jueves, 30 de marzo de 2006

EL DISCURSO ESCURRIDIZO

Víctor Manuel Mendiola. La mitad del cuerpo sonríe. Antología de la poesía peruana contemporánea. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Junto con la argentina y la chilena (y, desde luego, con la producida el último siglo en nuestro país), la poesía peruana es una de las más persistentes y de voz más acabada en el mundo hispánico. A diferencia de las otras tres, y como un rasgo de personalidad generalizable que debe tolerar, por cierto, las consabidas excepciones, la lírica del Perú ha sabido incorporar al texto poético el lenguaje de la prosa y la aspereza de la palabra labrada en la calle, en la rugosidad de las aceras, como no lo han hecho —por lo menos no de manera tan precisa y evidente— los poetas de otras latitudes, quizá porque ningún país hispanohablante es heredero de un poeta de carraspera tan íntima y de tantos matices en la voz como la de César Vallejo. Además, el verso en la poesía peruana manifiesta una muy clara tendencia a desbordar los límites de la línea cortada para derramarse hasta los márgenes de la página como una prosa a sus anchas a la que le estorban las laderas y celadas de la métrica o del ritmo vertical. No es una poesía que cae sino una que retoza, una que se escurre y trasmina las paredes de lo real y de lo imaginario sin obligarlo a ser "cadencia y cascada", para utilizar una frase de Pete Sinfield, el poeta por excelencia del rock setentero.

Con el desparpajo conceptual que caracteriza sus ensayos sobre poesía, pero con una reconocible devoción por divulgar lo que de ella merece ser conocido, Víctor Manuel Mendiola antologa (muy bien) y presenta (a su manera) La mitad del cuerpo sonríe, una atinada reunión de veinticuatro poetas contemporáneos posteriores a los dos César (Vallejo y Moro) y a sus consabidos cónsules (Westphalen y Martín Adán), y prologa el acierto con un breve ensayo incapaz de escapar a la maldición del Inca, vale decir, la de perder ganando, la de arredrar a Pizarro y, sin embargo, no haber podido evitar la Conquista. En el más modesto caso del antologador, el impasse se manifiesta en un libro de cuatrocientas páginas de poesía espléndida al que, casi siempre, le sobran las breves notas sobre cada autor y definitivamente le está de más un prólogo que cuando evade la oscuridad es porque se animó a soltar a las claras alguna afirmación insolvente.

Es decir, Mendiola posee un buen ojo clínico que lo revela como un lector eficiente de la poesía contemporánea (en este caso, él entiende el término como aplicable a lo producido en la lírica del Perú durante la segunda mitad del siglo xx) y, en consecuencia, casi no puede hablarse del mal de la antología (las exclusiones aviesas, la incómoda inclusión de algunos nombres) en su trabajo, salvo en dos casos flagrantes: la ausencia de Enrique Verástegui —a quien moteja de antivallejiano, como si sus declaraciones provocadoras, su saludable marginación del culto al fundador, fueran "otra imagen deleznable" del delito—, y la inserción de Julio Ortega (en efecto, el crítico literario), de quien pondera la "calidad poética" de sus trabajos académicos, devota deferencia tan esquizofrenizante como la de Christopher Domínguez cuando incluye a maestros (Octavio Paz y Adolfo Castañón) y a amigos (Francisco Segovia y Jaime Moreno Villarreal) en su antología de la narrativa mexicana. Salvo estos caprichos del poder (finalmente, incluir y excluir es tarea de dioses y de dictadores que todo antologador se arroga con alguna satisfacción), La mitad del cuerpo sonríe evidencia una cuidadosa elección de autores y poemas que permite reconocer el estado de las cosas en la poesía actual del Perú.

Otros dos aciertos de Mendiola los constituyen el punto de partida de la selección (la encabeza Sologuren, ese sobrio, emblemático poeta de la Generación del ’50, a quien se suman cinco de los grandes autores de la poesía en nuestra lengua: Eielson, Varela, Belli, Cisneros e Hinostroza) y la buena factura de los textos convocados, que en el caso de los poetas conocidos los representan muy bien y en el de los poemas de las nuevas generaciones (en las que destacan las poetas) deja adivinar su voz con el retrato hablado de apenas un puñado de poemas. El equilibrio, que pasa incluso por el casi idéntico número de textos seleccionados por el autor, es otra nota afortunada en el concierto del libro.
Sin embargo, no todo es felicidad en él. A veces, uno echa de menos a los antologadores de las ediciones pirata que, desde las sombras (como deben estar), reducen su trabajo a recopilar el material y dejar hablar al viento, es decir, al aire fresco que se respira entre las hojas de los verdaderos poemas. Cuando Mendiola (¿qué ola habrá hendido la mendacidad de sus juicios?) presenta a un poeta tan singular como Jorge Eduardo Eielson y sólo se atreve a glosarlo para no decir nada —"Eielson crea lo que podríamos llamar una matriz celeste (que él ha nombrado ‘matriz musical’) que no sería sino un espejo de ese ‘paisaje infinito’, de ese ‘trabajo azul de las estrellas’ al cual pertenecemos como especie"—, se hace de la voz del poeta para ¿explicar?, ¿comentar?, desde el hermetismo la poesía, lo que la poesía misma renuncia a recabar. Asimismo, suele caer en exabruptos muy primitivos al intentar definir los procedimientos líricos de un autor como Isaac Goldemberg, sin duda menos enemigo de la claridad que su crítico: "Poesía de inmersión introspectiva que genera nuevos espacios paralelos en los que discurre hasta alcanzar la inespacialidad que atemporaliza el ser del poeta."
¡Vaya, pues, con las inespacialidades (ineptitudes) de la crítica poética! A muchos estudiosos de la lírica parece olvidárseles que, frente a ella, es inevitable que el lenguaje charolee (cuando es incapaz de hacer otra cosa), que el poema espejee, en su preciosa intraducibilidad, la deleznable inocencia, el escurridizo discurso que intenta atraparla. Se necesita ser otro poeta (un Eliot, un Paz, un Valéry) para ejercer con alguna soltura y hasta con felicidad el oficio de hablar de un poema desde la poesía. Cuando el segundo de ellos, por ejemplo, se refiere a la de Villaurrutia como a una obra que no está "en el antes ni en el después, sino en el entre" (inexplicable anatema que irritaba con razón a Marco Antonio Campos), no está tratando de esclarecer el sentido oculto de un trabajo poético sino de apropiárselo, de decírselo a sí mismo mediante otro poema, maliciosamente ensayístico, que sólo aparenta explicarlo.
Ahora bien, Mendiola no es un poeta de esa talla, pero sí es un cuidadoso lector que sabe decirnos dónde está la poesía del Perú —aunque pase dificultades a la hora de entender la íntima opacidad del lenguaje poético. De ahí sus enjundiosas elucubraciones: "Para los poetas mexicanos, Vallejo, Neruda y Huidobro —no así Paz y Borges— son referencias de la poesía mexicana que ven con una arrogancia acotada y glotona." ¿Estará hablando de sí mismo o de algún amigo suyo? Es difícil saberlo, pues tonteoría (el neologismo es de Julián Ríos) tan recatada y voraz, valga el oxímoron, no encuentra explicación en un libro al que le sobra en poesía lo que le falta en reflexiones de mérito.
Enrique Héctor González
La Jornada Semanal, núm. 575.
Domingo 12 de marzo de 2006.

miércoles, 29 de marzo de 2006

CIUDAD DE LOS REYES

I

Lima es una prisión: todas las ciudades lo son. Buscamos en sus paredes el fuego, las piedras que le devuelvan sus dioses, el firmamento azul, la gloria de sus hombres, pero solo hallamos rejas, serpientes rígidas que traen el rastro y la frigidez de la muerte. Esta ciudad es así; la ciudad que nunca llueve. Esta ciudad es como todas las ciudades: doble agonía; gloria y condena de hombres.
Fuimos hasta el mar. Corrimos hacia las hogueras, a las últimas naves, hacia ese animal hostil que llamaron Pacífico, otros de Las indias. Seguimos siendo los mismos: rocas que caen entrelazadas y que se van formando, deformando, convertidos en hombres, en ojos, en manos, en rostros, en almas.
Ahora, tenemos la materia suficiente para esperar, las armas para conquistar el silencio, para burlarnos de las sombras, de algunas palabras también; pero continuamos esperando que las hojas cubran nuestras viejas extremidades y los edificios observen cómo todos pedimos morir adormecidos en el ensueño, gritar con labios húmedos y los ojos clavados a la tierra. No será fácil. Lima es una pesadilla, porque la pesadilla somos nosotros mismos.
¿Cuando viajarás, tú que pasas de un lugar a otro, a Lima? Cuándo pisarás esta tierra de gritos, calles y jardines de niebla. Esperaremos con paciencia, gesticulando, como los viejos solemos esperar a la muerte... Si podemos recordar quienes fuimos aquí, bajaremos palmas, levantaremos habitaciones, prostíbulos, palacios, atrios para el sacrificio y el lugar para los nobles... ¿Pero quien puede ser noble en un lugar cómo este? El lugar tampoco está aquí “tendrá que perecer o igualarse en adelante a la mitad del mundo.” Pero los hay y quien los busque los hallará para sí como si fuesen simios de gitanos y errantes. Cuándo estarás aquí, piel de arena, ojos sin cielo, cielo sin ojos, resto de cielo que no se nombra porque le teme a la noche. Un día más en la vida, un kilómetro, un año más en la eternidad no es nada, pero llegarás como si fuese posible repetir las cosas: sólo ilusión. El eterno retorno: el absurdo, la abstracción de nuestra débil mente, de la fugacidad inmanente que soportamos más que cualquier otro ser. Lo sabes mejor que nadie; cada segundo es único, eterno… Pero cuánto tiempo pasó desde entonces, ¿cuándo fue la última vez que el día dejó de ser experimento para ciegos? ¿Sabes? El tiempo se precipita tras nuestras sombras y nos arrebata los ojos y terminamos rendidos en el mismo lugar que empezamos, pero lo mejor es olvidarlo. Cuando estemos aquí hablaremos; oiré la voz que debemos oír con suavidad y exactitud como cuando uno ya no puede moverse y observa, oye, calcula todo lo que pasa alrededor con la lucidez de filósofos y eruditos al que tanto aspiramos, pero ese deseo se difuminará en el fuego, nunca más buscaremos el cuarzo ni las estaciones amarillas. Tampoco podré oírte; porque todo continuará por la ruta de los dioses, saldré despavorido, con los ojos ensangrentados en las manos para que finalmente sea testigo de tu caída o todas las palabras se reúnan para enfrentarme a la brutalidad de tu demencia, la condena de tu silencio y la ausencia sin nombre, palabra sobre palabra, voz sobre voz, respiro sobre respiro: “arma dormida”.

II

Escribimos sin detenernos porque debe ser así. Escribo porque el fuego viaja a través del cuerpo, porque intuimos que somos algo más que silencios, palabras, caricias, sed: murallas que el tiempo va tallando. Debemos hacerlo porque entre una sombra y otra dejamos castillos de arena, inventos, nuevos acontecimientos, nuevas batallas, nuevos hombres. Así conoceremos la dicha, su sabor, los enigmas; si es que hay dichas. Es decir, si es posible, si podemos aspirar a eso...
Así será, nube silenciosa. Estridencia en el horizonte. Pecado original, rostro que transita en la oscuridad de jardines y palacios abandonados; pero partiremos: destrucción y pronto olvidaremos esta ciudad como se olvida todo en esta vida. ¿Sabes? También aspiramos a saber qué sucedió, observar el arco iris, la esfinge, el minotauro, el parloteo que nos hace despreciables, bellos, inaprensibles: únicos. Cómo explicar que no buscamos otros hombres, otros espíritus regocijándose entre los árboles, entre los cadáveres, entre la ceniza y la peste sino sólo lo que siempre estuvo allí y estará sucediéndose sin sentido.
Lo sabemos, no hay mucho que pensar; quizá la única manera de continuar –reyes de la reflexión que se imaginan reposando en el ruido que explota en los tímpanos cuando hacemos eso que llamamos amor, eso que no tiene sexo, ni rostro; eso que no tiene nombre porque los remolinos lo confunden todo, eso que hombres y mujeres reservamos hasta el día de la muerte – es la sucesión de manos, dedos, ojos, calor, dientes entrechocándose que mecen las hojas; movimientos, piel que inventamos en la carne y el deseo, en otro cuerpo; mientras las olas forman castillos, discos tumultuosos de fuego y arena, la boca entreabierta busca otra boca, otro fuego y la piedra deshace a la piedra girando en el ombligo de la carne, en el infinito y la locura y la noche enfrentada a sus hijos bastardos, que aguardan ser reconocidos como descendientes de sueños y minotauros, espera nuestra llegada. Supongo que es posible escribir, reconocernos entre la multitud de nausea y vómito; es estúpido, lo sé; pero hasta los estúpidos nos las arreglamos para vivir y correr tras ustedes que nos hacen creer que el mundo tiene pies y cabeza.

III
Imagino el amanecer, pienso en los astros que flotan en un firmamento de papel, en sus ojos indiferentes que esperan tocar las puertas del hastío. Todo gira lentamente. Pienso en todas y cada una de las palabras que se acumularon, en quién las dijo, de dónde vienen y hacia dónde van. Comprendo que eso sale de ti, de venas y células; de eso que hace de ti una unidad desde el excremento hasta el alma y pienso en el viejo DH Lawrence explicando que si pongo a la mente y la razón sobre todo lo demás, todo lo que puede hacer, este, es criticar y ahogar; que las cosas verdaderas provienen del cuerpo total de la conciencia; proviene del estomago y del sexo tanto como del cerebro y de la mente y corroboro el origen de cada sílaba que inventabas con melancolía.
Reniego de todos los silencios porque parecen castillos inverosímiles que se van cayendo, inmensos ríos de plata y anís, melodías, pero las palabras no son más y voy deshaciéndolas en el viento, mi cuerpo en el aire... Y así continúo; muevo un pie, luego el otro: debo estar caminando hacia alguna plaza vacía, inmensa -de los que ya no quedan en esta ciudad gris-; intersección insoportable, la esquina retorcida. La perversión de algo que desaparece cuando pronuncio su nombre: silencio. Hago una serie de movimientos para destruirla, crear una nueva dimensión, donde pueda percibir con nitidez y precisión lo que repetías, la mirada, la sonrisa petrificada, tus aves sin nido... Donde no haya agujeros sobre el lenguaje, trampas de los hombres, trampas para el alma; eso que los místicos llamaron alma, espíritu, pero que sabemos es sólo la parte inmaterial del rostro oculto de nosotros mismos... En fin no deseo describir eso: no me interesa y por lo demás no sé nada al respecto; simplemente me hecho a correr; a mis espaldas un tumulto de miedo, desesperación, dientes apretujados y escalofríos se cae y se levanta; eso que nos obliga a decir lo que no somos, lo que no sabemos, lo que no pensamos, lo que no sentimos...
Y te encuentro en el mismo lugar; dibujando en el fuego la civilización que acompañó la travesía por huracanes y laberintos; esos que no nos dejaban en paz cuando ingresaba a ti como en una vieja casa abandonada o como en un trozo de vidrio, herido y prisionero. En la misma playa desierta acariciando olas, tormentas de arena: la sed de los condenados a la hoguera. Todo está allí. Trozos de melodías, imágenes pequeñas de risas, fragmentos minúsculos de miradas, dedos en la frente, trocitos de piel flotando en el viento dejándose atrapar por las ramas de los árboles, hojas reconstruyéndote, ojos reconstruyendo la mirada y mi silueta decrepita reconstruyendo todo. Te cubro de azul. Me sirvo de fantasmas, de la memoria, del último fin de semana, del último mes, del último año que danzabas y girabas sobre líneas diminutas, sobre círculos apoyados en los ojos de la tarde; me sirvo de huellas, astillas, de las sombras que no me dejaron estar aquí porque el mar borró, finalmente, los extraños dibujos, tu civilización de guerreros y navegantes y todo lo que ostentaban tus ojos y me pertenecía. Me enfrento a las últimas sílabas que todavía se mantienen y caigo sobre una espalda suave y te descubro allí chisporroteando en un agujero negro, tumultuoso, “ángel agitado”, entregando lo mismo a cuanto hombre se cruce en tu camino, gritando en el infinito “soy dios y peco”.
IV
Son las diez de la mañana. Pretendo hacer del día una página extensa. Sé que lo lograré y me esfuerzo. Entregarse es sencillo, huir lo más complicado. Pasa el tiempo y todavía no me reconozco, hago el amor con deseo y pasión. Soy otro, el otro. El que nunca muestra el rostro. Todo termina, resbalamos en laberintos, en teclados inmensos que no tienen cuando acabar, pero tengo tiempo y herramientas suficientes para llevar las cosas hasta el final. Pido la comida y un poco de licor. Debemos amarnos como si el mundo se terminase a media noche. Soy un esclavo como los demás esclavos y disfruto cada roce, cada labio, cada dedo, cada respiro, cada vida... Cierro y abro los ojos y es ya media noche. Me levanto, corro las cortinas, tomo el vino en una mano y el whisky en otra; los dejo caer sobre las sábanas, sobre la piel que lleva las huellas de mi carne. Vuelvo a cerrar los ojos e imagino como sus gritos desesperados apuñalarán mi espalda. Me retiro, abro los ojos y los gritos no tardan en llegar. Estoy en un quinto piso y observo pasar a los vehículos a velocidades inimaginables. La lluvia cae tenuemente sobre el pavimento. Así es esta ciudad: tramposa y escandalosa. Llueve, deja de hacerlo, nos lanza un manto de frío o calor impredecible como la muerte. Pero mañana buscaré otra forma de confundirme, pensaré en el privilegio, en el anillo que me hace ser “héroe de clase obrera”, sonrío; porque debo volver al lecho, tranquilizarla, hacerle el amor una y otra vez y cubrir mis sentidos con su cuerpo.
Darío Durán. Tiene inéditos un libro de poesía y un conjunto de cuentos. Fue ganador de los juegos florales de la Universidad Villarreal (2004) y Ricardo Palma (2005). Actualmente, realiza estudios sobre algunas enfermedades mentales.

martes, 28 de marzo de 2006

UN PERUANO UNIVERSAL

Jorge Eduardo Eielson. Del absoluto amor y otros poemas sin título. Valencia: Pre-Textos, 2005. 83 páginas.


La muerte ha llegado para Jorge Eduardo Eielson (Lima, Perú, 1924) en Milán, en la Europa donde venía residiendo desde 1948. Peruano universal, polifacético, pintor, experimentador con música electrónica, creador de happenings y de instalaciones, además de novelista y, sobre todo, poeta, no olvidó nunca sus raíces, como lo revela su afecto por las formas antiguas de la cultura peruana, que fundió con las más radicales expresiones neovanguardistas: en su obra plástica el fruto más conocido de estas fusiones han sido sus grandes telas anudadas, los quipus, sistema de anotación incaico con cuerdas, nudos y colores. Sus nudos y anudamientos evocan el desierto de la costa peruana, la tinta ardiente de un espacio salvado.
Eielson pertenece a la llamada «generación del 50» con Blanca Varela, Javier Sologuren, Carlos Germán Belli y Sebastián Salazar Bondy, entre otros. Mientras la poesía española, con las excepciones marginales de Ory, Labordeta y Cirlot, transitaba las formas del realismo testimonial (Hierro) o existencial (Dámaso Alonso, Blas de Otero), la poesía latinoamericana se adentraba en los territorios de la vanguardia y la experimentación.
«Un rayo de ceniza». Las primeras muestras del arte de Eielson, de su poesía «escrita» se cifran en Canción y muerte de Rolando (1943) y Reinos (1944), de turbadora belleza. Decía así en «Oda al invierno»: «El invierno enjoya al hombre tristemente, / el invierno lava tumbas de monarcas / y mendigos y corona al áureo y viejo otoño / con un rayo de ceniza en la cabeza». Por estos años compuso Eielson el estremecedor poema «Primera muerte de María», aterrador monólogo en versículos, místico y blasfemo a la vez, en el que san José relata su posesión de la Virgen y la concepción de Jesús («aparecí yo como un caballo sediento y me apoderé de sus senos. La virgen espantada derramó su leche, y un río de perlas sucedió a su tristeza»). Un poema perdurable, que justifica a un poeta.
Vinieron después Doble diamante y Temas y variaciones, con los que se adentró en plena órbita vanguardista, etapa de la que se ha dicho es una suerte de resumen de la poesía contemporánea, desde Huidobro hasta la poesía concreta. Tocaba Eielson los límites del lenguaje, como acredita el muy invocado «Misterio»: «¿Por qué estoy vivo / y el vaso lleno de agua / y la puerta cerrada / y el cielo igual que ayer / y los pájaros dorados / y mi lengua mojada / y los libros en orden». Siguió una larga carrera en la que destacan títulos como Mutatis mutandis, Noche oscura del cuerpo, Materia verbalis y, en España, Sin título, Vivir es una obra maestra y Del absoluto amor y otros poemas sin título, que ha puesto fin a su carrera de poeta.
«Compañero del alma». Este libro postrero tiene dos secciones bien diferenciadas: la primera aloja el largo poema «Del absoluto amor»; la segunda incluye un conjunto de breves poemas, no más de quince versos cada texto. El primero es una meditación sobre la vida, bastante inane para el poeta («La gente / Está llena de prisa / De cosméticos / De automóviles / De vestidos»), que deja paso, marcado tipográficamente, a la evocación elegíaca, pero non troppo lamentosa, del «compañero del alma», Michele, que «amaba el vino / Las muchachas y la tierra / Mas [cuya] mejor amiga era el agua / Que le daba todo / Y no le pedía nada». Cifra el amigo del absoluto amor, su muerte afectó mucho a Eielson, pero lo que a nosotros nos importa es la admirable fluidez del verso, su llano decir que no se deroga en el prosaísmo, todo ello al servicio de una serena y melancólica contemplación del mundo: «Una cosa es cierta / No sólo la vida / sino también la muerte / Es una fiesta...».
Más de cuarenta son los poemas de la segunda sección. No llevan títulos en puridad porque éstos actúan a modo de comienzo de la composición, de manera que el lema se encadena con el discurso; por ejemplo: «Me enamoro siempre de una persona / Que no se enamora de mí». La serie es desigual; Eielson había tocado el máximo de la desnudez y de aquí al despojamiento mediaba poco. Los poemas buscan el chispazo, el fogonazo poético. Así el dedicado a Bach, de quien «el ritmo / Con sus múltiples martillos / Me quiebra las costillas / Y de vez en cuando / Saco la cabeza enloquecido / Por tanta belleza».
Con la muerte de Jorge Eduardo Eielson desaparece una figura capital de la lírica latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Pero, como ocurre siempre con los poetas verdaderos, su memoria, su palabra nos deja «harto consuelo».
Miguel García-Posada
ABCD. Las Artes y Las Letras

lunes, 27 de marzo de 2006

MONTSERRAT ÁLVAREZ Y CRISTINO BOGADO

MONTSERRAT ÁLVAREZ (ZARAGOZA, 1969)

INSTANTE

X escancia la cerveza, y mientras escancia
brillan sus ojos con febril mirada
Yo contemplo la elegante, fina mano que la botella levanta
con tanta gracia
Es de noche sobre Asunción, y el invierno se está yendo
Como X, otros muchachos, en iguales o parecidas circunstancias,
escancian la cerveza en la noche estrellada
Y otros tantos lo harán, a lo largo
de los años y los siglos venideros
Pero que quede claro: sólo X,
en este fugaz instante irrepetible,
y de ello dan fe mi tinta y mi palabra,
es capaz de escanciar con tanta gracia
y de mirar con tan febril mirada

de Underground



CRISTINO BOGADO (ASUNCIÓN, 1967)

NEGRO AULLIDO. 022

Nadie sabe que soy poeta. Porque si alguien lo hubiera sabido, si alguien hubiera por acaso traspasado el umbral de la existencia clandestina que la poesía lleva dentro de mí, yo sería otro para esta gente que forma mi entorno. Algunas veces, la soledad es insoportable y entonces comienzo a renegar de mi destino, sucumbo a un acceso de locura y estoy a punto de cambiarlo por un poco de placer frívolo y despreocupado, ese placer vaporoso que atenúa la profundidad de la mirada, que no duda en transigir con la naturaleza, que anhela ir a la deriva de los objetos de la realidad. Pero, siempre, al borde del abismo logro salvar mi secreto. Y sobrevivo. Hasta la próxima lucha. Porque mi poesía no tiene ninguna relación con una estética platónica, donde un aghatón descendería sobre el universo abyecto de los cuerpos para iluminarlos con su luz fundante y seminal... No. La poesía es más bien una agonía (en sentido griego) que fruto de un milagro. Un combate donde se corre siempre el peligro de perder la vida. Una escaramuza absolutamente corporal cuya esencia es salvar el instante. Esa ilusión fatal del tiempo que no tiene compasión con nuestros cuerpos. Sin la poesía se pierde en los dos frentes. Con ella se salva al menos la ilusión. Hasta el próximo instante. La soledad del poeta consiste en no poder gritar su triunfo al salir vivo de la magma ontopoética ni aullar su dolor cuando ha sido herido fatalmente. Lo trágico está en que no quedan huellas. Todo acontece siempre como una sombra que ha opacado momentáneamente nuestra figura. No quedan los poemas. Los poemas se viven. Por eso no tengo pruebas ni para mí de mi poesía. Sólo el instante abierto (el próximo instante) como un campo de batalla.
de El dripping del tiempo (Diario de viaje)

IMAGEN DESVELADA DEL ÍNTIMO DESTELLO

Oswaldo Roses. Amada, dulce amada.
Lima: Lord Byron Ediciones, 2005.

Frente a los albores de la tarde y el viento tenue, ondeando entre la apretada ramazón de los árboles, llega a mis manos desde Torremolinos, España, el libro del poeta Oswaldo Roses: Amada, dulce amada. El destino me ha puesto no sólo en comunión con la poesía, sino también con este poeta, cuya vida intensa y talante profundo son innegables.

Oswaldo ha aprendido el viejo oficio de la libertad a través de su poesía decantada, propia y digna de la mejor tradición española: Juan Ramón, Alberti, Aleixandre, Hierro, Celaya, Guillermo Carnero, etc, sólo para mencionar algunos. En el libro Amada, dulce amada, hay una clara fusión de su materia vital: emoción, intuición y pensamiento.

Curiosamente frente a un mundo tan tensionado, cuando las ciudades frente al caos se cierran al olvido, o lanzan angustia y neurosis, el poeta nos habla del amor; pero no necesariamente del amor encantado por los muslos de la amada, sino de una llama casi espiritual, abierta, inclusive, a la duda tal como nos lo deja ver en su primer poema: “¿Es éste, Dios, mi destino/ que el mundo y su ira encierran?”. El poeta está ―intuyo sigilosamente— ensimismado y ensombrecido, busca “aromas a lo absorto y a la piedra”, tentación que lo lleva a escudriñar la belleza, porque seguramente no está “en cielo tan desnuda”.

“Bajo la saciedad del miedo”, sin embargo, el poeta considera que sus palabras son fuegos levitando en los latidos de su destinataria. O, si se quiere, céspedes donde el sueño tiende sus pupilas con ese gajo de luz iluminando las sienes. El poeta, entonces, es esa extraña inteligencia golpeando las paredes de la sangre con lluvia espesa de ventanas.

Es importante, —al margen de cualquier digresión― resaltar en este libro de Oswaldo Roses lo siguiente: su auténtico oficio de poeta. Trabaja con verdadera maestría el verso formal. Cada poema lo dibuja valiéndose de diversas figuras sin que el poema se pierda en un laberinto. Al fin, esto es y debe ser así para que el poema refleje su luz y eficacia. Forma y fondo: soneto, lira, décima, verso consonante y asonante son el platillo fuerte del poeta.

Creo que el poeta Oswaldo Roses anda bien encaminado. La típica poesía española, en su imaginario, toca los más íntimos paisajes del alma. Pensemos, por ejemplo, en Dn. Antonio Machado, José Bergamín, Pedro Salinas, Jorge Guillén. En ellos siempre hubo un hondo lirismo y una preocupación constante, casi religiosa (de religar, unir) por la forma poética.

Quienes lean este libro: Amada, dulce amada, confirmarán lo aquí expresado. Poesía fresca, sin neblina, ni tosca para simular los desarraigos de la sociedad en que vivimos. La poesía de Oswaldo es para la vida, vital, con olor a ramas de música cuando la lluvia moja el sombrero de las orquídeas y la tierra abre su propio fuego profundo. Poesía sin nitroglicerina acumulada, más bien, poesía orgásmica por el velero de la respiración.

Mientras más leo este libro, la melena del tiempo sacude las entrañas. El ojo avizora “celos sollozantes”; los respiros como brincos enternecen. El misterio ―dice el poeta— aligera a su amada y el mar, ese halo de inmensidad perpetua, siente la caricia, razón fluida, de la delicia. El poeta al igual que una mirada crea la belleza.

Y, para dejar que el lector converse con este mar y cielo de anhelos, deseo finalizar, dejándolos con la última estrofa del conocido poema de Juan Ramón Jiménez, publicado en 1918, en Eternidades: “Y se quitó la túnica,/ y apareció desnuda toda…/ ¡Oh, pasión de mi vida, poesía/ desnuda, mía para siempre!”. El poeta Oswaldo Roses, español de pura sepa, se ha quitado la túnica. La poesía es suya para siempre.

André Cruchaga
Barataria, El Salvador, 15 de marzo 2006.

ÉPICAS DEL TRONO DEL SOL

José Pancorvo. Breve antología poética.
Lima: Ventana de medusa editores, 2006. 25 p.

“Bremond sostiene que en la poesía podemos advertir un esbozo de los estados propiamente místicos. Que, en suma, toda poesía aspira siempre a la plegaria. A semejanza del místico, el poeta experimenta una comunión con una cierta trascendencia. Pero urgido por su deseo de comunicar su experiencia, el poeta rompe el lazo de esa unión divina y se lanza a pronunciarla; mientras que el místico, dominado por fuerzas distintas, permanece en esa unión y tanto más la profundiza cuanto más dilata su permanencia”.

Javier Gálvez; El ser del poema


Breve antología poética de José Pancorvo (Lima, 1952) comprende una selección de textos de los libros: Profeta el cielo (1997), Tratados omnipresentes. Perfect windows (2000) y Pachak Paqari. Épicas del Trono del Sol (2003). Es así, como podemos hacer un recorrido por una poesía mística, que conlleva una actitud ética, cívica, patriótica y heroica. Los textos de su primer libro están más ligados a la desintegración sintáctica (el balbuceo de San Juan de la Cruz), las experimentaciones con otras lenguas como el quechua, el latín, el inglés, el portugués o a la idea de pertenencia / no-pertenencia del Creador y de la Criatura. Estos mismos temas se expandirán en exploraciones visuales en parte de su segundo libro, pero no se hace menos patente los constantes reenvíos entre lo nativista y lo cosmopolita, lo antiguo y lo moderno, lo primitivo y lo tecnológico. En la tercera sección del libro, Pancorvo reelabora su poesía para entregarnos versos más ligados a un imaginario incásico mezclado con referentes de la cultura occidental, en un afán mesiánico e integrador, sus antecesores serían Gamaliel Churata, José María Arguedas y Martín Adán en el estro.

Breve antología poética, a pesar de sus pocas páginas, nos deja la impresión de un proyecto mayor de la poesía peruana, sólo comparable a los grandes proyectos de Eielson, Hinostroza, Verástegui, Morales Saravia, etc. Por eso, Pancorvo va en pos de constituirse como una de las grandes voces de la poesía peruana última:

LLAMAMIENTO DEL INCA AL ORO Y ARMAS DEL MUNDO

A vuestra Sacra Majestad, ¡oh augustísima Emperatriz de Cielos y Tierra!, ofrezco humildemente esta segunda parte de mis Comentarios Reales, ya más reales por dedicarse a la Reina de los Ángeles y hombres que por tratar acá del riquísimo reino del Perú y sus poderosos Reyes.
Inca Garcilaso

Madre de nuestro Ejército: Humilde a tus plantas como acostumbré en mi juventud de soldado: hoy el anciano Mariscal te repite el ruego de toda su vida: que la fe en las mercedes que otorgas cual guía luminosa abra al Perú la ruta de la gloria.
Andrés A. Cáceres, 1921; en Álbum de la Coronación de la Santísima Virgen de la Merced, 1924

antes flor el ser Creado
misma cumbre sin Comienzos
a azul en la Infinidad:
ya era más Reina ante el Prisma

Ccoya en el puro Dios
y Emperatriz en mil Siglos:
ten el oro de las Almas
y en lo hondo ser la Historia

constelaciones Rosarios
puro subir a Tu Imperio:
Decretos y Juventudes
oro al Tu Rostro y Flotar

oro morir para Verte
oro veo Dios en Ti
a mil Imperios de Gloria
sin final en tu Mirar

oro Tres Magos en Uno
oro y Rey te doy mi Espada
oro y Emperador el Cóndor
oro e Inca el Sol

de Pachak Paqari. Épicas del Trono del Sol

domingo, 26 de marzo de 2006

UN DIÁLOGO ENTRE LAS CULTURAS


Hofstra Hispanic Review. Revista de Literaturas y Culturas Hispánicas. Número 1, 2005.


La revista dirigida por el poeta y crítico peruano, Miguel Ángel Zapata, entrega en su primer número, artículos, entrevistas, trabajos creativos y reseñas de libros, tanto en inglés como en español de autores relacionados con la literatura y la cultura hispánica. Hofstra Hispanic Review es una revista, en ese sentido, que tiende puentes lingüísticos y culturales con el medio académico anglosajón y se encuentra respaldada por un amplio y prestigioso comité editorial, entre los que destacan: José Emilio Pacheco, Luis García Montero, Raquel Chang-Rodríguez, Efraín Kristal, José Antonio Mazzotti, Julio Ortega, Isaac Goldemberg, entre otros.

La revista está dividida en cuatro secciones: ensayos, diálogos, voces y reseñas. La prestigiosa investigadora de la Universidad de Yale, Rolena Adorno, publica la conferencia, que diera en la Universidad de San Marcos, a raíz del sexto congreso JALLA, se trata de “Sur y Norte: El diálogo crítico literario latinoamericano en la segunda mitad del siglo veinte”. Por su parte, Roberto González Echevarría, discípulo de Adorno, en el mejor sentido del término, da a conocer el ensayo “Garcilaso y Garcilaso”. Para finalizar con la primera sección, Miguel Gomes nos entrega un estudio sobre la poesía de la venezolana, Blanca Strepponi, donde analiza el recorrido, que parte desde Poemas visibles (1988) hasta Balada de la revelación (2004). En la siguiente sección se recoge dos entrevistas, una a Mario Vargas Llosa por Miguel Ángel Zapata y otra a Juan Gelman por Enzia Verduchi. El dato más relevante de esta sección es la respuesta de Vargas Llosa frente a la pregunta “¿Qué me dices de los poetas peruanos que te interesan y que lees?”, a lo que responde “(…) César Moro, del cual fui un lector precoz cuando nadie lo conocía, lo leí a raíz de un ensayo muy dramático de André Coyné, y desde esa vez comencé a buscar cosas de él, e incluso ayudé a publicar libros inéditos de César Moro” (p. 41). Es un dato extraño el que Vargas Llosa declare que ayudó a publicar libros de Moro, cuando en la reedición (2004) del aludido ensayo muy dramático, se consigna un juicio, de André Coyné, en contra de Vargas Llosa. La tercera sección, la más interesante de la revista, empieza con una pequeña antología de la poesía norteamericana con poemas de Mark Strand, W.S. Mervin, Anne Carson, Charles Simic y Billy Collins, los tres primeros son comentados por el excelente crítico, Harold Bloom, quien anuncia la edición de la antología-estudio De la Escuela de Wallace Stevens: Un perfil de la poesía norteamericana. La sección continúa con poemas de Carlos Germán Belli, Armando Romero con un texto muy interesante titulado “Strip tease”, el boliviano Eduardo Mitre, Luis García Montero publica un texto fronterizo, poemas de Juan Carlos Galeano, Jeannette Clariond y un cuento de Rose Mary Salum. La revista cierra sus páginas con reseñas sobre Juan Gelman, Isaac Goldemberg, Víctor Manuel Mendiola y Javier Heraud.

Hofstra Hispanic Review anuncia para marzo 2006 la edición de su segundo número, suponemos, que ya se encuentra disponible. Para suscripciones dirigirse a: 107 Hofstra University. Departament of Romance Languages and Literatures. Hofstra University. Hempstead, New York 11549.


Paul Guillén

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...