domingo, 8 de mayo de 2011

La primera oscuridad de Oscar Hahn, nuevo libro se presenta en Santiago de Chile

Óscar Hahn, poeta, ensayista y crítico, nació en Iquique en 1938. Es autor de una vasta obra, muchos de sus títulos traducidos a distintos idiomas. Estudió pedagogía en la Universidad de Chile y ejerció como profesor de Literatura en la misma universidad, sede en Arica, hasta el golpe de Estado de 1973. Un año después partió al exilio y se radicó en Estados Unidos, donde trabajó primero en la Universidad de Maryland y luego en la Universidad de Iowa, donde se desempeña aún en la docencia. Es reconocido como integrante de la Generación de 1960, también llamada Generación Trilce. Ha sido merecedor de varios importantes premios nacionales (Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile, Premio Municipal de Santiago y Premio Altazor), y en 2006 se le concedió el VI Premio Casa de las Américas por su obra En un abrir y cerrar de ojos.

La primera oscuridad

En esta última entrega de 40 poemas inéditos, Óscar Hahn, poeta del amor y la muerte, continúa su "serie del fantasma". Espejos, reflejos, paseos nocturnos, lo innombrable y lo inanimado recorren su poesía, que también evoca momentos cruciales del siglo XXI, como el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001.

Los poemas de esta obra nuevamente confirman a Hahn en su calidad y originalidad, haciéndolo una figura indiscutible en el contexto hispanoamericano.


Presentación martes 10 de mayo, 19:30 hrs.
Centro Cultural Gabriela Mistral, Sala 2 (norte)
Av. Libertador Bernardo O'Higgins 227, Santiago

El evento consistirá en una lectura en voz del autor
de los mejores poemas de su obra;
Presenta María Teresa Cárdenas,
coordinadora de Artes y Letras de Diario El Mercurio.

jueves, 5 de mayo de 2011

Perseguir la poesía: Ossip Mandelstam, Poesía (Vaso Roto, Madrid, 383 pp., 2010), por José Manuel Pons

Acaba de salir un nuevo número de la excelente revista española Poesía digital, dentro de todo el material sumamente recomendable encuentro esta interesante reseña sobre Osip Mandelstam:

Cuenta Brodsky que Auden no entendía que Mandelstam fuera considerado un gran poeta, ya que las traducciones que había visto de su obra no se lo demostraban. Estas palabras le sirven al premio nobel como acicate para reivindicar una traducción que sea respetuosa con el original, atendiendo, sobre todo, a la particular naturaleza de la poesía rusa. Si su distinción respecto "de sus hermanas occidentales" estriba en "la preservación de las llamadas formas clásicas", argumenta Brodsky que, aunque sea sólo por razones puramente etnográficas, habría que conservarlas en la traducción y no forzar ésta "para que entre en un molde común". Es obvio que la métrica es fuertemente significativa en la configuración de un poema y prescindir de este aspecto es vaciarlo de su esencialidad. Si, además, la concepción poética del autor tiene un fuerte arraigo en la oralidad, como en Mandelstam, el resultado no puede ser otro que el percibido por Auden. A todo ello hay que añadirle la dificultad inherente a la traducción de la propia poesía rusa. Señala Jorge Bustamente García, traductor de la lengua rusa, que "en el trasvase de la poesía rusa al español es casi imposible revelar el significado simbólico de ciertos aspectos del verso de origen, como el del yámbico ruso (…), de difusa percepción en la poesía en español. La multiplicidad de significados de una misma palabra, las frecuentes polisemias o ambigüedades semánticas, la obligación o fortaleza de la rima en el verso ruso, el tono y su música, son algunos de los principales problemas con los que se tropieza".

Todas estas reflexiones de carácter traductológico no tienen otra intención que señalar una carencia de atención notable en el panorama editorial español respecto a la poesía rusa. No creo que las buenas intenciones basten si el resultado nos aleja del poeta traducido. En cuanto a la presente edición, hay que anotar como carencias significativas: que no se haya sujetado a la rima del original —opción no justificada por el traductor—, que el prólogo vaya más allá del simple apunte biográfico, que no se nos diga la procedencia del original ruso, así como el criterio de traducción y, sobre todo, la ausencia de un aparato crítico que sirva de puente entre dos lenguas y dos conceptos del mundo tan distantes. Hay un cúmulo de referencias culturales que al neófito de la cultura rusa necesariamente ha de escapársele y que llenan de significado los poemas. Las referencias al mundo grecolatino también son numerosas y están integradas en diálogo, muchas veces de manera indirecta, con la realidad contemporánea del poeta. Tanto el fitosimbolismo como el zoosimbolismo, como nos recuerda María Sánchez Puig en un atinado trabajo sobre la traducción de Ajmátova, desempeñan un papel relevante en el universo poético ruso y escapan al lector español, a menos que el traductor se preocupe por hacerle llegar esta simbología. No creo que favorezca al prestigio de los traductores españoles encontrarnos con versiones tan diferentes de un mismo poemario. No se trata de cuestiones de detalle —que las hay, y en gran número—, hablamos de cambios en los tiempos verbales, de la traducción errónea de palabras que vacían de significado el poema y conducen a una lectura equivocada del mismo. Las traducciones de la poesía de Ajmátova ya pecaban en este sentido, y las de Mandelstam no le van muy a la zaga.

Otro aspecto, no menos relevante, es el que hace referencia a la imagen que de Mandelstam se viene dando en el panorama literario español, aspecto que es ajeno al propio hecho poético. La tragedia personal del autor nunca puede servir de criterio para valorar la calidad de sus versos, más cuando el propio poeta eludía estos hechos circunstanciales y reivindicaba no tenerlos en cuenta, y cuando dos de sus tres poemarios son anteriores a la persecución a la que se vio sometido y que precipitó su final trágico. Son pocas las lecturas que se han hecho en lengua española de la obra poética de Mandelstam que reflexionen sobre la inmensa intensidad lírica de sus versos. Tal vez, la propia naturaleza de su poesía y de la lengua rusa lo impida. El propio autor era consciente de estas limitaciones y así lo hizo hablando de la obra de Dante. De todos modos, la última palabra la tienen los traductores y en sus manos está encontrar equivalencias en nuestro idioma de los hallazgos poéticos del escritor ruso.

El volumen que nos ocupa lo integran las tres obras del autor en edición bilingüe: Piedra (1913), Tristia (1922) y Cuadernos de Vorónesh (1935-1937). La primera de ellas nos remite tanto por el título como por la fecha de publicación, y así nos lo confirma el propio texto, al periodo acmeísta de su autor. El Romanticismo —también Pushkin, pero sobre todo el alemán—, tiene en Mandelstam un fiel heredero que, desde la propia concepción poética, de marcado carácter organicista y de la que hallamos semejanzas en algunas de las propuestas vanguardistas de nuestra literatura, dejará su huella en las tres obras de este poeta. Al principio, esta herencia se manifiesta en consonancia con la producción de los poetas simbolistas de la época, a veces incluso participando de sus excesos y clichés, aunque nunca renunciando a la singularidad de voz y autonomía espiritual que le caracterizó siempre. Se puede decir que Mandelstam no renunció nunca a la realidad de su tiempo, y, de esta forma, también se une a la celebración de la revolución, aunque lo que él celebrara fuese el espíritu de ésta y no la utilización que de la misma hizo el poder. En el plano formal, Brodsky señala que "ese carácter sobrecargado de su verso, por lo demás regular, era lo que lo hacía excepcional". En las siguientes obras, sin embargo, se va alejando de forma gradual de estas manifestaciones externas del poema y esencializando más su dicción hasta casi llegar a la ruptura sintáctica en su último poemario —que nos recuerda la propuesta huidobriana de Altazor—.

Tristia nos lleva a hablar de la preferencia que Mandelstam tuvo siempre por el mundo grecolatino. En esta obra, la presencia de Ovidio es evidente, como lo es Tibulo y otros poetas latinos. Pero también en esta obra persiste el vivo interés del poeta ruso por la cultura griega, manifiesto en la anterior. Brodsky hablará del poeta helenizado, puesto que el diálogo que Mandelstam mantiene con la literatura griega no se limita a referencias culturales, sino que le lleva a adoptar el hexámetro combinándolo con el pentámetro yámbico, dentro de un verso más grande como es el alejandrino. Y todo esto desde una concepción sonora del poema que hace de él un poeta formal en el sentido más alto del término. No olvidemos que Mandelstam alardeaba de no haber escrito un solo verso, refiriéndose al carácter oral de su poesía, que ese alarde se convierte en necesidad al tener que esconderse de las delaciones, y que sus poemas nos llegan gracias a la memorización que de los mismos hizo su viuda.

Por otra parte, el perfil temático de estas dos primeras obras estaría incompleto si no señaláramos, tal y como refiere Aquilino Duque en una entrevista radiofónica, la preocupación que sintió este poeta, como judío que era, por el hecho religioso y, más concretamente, por el cristianismo católico, en el que encuentra algo más que respuestas convincentes. Duque habla de la relación que establece entre Roma y esa segunda Roma que es Rusia. Brodsky, por otra parte, añade que la interdependencia entre estas dos esferas, "se hace más evidente y densa", en el último poemario.

Finalmente, los Cuadernos de Vorónesh, que para García Gabaldón "constituyen la cima creativa de Mandelstam y una de las más poderosas y complejas creaciones del Espíritu del siglo XX", recogen líricamente el diario del poeta en los años de destierro en Vorónesh. Resalta el horror existencial así como una altura espiritual sólo explicables por la certeza que el poeta tenía de la proximidad de su muerte. Abandona la vertiente meditativa que caracteriza sus poemarios anteriores y deja paso a una poesía de movimientos rápidos, en la que se percibe una urgencia de dicción espoleada por la falta de tiempo. Es este un poemario cargado de intertextualidades, como lo evidencia los comentarios que de él hacen la viuda del poeta y Natalia Stempel, recogidos parcialmente en la edición que de los Cuadernos hace García Gabaldón. Dante, Ovidio, Pushkin, Fray Luis de León, Jlébnikov, Gogol, Tsvietáieva... son nombres necesarios para la comprensión de los poemas, del mismo modo que lo son las constantes referencias a la realidad social del momento. Los Cuadernos de Vorónesh ponen de manifiesto, más que nunca, cómo el poema tiende hacia su final: con el último verso se acaba y completa su forma. De la misma manera la propia vida del poeta. Esto lo sabía muy bien Mandelstam.

Más dulce que canciones italianas / es para mí el habla materna, / pues en ella murmura ocultamente / un manantial de arpas de otras tierras (Tristia, XXXIII)

miércoles, 4 de mayo de 2011

Alterrancia, inidéntico: sobre Andrés Ajens, por Reynaldo Jiménez*

* Lo que aquí se concita viene a celebrar La flor del extérmino, por Andrés Ajens, La Cebra, Buenos Aires, 2011.

Inscribe Andrés Ajens:

Pero aparte de que nunca es posible explicitar exhaustivamente un contexto (toda una vida no bastaría), ocurre que no entender enteramente lo que otro u otra dice o escribe es lo más común del mundo. (…) simultáneamente entendemos lo que entendemos y no entendemos lo que no entendemos, ¿se entiende? En cualquier caso, antes de entender y de no entender, antes de que asimilar y/o no asimilar un sentido sea posible, hay cada vez algo así como un pre-sentido operando, o más de uno, eso que a ratos llamamos tono, entonación, deseo – deseo de entender y de entendernos incluido, aunque presintamos de entrada que no vamos a entenderlo todo, que no nos vamos a entender del todo, que la plena comprensión (y/o identificación) no es posible, y que si fuera posible, catástrofe descomunal sería, tragedia el quedarnos sin deseo (de entender y tender a alter incluido). Lo cual, de cierto, no implica promover ninguna apología de la incomprensión ni menos algo así como el imperio del individual deseo (el deseo raramente fuera por demás asunto eminentemente “subjetivo”).

Y quisiéramos añadir:

Del exterminio que todo término miniaturiza. Del estar fuera de término, de fuerza de cláusula, incluso, y de frontera, de cohecho, pues, en acto, eclosiona la voz, flor de la escritura. Ahí los ecos indican persistencias, la resistencia misma de las voces, capaces de supervivencia, sobre todo ahí, donde han sido obturadas, tachadas, clausuradas. Ninguna Declaración Universal de Inexistencia alcanza a rasgar toda la espesura de la voz. Aun cuando nos quedase andar entre segmentos, con el flechazo-acicateo de lo discontinuo: aun así, persisten las entidades, que se pronuncian. También los sentidos para esa confluencia, aun cuando pudiesen estar, de momento, obturados.

Intactas, las entidades de la voz, hasta en la micropartícula del segmento, vuelto al instante, otra vez, un Todo Puede Ser. Sería no otra cosa que la voz lo que antecede, incuba, genera, multiplica, enriquece, deriva, traba, perturba, destraba y sobrevive –eclosiona– a las lenguas y a los lenguajes. Incluso. Como en la experiencia misma de la resignificación: dándole voz a alguna cosa interceptada. Alguna astilla de experiencia que retorne (y detone) inagotable a la dermis, a la época, a la urbe, al recorte particular o más o menos generalísimo en que nos sepamos, o no, instantáneamente proyectar.

La voz, oh sí, que de tan humana se aparece como lo trashumante. Variante en lo invariable. Funámbula razón de ser cuando es alambre el contacto participativo, con que se teje, aun si dificultosamente, en la escrita (“en la Robada”). A veces, porque su espesura las abarca a todas, todas las particulares, las irrepetibles. Voces. Fuera de los términos sería siempre este comienzo, fuera de término, de demarcación espaciotemporaria, que la lengua poética, la deslenguada, la desengualichada —no obstante hecha con retazos de lenguajes y hachada por lenguas tan arcaicas como futuras, oblicua y centrífugamente hablando— envía, de paso por la respiración del paseante, agitado por la altura [nos desencontramos de pronto, los de la estepa, a más de 3000 m sobre el nivel del mar, ahí donde éste no se contaba sino como un horizonte inalcanzable, una franja territorial que se hundiera tras los nevados sin devolvernos señal], envía, decía, hacia lo aún inexistente.

Acá y ahora de la mera inminencia de lo porvenir, haciendo epifanía del ensayar precisamente voces, entrevoces, tremeluz de entrellas, dispersión para un cóncavo, no obstante. La flor del extérmino, su pedido por la cesación de la extinción, su horadar-orar, habiendo sido escrito por Ajens no podría sernos menos ajeno. Ya de partida su lonjazo a la vecindancia, homenaje a la posibilidad de compartir, hasta el entrecruzamiento infinito, a través de un plan conspirativo para abolir ese meollo de distracción del que surgen y en que se asientan nociones como las de Frontera o de Propiedad Intelectual. Porque si el ensayo se explaya, con o sin propiedad, en tanto género (literario) donde el pensar se va ajustando en la prosodia, a medida que surge ante el escrutinio o la distracción del colector, en éste particular, textil que precede y sobrepasa al texto (hecho de voces, como viene), lo que se va pensando es un asunto que desde lejos se venía. O una serie coactiva de asuntos, nada presuntos por cierto, con los que Ajens urde una especie de parte desde el frente. De ahí que su urgencia colinde con su paciencia para seguir leyendo aquende las puntas aparentes de hilachas que no terminan, empero, de salírsele por la boca del enhebrado, a puntas de flecha y de flechazos. Antropófago, quien siga leyendo ahí donde no está todo dicho ni escrito ni concluido de leer.

Quizás Ajens no recorra enhebrando sino escenarios de una guerra (¿simbólica? desde ya nada fría) al interior… Una calidad de resistencia, la suya, que se aparta de la correntada esquizoide del hechizamiento divisor y predispone a transleer ahí donde no había sino biombos de comprensión. Monstruos de lo inexacto al retenernos en un solo lado de la frontera. Como si hubiera. Ese parte, desde la frontera, trae noticias del que partiera hacia el más acá. Allende es aún in situ.

La voz que se desenajena se inspira plurilocal. Al ensayarse, va desmontando la red de dispositivos perceptibles ya en los calcos de la propia letra. Pero haciéndolos aun más perceptibles, pues la articulación ajensiana trae hacia delante, pone Acá en relieve, hasta el intersticio que es la letra. Le resalta el vacío acosador. Vacuola en que la letra se hace otra vez cruda. A esta altura el poema sería una borrachera en los Andes o esa sobriedad ebria sería una emanación del posibiliter. Una mascarada de diablos con barbas rubias o una mascada comunal de coca ante el cerro que observa silencio. O al arrojar las hojas, en aras de adivinar. Una resistencia a la asimilación, en cualquier dirección que ésta se pudiera reimponer. Los recorridos diagonales de Andrés (traspasados a otra escala o magnitud darían una estrella intercostal toda rayada y en dínamo que subrayase el área supuestamente fronteriza entre los sures, entre los feudos del sur: una estrella y ya no una tachadura), son la exacta huella traslaticia y prolatente de su viaje continuo por el continente nuestro.

La flor del extérmino es un libro de viaje, un libro de horas, una documental que deja adrede trabajando sus materiales ante la dicha perpleja de quien atienda. Un capítulo (libro de pasajes y de veloces ritos verbales de pasaje: parpadeo del entre) de una poética molecular y por ende inmensa, que abarca por desplazamientos conectivos y casi que se da, ella misma, en tanto experiencia del abarcar trazando diagonales, que nadie hubiese esperado. Aporta su pensar, la mecha encendida, acto-escritura, cualidad elástica, esa cuestión de irrigar la intriga para ver, esperar, a ver qué más puede ocurrirle a la escritura en trance de ir haciéndose un so-pensar.

Es instigar, lo suyo, materia tan escurridiza como lo es la atención en simultáneo. Mientras, conversamos por los pasadizos de esa Sincroteca que Andrés está construyendo, desde todos los ahoras moleculares de su extensa obra, a sabiendas del contraproyecto esencial que a todo ello, ello mismo, anima. Esa paradoja consistente entre la pregunta por el nombre, por la existencia misma de América como alguna retenible imagen diamantina o turbia, aunque al fin y al cabo aglutinable, y la capacidad de responder con lo que continúa moviéndose, con el temblor del estrato (de lo inhumano, que tan dificultosamente soportamos). Lo cual recupera toda ancestralidad (del cuerpintado) en su capacidad de seguir impulsándose hacia un “acá”. El cuerpo pintado —pensar tal como se pintan los ahí-adentro— no difiere, entonces, del poema en experiencia. El autónomo, condensador de energía, es un desautómata. Desmagnetiza circuitos.

Viajar, de este modo, implica una instancia que no está en una consideración del espacio ni se temporaliza en relación a algún Centro Distante de Acá. Acá que no sabemos qué sea, todavía. Que surte otro tipo de efectos a la rasante conciencia de lo que ajusta las condiciones fronterizas, que, por cierto, devuelve la impronta traslúcida de la primera vez. De estar leyendo por primera vez. De sentir que el castellano, sin ir más lejos, es raro como la consistencia, belleza cruda, del ente corporal, de sus instancias más inmediatas, sus emergencias, la super-urgencia (violenta, organizada) que corta las transmisiones del más acá.

Acá, en cuanto ampliación del campo perceptual, también. Y en relación ahuesada: micropolítica del gesto que actualiza un traspasamiento de la frontera y su esquizo, su noción como un permiso de existencia. Para, en vez, tender oídos al más acá, sin remendar la marca divisora, la que establece a la adversidad, y no a la diversidad, como punto de ensamble, lugar común. La que por caso ponía a la voz de un lado y a la letra del otro. Que la percatación en simultáneo, que ensaya Andrés, nos permita versar por los accidentes aparentemente eruditos, que de tan puntuales son construcciones suyas, para aportar a una más diversa panorámica, en el acto de esa colectura que propone, al traer esas líneas de fuga hasta nuestras playas de conocimiento más o menos estacionario. Versar-con, o dejar de ser adversario del vecino —una de las situaciones, dentro de la distracción establecida, más comunes y fatigosas del mundo— y observar el desplazamiento de las mismas palabras, las de siempre y nunca, mientras van ensayando sin desmayo, surcando la escucha con nuevos términos, en otros términos. Los signos conversando con lo insignificante. Nada menos terminal.

Quién sabe qué ojos observen por primera vez un texto. Pero si se sabe de la voz, en verdad es que no hay texto, porque el contexto, en tanto predestinación, se evaporó, para dar paso, o cuerpo, pleno, a una luz de textil. Desliza pensar con la fuerza de atracción de su trama —la pregunta es desde y por la tragedia, y por ende inquiere por la traducción, al vérselas asimismo con el estado de conflicto, o los conflictos inter-estados, que plantea la sola moción fronteriza. Pero el textil nos lleva al desempeño subliminal de lo significado, donde sólo el ojo minucioso del observante (que Pigafetta inscribiera como other en su lista de vocablos tehuelches, según Ajens, “para traducir el `ojo´ patagón”) nos puede derivar, es decir dejarnos respirar, por fin, después de tanto palabrerío sobre tanta cuestión del inventario. Dejarnos salir del inventario, o saber que no necesariamente estamos ahí: permitirnos ese desvelo, ese subrayo que Andrés intercala a veces desplazándolo a subrayo, donde libera, contraveneno, el propio (amplio) desconocimiento que teníamos (tenemos) acerca del suelo y sus estratos pulsantes. O más bien aquello que, no siendo territorio, ni, mucho menos, mapa, constituye sin embargo un ensamble de andariveles, que serían nuestras capacidades de movimiento y nuestra posible actualidad. Esa interdimensión. Donde el textil eclosiona, gesto entreverante, lo inaudito por venir, tinku sin precedentes: aquí, la gracia insignificante. Un contraproyecto. Un desmapeo. Una conexión de infrazonas sacándose de las casillas.

¿Y a esta escritura del carajo, del carajo entreveraz y tinkudo, a la vez alógena e indígena, aún la vamos a llamar “Literatura”? ¿O, sin tomarle el pelo a nadie, y muy menos a la tradición e institución literarias, pero también diciéndolo aquí sin pelos en la lengua, no fuera mejor diferir la decisión en torno al nombre y a la clasificación de la “cosa”?

No apurar el entrevero: en tal pararrepliegue, aún a relevar, Andrés se coloca en la hilera discontinua, imprevista, de los exploradores. Su exploración, en cierta desmedida podría consistir en arrojar la piedra, no fundacional sino epifánica, por deforme que esto pudiera parecer, si pareciera: y a ver qué ocurre. Su pacto o su paciencia, asimismo, podría ser un aumento de la capacidad conspirativa, que incluye valores documentales o eruditos pero bajo el signo radiante del entusiasmo por el eco. Es decir, por lo que le ocurre a la voz cuando pasa por los sintetizadores de cada lectura-escucha, cuando retorna, polen, proteica, a la conciencia de haber dicho, no alguna, sino mucha y espesa cosa, que hace rato hacía falta.

Sobre todo, acá, Buenos Aires, 2011, donde y cuando nos abomba la cantinela popularesca, lo incuestionable de tanto asunto datado, la ronda extrachata de la repitencia demagógica, obturadora del ágora, del tinku, del nguillatum, del acto, del gesto, del deseo: aun a sabiendas de tal máquina tantálica, buscar confluencias incluso en las bifurcaciones y fructificación en lo que se va incubando tras la idea. La política ya no en los términos de la polis, y menos aún de las policiaciones mentales sobredeterminantes del evento conectivo, del acto en poesía. Tocar el lenguaje para alcanzar fibras en la lengua, y con esto, más arriba, decía: una riqueza capaz de abolir la Propiedad.

Pensar no podría sino ser lo más extraviado ante cualquier prepotencia, cualquier desafección. La más ínfima distancia sofocaría al textil, petrificando la idea al coartarle las líneas de fuga y reducirla a una noción (terminal). Ido el textil, retorna el texto: producto, y ya no dicha de ver qué pasa, qué podría estar sucediendo, incluso si uno mismo faltara, y no hubiera cita, ni verosímil, sino una cosa o pre-cosa, toda salpicada, en efecto, de signos, pero, según refiere Lezama de Góngora: “juglar hermético, que sigue las enseñanzas de Delfos, ni dice, ni oculta, sino hace señales”. En esto el laberinto no distrae a Ariadnandrés de andar por la irregularidad, dejando un surco que sería el hilván, que conecta las figuraciones por enhebrado.

Darle aire a ese pensar en el acto de escribir, el textil con el cuerpo, es, ocurre con los desplazamientos mismos, que va mutando por el alerta del movimiento que alcanza a la letra, que hace voces y habla-en-lenguas al colocarse en estado, en tono: ese urgir impostergable, pensar en acto. Una especie de baile que destranca la cabeza o la pone a girar sin contrasentidos, incorporativo de cada correntada que pudiese deslizarla hacia el origen oscuro, o claroscuro, hasta el meollo, magma, que es el estrato, continente, y es, suscitado, poderoso. No el origen puesto en la fijación teleológica, de hecho, sino esta condensación ab-origen, esta puesta en cuerpo, al hacerse, el autor también, un cuerpintado. Uno que de solo verse se sabe al revés o no sabe oír sino entreversado.

Así nosotros, colectores, decía, escuchando que hay algo imposible de traducir y que la traducción, para entendernos en que también-no nos vamos a entender, consiste a veces, o sobre todo, en la experiencia, que nos increpa y nos pone en nuestro (otro) lugar.

Anudar la pregunta por la proveniencia de algo o de alguien a la de su lengua, no sólo conlleva recalar de entrada que toda experiencia de lugar (más o menos habitable) es a la vez experiencia de lengua inscribiéndose, que no hay “lugar” sin “lengua” y que un eventual encuentro, de provenires por de pronto, no se diera en la fusión o confusión de lugares o lenguas; se diera, si se da —permítasenos esta económica formulación viejonueva extrema— en una cierta experiencia (prueba riesgosa y travesía) marcada antes que nada por el co- y por el entre-: peripecias de un lugar común inidéntico, arrojo copioso de la lengua.

Los ensayos de este libro son también documentos de valor manifestario, en cuanto propagan copensar que se atreve a mirar fuera de los términos de un tablero, un ajedrez, un hechizamiento cualesquiera. La vida no podría ser en absoluto el recorrido carcelario, la rutina es incompatible con el pensar, que más bien podría asimilarse, con meridiano forzamiento, tal vez, a un seguir aprendiendo a leer. A leer en los actos como en las palabras. A leer entre los y las. Una especie de confianza en lo desconocido, que va imantando las posibilidades del pensar, o del seguir pensando, más-acá de arraigos, la querencia. O la memoria-querencia, diz Andrés.

Pensar como un aquerenciarse, ya no sólo en la propia confianza, o entrega, o donación de los dones, sino también en los universos paralelos que constituyen (y complican, ciertamente) cualquier ilusión de centro o de periferia.

¡Más fácil entenderse con otros que consigo mismo! Consigo radicaliza la frontera: irreconocible entre uno y otro, hecha polvo, se la arroja aun por la cabeza. (…) El horror de sí, el espanto de encontrarse a sí, de verse a sí (el vide sua figura, refiere Pigafetta), un sí repartido de entrada en/tre sí, un así atravesado entonces por alguna in/cierta frontera, intervalo que suspende y a la vez hace posible cualquier identificación consigo, motivara en Occidente con y sin comillas una amplia literatura sino la Literatura misma. Pero. No es raro aún encontrar en las literaturas, aun en las modernas, que tal experiencia espantosa o siniestra del sí occidental, aquella travesía figurante que divide al sí, sea figurada como experiencia ajena (no occidental) con lo cual el terror de sí es hecho retroceder sosegadoramente como terror de alter fuera de sí. Así vuelve Ulises a sí: él mismo como el otro mismo, especialmente, el otro, el de Joyce. (…) Pero. Desde el momento en que alter comienza a ser delimitado, identificado, generosamente o no, comienza la asimiladera, el amismamiento, la apropiación; o alter perdura qua alter o, al inproviso, parte la desalteración (la domesticación). ¿Es posible? ¿Tal alterrancia inapropiable?, ¿o los avatares de alter (…) son, habida cuenta de la confluencia entre generosidad y apropiación, hospitalidad y domesticación, justamente lo imposible? (…) Experiencia: prueba riesgosa, travesía.

Cualquier afirmación de límites inamovibles se desmorona ante la inquietud cordial del recorrido venoso que implica este trazar —sin hurtarle cuerpo a la complejidad—, este entreversarse con los avatares de alter. Además: el reconocimiento de alter en cada cual, cualquiera, cualquier uno, un, una, con o sin “nosotros”, ¿no sería una oscilación inopinada, el evento, el poema, ante la historia de lo invariante, ante el inventario de obviedades-biombos?

La insistencia interrogante pulveriza cierto espejo y ya no hay quien evite su alcance, portando la insurrección, desesquizo en sí, del entusiasmo. Y de la incitación al entusiasmo demoledor de condicionales y/o tajantes afirmaciones. No interesan nuevas fundaciones americanas, sino esa cualidad inasible de la ética, mediante la cual nos permitimos discriminar, por ejemplo, entre las abundantes y producidas epifanías negativas, funcionales a lo invariante (al poder divisor, al Estado), y la irreductibilidad poética, epifanía de la lengua en el lenguaje. Queda el curare en la vibra de la jabalina que nos insertan y nos destilan ex-términos como los de Rufino Phaxi Limachi, traslucinados por Ajens: ¿Qué idioma hablas?, ¿lengua?, ¿cuál?

[Leído durante la presentación de La flor del extérmino. Escritura y poema tras la invención - de América, de Andrés Ajens, el 29 de abril de 2001 en la Librería Fedro, Buenos Aires, donde participaron el propio A.A. y Mario Arteca.]

Los estados del yo ante la experiencia del efecto. Los diarios sumergidos de Calibán de Ernesto Carrión, por Eduardo Espina

La poesía destaca su extrañeza ocupándose de la parte intacta de la inexistencia. Ante un acopio de circunstancias con valor agregado que no sabe si atribuírselas a la memoria, a la razón, o a los sentimientos, su palabra prefiere prescindir de cualquier afán de objetividad. Llega incluso más lejos: se encripta en una superficie textual demasiado abierta como para poder quedar definida al primer descuido. En ese desenlace, el pensamiento aprende a defenderse de todo, principalmente de la necesidad de encontrar respuestas a lo que todavía no ha preguntado. De igual manera que en su libro anterior, Demonia Factory (2008), Ernesto Carrión recurre en Los diarios sumergidos de Calibán (Libro I) a una escritura tal, expansiva, con la que interroga esa franja del habla desinteresada por mantener la continuidad lógica-lineal, y para articular en cambio una continuidad alternativa, llamémosla así, establecida en todo aquello que no ocurrirá enseguida en ese cúmulo de ideas al borde de la disolución, donde la palabra parece estar dando su testimonio secreto más allá del cual nada puede ser explicado.
Dejando a un lado la albañilería emocional, la palabra erige por contraste su fábrica de trazas en todo lo que le falta para conjeturar un propósito. Actúa a partir de lo que desconoce, mejor dicho, va hacia el desconocimiento señalado, replegándose en sus intentos de aproximación, en la desconfianza que tiene ante todo aquello que va descubriendo; no pierde la oportunidad de hacerlo. Algo de eso hay. Como todo pensamiento llevado a un descampado de ideas a partir del cual debe empezar a mirar de nuevo, la poesía de Carrión está al servicio de un núcleo caleidoscópico donde las palabras dejan de estar presentes en lo que dicen. Al poner a prueba la algarabía de su peculiar impulso, la escritura vigila para que nada complaciente sea premiado por la expresión. La disrupción desde el vamos de cualquier amague de lo obvio es cortada de raíz, para no dar la impresión de que eso puede llegar a suceder.
En ese hueco del habla tan propicio a recuperar para la poesía lo inaudito, la única opción es seguir diciendo hasta llenar el vacío o recurrir al silencio para vaciar más al vacío. Estableciendo su despliegue en una yuxtaposición multiplicada de datos, la mente rehúsa el protagonismo de lo lingüístico concreto. La ansiedad del ritmo viene acompañada de formas acústicas sacadas de aquello mismo que no describen inmediatamente. La premisa de estar presente sin hacer pública ninguna historia le otorga al habla poética una musicalidad que progresa en los tonos de una gramática cuyas únicas reglas habrá que encontrarlas en una conversación interior a la cual no resulta fácil llegar.
Esta lírica trabaja a favor de palabras con las cuales no se acostumbra hablar. Su cedazo es la sintaxis, prólogo inicial del derrape del pensamiento cuando apenas puede recordar lo que estuvo pensando (y no es olvido la causa de fondo sino sobresaturación de ideas, de objetos del no-raciocinio dispuestos a dejarse pensar). Esta estrategia de inscripción y borramiento simultáneos atenúa la entelequia insinuando hacer su aparición en cualquier momento. Paradójicamente, la inminencia de ese algo se vislumbra mejor cuando está a punto de desaparecer y lo incomprensible de la actividad del pensamiento deviene escritura tras haber quedado incumplida su actividad. La modulación de la voz es la narrativa de un registro performático. ¿Cuándo acaba, cuándo termina?
Nada precipita la puntuación –que aportaría la respuesta, ese indicio casi final- pues el movimiento en la sintaxis atrae a lo indescriptible. La fe en las etimologías obliga a un constante revisar del uso de las palabras, como si cada una quisiera ser lo más pronto posible una versión diferente de sí misma. Con sus fragmentos aislados, el lenguaje enfatiza un desvío cada vez más diferenciado, desparramando estados de poética durante los incidentes de su periplo, mediante los cuales establece alteraciones prosódicas en el sistema. La inestabilidad de los imprecisos límites del significado, actuando en oposición a la continuidad lineal en ciernes, exagera su incompletitud para destacar que está allí “en lugar de”, como si la voz personificara a alguien y cada fragmento replicara una diferencia anterior con la cual no puede ponerse de acuerdo.
Entre las palabras no hay nada que pueda estar todo el tiempo. El contenido apropiado proviene de un esfuerzo conjunto de acotada atemporalidad entre la sinécdoque y la metonimia que viene a confrontarse con las reglas anteriores respecto a los cambios a introducir en la escritura, la cual evita las anafóricas servidumbres de la prosodia. La colaboración constante de la sinécdoque con la metonimia redimensiona la resonancia en direcciones diferentes, dando la imagen de que el poema es un ventrílocuo con muchas voces dentro, el cual desdeña cualquier implicancia funcional con las circunstancias inmediatas aludidas por las palabras.
Debido a que percepciones rivales coinciden inexactamente en una lógica proposicional arrasada por la actividad de las palabras (una actividad, por cierto, tautológica), la ecuanimidad del raciocinio, si la hubo en algún momento, dura poco: hasta el momento en que el lenguaje, desdoblándose, suelta amarras, rompiendo las relaciones con su función, invirtiéndolas. En el prefacio de El retrato de Dorian Gray (1890), Oscar Wilde afirma: “Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo”. La poesía de Ernesto Carrión asume su “propio riesgo” al desplazar el lenguaje hacia territorios ya no controlados por motivos temáticos. La curiosidad irrestricta del lenguaje, tras constatar que ha llegado a un lugar donde no había estado antes, pone lo impropio al alcance de su expresión. La palabra raspa situaciones, tiene corazonadas indispensables que mantienen vigente su obstinación auto-referencial, vilipendiando pensamientos que pretendan obligarla a actuar de otra forma.
De allí que el poema sea un santuario de muchos “por qué” y “cómo” que permanecen sin responder. El lenguaje pasa por los problemas que le salen al paso articulando un criterio operativo para hacer valer lo extraño. Puesto que representar lo animado puede ser difícil hasta de oír, la poesía pone a prueba la comunicación secreta de las palabras cuando sin metro legitiman una música animada, porque en la lírica de Carrión el ritmo crea el sentido, deja escuchar aquello que no tiene nombre, pero que es parte de algo a ser denominado, de una representación condensada que se está formando sin saber cuál ha de ser su destino. El lenguaje llego demasiado temprano y no sabe qué más puede hacer con sus palabras, mejor dicho, lo sabe muy bien y por eso interpela todo lo que se le presenta para ser representado, incluso aquello que ha llegado sin habla pero con la forma de vértigo y acopio ante el desconcierto de la razón.
La poesía de Ernesto Carrión, en tanto estado de desciframiento de un porvenir inaudito en la red lingüística que la constituye, cobija un ccuestionamiento del yo emocional, del signo literario como tramo a instancias de la experiencia. La aspiración a una singularidad subjetiva absoluta, con su propio sistema de disimilitud, incluye, aunque no siempre, la neutralización de la desemejanza. Recupera lo que pensábamos no existía y al articular su plan fuera de las reglas de juego los límites del universo se adaptan a los borrosos límites del lenguaje, que son en cierta manera los límites naturales de la sensibilidad, no la del yo poético, sino la del lenguaje mirándose en el espejo de lo indecible.
Con esta consigna, la poesía de Carrión instaura un espacio engañoso que permite ver a través del habla, expandiéndose hasta más no poder. Sin embargo, esa mirada elástica, proclive al non-stop, impide ver todo de un saque ya que vive de retacear los esfuerzos de la visualidad. Es un espacio reservado para la desmaterialización del mundo una vez que el lenguaje ha pasado por allí. Adyacente a la experiencia poética neobarroca, la de Carrión también se instituye como muro sonoro de renovación contra la poesía de la experiencia que vino a reemplazar la proclama política (tan propia de gran parte de la lírica de los años sesenta) por un insoportable confesionalismo emocional que no es sino más de lo mismo, anecdotismo y yo lírico exhibiendo un descarado intimismo. Aquí eso no tiene cabida.
La lírica de Carrión restaura premisas que no habían sido tenidas en cuenta. Su embate de totalidad intencionalmente incompleta va a la inversa, a la caza de aquellas huellas que la hicieron como tal. La escritura construye su aposento de dicción en las escisiones, donde el tramo a recorrer entre una fisura y otra exige una lentitud aplicable a todo el trayecto. La palabra erige su poderío en base a discursos que se conectan con un espectáculo incluido entre líneas, obligando a la escritura a no detenerse hasta que deje de pasar algo en la promesa permanente de sentido.
Las palabras viajan de un lado a otro llevando con ellas los significados dispersos que han venido para estar en discordancia, para establecer la frontera de su dicción en lo remoto del pensamiento, en todo aquello que no puede ser considerado un detalle menor, y de ahí la idea de desplazamiento, de viaje sin itinerario poniendo a prueba la movilidad de su destino. En medio de esa trama epistemológica incauta (hay una modificación de la cual derivan definiciones inexistentes), la experiencia da lugar al procedimiento, y lo transcribe hasta tenerlo demasiado encima, con todas sus resonancias a cuestas. No en vano, el temperamento del tono administra todo lo que ocurre cerca apartado del significado, esto es, lejos de los significados que pueda ofrecer el mundo empírico, para expandirse en el interior de una música que no sabe cómo ha llegado hasta ahí, la cual ha pasado a depender de los efectos que retarda. Por consiguiente, esta escritura del ritardando privilegia ritmos homónimos que no pierden la oportunidad que le dan, administrando su estampida hasta donde pueda durar.
La palabra saca de quicio al raciocinio. Desde una contundencia por traducir, acelera su lentitud extremándola. Al ralentizar las emociones, que son únicamente las del pensamiento, pone los pelos de punta, y una vez más dificulta el camino de la interpretación: no contribuye a definir nada. El poema es el campo de una insinuación modificada a la cual se llega como propósito intencionalmente equivocado. La desemejanza, en este contexto, se anima a ser incompatible con todo, haciendo oficial su tono en cuanto no dice, en todo cuanto mejor deja para después, librándose de su desenlace, haciéndolo añicos en el lenguaje, situándolo en su mejor desacuerdo, obligándolo a hacer strip tease ante la promesa fallida de significado. La poesía es, por fin, un dato irradiando una complejidad que no ha quedado evidente en ninguno de sus momentos.
Los acontecimientos no son el tema principal de esta poesía, sino la manera en que pueden ser anticipados, lo cual resalta otra paradoja, pues el poema establece un tiempo actual que no es presente completo ni vigente a rajatabla, sino que en verdad es el presente de la mente eligiendo un momento transitivo donde cabe incluir la representación, mejor dicho, el acto previo a la representación. Igual que el cantor de Martín Fierro pidiendo atención a su audiencia porque algo va a ser contado, aquí el lenguaje pide atención porque promete explicar lo que está haciendo ahí, atravesado en el introito de un tono, de un ritmo, de una melodía vampirizada que pide paso y se lo dan. Sin admisión de reconocimiento ni de presencia gratificada que cuenta pero cada vez menos, la escritura hace parte suya la concepción de David Hume respecto a las percepciones sucesivas surgidas a partir del momento en que la causalidad se pone de acuerdo con el azar: “El espíritu es una especie de teatro donde aparecen sucesivamente varias percepciones, donde pasan, vuelven a pasar, se deslizan y se mezclan en una infinita variedad de posturas y situaciones. No se da en realidad ninguna simplicidad en un momento dado, ni identidad en otros diferentes, cualquiera que sea nuestra propensión natural a imaginar dicha simplicidad e identidad. Sólo las percepciones sucesivas constituyen el espíritu, y tampoco tenemos una noción clara del lugar donde se representan las escenas o de qué material están compuestas”.
Parte como son de una lingüística cuya intimidad premeditada destaca la intermitencia del instante absoluto, los paradigmas de la práctica retórica no acontecen en un vacío sino dentro de un núcleo asimilatorio de formas condescendientes. El lenguaje prolonga un anhelo de soberanía, de resistencia al tránsito y al desgaste temporal, agazapándose en una eficacia interior solventada por la densidad espacial y la autodefinición sintáctica, sobre todo esto: la monumentalidad del tiempo sintáctico, en donde el lenguaje deambula por la periferia del mundo empírico experimentado una especie de sonambulismo intencional. La labia sintáctica que tan bien ejercita esta lírica, previene de los presentimientos del significado poniendo de relieve objetos ilocalizables que acontecen en un coto privado que la imaginación puso a disposición de una muy especial manera de mirar, pues de esa disciplina de acción dependen las palabras para confirmar su parcialismo.
El corolario no podría ser más óptimo. La música inmoderada de las palabras emerge ilesa en la topografía sentimental de lo inexplicable. Allí ensaya una canción indebida para seguir buscando el porvenir que ya halló, el intersticio puesto en orden donde convergen lo indecible y los límites de la indecibilidad. La poesía, vaya logro, ha encontrado su residencia en la zona menos fácil del pensamiento, en eso que no puede justificarse pero que igual tiene existencia, y una música vigente “sólo” por ahora.
Esta escritura, tal cual las páginas siguientes permitirán constatarlo, desempeña una actividad atemporalizante. Es un mantra corrosivo. Disuelve aquello que nunca llegará a expresar completamente, eso que apenas balbucea poniéndolo a prueba. Su intermediación queda al servicio de “algo” aconteciendo en una zona inhabitada del tiempo y del espacio y que, sin embargo, representa por contrapartida la actualidad in situ del habla que no ha sido dañada por la posibilidad de estar simultáneamente en otra parte del poema. Para dejar en claro que a su discurrir sin nomenclatura lo motiva una anónima novedad, la poesía de Ernesto Carrión rescata evidencias inexistentes, datos de la percepción que no se han rendido a ningún conocimiento previo. Dispuesta a rastrear con perspectivas remotas las intenciones vacilantes de la mente, el estilo de representación que asume localiza ideas apartadas del conocimiento, pues recién después de haber sido escritas, y sólo recién después, comenzarán a ser pensadas.

Sandro Chiri presenta libro en Filadelfia

En el mítico Moonstone Arts Center de Larry Robin de Filadelfia se presentó, hace unos días, el libro Para español, marque 2. Escritores hispanoparlantes en Filadelfia, editado y compilado por el poeta peruano Sandro Chiri. El volumen aparece bajo el sello del Instituto de Escritores Latinoamericanos, The Latino Press de New York, que dirige el escritor Isaac Goldemberg.

Chiri en un extenso estudio introductorio explica la relación que han tenido diversos artistas de origen latino con la "Ciudad del Amor Fraternal", para luego compilar una importante selección de textos representativos.

Afincado en Filadelfia desde el año 2004, Sandro Chiri reúne aportes de los peruanos José Miguel Oviedo, Róger Santiváñez, Ruth Hurtado, José Antonio Mazzotti, Enrique Bernales Albites y Braulio Muñoz; de los colombianos Eduardo Bechara, Andrea Cote Botero y David Franco; de los cubanos Enrique Sacerio Garí y Alejandro Aguilar; de la iberonorteamericana Agnes Moncy; de la mexicana Aurora Camacho de Schmidt; del español Angel Esteban; de los chilenos Roberto Castillo Sandoval, Hernán Galilea, Bernardo Rocco y Carlos Trujillo; de la puertorriqueña Asima Saad Maura; y del dominicano Celio Pichardo.

Como dato curioso, Sandro Chiri señala en su prólogo que en Filadelfia, la tierra donde nacieron y crecieron el genial Man Ray y la bella Grace Kelly, y se educó el vate Ezra Pound (quien escribió su tesis universitaria sobre Lope de Vega), está enterrado el poeta mexicano Gilberto Owen (quien estableció amistad con Martín Adán a fines de la década del 20 en Lima), una de las voces más importantes de la lírica vanguardista latinoamericana.

El libro puede conseguirse en larry@moonstoneartscenter.org o en latincultural@yahoo.es

COMUNISTAS EN EL CIELO (DE LA POESIA): VIOLETA Y GUSTAVO VALCARCEL [Testimonio de Roger Santiváñez]

1
HUBO UN TIEMPO de inocencia y de fe en la Revolución, esos fueron –para mí- los años 1978-79-80. Por aquel entonces asistía acompañado por mi hermosa musa –la joven poeta Dalmacia Ruiz Rosas- a los candentes mítines de la CGTP escenificados –cada primero de mayo- en la Plaza Unión del centro de Lima. Mi compañera –como se estilaba decir en esa época- era una entregada militante del Partido Comunista Revolucionario (PCR) -organización con la cual yo también simpatizaba- así que allí estábamos con todos los muchachos y muchachas de la JCR de San Marcos, la Católica y la UNI, coreando nuestras consignas a voz en cuello y con el corazón bien a la izquierda.


PERO nosotros éramos poetas y en San Marcos –donde seguíamos Literatura- frecuentábamos un grupo reunido alrededor de Marco Martos e Hildebrando Pérez y el Taller de Poesía. Sería justamente en el Taller, una tarde de homenaje al increíble Luis Hernández (que acababa de morir en Buenos Aires) donde conocí a la poeta Rosina Valcárcel. Pues bien, la cosa es que Rosina –cada año- después del mitin de la CGTP el primero de mayo celebraba su cumpleaños en la casa de sus padres en San Eugenio, rico Lince.


HASTA allí llegaba la mancha poética de San Marcos. Fue así como me tocó conocer a Violeta Carnero Hocke, por supuesto siempre en compañía del gran Gustavo Valcárcel, su esposo y compañero de toda la vida. Con timidez adolescente nunca pasé de un formal saludo con Gustavo, él era un mito viviente de la lucha por el socialismo en el Perú –desde el campo de la poesía- y me contentaba contemplándolo de lejos junto a los pares de su generación, como podían ser Alfonso Barrantes Lingán, Héctor Cordero (uno de los fundadores del Apra-Rebelde que luego devino en el guevarista Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de la guerrilla de 1965) o algún poeta de los 60s, Juan Cristóbal por ejemplo.


ESA es la imagen que guarda mi memoria de aquellas fiestas, con música de Quilapayún, Inti Illimani, Víctor Jara, Los Compadres, Alfredo Zitarrosa y los jóvenes peruanos de Tiempo Nuevo. Por supuesto –en algún momento de la reunión- se interpretaba La Internacional ya con los corazones bien remojados en sendos cuba-libres y con el puño en alto. A mí me gustaba conversar con Violeta, porque ella siempre conmigo enfocaba el tema de la poesía. Recuerdo que en una ocasión –a mi pedido- se explayó –largo y tendido sobre el grupo Los Poetas del Pueblo, tema que en esos días me interesaba mucho y del que no había suficiente material escrito accesible, sino una especie de leyenda oral, en ciertos círculos. Yo te puedo contar –me dijo Violeta- porque estuve muy cerca de ellos.


Y pasó a relatarme la historia de esta agrupación poética, uno de cuyos principales exponentes había sido Gustavo Valcárcel, y sus actividades durante la Lima de los años circa 1945. Me contó que los poetas del grupo simpatizaban o militaban en el Partido Aprista, pero inmediatamente me aclaró: Ojo, que en esa época ser aprista significaba ser subversivo. Se ponían bombas y todo, me explicó. Entre los poetas que ella mencionó –aparte de Gustavo- mi memoria grabó los nombres de Manuel Scorza, Juan Gonzalo Rose, Julio Garrido Malaver y Ricardo Tello. Esto ocurrió antes de la Poesía Social de Alejandro Romualdo –concluyó- quien estaba cerca del Partido Comunista, ya en los 50s. Cabe mencionar que Violeta y Gustavo – a la sazón- también militaban en el único y monolítico PC de entonces (la organización que fundó el Amauta JC Mariátegui ) antes de la ruptura sino-soviética de 1964 cuya repercusión en los partidos comunistas del mundo entero produjo la aparición del maoísmo en el nuevo horizonte del marxismo-leninismo internacional.


En aquella coyuntura –la del desmontaje del reformismo velasquista, implementado por el fascistoide Morales Bermúdez- que desencadenó la crisis general de 1976 y la contundente respuestas de las masas populares con el Paro Nacional Unitario del 19 de Julio de 1977, lo que obligó a la dictadura a convocar a una Asamblea Constituyente para 1978 y elecciones generales para 1980; fue cuando los partidos marxistas revolucionarios decidieron participar en los comicios. Uno de los frentes que se formaron –reuniendo básicamente lo que sería la Nueva Izquierda de los 60s cuyos dos troncos principales eran Vanguardia Revolucionaria (VR) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)- se denominó Unidad Democrático Popular (UDP). Pues bien, la poeta Rosina Valcárcel se hizo cargo de la Comisión de Cultura. Así fue cómo Dalmacia Ruiz Rosas y quien redacta este testimonio estrechamos vínculos con ella y desarrollamos –con dicha Comisión- una intensa agitación poética en sindicatos, universidades, asentamientos humanos y en las calles y plazas de Lima como San Marcelo y San Martín, muchas veces escapándonos de los poco amables varazos de la policía. En aquel momento cobraba dimensión real aquella línea de los poemas underwood de Martín Adán: Quiero ser feliz sin permiso de la policía.


2
En mis cotidianos y actuales atardeceres, sumido en la lectura, tercer piso de la Biblioteca Paley de Temple University, me encontré con la Obra poética reunida de Gustavo Valcárcel. Y recordando mi conversación con Violeta leo estos versos: “Vinieron mis cartas, las citas furtivas / La explosión clandestina del silencio / por obra y gracia de alguna dinamita / que colocamos con camuflage de besos”. Y también: “En una casa pobre de La Victoria, en Lima / llegué una noche a descubrir tus ojos”. Tiempos de lucha que el poeta rememora de este modo: “pero volvieron también las catacumbas / cuando yo disfrazado te sumaba besos en un parque / besos, promesas mas promesas y besos / por ejemplo: te llevaré al Quartier Latin”. Y de hecho la llevó. Pero antes estuvo la experiencia de México, deportados por la dictadura de Odria. Sea donde fuera que hayan estado la pareja se profesó uno de los más intensos amores de la historia de la poesía peruana, como dan testimonio estos versos por ejemplo: “Descansa tu cabello en la mies de la brisa / el ópalo reclina su nostalgia en tu piel / la primavera empieza cuando abres los ojos / y la música viaja cuando ya duermes tú”.


Siendo muy joven Gustavo Valcárcel ganó los juegos florales de San Marcos con un hermoso libro denominado Confín del tiempo y de la rosa (1947) de donde procede este trisagio: “Verano para amar tu luz sonora, / plasmara el beso núbil de las flores / que en el eco de la nube se colora”. Y para demostrar su primera calidad de gran lírico esta cuarteta: “Rosa infiel es la rosa matinal,/ suavidad a sus pétalos ceñida; / pecado de su imagen poseída / por labios de rocío o luz cristal”. Usualmente la llamada poesía social, comprometida o política, se queda en la transmisión de ideas y se transforma en mera propaganda, despojada por completo de auténtica poesía. Pero –a veces- podemos encontrarnos con versos que nos transmiten una verdadera visión poética, como los que rezan en esta Elegía a José Carlos Mariátegui de Gustavo Valcárcel: “Volverás en el agua que besará el desierto / Volverás en el regazo de las comunidades indias / Volverás en el petróleo y en el átomo, / en el carbón y el hierro / en la electricidad popular llena de luces”.


En 1980 y después de unos años de silencio, el poeta publicó en un número íntegro de la prestigiosa e inolvidable revista Haraui que editaba el queridísimo poeta, narrador, ensayista y profesor sanmarquino Francisco Paco Carrillo, el conjunto titulado “Reflejos bajo el agua del sol pálido que alumbra a los muertos”, especie de reflexión poética en el adviento de la muerte, en la que sin embargo Gustavo fue capaz de escribir: “Resulta requisito sine qua non / dejar de ser cuerdo para amar”. El poeta ya estaba en el otoño de su experiencia y aún así reivindicaba la locura del amor, como un muchacho de veinte años.


Quisiera terminar esta nota de homenaje a esta pareja de comunistas en el cielo como él mismo escribió, con un hermoso poema que Marco Martos compuso hacia el verano de 1978 y que apareció en su libro Carpe Diem:


VIOLETA


Hembra, hembrísima valiente
mi compañona aquella
del febrero aciago.
A quien la mirara le parecía
la Violeta aquella del desterrado.
Desterrado en mi propia ciudad,
viví días negros negros,
mal mi grado,
pero tuve compañona
que me dio ganas de vivir
a su costado.
Entonces le puse Violeta
por ser mujer de desterrado.
Y aunque su luz es de otro tiempo
y de otra hora,
todavía la veo radiante,
lozana, dispuesta a todo.
!Hembra, hembrísima valiente
mi compañona aquella
del febrero aciago!


[Collingswood, New Jersey, junto al río Cooper, abril de 2011]

martes, 3 de mayo de 2011

Fina García Marruz, premio Reina Sofía 2011

"No es que le falte / el sonido, / es que tiene / el silencio". Los cuatro versos del poema Cine mudo son un buen retrato de su autora, Fina García Marruz (La Habana, 1923). La sigilosa poeta cubana, que hoy mismo cumple 88 años, ha sido galardonada con el XX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dotado con 42.100 euros. Se une así a un palmarés que inauguró en 1992 el chileno Gonzalo Rojas, fallecido el lunes pasado, y en el que hay nombres como Antonio Ganoneda, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Juan Gelman, Álvaro Mutis, Nicanor Parra, Pablo García Baena, José Manuel Caballero Bonald o Francisco Brines, premiado el año pasado, que esta tarde ofrecerá una lectura de poemas en el Palacio Real.


Hasta hoy, la literatura de Cuba no contaba con ningún representante en esa exclusiva lista llena de premios Cervantes en la que, además, García Marruz es la tercera mujer tras la portuguesa Sophia de Mello Breyner (2003) y la peruana Blanca Varela (2007). Esos dos aspectos -la escasez de voces femeninas y la ausencia de una tradición poética tan potente como la cubana- han pesado en el jurado para que la nueva laureada se impusiera a finalistas como el nicaragüense Ernesto Cardenal o la uruguaya Ida Vitale. Así lo reconoció Luis Antonio de Villena, miembro del jurado junto a, entre otros, profesores y escritores como Víctor García de la Concha, Jaime Siles, Soledad Puértolas, Carmen Posadas, Fernando de la Flor, Marie-Claire Zimmermann o el propio Brines.


Brines destacó que, además de a una gran poeta -"variada y sencilla, culta pero inteligible"-, en la persona de Fina García Marruz se estaba premiando también al grupo literario aglutinado en torno a la mítica revista Orígenes. Aquella revista, impulsada por José Lezama Lima reunió entre 1944 y 1956 a escritores como Gastón Baquero, Eliseo Diego o Cintio Vitier, todos ya fallecidos. Aunque Vitier fuera marido de la ahora premiada y Diego fuera su cuñado, Fina García Marruz es algo más que una poeta "familia de".


Su escasa producción -apenas una decena de títulos- está atravesada por una espiritualidad ajena a todo hermetismo que -entre Cristo y el Che- dialoga en ocasiones con versos de gran carga política. La suya siempre ha sido la obra de una escritora católica en la cuba castrista, régimen al que su marido apoyó siempre sin fisuras. "Dios mío, tú no les darás a los que padecieron atrozmente / por la justicia, a los enterrados vivos, / a los que les sacaron los ojos o les arrancaron / los testículos, a los amenazados / en lo más vulnerable, la mujer o los hijos, / tú no les darás la gloria efímera de un nombre / que se repite vagamente en las conmemoraciones patrias". Esto dice el arranque de su célebre poema "A los héroes de la resistencia".


Los hitos de una obra que arrancó en 1942 son títulos como Visitaciones (1970), Viaje a Nicaragua (1987) y, sobre todo, Créditos de Charlot, publicado en 1990, el mismo año en que García Marruz ganó el premio nacional de literatura cubana. Poco divulgada fuera de la isla, la antología más accesible para el lector español es El instante raro, publicada el año pasado por la editorial Pre-Textos. Allí se encuentra casi toda la obra poética de una autora que alguna vez dijo querer "escribir con el silencio vivo" y que siempre ha alternado su trabajo de creación con su labor investigadora en la Biblioteca Nacional de la Habana.


Desde allí colaboró en la edición crítica de las obras completas de José Martí, una figura tan importante para la política hispanoamericana como para las letras en español. Hoy la tradición inaugurada por él ha sido reconocida con el Reina Sofía. Y no es que a Fina García Marruz le faltase el sonido, es que tenía el silencio. Ahora tiene también el premio de poesía más prestigioso de Iberoamérica.

Fuente: El País

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...