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jueves, 7 de septiembre de 2006

A RAÍZ DE LA FELIZ MUERTE DE NUESTRO PADRE


Impresiones contradictorias sobre El Desencanto (1976) de Jaime Chávarri y Después de Tantos Años (1994) de Ricardo Franco.

por Mario Castro Cobos

La familia, como posible ficción y como real abismo; la doble cara de la locura, que se resume en la idea de que la sociedad entera podría estar loca, más bien y en vez que sólo un puñado de individuos; la plenitud de la infancia y su pérdida, y con ella, la pérdida de lo más hermo­so de la vida; y por último, la labo­riosa decadencia y el acorde final de una raza y de una época, son algunos de los bellos y terribles temas que vuelven, una y otra vez, a llenar mi memoria en cuanto pienso en lo que dejó en mí El Desencanto.

La familia Panero, grupo de familia de ensueño, mi familia española favorita, francamente insuperable para la (auto)radiografía (aunque en este instante lo dudo si recuerdo el docu­mental deTerry Zwigoff, Crumb), se muestra en todo momento dispuesta a jugarse por el strip tease monolo­gado o dialogado pero al principio, antes de la arrolladura aparición de la pieza clave que da vida y sentido a todo el rompecabezas, todavía lo harán con máscaras, solo a medias rasgadas o acaso menos transparen­tes que cuando el más "monstruoso" y veraz de todos hable y calle el resto.

Más allá de la seducción del mito, del baile cotidiano de medias verdades -¿verdad?- la pregunta inocente que me hago, sé que es incontestable: ¿quiénes son ellos?

Todos nos "interpretamos" a nosotros mismos porque invariablemente nos entendemos de una forma o de otra conforme nuestra vida se despliega en el tiempo; los Panero por su parte, son criaturas literarias, que aunque citen con soltura autores franceses, podrían haber salido con mayor soltura aún, de una novela rusa.

La madre, Felicidad Blanc, aporta (como toda buena madre, según la tradición) las dosis de melodía narrativa indispensables; ella se demora en dulcificar o simplificar elegante­mente océanos de amargura y también, no lo dudo, en referir recuerdos seguramente tocados por el hada de la poesía. La miseria humana, que aquí no escasea, en ocasiones, casi se vuelve esplendor en su boca, tan evocadoramente tiernas pueden resultar sus bonitas y sentidas, y tan bien dichas palabras.

Juan Luis, el hijo y hermano mayor, es una especie de dandy, un snob que se cree que puede ser el here­dero del legado, del nombre de su padre. La literatura en él parece tener que ver con el abanico de las plumas de pavo real, con una aguda concien­cia de clase, con el prestigio y con el aura de respetabilidad, más que con una búsqueda interior moralmente irrenunciable o con la necesidad urgente de expresión de las obsesio­nes más fieles y menos confesables (aunque confiesa algunas, con orgu­llo y sin pudor, como esa de haberse excitado sexualmente cuando un mayordomo en un restaurante creyó "que yo era el gigoló de mi madre").

Si Juan Luis desaparece posterior­mente del documental casi por completo es porque aparece la verdad necesaria, la verdad ence­rrada en un manicomio (nada raro), encarnada en Leopoldo María, con un travieso humor feroz que pone todo patas arriba y que hace las delicias de alguien como yo. Es sobre todo por él que escribo estas líneas. Es el hermano de en medio, siempre tocando los extremos. (Del menor, Michi Panero, amigo de Jaime Chávarri, y quien convence al productor, Elias Querejeta, de hacer la película, no hay mucho que decir. Se define a sí mismo como "espectador".)

Los momentos de mayor belleza se dan cuando habla Leopoldo. Para estar loco no le falta razón. Tener tanta lo hace peligroso así que por eso niegan que la tenga y eso lo convierte, para simplificar el diag­nóstico, en mayormente loco... Es el personaje más entrañable de todos, el más sensible, el más desdichado. El más talentoso.

"Y los libros hablaban y hablaban
Pero yo os iba diciendo
Pronto se acabará el mundo."

A los tres años y medio compuso esto, y también esto otro:

"Y mi corazón temblaba
No era un sueño
Y fueron muriendo todos los
soldados
De la Guardia del Rey
Y mi corazón seguía temblando."

Cuando la madre le pregunta qué piensa de la infancia, Leopoldo responde:"En la infancia vivimos, y después, sobrevivimos."

O cuando le pregunta sobre el colegio: "El colegio es una institución penal que a lo que nos enseña es a olvidar la infancia."

"Tanto sobre la familia como sobre los individuos particulares hay dos historias que se pueden contar. La leyenda épica o, como diría Lacan, las hazañas del yo, una historia bo­nita, romántica y lacrimosa que es lo que seguramente se ha hecho aquí, o la verdad, que es una experiencia bastante deprimente..." Luego sigue hablando del padre brutal, la madre cobarde...

Al escuchar esto la madre arruga la frente, recibe silenciosa el impacto, hace un gesto parecido al de Juan Luis cuando, a poco de empezar la película, Michi Panero habla de una sordidez que nunca había visto en toda su vida, refiriéndose a los Pane­ro, por supuesto.

El documental se abre a nuestros ojos con una foto incompleta de la familia llenando la pantalla: está la madre, joven, los tres hijos cuando niños, falta el padre. Es clásica y convencional la manera en que se nos presenta esta imagen, pero hay algo raro. No tanto que el padre no esté (en efecto, no veremos en todo el documental una sola foto de él) sino que siento que no hace falta, siento que están completos, ¿a qué se debe? No lo entiendo. A continuación el blanco y negro ayuda a contrastar, con su poder tan caro al cine, la imagen del padre, del gran 'No', del represor y brutal. Aparte, solo, enorme, podría ser una momia y a la vez un feto; esta ima­gen volverá al final como corolario. Hay algo particularmente lúgubre en esa estatua cubierta de un material de color blanco, hay algo impenetrable, es como el origen del mal, que nunca será develado.

La estúpida voz radiofónica hace su trabajo. En Astorga, con motivo de los doce años de la muerte de papá Panero, poeta de la era franquista, es Inaugurada una estatua en su honor. Asisten la madre y dos de los hijos. No Leopoldo.

A toda familia le gusta guardar sus muertos en el armario pero en este caso la película nos permite, nos exige, una impúdica mirada (lo digo como elogio) desde el rincón y el corazón más oscuros del armario. Eso se agradece.

Atención con la parte censurada (que cito en negrita) que se quedó en la entrepierna de la tijera (Pregunta mamá Panero, responde Leopoldo): "Te preguntaba antes que edad tenías entonces". "Pues diecinueve años, que es la edad que se tiene para no sé, tener amores, amantes, etc..." "¿Y por qué no los tuviste?" "Pues porque en un manicomio es muy difícil. Pero te puedo decir que tuve algunos. Porque en un manicomio, en el de Reus, me la chupaban los subnormales por un paquete de tabaco. Y esos son los que tuve, no..."

Da la engañosa y agradable impre­sión de que sólo hacía falta prender la cámara y dejarlos hablar. El resto lo harían ellos. Chávarri sabe intercalar con habilidad los protagonismos múltiples (los cuatro tienen mo­mentos donde solo ellos hablan). Me interesa recordar que, al ver este documental, me olvido de la existen­cia del director porque me sumerjo en el tema, en rostros y gestos y movimientos y palabras y silencios y esta invisibilidad contraria a la "marca de autor" me depara sensaciones contradictorias.

Si El Desencanto tiene (y conserva) su encanto, Después de Tantos Años se me presenta como un eco desvaído, una película fantasma que presenta a los ahora fantasmas, una obra despojada de mayor tensión, nervio o sorpresa. Se ve que Ricardo con fuerza el humeante espectáculo de los escombros. Se empeña desangeladamente en "lirizar" (¡esa espantosa música new age que sabe a agua sin gas!) pero uno siente que sacrifica sin piedad la estética a la (demasiado) simple piedad. La piedad no es mala, pero es complaciente e insatisfactoria, en este caso. Por decir lo menos. Debo añadir que la abundancia de paisajes bonitos es casi vomitiva. ¡Y qué mal hace el director al comparar a Leopoldo con Frankenstein!

La madre ha muerto de cáncer generalizado, se fue muriendo por partes "como una muñeca desmon­table"; Michi Panero ha sufrido una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte, está casi irreconocible. Parece su propio padre, o su propio abuelo. El más normal, el que luce físicamente más saludable, parece en otro sentido el más enfermo, lo niega todo, no quiere saber nada o casi nada de sus hermanos. Es Juan Luis.

La escena en el cementerio, la escena final, es la más animada y alegre de todas. Leopoldo (también físicamen­te destruido) se reencuentra con Michi. Se ríen mientras pasan miran­do los huesos de las tumbas vacías. La película acaba con un sunset de video-clip.

Vuelvo a El Desencanto. No temo decir que la importancia de esta película es más moral que cinematográfica y que su pertinencia es casi aterradora. No solo por ser el retrato de una familia "maldita" sino porque alcanza, con evidencia física, verda­des inquietantes e innegables: cómo no recordar, al ver esta película, la frase lapidaria del psicoanalista Erich Fromm (de su libro "El miedo a la li­bertad"): "Los padres son los agentes de la sociedad en la familia".

No olvido cuando, en la película, una zona de pureza se abre, en los recuerdos de los juegos, en la precocidad de Leopoldo, esos momentos son preciosos y de evocación frágil; ahí uno siente que se cometió un crimen con ellos, que eso invalorable fue seriamente dañado o peor, sim­plemente destruido.

La razón del desencanto radica en que la vida para ellos pudo haber sido otra cosa, y no esa cosa tan terrible que fue durante mucho o demasiado tiempo en sus vidas.

Mi sentimiento final es el de una sociedad que se comporta con sus hijos con los apetitos de una mantis religiosa. Se ceba con los más sensibles, muchas veces, con los que podrían señalarle un mejor camino.

Fotografía: Leopoldo María Panero bajo el lente de Elena Pallares. (Foto incluida en el libro "Esquizofrénicas o La balada de la lámpara azul").
Tomado de GODARD! número 10. Lima, agosto 2006.

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