miércoles, 2 de mayo de 2018

Libro de reclamaciones: Antología poética personal 1981-2016, de Isaac Goldemberg, Por Juan Carlos Mestre

 Acaso la filosofía pronuncie la primera palabra, pero es la poesía la que otorga al universo la intuición de ser, la categoría del habla como revelación de una voluntad deífica. Así llega hasta nosotros la verdadera felicidad de existir en el lenguaje que da forma a la realidad del mundo, un estar en la construcción del destino, un habitar la casa del error donde todo discurso se convierte en lengua desconocida, en habla inaugural de lo que la razón abandona y la revelación ilumina. Y así también llega hasta nosotros este tratar de comprender qué es la poesía de Isaac Goldemberg y su decir aproximativo a lo entero de la existencia del hombre. Isaac ahonda su visión, más allá de las vinculaciones argumentales de la lógica, en la sensibilidad metafísica y en las analogías espirituales que dan sentido a la acción sagrada de la poética activa, poesía entendida como un desafío moral y político de la conciencia humana. Su poesía establece un pacto con la raíz misma del gran misterio, con la voz sin boca de la fundación original, la que pronunció su palabra antes de que las cosas poblaran el cosmos y lo informe deviniera en forma de un eterno presente; es decir, la duración; es decir, las presencias del pensamiento en la geografía del ensueño y la vida real como un territorio poblado de símbolos.

Isaac Goldemberg camina sobre las aguas materiales de la existencia como lo harían los pies del milagro sobre la superficie de la creencia, un vínculo entre la promesa y las correspondencias de la tierra no prometida, sino imaginada, del poema. He ahí la tarea constructiva de la voluntad humana, elevar sobre lo irracional de los sonidos inarticulados del habla el gran canto de la memoria, la irradiación de su oscura luz sobre la noche resplandeciente y los afortunados y también ominosos prólogos de la ventura humana. Ahí está el desierto como inicio del camino, la sangre como primera mancha moral en la historia de la conducta. De ahí la microfísica del poder y el desorden de la belleza cauterizando las heridas de la razón. El poeta habita una presencia oculta y haciéndolo la descubre, la desvela y evidencia, la hace ocupar otro espacio sin sustraerla a la invisibilidad, la hechiza con la conciencia de la vida y la metaconciencia de la muerte. El poeta entra en el sueño como acceden los amantes a sus cuerpos desnudos, entra en la cifra del sentido y en las figuras rítmicas de las correspondencias celestes, en la correlación y en las equivalencias, en la lectura de los espacios abandonados por la súbita desaparición de la esperanza y lo misericordioso. Mas el poeta restablece su estrella sobre las pequeñas aldeas del corazón, habla con las frases muertas y las aguas que hierven, retorna al límite donde la nostalgia hace grandes señales a los desaparecidos y a quienes aún esperan la señal del relámpago al borde de los caminos de la iluminación. Isaac ha caminado con ellos, con los que carecieron de su tiempo en la historia y con los que renacen cada vez que los oídos mentales de la lluvia escuchan la tierra. No lee el pasado, Isaac lee el mañana del espíritu, las justas balanzas con almendras y la gracia unánime del sol sobre las tierras de la promesa. Isaac canta con el que “sale a buscar agua en una calabaza.” Y encuentra el agua, el rocío del origen que da sentido místico al guerrillero y al pájaro.

Cavilan los enamorados al borde de su noche, medita Isaac mientras los caballos cruzan sin ser vistos el horizonte curvo del tiempo donde toda la delicadeza humana entrega como tributo el don del lenguaje a la comprensión del mundo. Son las voces, es el pacto entre la pasión y el habla, es el juramento entre la voz y las especies transparentes del aire respirado por las víctimas, son los términos y los ofrecimientos, es el verbo bajo la sombra del árbol del Génesis donde los vivos hablan por la esperanza de los muertos, por las voces muertas de cuantos cargados de razón amanecen de nuevo en el poema para que sus pensamientos sigan vivos. Es la restitución de lo hurtado al cielo mental de la belleza lo que agita y subvierte estas páginas, la voz de los otros, la fila donde los débiles se yerguen desde la irrefutable dignidad de su juicio contra los verdugos. Presencias, sí, de las que fluye la melodiosa gratitud de un hacer inocente: la palabra poética configurando la vacilante matemática del destino, la rítmica turbulencia de la historia, la íntima condición del espacio donde incuba la ilusión del hombre su sol de arena. Isaac es la unidad divisible del alefato que extiende sobre el silencio la redención de su condena, y lo silente se ausenta de su mudez, y lo inadvertido se desoculta de su olvido, y lo abandonado retorna al ámbito de lo pródigo. Isaac percibe la angustia de los sin rostro, y otorga faz a la ausencia civil del insatisfecho. Isaac invoca y obtiene: luz a la izquierda del libro donde cada letra es sagrada, luz sobre los espejos sin azogue de la vigilia y sus correspondientes figuras en el abismo del sueño, luz sobre las narraciones pretéritas de la condición humana y las sílabas negras de lo prejuzgado, luz sobre las negaciones eclécticas de la felicidad y las confidencias ardientes del espíritu. Hay confesión y testificación en estas páginas, hay sonoros retratos cuyo eco inextinguible llega hasta las puertas de la melancolía. Hay melancolía e impaciencia, y una insurgente mas delicada manera de estar en el mundo junto a la gente del mundo, en la naturaleza rebelde de lo libre y en la bienaventurada tarea de los avisadores del fuego ante los abismos terrenales. Ellos, los que despiertan a los demás ante la inminente catástrofe, ellos invadidos por el recuerdo de un encargo que nadie les ha hecho pero que han de cumplir hasta que el tiempo del tiempo acabe. Entre ellos este Isaac Goldemberg, su poesía nutrida por la oscuridad luminosa de la filosofía y los sembradores de lámparas en las tierras negras, en las patrias donde algún día habrá de volver a brotar el elogio del conocimiento. Es Isaac contra la ignorancia, la feroz dulzura de la conciencia poética contra los procedimientos de la impiedad y las atrocidades del autoritarismo. Una voz en la asamblea de los que dialogan con el infinito, la voz del poeta que como un sentimiento geológico del mundo se petrifica en el azar de las constelaciones y en el firmamento lingüístico del habla poética como realidad fundadora de todas las demás verosimilitudes y concepciones paralelas del cosmos.


La poética de Isaac Goldemberg es una lección de grandeza, una enseñanza en cuanto inteligencia de un texto, en cuanto testimonio de una excelencia moral. Su conversación con las tensiones críticas entre el bien y el mal, su ánimo para afrontar la evidencia y la imposibilidad de resistir lo ominoso desde las certidumbres éticas de la conciencia contemporánea, hacen de su entendimiento un logos unitario y armónico, una teoría del ser cuyo principal axioma es la naturaleza sagrada y contextura moral, ángeles y demonios, de la condición humana. Poeta en el exilio y en las afueras de la otredad, poeta tras las fronteras del éxodo y la permanente refundación de un destino, Isaac eleva la emotividad de su cántico de las criaturas sobre la “dignidad solitaria de las cosas” y las personas. No hay sombras que se le oculten, ni resplandores que lo deslumbren en el tránsito entre sueño y fábula, entre el país sin nombre de los desterrados y la casa en el aire de los que ya solo residen en el recuerdo. Importa en esta poesía la justicia ejercida sobre el espacio de las mutilaciones, sobre las lesiones históricas de la condición judía, la fisonomía del sufrimiento, el silabeo del descifrador ante los enigmas del infortunio y las metamorfosis de la desgracia. Instalado en la lengua común el hablante somete a los poderes artísticos la decisión significativa de sus dialectos, los personajes heterodoxos que habitan la memoria y transmigran entre lo truncado y lo absoluto, entre la ilusión de lo pendiente de ser soñado y las deudas por lo no vivido; seres de cuya belleza se nutre de una súbita cualidad la materia del mundo, frases, cuadros, nebulosas, visiones ordenadoras de una existencia concebida en términos de promesa, de una impaciencia inferida en términos de redención. Indudablemente Isaac sabe cuál es el derecho de todo ser a la justicia y lo hermoso, Isaac conoce la capacidad de toda pasión por generar lo bello y la competencia reordenadora del amor entre los discursos del afecto, la responsabilidad y lo justo. Isaac está ante el desafío del amanecer y frente a las seducciones consumadas del crepúsculo. Isaac recuerda y ama, acaso la tarea primera del poeta: la emancipación del olvido y la flexibilidad sintáctica de las consolaciones sobre el atronador silencio de las víctimas.

Este libro está pleno de rostros y de personas en busca de su rostro. Este libro está lleno de palabras que buscan a alguien, que aún siguen buscando a los que desaparecieron en el hambre que no sacia ni la venganza de la primavera ni la estrella amarilla en la raíz de las flores que besó Moisés. Aquí están los que nacieron por la “sencilla costumbre de nacer”, y los que resucitan cada vez que alguien deja una piedrecita sobre las nubes del corazón. Se oye aquí a un coro concertado de voces, los que regresan de sus delirios puros, los masacrados por el envilecimiento de las estructuras y las formulaciones execrables; se oyen aquí a los extraños de sí mismos y a los indefinidamente al borde de su ninguna posibilidad futura; están aquí los que encontraron la sal que no es de nadie, y los que de igual manera hacen del reparto memoria futura de una mesa colectiva. Isaac escribe palabras para dejarlas en el Muro, palabras sin otras pruebas que la de ser palabras, palabras de la inexistencia, palabras de la existencia de Dios, brotando del pan, de las casas, de las fosas.

Es la abolición de las intermediaciones con lo sagrado lo que se destruye con la caída en desgracia de la poesía, como es el triunfo de la vida lo que su bien restituye. Esa es la creencia, a pesar de los estigmas y de la afrenta, de las perdurables significaciones del dolor. Porque un irredento dolor traspasa también estas páginas antes de que hayan de desembocar en un conjuro contra el pesimismo. Estos poemas, este canto giratorio, estas substancias puras de la individual conciencia del testimonio dan argumentación moral a la asamblea que en el sitio de su pueblo sigue siendo, para la poesía de las densidades ideológicas, la infancia de Dios y el nacimiento del lenguaje. Isaac no oculta la desesperación, ni encubre la angustia de los tímidos, tampoco enmascara la imposibilidad de los más fuertes ante el “drama de la desaparición”. Isaac nombra, y al nombrar erige contra la vulgaridad del olvido la sinagoga de la espiga sobre las páginas de tierra de la conciliación. Avenencia entre la propiedad y los despojamientos, entre las heridas terrenales y las leyes involuntarias del cielo. Y no está solo, es multitud en el vacío, una muchedumbre que ha desertado de la fila, los que abandonando la humedad sombría salen al colectivismo del sueño y al fresco futuro de las aguas. Tierra de la promesa este libro de Isaac Goldemberg, libro también secreto y cabalístico, libro de fronteras visibles y apariciones invisibles, levantado sobre las rocas de los sobrevivientes, excavado bajo todos los imaginarios y las preceptivas de la segunda lógica, allí donde surge el territorio inacabable, indestructible, de la visión poética y la respiración del pensamiento crítico.

Y si “el primer fundamento de la fe es el Nombre”, Isaac nombra. Nombra el Nombre. Nombra la deconstrucción de nuestras máquinas de pensar y las metáforas del poder, nombra la acción de los yuxtapuestos y la complicidad de los indiferentes, nombra la resignación permisiva y la voluntad de los atestiguantes. Isaac nombra la apostasía de los indemnes y al que se encoge de hombros ante la muerte. Isaac escribe sobre las mujeres y los hombres de pena y su insaciada esperanza, escribe sobre la velocidad de la luz y las arrugas en la frente; Isaac escribe sobre lo inmutable y la flaqueza del éxtasis entre el tumulto humano. Isaac escribe sobre el allí, el no lugar donde el tetragrama impronunciable se manifiesta en la letra. Allí está Salomón y el Señor de Sipán. Allí está su padre y la noche, “mantel bordado y candelabro”. Allí, “ay vidita”, el profeta Jeremías y Carlos Marx. Allí la casa, la lluvia sobre las uvas y el pan blanco del zorro, la llave que abre las calles sin salida hacia la libertad como definitiva genealogía de la memoria del ser en el mundo. Es el lugar de la víspera, el territorio donde la anticipación deviene en nostalgia de futuro, en súbita redención de un instante que desafía la cronología inmóvil de la memoria y se constituye en un activo recuerdo: “mi padre…viene a lavarme las orejas… el rabino me hace subir a la bimá…” Para que se oiga, para que sea escuchado desde el podio, el poema en el centro del santuario de la existencia, la palabra revelada en la alta festividad de los significados que articulan el conocimiento y otorgan conciencia a las figuraciones y decorado crítico de la Creación. “Sardinas y pan blanco” sobre la mesa para el hijo del mandamiento, estos poemas de Isaac Goldemberg designan una enseñanza complementaria de la ley oral, la escritura pronunciada, hecha voz irrevocable de una condición que asume metafísicamente el habla de lo otro, la esencial presencia de la otredad en busca de rostro, en indagación de lo fugaz en la casa de la permanencia y ante los espejos que entre el cielo y la tierra reflejan la condición humana.

Es acaso de esa conciencia de temporalidad, de lo que por breve es trascendente, en donde echa raíces la paradójica tristeza de este alegre habitante del poema, “a veces sueño que soy Jesucristo”, de este hombre que camina sobre las aguas de la escritura hasta confundirse en la lejanía con los párrafos de la promesa. Patria de un lenguaje fronterizo y éxodo del ser hacia los panes ácimos, la poética de Goldemberg instaura una plenitud de sentidos sobre la excavación que cada poema realiza en las geografias del encantamiento, ya sea Ucrania o el ayayai de las tierras polvorientas de Chacra Colorada, ya suene el shofar o la quena, allí donde hay palabra hay casa, allí donde hay luz hay día. Día para la elegía del vendedor de corbatas, día para los prostíbulos góticos de las cabezas desnudas, lo comprensible y lo incomprensible, la intuición que en el cerebro de las rocas imagina el agua. Agua y tiempo, he ahí la material esencial de la que están hechas las palabras de Isaac y “las espigas de Judea”.

Voz coral instalada en el mestizaje de la sabiduría, voz que nombra para borrar lo nombrado y transmutarlo en materia tras el destierro de las significaciones, el recuerdo como categoría moral de la historia, la memoria como un constructor configurante de la verdad abolida, del lenguaje puesto en crisis, en una situación límite donde solo la redención, la exaltada melancolía que transfigura en destino la solidaridad y la culpa, la misericordia y la fraternidad, dan sentido a los conceptos del amparo, la radical misericordia y la innegociable esperanza.

Aquí el ciprés habla en yidis con las cruces católicas, y las colinas de Lima descienden sobre el valle de Jerusalén. El peso es la medida como el carnero es la ofrenda y la parte el cálculo de cada necesidad. Es sábado. Es sábado en la escritura del silencio y en los caracteres de la permutación. Es el día siguiente en que toda narración es arrastrada por los vientos erróneos hasta llevar lo visible más allá de lo invisible. Es la escritura de la invisibilidad haciéndose presente sobre las cenizas de los que ya solo viven en el aire, en el mito transparente de Dios y entre las líneas de su escritura, más que temperatura de lo humano, más que sonrisa liberadora y definitiva de la razón poética. Sea lo que fuere el ángel, hay ángel en este libro, el ruido ordenado en la periferia del resplandor según Tristán Tzara, las alas que le crecen a cada árbol personificado en los laberintos según Sholem; ángeles civiles y ángeles laicos cuya creencia es la propia sustancia de ser ángeles, materiales sobrantes de la creación simbólica del mundo, sueño de la mujer en la casa oculta del hombre y sueño del hombre en la casa también oculta de la mujer; ángeles que cantan con la boca cerrada, ángeles mudos en el mármol, ángeles tallados en los huecos de arcilla del silencio; ángeles hay en esta asamblea de fragmentos y amor que es toda amistad con las palabras, esa exterioridad sin límites del ser que se hace edad, escritura en el espacio, y pasión de lo sentido como experiencia única del universo.

No es el de Isaac Goldemberg un territorio establecido en los márgenes de la dicción donde se originan los mitos fundacionales de las escrituras en el éxodo, sino el de un topos circunscrito a la etopeya moral de un pueblo, un monólogo en el que el universo judío habla por sí mismo, significa por sí mismo entre las líneas y texturas configurantes del carácter de su leyenda. Resistencia y evocación de la utopía, el arte político de la palabra implicada en los subrayados de la conducta, sin duda aquella que viene a recordarnos, otra vez más, que los seres humanos somos responsables unos de otros. Desalojando el conflicto, reinstaurando la invocación deífica, transformando el destierro en una experiencia espiritual, la poética de Goldemberg es un tratado de hermenéutica sobre la condición misteriosa de la palabra en la conciencia humana, un acceso a la otra condición del ser, aquella que tan por encima de la pragmática nos otorga, como en todo acto de revelación, el conocimiento intuitivo de la historia que nos constituye como personas. Historia confesional y laica, historia de lo fragmentario y lo arraigado a la imantación de la creencia, memoria colectiva y epopeya íntima del ser enfrentado a cada una de las circunstancias azarosamente cuánticas del destino. Historia al fin del ciudadano y su sombra civil encausado en el proceso de la legitimización discursiva, allí donde la palabra ya no nombra ni designa, sino que celebra, sino que testimonia desde el tiempo futuro la viva presencia de aquello que jamás logrará borrar de los tribunales de la conciencia el recuerdo del exterminio y la totalidad de los ominosos actos de fuerza. También contra eso escribe Goldemberg, contra la posibilidad cruel del olvido y contra la violación sistemática de los significados del porvenir.

“¿De cuál de las doce tribus desciendes tú?” se pregunta el poeta, y la respuesta, como toda construcción de sentido ante la intemperie del no saber, no ha de ser otra que la tribu de la humanidad, aquella que ante las categorías morales de la historia halla en la condición sagrada de la persona su única y definitiva necesidad. Una poética construida ciudadanamente en la laboriosa mezcla de sentidos, de injertos significativos, de historias corales. Voz en la que se cifra la paradojal permanencia de lo fugaz, el tiempo detenido en las legislaciones imperativas de la memoria, en la desafiante voluntad de hacer del recuerdo un vivo testimonio de futuro, acaso la responsabilidad más honda de la palabra hacia los muertos, con los errantes y las sombras, con los viajeros sin otro rumbo que la revelación de su propio origen entre los bienaventurados en el silencio.
Este libro, esta elegía y esta celebración, es el estado de cosas en que se transforman las palabras después de haber cumplido su función audible en el lenguaje, estos poemas son estancias, casas para ser habitadas por la conciencia de otro, tú, lectora, lector. Catres donde han soñado las personas del verbo, las infancias sin otro espacio que la liturgia textual, el acomodo crítico del habla ante la intemperie, la soledad, los espectros del miedo. Y esa aproximación a la verdad simbólica es aquí, ahora, el día de la luz ante los ojos cerrados de la muerte, y ese también el acto de valentía del poema ante lo tachado.
Isaac ha cumplido su mandato, ha dialogado con las grandes tradiciones de la lírica, ha entrado en la identidad de los nuevos descubrimientos, en los territorios arrancados al vacío y en la especulación de los gestos que amplían los horizontes significativos del porvenir. Isaac ha visto, ha oído, ha vuelto a religar las visiones de lo desconocido con el humor sagrado, con la sonrisa del ser que configura su conducta moral en lo intuido como expresión suprema de la inteligencia. Inteligencia y amor. Amor civil, amor dramática y apasionadamente humano. Su yo es otro, y el otro, el íntimo ante los reconocimientos de la semejanza es el cualquiera, el hombrecillo, la mujer, la ceniza de los poemas que siguen dando cuenta de la historia del cielo ante los tribunales del orbe. No otro gesto tiene el pan ante quien ha hecho necesidad de su hambre, la voz interpeladora de una conciencia que en voz tan alta, tan pura, alumbra en la incertidumbre y tan persuasivamente consuela en el pesar, en el dolor y en el irracionalizable sufrimiento. Tal vez el que consigo mismo habla y entre las permutaciones encantatorias del alefato hebreo encuentra la identidad colectiva de todos los pueblos, de todos los hostigados, de todos los que bajo el nombre de una misma estrella son la vida breve, la tan delicada como radical resistencia ante lo injusto, la lámpara, la voz sin boca que habla e ilumina a los errantes.
El círculo se abre, el inventario de los sueños no ha concluido, los que viven en el aire bajarán de las nubes a pisar esta tierra. Esto no es un prólogo, no necesita de ninguna máscara este diálogo después de Auschwitz. Isaac lo sabe, Isaac se sabe, usted lo sabe. Isaac es la imaginación del imperfecto dios y el “animal que habla”. Ya no es posible entender más y la elección del máximo bien está hecha.


Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, España, 1957) es poeta y artista plástico. Ha publicado numerosos libros de poesía, entre ellos Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986, Premio Adonáis), La poesía ha caído en desgracia (1992, Premio Gil de Biedma), La casa roja (2009, Premio Nacional de Literatura) y La bicicleta del panadero (2012, Premio de la Crítica de Poesía). Premio Castilla y León de las Letras en 2018 al conjunto de su obra. 

martes, 1 de mayo de 2018

Marisa Negri: “La obra poética de Juan José Ceselli es bella y violenta, desmesurada y cósmica”. Entrevista realizada por Rolando Revagliatti



Marisa Negri nació el 24 de junio de 1971 en Buenos Aires, capital de la República Argentina, y reside desde 2011 en el Delta, partido de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Es Maestra Especializada en Educación Primaria, Profesora de Castellano, Literatura y Latín, formada en Especialización en Educación por el Arte (Instituto Vocacional de Arte), con posgrado en Arteterapia (Universidad Nacional de Arte) y postítulo en Escritura y Literatura en la Escuela Secundaria. Es Bibliotecaria Escolar, cursa la carrera de Bibliotecóloga y se desempeña desde 1990 en la educación pública como Profesora de Literatura. Desde 1995 a 2005 coordinó el Taller “El Revés del Cielo” en la Municipalidad de Zárate, provincia de Buenos Aires. Junto al músico Alejandro Dinamarca tuvo a su cargo talleres de Arteterapia para adultos mayores. Desde 2010, con Alejandra Correa coordina el programa “Poesía en la Escuela”. Organizó concursos de plástica y literatura y participó en mesas de lectura en Festivales de poesía de su país, Chile y Perú. Efectuó investigación, compilación y prólogos (además de ser la coordinadora editorial de la Biblioteca Isleña) para volúmenes de Ediciones en Danza. En co-autoría con Alejandra Correa (en todos los casos) y con Javier Galarza, se difundieron artículos sobre didáctica y poesía en la escuela, tanto en revistas como en libros. En 2009 se publicó su antología de la obra de Olga Orozco titulada “El jardín posible”; en 2010, en edición bilingüe (castellano-alemán), su antología de la misma poeta, la cual prologó, “En la rueda solar”, presentada en el Centro de Arte Moderno de Madrid; y en 2012 su antología de los artículos periodísticos de Olga Orozco: “Yo, Claudia”.  Entre 2003 y 2016 fueron socializándose sus poemarios “Caballos de arena”, “Estuario”, “Las sanadoras”, “Nautilus” y “Hebra”.



          1 — La punta del ovillo.

          MN — Nací un 24 de junio de 1971. Solsticio de invierno y fecha sagrada para muchos pueblos originarios. Día de fogatas y queimadas, de dejar ir lo viejo y reafirmar la fe en la oscuridad. Cuentan que  mi madre iba maquillada y  con su mejor vestido porque habían salido a cenar con unos amigos y sobrevino el parto. 
          Crecí en Villa Amelia, una pequeña localidad del conurbano bonaerense. Mi padre tenía taller y agencia de autos, mi madre trabajaba de secretaria en una fábrica. Tengo dos hermanos que heredaron el oficio de mi padre.
          No puedo fijar la infancia en un solo lugar. He pasado mucho tiempo en casa de mi abuela Paula, modista, inventando tiendas y vestuarios para mis muñecas, debajo de las sillas, con las telas maravillosas que me obsequiaban las clientas, o recortando personajes de las revistas e inventándoles historias que escribía en un cuaderno de tapas rojas.
          Durante los primeros veranos veníamos a Nautilus, la casa de la isla. Nos gustaba nadar, pasear en lancha y explorar el monte hasta donde nos permitían las lianas y las espinas de la zarzamora. Pablo, mi hermano mayor, abría el paso con el machete y yo lo seguía hasta la panadería abandonada en donde tallábamos nuestros nombres con algún carbón robado en la cocina. Pronto, a este paraíso, llegaron las primeras lecturas. Bajo un mosquitero de algodón que mi padre colgaba de las casuarinas construí mi reino de palabras. “Sandokán” de Emilio Salgari, “Los tres mosqueteros” de Alexandre Dumas, “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne, “Fabiola o la iglesia de las catacumbas” de Cardenal Wiseman, “Papaíto piernas largas” de Jean Webster…, toda la Colección Billiken desfiló por esa tienda.
          No había aún luz eléctrica en el delta. Al atardecer, cuando los mosquitos volvían insoportable el exterior, subíamos a la casa a encender las lámparas. Jugábamos al chinchón y comíamos tortas fritas; sentada en mi lugar preferido de la casa, anotaba minuciosamente las aventuras de ese día en mi cuaderno y sabía que habría de ser maestra y viviría en esta casa.
          En algún momento que no puedo precisar, mis padres comenzaron a llevarse muy mal y nosotros, los hijos, sin ser muy conscientes de eso, tomamos partido. Desde entonces y hasta que pudimos reconciliarnos con la publicación de “Estuario”, fui la “hija de mi padre”.
          Comencé el secundario con la apertura democrática del ‘83. La calle era una fiesta, había recitales gratuitos casi todos los días y busqué amigos mayores para que me permitieran salir en grupo con ellos. Escuchaba a Tom Lupo en la radio, en el programa “Submarino Amarillo”: por ahí se coló la poesía. Pink Floyd y Luis Alberto Spinetta fueron mis primeros descubrimientos. La necesidad de escribir y comunicarme era inmensa, “lejos de la paciencia de las familias”, como decía un verso de Enrique Molina que había escrito como santo y seña en la puerta de mi habitación infranqueable, llegué a cartearme con setenta personas a través de las direcciones que conseguía en la radio o en las “Cantarock”. A través de esas cartas y de la música se abrió un nuevo sistema de lecturas; leí a Carlos Castaneda y Antonin Artaud por Spinetta, a Olga Orozco por Molina, a Alejandra Pizarnik por Orozco, a Julio Cortázar por Pizarnik. Participé de un taller literario en la escuela donde escribí mis primeros poemas, canté en una efímera banda de rock que versionaba a Serú Girán y compuse algunas canciones.
          En 1989 militaba en la juventud franciscana. Queríamos cambiar el mundo. Los domingos íbamos al Instituto de Menores “Riglos”, a jugar con los chicos internados allí; cuando se profundizó la crisis económica salimos a pedir a los comerciantes materia prima para cocinar en la capilla y la gente podía pasar con su olla al mediodía para llevar algo de comer a su casa. Entendí la diferencia entre caridad y solidaridad. Ahora que me siento tan lejos del catolicismo, sigo viendo en San (no sea cosa que se interprete como el papa Francisco) Francisco y en su doctrina algo verdadero, una mirada de convivencia con las criaturas del mundo que celebro y respeto.
          La adolescencia terminó abruptamente ese año, nos fuimos de vacaciones al sur con ese grupo y volví embarazada de Juan, mi hijo mayor. Me casé y me fui a vivir a Zárate. La crisis nos había arrebatado la lancha y con ella la posibilidad de seguir yendo a la isla. Zárate puso distancia entre todo lo que formaba parte de mi mundo y yo. Pasarían años para despertar e ir en busca de lo que me pertenecía


2 — Por ejemplo, aquello que habías pronosticado: “y viviría en esta casa”.

          MN — Creo en lo que el poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero llamaba “el pálpito”, esa primera impresión de las personas o los acontecimientos que después olvidamos pero contiene una verdad que más adelante va a confirmarse. A los once años extravié mi documento de identidad y bastante tiempo después lo encontré en la casa de la isla. En ese gesto involuntario está “el llamado a la aventura”, ése y no otro era mi camino.
          Necesité olvidar la isla para vivir en la ciudad, pero comencé a tomar clases con Alberto Muñoz y a trabajar en Ediciones en Danza con Javier Cófreces, justo cuando ellos escribían “Tigre”, la obra más importante sobre el delta.
          Me resistí, estuve en julio del 2010 en España y comencé a ahorrar dinero para quedarme a vivir allí; llegó el verano y con unos amigos alquilamos una casa en el río Carapachay. Allí tuve un sueño premonitorio y decidí ocuparme de este lugar abandonado por mi familia hacía tantos años. El pálpito se confirmó cuando el vecino que construyó el muelle me proporcionó el primer presupuesto para la madera: era la cantidad de dinero exacta que había ahorrado.


          3 — Has conocido y tratado personalmente a quien obtuviera en 1998 el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo”, la pampeana Olga Orozco (1920-1999). Y a otro pampeano notable, Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929-2010). Y a ese sanjuanino con mucha obra, publicada a partir de sus cincuenta años, y gran reconocimiento: Jorge Leonidas Escudero (1920-2016).

          MN — La presencia de Olga en mi vida ha sido constante desde muy temprano. Compré una antología suya del Centro Editor de América Latina en la adolescencia, junto con “Hotel pájaro” de Enrique Molina. Fueron mis dos primeros libros de poesía. Claro, por entonces me costaba pensar que esas personas vivían y ofrecían recitales. Llevaba a todas partes esos libritos de bolsillo, atormentaba a mis amigas leyéndoles esos poemas.
          En 1997 residía en Zárate, me había separado y tenía dos hijos pequeños. No tenía mucho contacto con “la capital”, eran años de vacas flacas y alquileres altos. Supe por un diario que Olga iba a leer en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (actualmente CCEBA) y allí fui. Lloré durante toda la lectura y Jorge Boccanera me prestó su pañuelo. Él fue quien me la presentó. Entonces le entregué lo único de valor que tenía para darle: mi juego de runas. Ella me extendió un papelito con su teléfono y me dijo: “Niña, venga a mi casa a tomar el té, que usted y yo tenemos que hablar”.
          Sigo en diálogo con Olga, me acompañan sus talismanes, sus consejos y la extensa obra periodística que escribió con diferentes seudónimos para la Revista “Claudia”. Vuelvo a esos textos cada vez que lo necesito y es así como el diálogo continúa.
          Cuando comencé a estudiar literatura tenía altas expectativas con respecto a la formación poética. Pronto me di cuenta que la poesía y la academia, al menos en esa época y en ese lugar, no se encontrarían nunca. Fueron los festivales, las lecturas, o los amigos poetas quienes nutrieron esa sed. Así fue con Orozco y tiempo después con Bustriazo y con Escudero.
          A Juan Carlos Bustriazo Ortiz lo conocí a través del querido y generoso poeta Sergio De Matteo. Fue él quien lo llevó al “Flamenco Bustriz” (así lo llamaban) a la presentación de “Estuario” en la Casa Museo Olga Orozco, de la ciudad de Toay, donde Olga naciera. Su poesía deslumbrante y chamánica me interesó vivamente, al punto que cambié mis planes de viaje y acompañé a De Matteo y a Bustriazo al Festival Internacional de Poesía de Rosario, en donde se realizó un reconocimiento a la trayectoria del poeta.

          El encuentro con Jorge Leonidas Escudero fue en su casa. Le realizamos una entrevista junto a Javier Cófreces (la encontrarán en mi canal de Youtube). Pasamos el día con él y sus hijas y por la noche fuimos juntos al Casino. Era mi primera vez y al poeta lo entusiasmaba la posibilidad de que eso le diera suerte. Volví a verlo al año siguiente para la presentación de su “Poesía completa”. Chiquito, como le decían sus amigos, era un ser humano excepcional, un hombre que comenzó a escribir cuando el cuerpo ya no le dio para seguir escalando los cerros en busca de piedras; entonces se dedicó, como él decía, a “buscar el oro de la palabra única”.


4 — ¿Qué decir, Marisa, de http://pajarodemimbre.blogspot.com.ar/, cultura isleña?...

          MN — Me gustan los blogs; tengo unos cuarenta que he alimentado con más o menos asiduidad desde 2004. Algunos son de lectura restringida y otros sólo los puedo ver yo y los uso para recopilar material sobre temas que me interesan (pájaros, trenes, el antiguo delta, etc.). En el caso de pájaro de mimbre, surgió a través de la Beca del Fondo Nacional de las Artes de investigación sobre poesía isleña. Colectar, reunir, antologar y difundir son tareas que siempre me dan placer. Fue también nuestro modo de habitar este lugar, ya que lo llevamos adelante junto a Gabriel Martino. Gabriel y yo nos conocimos en 2012 y el amor unió nuestras vidas y nuestros proyectos. Juntos construimos esta casa, juntos estudiamos bibliotecología, juntos coordinamos talleres y trabajamos en la Biblioteca Genoveva, hacemos libros, viajamos… Como diría Roberto Arlt, Gabriel es alguien que a fuerza de vivir en el delta “adquirió la ciencia de las cosas”; tiene un talento enorme para escribir, pintar, dibujar, esculpir, trabajar la madera. Se necesita una singular capacidad para vivir en el delta y no depender de nadie. Es él quien se ocupa de mantener a raya a las alimañas, a la vegetación que crece sin fin; también es quien fabrica nuestros muebles y repara lo que se rompe. Es un lector apasionado, sobre todo de literatura medieval italiana. Mantiene un blog de traducciones: http://italianoalabartola.blogspot.com.ar/ y uno en donde homenajea a su escritor favorito, el chileno Adolfo Couve [1940-1998].


          5 — Si una iniciativa hay que no deberíamos saltearnos en una conversación que propende a darte a conocer del modo más amplio, es la de creadora, al menos en nuestro país, de Bibliolanchas en Red.

          MN — El trabajo en red es el tipo de interacción comunitaria que, de todos los posibles, más me interesa. Así sucede con Poesía en la Escuela (poetas y docentes de todo el país que año a año realizan el festival en sus escuelas) y también con Bibliolanchas en Red, que reúne a tres comunidades rurales de tres países que cuentan con una bibliolancha: Quemchi en Chiloé, Villa Victoria sobre el Río Putumayo, en Colombia y el delta de San Fernando tienen mucho en común; atienden poblaciones con necesidades similares y une a sus proyectos los mismos ideales: llegar con la palabra a los lugares más aislados, convidar a la lectura de materiales cuidadosamente elegidos, retomando una frase de Gianni Rodari [1920-1980] que siempre nos acompaña: “El uso total de la palabra para todos me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

          En 2018 nos proponemos escribir un libro de mitos y leyendas junto a los niños y jóvenes y luego editarlo en los tres países. En Argentina contamos para eso con el apoyo de la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).



6 — Qué intereses te rondarán o habrán rondado en el área de lo artesanal.

          MN — La labor artesanal implica un uso diferente del tiempo. Me importa sobre todo eso, no tanto el producto en sí, sino el estado de bienestar que me genera estar tejiendo o bordando, o pintando con acuarelas. No hay un fin comercial ni una pretensión artística. Hace poco aprendí a trenzar canastos de sauce y palmera. La sensación de estar en un círculo de mujeres que tejen es poderosa. El bordado vino con la escritura de “Hebra”. Soñé con la frase “tejedoras de Dalcahue” y allí se inició la investigación sobre las tejedoras de diferentes zonas, sus herramientas y procedimientos, el sentido de sus diseños. Tuve que pasar esa experiencia por el cuerpo y convertirme en tejedora para terminar el libro.


          7 — ¿De cuál o cuáles siguientes tres citas te percibís más próxima?: Gilles Deleuze: “Hay que ser bilingües incluso en una sola lengua, hay que tener una lengua menor en el interior de nuestra propia lengua, hay que hacer un uso menor de nuestra propia lengua.” Ernesto Sábato: “Poderío del Lenguaje”: “La riqueza del lenguaje podría ser medido por el número de las palabras, pero no su poderío. Hay escritores que se arreglan con un vocabulario restringido, pero que sacan matices y partido del que tienen, por la maestría en la colocación: pueden no tener o no querer tener piezas, pero tienen posición. Como en el ajedrez, una palabra no vale por sí sola sino por su posición relativa, por la estructura total de que forma parte. Sólo un escritor mediocre puede desdeñar ciertas palabras, como un mal jugador de ajedrez desdeña un peón: no sabe que a veces sostiene una posición.” Emmanuel Kant: “El sueño es un arte poético involuntario.”

          MN — La búsqueda de un lenguaje propio, de esa lengua menor de la que habla Deleuze es la única tarea posible para quien escribe. Creo en el oficio, en la orfebrería de la corrección, palabra a palabra para ir tras esa lengua propia que, por supuesto, es inalcanzable. Sin embargo, en el origen de cada poema, al menos en mi caso, está el sueño, la visión, el relámpago; luego la tarea consiste en traducir esos fragmentos.


          8 — En 2015, junto a Javier Cófreces, tuviste la responsabilidad de ocuparte de las obras poéticas de Carlos Enrique Urquía (1921-2003) y de Juan José Ceselli (1909-1982).

          MN — Compartimos con Javier ese deseo de hacer justicia a los buenos libros, a tantos poetas que por razones de mercado editorial están fuera del canon y es necesario volver a leer. Ese es uno de los objetivos de Ediciones en Danza. Al recorrer el catálogo del sello no quedan dudas del enorme despliegue que ha realizado Javier como editor de poesía argentina. Tuve la suerte de participar en los volúmenes de los autores que mencionás. Mi tarea fue rastrear las ediciones originales difíciles de conseguir, tipear los textos, y en el caso de Urquía resolver el tema de los derechos.
          Urquía es un poeta que adscribe al creacionismo; los cuatro libros sobre el delta que compilamos en “La islíada” reflejan ese cruce entre la creación pura y la cercanía con el paisaje y sus habitantes.

          Ceselli es un rara avis de la generación del ‘40. Un hombre que abandonó todo por ir detrás de los surrealistas. Su obra es bella y violenta, desmesurada y cósmica. 



9 — En 2004 se publicaron dos antologías: “Un camino en la selva, un paso a la libertad” (a cargo del chileno Ramón Quichiyao (1951-2017), y “Al filo del gozo”, de las escritoras mexicanas Marisa y Socorro Trejo Sirvent, y cuyo eje es el erotismo.

          MN — La antología chilena formó parte de un Encuentro Binacional llamado La Ruta de Neruda, en el que desde 1999 un grupo de poetas de ambos países, Chile y Argentina, rememora el paso por la selva, desde Futrono a San Martín de los Andes, que realizara Pablo Neruda al ser perseguido por razones políticas.
          Participe en 2004, junto al poeta platense Emiliano Cruz Luna y los chilenos Ramón Quichiyao, César Uribe, Jaime Huenún, Jaime Valdivieso, Bernardita Hurtado Low y Jaime Quezada, de ese recorrido que incluyó lecturas en escuelas rurales, el cruce del lago Maihue y la visita de la hacienda en donde el poeta escribió parte del “Canto General”.
          En el caso de la antología mexicana, Marisa y Socorro Trejo Sirvent realizaron la convocatoria a fin de presentar el libro en el Encuentro Internacional Mujeres Poetas en el País de las Nubes, de Chiapas, e incluyeron un poema de “Caballos de arena”.


          10 — Participaste con una serie de haikus de la muestra “Satori” en la galería de arte contemporáneo “Masottatorres”. ¿También en otras muestras participaste?

          MN — “Masottatorres” fue un espacio de arte contemporáneo que replanteó los vínculos entre las obras, los artistas, los aprendizajes y el público. Desde que abrió sus puertas en 2007 fue concebido como una red que tendía vínculos entre diferentes disciplinas artísticas. Allí participé escribiendo haikus para las fotografías de la muestra “Satori”, seleccionando poemas que acompañaron la muestra “Erótica” y también coordinando cursos de poesía y vanguardias junto a Javier Galarza.
          En “Masottatorres” presentamos además “Estuario” en 2008, “El jardín posible”, mi antología de Olga Orozco, y “Yo, Claudia”, la obra periodística de Orozco en la Revista “Claudia”, con una performance que incluía un living de los años setenta y disfraces para fotografiarse con el libro.


11 — ¿Y “El jardín de las estrelicias”?

          MN — También nació en “Masottatorres”. Fue un intercambio con la genial artista Maggie de Koenisberg. Escribí en base a algunas de sus obras y ella luego pintó a partir de poemas míos. Esos poemas fueron editados por el Gobierno de la Provincia de La Pampa cuando fueron seleccionados en el Certamen Federal de Poesía “Casa-Museo Olga Orozco 2013”.


          12 — Es a la isleña Marisa Negri a quien precisamente le acerco esta “inquietud”: Ricardo Piglia en “El último lector”, a partir de esa tan divulgada pregunta: “¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta”, considera que la misma incluye a otras dos, las cuales, apenas retocadas, te formulo: “¿Qué libro leerías si no pudieras hacer otra cosa?” y “¿Qué libro creés que te sería de ‘utilidad’ personal para sobrevivir en condiciones extremas?”.

          MN — Me angustia esa pregunta. Vivo rodeada de libros, son imprescindibles para mí. Construí una vida en donde el contacto con el libro ha tenido todos los abordajes posibles; como maestra, compartiendo lecturas con mis pibes y enseñando a escribir; como bibliotecaria, desarrollando una colección relevante para el lugar en donde trabajo; como editora, sacando a la luz textos que estaban perdidos u olvidados; como poeta, escribiendo. Todo es leer y escribir. Pero vuelvo a tu pregunta. El libro que me ayuda a sobrevivir en condiciones extremas es “Cartas a un joven poeta” de Rainer María Rilke, y el que leería si no pudiera hacer otra cosa sería la obra completa de alguno de mis poetas amados: Arnaldo Calveyra, Orozco, Francisco Madariaga, Miguel Ángel Bustos, Escudero, Héctor Viel Temperley, Bustriazo…


          13 — Entre “Caballos de arena” y “Hebra”, ¿qué fue cambiando en tu poética?... ¿Tenés, tendrás, aunque no necesariamente para socializar en lo inmediato, un nuevo libro o compilación de la obra de algún autor?

          MN“Caballos de arena” es un libro que ha quedado muy lejos del resto. Es intimista, catártico, un poco adolescente también. Aun así es un libro querido por lo que representa en mi vida; una joven mujer con hijos pequeños, recién separada, escribiendo desde ese dolor. Más que los poemas en sí, allí cobró valor lo paratextual. Para la presentación del libro en la biblioteca del pueblo montamos una escenografía con cartas de tarot gigantes y caballos de papel; Nadia Sandrone, una talentosa amiga actriz, entraba a escena entre poema y poema jugando con agua, tierra y fuego. También toqué la guitarra y canté junto a dos guitarristas y un percusionista. Lo volvimos a presentar con gran suceso en las ciudades de Ramos Mejía y Capitán Sarmiento. De allí surgió un grupo de amigos que a veces coordinábamos talleres de educación por el arte.
          Luego me mudé, comencé mis estudios de poética con Alberto Muñoz y eso lo cambió todo. “Estuario” fue un largo reencuentro con mi madre a partir de escenas familiares que volví a narrar tomando la idea de John Berger: “El pasado es la única cosa de la que no somos prisioneros. Podemos hacer con el pasado lo que se nos dé la gana”. Entonces, tomando esa licencia reescribí parte de la historia familiar.
          Para “Las sanadoras” me alejé de lo personal; es un libro de mujeres que curan y mujeres que rezan, una exploración de esos saberes ancestrales sobre los yuyos, los huesos, las señales del cielo. Un grupo de mujeres en Balsa Las Perlas, provincia de Río Negro, lo transformó en una obra teatral. Conocí a la poeta neuquina Macky Corbalán [1963-2014] ese día, el del estreno: fue un encuentro breve y luminoso.
          En “Nautilus” el tema es la construcción de la casa, el regreso al río y al padre. Es un libro inconcluso, pero tal vez ese sea su signo; ahora que vivo aquí, y el delta es el universo cotidiano de lanchas, y niños y perros, se desdibuja como objeto poético, forma parte de un misterio mucho mayor aún.
          Con “Hebra” vuelven las mujeres a dominar la escena, esta vez tejedoras de distintos lugares de América, de diferentes épocas. Intenté en él recuperar esas voces, tejer. Hay poemas que funcionan como urdimbre y otros son trama. Dos muertes y dos nacimientos queridos y cercanos sucedieron en torno a esos textos mientras escribía “el origen y el final son una misma cuerda”.

          Lo que viene: una recopilación de “Mitos que viajan por agua” contados e ilustrados por niños y jóvenes de Argentina, Colombia y Chile. Formará parte del recorrido 2018 de la Bibliolancha de la Biblioteca Popular Santa Genoveva, y también del bibliobote de Villa Victoria (Putumayo, Colombia) y la Bibliolancha Felipe Navegante (Quemchi, Chiloé, Chile). También me gustaría editar la segunda parte de “Yo, Claudia”.


14 — ¿Ana Emilia Lahitte, Juana Bignozzi, Leda Valladares o Elizabeth Azcona Cranwell?...

          MN — Sobre todo Leda. Ella, como Violeta Parra en Chile, inició un camino hacia el origen de la palabra y del canto, nos enseñó a escuchar las voces de cantores que “con su música reajustan el universo”.
          Ella nos dice: “Grito y canto convergen en el indio, en el negro, en el asiático o en el criollo de cualquier continente. Salen juntos, casi trenzados en el rito primero. Allí se pierden las nociones de prudencia sonora y todo está permitido si sirve para expresar, clamar, convocar, suplicar y llegar a oídos supremos. La libertad es la esencia de ese grito y el grito significa sangría, parto, develamiento de fuerzas ocultas (…) Ese canto metafísico del desamparo original, cantado con los huesos y el pellejo, exige un tímpano religioso.”
          Admiro esa determinación de Leda, que dejó su formación jazzística para seguir el canto de la tierra y adentrarnos en sus misterios.


          15 — ¿Cuáles considerás que son las condiciones y atributos más relevantes en un narrador? ¿Quiénes responderían a ese modelo?

          MN — No soy experta en el tema. Cuando comienzo a leer un relato y la escritura es descuidada pierdo el interés; sin embargo, cuando un cuento o novela me apasiona, lo más probable es que relea una y otra vez y en esa lectura se vaya profundizando la mirada.
          Mirada la de John Berger que amo: siempre más allá de la superficie, y el inmenso abanico de otras lecturas que convida a leer. De William Faulkner su maestría para hacernos experimentar las emociones que viven sus personajes, la genial invención de Yoknapatawpha, en donde transcurren la mayoría de sus historias.
          No sé si hay un modelo. Cada autor tiene sus claves y habrá algunas que no alcanzaremos nunca. Me gustan Claire Keegan, Haroldo Conti, Cynthia Ozick, Juan José Saer, Natalia Ginzburg, Carlos Domínguez, Juan José Morosoli, Irene Nemirovsky, Felisberto Hernández, por nombrar algunos: estos que ahora vienen hacia aquí y mañana podrían ser otros.


          16 — ¿Cuál es tu opinión de la poesía argentina de este siglo XXI?

          MN — La poesía goza de buena salud. En Argentina hay un arco poético lo suficientemente amplio como para encontrar la voz que más nos interese. Ha habido un desplazamiento de la poesía hacia otros lenguajes, una fuerte presencia teatral, performática, audiovisual. También como lógica consecuencia de los tiempos que vivimos aparece fuertemente lo social y lo político.
          La oferta editorial tuvo su apogeo en 2015, cuando se creó la Red Federal de Poesía y desde el estado se propiciaron encuentros, lecturas, compras de libros para las escuelas, apoyo a festivales y ferias en todo el país. Hoy, desfinanciados estos programas, la red subsiste de modo autogestivo y solidario.



17 — ¿Incursionaste —aparte de tus prólogos y artículos— en otras formas de escritura fuera de la poesía?

          MN — Soy estudiante crónica y docente, así que mucho de mi escritura pasa también por el desarrollo de proyectos, planificaciones, breves ensayos o materiales didácticos para mis alumnos.
          Llevo habitualmente diarios de viaje, bitácoras que van quedando por ahí en cuadernos perdidos dentro de mi biblioteca, y alguna vez intenté escribir una novela pero no pasé de las treinta páginas.
          No creo que deba publicarse todo lo que se escribe. Durante cierto tiempo escribía dos o tres hojas diarias como un modo de “limpiar” la cabeza. También escribo muchísimas cartas.


          18 — Certezas: ¿bastantes, sólo algunas o poquísimas?...

          MN — Algunas. Amo lo que hago, tengo vínculos fuertes y profundos con algunas personas, creo en las fuerzas naturales, en el amor, en la amistad. Elegí vivir en esta isla pero podría haber sido también en Granada, Montevideo, Salvador de Bahía o Chiloé. Siempre habrá un deseo nómade en mi vida sedentaria. Siempre viento y raíz serán parte de mi naturaleza.




Marisa Negri selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


fénrir


                                        “uno entre todos un día será
                                        quien en forma de monstruo
                                        a la luna devore”

                                        edda mayor 40-3/4


fénrir
el lobo con la sangre del cielo
o el animal de gubbio
o el ojo amarillo de gmork

tantos lobos

los lobos de adentro
como la propia piedad
la detestable caridad para sí
los argumentos

de nada sirven las palabras
cuando el lobo
se disfraza de cortés
de buena gente

un beso es un colmillo
con su garra de niebla
te arranca el corazón

tarde o temprano el tiempo pasa
toda intemperie
es cicatriz 


                                  (“de “Caballos de arena”, 2003)


*


un sendero con flores de romero la lata de leche nido de la que asoma un malvón mi madre protesta los moños desatados el vestido blanco impresentable pero la abuela me dice yuyerita pone sobre mis brazos rodajas de papa para el exceso de sol aloe en los raspones de las rodillas cada brizna tiene su secreto en el jardín los tamarindos entregan sus hojas agridulces para calmar la sed y la ruda a un lado de la casa aleja la mala conversación al mismísimo oscuro si hace falta yuyerita hay que pedirles permiso a las plantas para que entreguen su virtud cortarlas con la mano fuerte en el nombre de san juan esa higuera es tu árbol de nacimiento yuyerita una velita roja y tres deseos cada año a sus pies


                                    (de “Estuario”, 2008)


*


El bicho


El hijo del panadero mira por el rabillo del ojo
le zumba un bicho en la cocina
el Capitán debajo de la mesa
el hueso del puchero entre los dientes
la mosca sobre el hueso
El chico se ladea
una vez
otra vez

Las rodajas de jengibre sobre la tabla
Berta sobre el cuchillo
zumba el bicho
zumba zumba zumba
todos tenemos un bicho dentro de la cabeza

Quiero los duraznos de la frutera
todos
El licor de las hermanas
¿Es la voz de la mosca?
El día que subimos al techo no fui yo
fue el bicho

Los bichos tienen mil ojos
con cerrar la mitad les basta para dormir

Inventos
Ningún bicho puede hacer casa en el cuerpo

Me darán un trompo
si les llevo el bicho envuelto en alcohol.


                                                (de “Las sanadoras”, 2012)

*


Iwy Mara ey


partiremos hacia el este
un solo tronco ahuecado será la canoa
pay carabí
danos la blanca carne de los peces
días de agua mansa
semilla y barro a nuestras mujeres
piedra y hueso para las lanzas
pay carabí
que lleguemos salvos
a la Tierra sin Mal


                               (de “Nautilus”, 2012)

*

La lana es la vida. Es el arreo con silbido y buen perro hacia la esquila y el hilado torcido para la resistencia. Los más antiguos no están y nadie quedará cuando nos vayamos yendo.
Madrecita tejía ponchos bordados que no alcancé a aprender: roble, canelo, pello pello, tenía 12 años cuando todo empezaba.
Madeja cruda teñida con barba de palo, tiene que hervir para que tome el color. El punto ceñido apacigua el viento, las agujas nunca se dirigen al pecho.


                                             (de “Hebra”, 2016)

*


Infancia


Impulsa su autito de carrera sobre el asiento que con el oleaje recorre el largo de la lancha, rebota y cae sobre las piernas de un hombre adormecido.
El niño recibe un reto suave y la madre musita una disculpa.
Pero el hombre ha sido tocado.

Ve la puerta de alambre, la cocina, el cajón de los cubiertos.
Esquiva los cuchillos y guarda tres cucharitas de metal, sacachispas.
Clava la cuchara en la masilla
clava la masilla en el plástico.
Impulsa su autito de carreras.

El niño que dormía, despierta.


                                        (de “Delta F”, inédito)

*

Entrevista realizada a través de correo electrónico: en el Delta, partido de San Fernando, y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, distantes entre sí unos 40 kilómetros, Marisa Negri y Rolando Revagliatti, abril 2018.


sábado, 7 de abril de 2018

Juan de la Fuente presentará Vide cor tuum (Perro de ambiente, editor) en Madrid


Presentación de “Vide Cor Tuum” (Perro de ambiente, editor) de Juan de la Fuente Umetsu en Madrid. Este jueves 12 de abril , a las 8 p.m., en el EVA de Madrid con la participación de los poetas Antonio Ruiz Pascual y Leticia Quemada Arriaga y las cantautoras Mariella Kont y Myriam Quiñones. Los esperamos!

martes, 3 de abril de 2018

TODOS SOMOS FORASTEROS: El guardagujas de Juan José Arreola, por Adán Echeverría


Niego el conocimiento y la voluntad de ser
si nos lleva a donde nos trajo.
Juan José Arreola

Leer El guardagujas es dejarse sorprender totalmente, quedarse boquiabierto, exagerarse las ojeras, abrirse completito al timo, maravillarse por el ingenio y mucho más. Este cuento de Arreola no puede uno dejar de degustarlo las veces que se detenga a leerlo, se puede desarmar y escoger su parte mejor, y armarlo de nuevo, y esa que uno creía la parte mejor, lo ha vuelto a engañar.
Un hombre en una estación con un boleto dispuesto a abordar el tren que, como todos supondríamos, lo debe llevar a su destino, y se desata la magia:
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo.
La forma que Arreola tiene de escoger las palabras para redondear las ideas, el ritmo que le imprime. Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave… Y cierto o no, uno participa de ese apenas perceptible sonido de la palmada suave. Puede escucharse, se nota el cambio en la narración, como si el autor susurrara las palabras, para volver a decir: Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Nótese que no de “aspecto”, sino de “vago aspecto”. Si el adjetivo no funciona mata, dicen por ahí, pero Arreola utiliza las palabras como un gran artesano.

Para crearse una opinión acerca de una lectura intervienen al menos tres cosas: el conocimiento del lector acerca del texto a leerse (es decir, leo porque me lo han recomendado), el momento de la lectura (el tiempo biológico en el que el lector lee el texto) y las intenciones del lector (por qué se lee). Arreola logra encandilar a cualquier lector que se acerque a su cuento, de ahí que se tengan muchos acercamientos a El Guardagujas. Leyendo El Rey Viejo de Fernando Benítez, ambientada en 1920, me encontré con este apunte: “En estos locos trenes mexicanos, que no se sabe nunca cuándo salen ni cuándo llegan, las despedidas son agobiantes”. ¿Acaso un guiño a El Guardagujas? Dejemos a los críticos ponerse de acuerdo, y hagámoslos a un lado para centrarnos en el disfrute pleno del cuento, lo que puede despertar en nosotros.

Arreola con Juan Rulfo


Y es que al menos yo, leo de acuerdo con las influencias del momento, y cómo no reconocerme ante El Guardagujas si crecí cerca de la Ex Estación de Ferrocarriles, y me pasé muchas tardes correteando palomas, iguanos, zarigüeyas entre los vagones. ¿Acaso compañeros del barrio no estudiaban con niños cuyas viviendas eran vagones adaptados para ello? ¿Acaso no supimos de chiquillas que se dejaban manosear cerca de esos vagones y rieles? ¿No es cierto que todo alumno de los talleres de fotografía que impartía el maestro Humberto Suaste en la Facultad de Arquitectura no se creyó un innovador al ir a retratar niñas a los vagones y rieles, a la estación del ferrocarril?
Si a eso le sumamos la ocasión que me tocó viajar en tren hasta Tizimín para hacer una bicicleteada a través del oriente del estado, -el plan era llegar a esa ciudad en el oriente del estado de Yucatán, y recorrer en bici hasta el puerto de Río Lagartos, El Cuyo, Colonia Yucatán y regresar a Tizimín-, y el traqueteo del tren fue, en esos ayeres, la aventura.
Esos patios llenos de chapopote son ahora una Escuela de Arte. Pero hubo una época en que el ferrocarril en Yucatán era todo un espectáculo del avance de la ciudad. Muchos viajeros, como los del cuento de Arreola, se quedaron a dormir en las posadas frente a la estación. Y miraban hacia el horizonte como se extendían los rieles. Así, en cada poblado donde el tren pasaba, las historias se iban repitiendo, y es cuando el cuento nos hace sentirnos patria, humanidad, ya que la construcción del ferrocarril a lo largo se llevó a cabo por muchos hombres con historias rudas de vida, que en ocasiones escapaban de la ley.
Todo eso viene a la memoria cada vez que leo el cuento de Arreola, pero hay mucho más, porque uno disfruta, sonríe, se alegra, se sorprende, se enoja, se desespera con el destino del forastero.
Y es que en el ahora, en este año, todos nos sentimos forasteros en nuestra patria. Y así como el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren, así es como cada uno de nosotros tenemos que luchar por mantenernos atentos para no perder el tren que nos corresponde, y no se trata de escoger nuestro vagón, sino de abordarlo a cómo de lugar o nos quedamos de pie en la estación, rumiando el tiempo.

lunes, 2 de abril de 2018

Poesía y zonas temporales: diálogo con Magdalena Chocano


Con motivo de la publicación de su libro Objetos de distracción & Laberinto (Lima, Ediciones Imaginarias, 2017), la poeta Magdalena Chocano sostendrá una conversación pública con el investigador José Ignacio Padilla. El encuentro será el martes 3 de abril, a las 7:00 p.m., en la Casa de la Literatura Peruana (Jr. Áncash 207, Centro Histórico de Lima). El ingreso es libre.

Chocano, poeta e historiadora, volvió al Perú recientemente tras una residencia de varios años en Estados Unidos y España. Desde los años 80 ha publicado poemarios de manera espaciada pero consistente, y ocupa, de manera discreta y silenciosa, un lugar importante en nuestra escena.

Se propone una conversación sobre la naturaleza de la práctica poética y su lugar en relación a otras prácticas y discursos. El punto de entrada será el de las “zonas temporales”, o el de las “texturas temporales y poesía”. La cuestión de las temporalidades permite observar las dinámicas propias del poema, y también preguntarse por la posibilidad o imposibilidad de que otras temporalidades, propias de la historia, se manifiesten en la poesía. Esta problemática nos lleva a preguntas como: ¿cuál es el tiempo del poema?, ¿cuál es la naturaleza del trabajo poético?, ¿es la poesía una práctica o un discurso?, ¿puede (o debe) la poesía dar cuenta de otros discursos?



SOBRE LOS PARTICIPANTES

Magdalena Chocano Mena (Lima, 1957). Estudió historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Realizó estudios de maestría en el Ecuador y se doctoró en Estados Unidos. Fue investigadora del equipo interdisciplinario de investigación «Multiculturalismo y género» de la Universidad de Barcelona.  Ha publicado los poemarios Poesía a ciencia incierta (1983), Estratagema en claroscuro (1986), Contra el ensimismamiento (partituras) (2005), Otro desenlace” (2008), entre otros. Poemas suyos han sido traducidos al inglés.

José Ignacio Padilla (Lima, 1975). Ph.D., Princeton University (Spanish & Portuguese, 2008, con una tesis sobre poesía y artes plásticas —Girondo, Hidalgo, Huidobro, Noigandres, Eielson)—. Editó la revista more ferarum, además de volúmenes de homenaje a César Moro y Jorge Eduardo Eielson. En 2014 publicó El terreno en disputa es el lenguaje. Ensayos sobre poesía latinoamericana. Desde el año 2009 dirige la Librería Iberoamericana.

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...