGA: El sueño que no quería soñar: TURISMO EN EL MUNDO DE LAS PIRAÑAS

Una amiga, en una charla de café, me formuló la consigna: “Tenés que escuchar el tema musical que te resulte más bello, a la medianoche. Luego te acostás en paz con ese momento sublime. Después soñarás –vaticinó - el mejor de los sueños”. Cerca de la medianoche de ese día, escuché un clásico contemporáneo, el bolero Cuenta conmigo, con música y letra de Chico Novarro, más el agregado de la voz grave y blusera de Daniel Riolobos.

Seguí minuciosamente los pasos que mi amiga me había recomendado y, al acostarme, sentí que me desintegraba o me desmaterializada en el Mar del Olvido de la Vida para ingresar reconstruido por mi imaginación en los Mares del Sueño del Recuerdo, que estaba a dos o tres pasos de la Muerte y a diez centímetros de la Agonía.
Pero no le di importancia a la Muerte ni a la Agonía; tenía que avanzar en el cumplimiento de mi sueño. Pues todo sueño es una realidad invertida que nos ayuda a comprender la realidad y, paralelamente, todo sueño – al menor descuido – puede desbarrancarnos a la pesadilla. Soñé perdiendo la razón en una profundidad tan misteriosa como nuestra presencia en este Valle de Burlas; soñé perdiendo la sinrazón en este Mundo Satánico y Santurrón; soñé que en el terraplén del sueño era catapultado a la grieta sin contemplaciones de esa forma de terror que se llama pesadilla.

Ahora avanzo por la llanura sinuosa y dentada ornada, de tanto en tanto, por colmillos que lastiman como alambres de púas, armando la escenografía, los personajes y la anécdota de esta puesta en escena de lo que se parece a la antesala de la tragedia, sin excluir que a veces la experiencia tiene sus toques de comedia.

Estoy en Corrientes, por supuesto, ciudad de los delirios y, por ende, de una indiscutida insensatez, una ciudad cuya escalera de caracol nos conduce generalmente al infierno y, a veces, por milagrosos instantes, a la Tierra Sin Males. Camino por sus calles y noto algo que me resulta curioso: todos los habitantes de la ciudad, señores, señoras, niños, ancianos, jóvenes y adultos, en su deambular por sus esquinas y el cruce de sus bocacalles van bailando una especie de cumbia, movimiento al que cada uno se entrega frenética y lujuriosamente agitando sus caderas, sus hombros, su torso y sus piernas como si participaran de un ritual de Sodoma y Gomorra.

Pasa un tipo y pregunto: “¿Eh, jefe, qué es lo que pasa!”. El tipo me responde: “Comience a mover el trasero que se vienen las pirañas”. “¿Por qué, buen hombre?”. “Pero dígame –me dijo, molesto -, ¿usted dónde vive? O todavía no se enteró que estamos en una sociedad llena de caníbales”. Ahí pesqué lo que el tipo me quería decir y empecé a mover mi trasero y toda mi debilucha osamenta. “¡Cuidado!, que allá se vienen”, me advirtió el tipo haciendo contorsiones al paso acelerado de una supuesta cumbia que parecía la danza del vientre. Lo imité y aunque me sentía el bicho más ridículo del mundo iba caminando y bailando simultáneamente. Lo asombroso es que a quienes se mueven continuamente las pirañas no lo tocan, pues no al no estar en su hábitat natural pierden su parte de su movilidad, pero así aun son veloces y peligrosas. El mortal que se detiene aquí sí que es finado instantáneo.

Un tipo pintón y canchero se quedó quieto y, al segundo se desparramó como una calavera. Parecía un rompecabezas óseo, amorosamente disperso por el pavimento: su cabeza de hueso rodó hasta la ochava próxima y su malogrado espinazo casi se deshizo en la fachada de una pinturería. El dueño del local, al ver espectáculo le dijo a su empleado: “A éste hay que darle un baño de antióxido”. “¿Señor, las calaveras también se herrumbran?”. “¡Cómo que no!” –dijo el otro y prosiguió-: “cuando no hay vida no hay esperanza y uno se oxida”.Distinguí a mi derecha un bar, custodiados por tres patovicas que liquidaban con sendos matamoscas a las pirañas más agresivas. Sin dejar de moverme - como la legendaria Dalila que sedujo a Sanon - ingresé al bar. Allí ya no se bailaba, todos los parroquianos estaban mirando por televisión un encuentro de fútbol.

Dispersos en el espacioso ambiente del bar, en las mesas y a cierta distancia, notoriamente separados, se habían juntado dos patotas de barrabravas que copaban el boliche y vivaban cada uno por su equipo. Por un lado, con escamas grises, las pirañas gubernamentales tenían una sólida defensa que protegía a su arquero para evitar un empate; en el otro sector, las pirañas con escamas verdes, presentaba una ofensiva tenaz; estos carnívoros se autodenominaron las pirañas del campo. Pregunté a una señora que estaba cerca si eso era una final del torneo apertura y ella me dijo “Es un encuentro a todo o nada: el equipo que pierde el campeonato pierde también la vida”. La piel se me ponía carne de gallina. Levanto la cabeza y en un pared una pintada dice “CONSERVE SU VIDA: SEA USTED NEOLIBERAL –SE LO RECOMIENDA EL GRAN HERMANO.” En la pared opuesta la pintada anuncia “¿QUIERE RESPIRAR AIRE PURO? VIAJE EN EL TREN BALA”. Y otro más: “SEA EXITOSO, HÁGASE CANÍBAL”. Súbitamente, una piraña burguesa y, a la vez, campesina hace un gol de chinela a pocos metros del arco, por un pase magistral de una piraña de su equipo. El grupo campestre estalló de alegría, y la otra parte se deshizo en impotencia, en pocos segundos se produjo una violencia generalizada de puntapiés, trompadas, sillazos, gritos de auxilio y de insultos. Estaba dentro de un tornado y debía tomarme el buque. Empecé a gatear y a gatear, me puse de pie, abrí una ventana y gané la calle. Levanté la cabeza y leí un cartel que decía: “CORRIENTES: TURISMO DE AVENTURA”.

En la puerta de entrada, de los tres patovicas, sólo quedaban sus escombros mortales.
En seguida advertí otro peligro. Un pelotón de peces hambrientos venía hacia mí. No tuve más remedio que bailar ese mambo moderno que se llama cumbia, para que no me tomaran como un simple choripán y me deglutiesen. Hice de tripas corazón y me seguí moviendo como la apetecible Shakira. Como había quedado abierta la puerta de acceso al bar, los peces mordedores iban hacia adentro y desde ese momento sentí gritos y alaridos. Los barrabravas estarían siendo almorzados por las pirañas. Había perdido fuerzas, apenas si podía caminar y me puse a pensar cómo fugarme de la pesadilla que estaba viviendo. Siendo consciente de que ese infierno era una imitación exacta de la violencia ilimitada, en las versiones del crimen, la tortura y el esperpento.

Pasa una joven corriendo como si la persiguiera un violador “¿Dónde está la salida, señorita?” “Yo también la estoy buscando” respondió ella con la cara llena de lágrimas.
La puerta del bar daba a una plaza. Yo estaba del lado de la plaza. Las pirañas habían engordado con su almuerzo y salían más obesas. “¿Yo sería el postre?”, me pregunté. Al segundo recibí la respuesta: las pirañas con todo su sobrepeso se abalanzaban hacia mí. Al instante empecé a cantar Cuenta conmigo. Ante mi horrible voz, las mordedoras se quedaron suspendidas en el aire, petrificadas. Yo seguía cantando hasta que quedé afónico, entonces eché a correr como un caballo enloquecido.

Finalmente me alcanzaron. Me sorprendió que tuvieran piedad hacia mi persona, al decirme amablemente que expresara mis últimas palabras. Mi respuesta se escuchó como un ruego: “Por favor, simpáticas carniceras, déjenme ir. Rezaré por ustedes”.
Lo de llamarlas “carniceras” tuvo el impacto de un insulto y empezaron a dolerme sus incisivos picotazos.. Oscuramente me desplazaba de mi condición de cuerpo presente a picadillo, de osamenta simpáticamente masticada al lento y demorado estatus de fantasma alimenticio o de ángel aligerado del peso de la vida con un arpa en la mano en dirección al Reino de los Cielos en un estado de completa confusión. Desperté al ser trasportado a la vigilia cabalgando en un alarido atroz.
Nuevo encuentro con mi amiga en el bar. Ella me pregunta: “¿Y cómo anduvo eso?”. “Eso sí que fue un sueño perfecto”, respondo. “¿Qué te parece recrear esa experiencia?”, invita ella con una dulce sonrisa”. “Mirá, querida –dije finalmente -, segundas partes generalmente nunca fueron buenas”. Acto seguido miro a la calle a través de la ventana: una legión de pirañas viene hacia mí con hambre, sed y furiosa satisfacción.

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