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lunes, 16 de junio de 2008

LA MUERTE ME DA DE ANNE-MARIE BIANCO POR KARINA FALCÓN

La muerte me da de Anne-Marie Bianco
Bonobos/ Tecnológico de Monterrey
Ciudad de México, 2007


El ejercicio de la crítica literaria pareciera exigir una lectura formal del texto no como un fin, sino, como un medio; como un tipo de indagación que debiera aterrizar de manera precisa en el autor: su biografía, su acervo literario, su emoción, su pensamiento, y sobretodo su intención. Nada más ingenuo e improcedente que esto, si se piensa realizar una lectura a placer, inherente valoración y consecuente juicio de la obra: pues se sabe que el nombre del autor –y todo lo que le concierne- siempre ha demostrado ser una aportación más a la propia ficción del libro. En su nombre –como en cualquier otro- nunca ha de habitar la certeza.

En el texto-preámbulo (¿acaso advertencia?) de La muerte me da, Santiago Matías -director de Bonobos- expone: “una pequeña editorial independiente puede darse ciertos lujos; éste, por ejemplo: publicar a una autora sin rostro en un mundo donde el rostro se ha convertido en una especie de dictadura”. Matías acierta entonces, en lo que todo lector debiera hacer, y esto es, apostar tan sólo por un texto, por el texto. Aún en mi tentación, aquí resistiré a la referencia o cita, pues me parece que la postura del libro y el arranque de su escritura incluyen y diluyen rostros evidentes. El lenguaje del libro comienza –como todo lenguaje- a partir de un vacío o falta: no existe punto alguno de origen, y tampoco identidad.

La muerte me da abre con “I. El lugar de los hechos”, suerte de texto que ofrece el gesto escritural que será constante en todo el libro -en los otros dieciséis textos que lo componen-, esto es: la descripción de imágenes a manera de segmentos, enunciaciones que aparecen fragmentadas deliberadamente, el juego textual a partir de la condición polisémica de las palabras y la narración autodiegética. No estamos frente a un libro o discurso poético habitual, el juego de este discurso y en general sus reglas (cómo son presentadas las imágenes, la sintaxis utilizada, la hilación de ideas) parecen cuestionar la propia naturaleza del texto poético y sus convenciones; así también, las locuciones metalingüísticas que aparecen de forma espontánea a manera de frases aisladas obligan al lector a aproximarse al texto de un modo distinto al “tradicional” para leer poesía.

En cuanto a los motivos y trama, cabe decir que la díada Eros- Tánatos se percibe capital en el libro, así también la figura del personaje ficcional (la mujer, el difunto, el escritor, el lector y el cuerpo -sin nombre), se dice:

“(este no es un poema narrativo)

El escritor : un forense que anota lo que sale de adentro.
El lector: el ministerio público que testifica los hechos.
(una historia de amor)”

La escritura advertida como la misma muerte: la letra negra como féretro de la palabra; y esto, como acto que da, que contenta al autor innombrable y lector anónimo. Ya Kafka lo anotaría en su Diario en el año de 1914: “Me regocija morir la muerte del que se muere; por lo tanto, utilizo astutamente la atención del lector concentrada en la muerte(...)”. La escritura como muerte -la muerte en la escritura- funciona entonces como un acto azaroso donde toda contingencia y juego son posibles entre autor y lector, donde creación y destrucción se vuelven sostén de una reciprocidad amorosa. ¿Pero quién es el lector?: “Escribo un libro para mí. En voz alta/ leo lo que me escribe y me desnuda/ (desnudar es lo propio de la muerte)”.

Las páginas 46 y 47 de La muerte me da se encuentran totalmente en blanco, tal vez, haciendo ostensible la imposibilidad de llegar a un significado sustancioso para desentramar la obra; tal vez, como un elemento propio del juego de indagar y hallar, o incluso como una huella para continuar hacia lo Otro: el Otro. Imposible decidir. Sin embargo, puede que la extrañeza y confrontación que nos causa un elemento tan familiar como la hoja en blanco, nos lleve a experimentar lo mismo con su equivalente formal: la escritura.

Se sabe que la voz poética es tan sólo un subterfugio de otras voces y otras lecturas; que es posible hallar en el poema enunciaciones que no pertenecen a la voz guía, pero que le son concernientes porque acentúan el sesgo del libro. Así, en el discurso se hallan insertos algunos intertextos que consiguen alumbrar el derrotero del motivo central del libro; y a manera de Addenda se incluye en La muerte me da, un par de poemas de Bruno Bianco, personaje múltiple que se presume, podría ser el padre de la autora. Aparecen Goya, Ismaíl Kadaré, Kovadloff o Renata Salecl. Entonces el carácter fragmentario de la obra se vuelve más palmario; y los cuerpos mutilados en Hazañas contra los muertos, el ansia de los escritores antiguos por el rapto de sus obras en Esquilo, el gran perdedor, el silencio, el riesgo y el lugar del poema o las relaciones de poder, la ansiedad y tal vez, algo de teoría lacaniana, aparecen como nuevos señuelos para sostener las realidades del libro, que parecían ya estar construidas y concluidas.

Creo ante todo, que la edificación de una voz textual o la posibilidad de una estética en la construcción del lenguaje, es siempre una postura inherente a la ética de quien las concibe y quien las recibe. Una vez en la hoja, toda letra convierte toda experiencia en algo ficcional; ahí, la realidad se disuelve dentro y fuera del espacio. Este libro lo indica: la escritura es un espacio para la muerte, y por tanto, para desposeerse, donde la poesía aún -y aún en lo ordinario y familiar- puede labrarse como un discurso de riesgo y extranjería.

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