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sábado, 6 de diciembre de 2008

SIN LLEGAR A LO INVISIBLE (Prólogo del segundo poemario electrónico de Paolo Astorga) por Raúl Heraud

En la actualidad el ser humano atraviesa por una serie de cambios que afectan su forma de vida, la cultura del terror, la violencia social con la que tiene que lidiar a diario lo lleva a dejar de ser un simple espectador, lo arroja a la acción, lo convierte en actor principal en el teatro de su vida; ante esta crisis personal el hombre opta por resistir, en el fragor de la lucha se torna insano, asceta, panteísta, etc., siempre con la esperanza de encontrar en algún resquicio una luz que lo redima de su abismo o su inminente fin.

Sin llegar a lo invisible” del poeta peruano Paolo Astorga (Lima, 1987), nos introduce a un mundo en el que se mezclan la desesperanza y la resignación, la soledad y la nada; la oscura cotidianidad retratada cual pintura expresionista, cual trágico titular colgado como res de algún puesto de periódicos; el poeta nos muestra la imagen de un mundo soterrado donde la plenitud no es posible, donde la vida se ensombrece a pesar de su lucha por encontrar el equilibrio:

…y acaso todavía surge de este infierno una flor
que nadie sabrá nombrar
sin antes haber ahogado en el río
el mismo ataúd que se ha enfrentado a la tarde
tan sólo para crear una palabra no menos luminosa
que una sonrisa distante, deformada por la niebla.

(Primer Minuto)

En su desesperado intento por salvarse, el hombre busca en los basurales de la tierra, en la miseria humana, cree durante algún tiempo haber logrado su propósito, se auto destruye, se reinventa, luego se da cuenta que es imposible enterrar el pasado, deshacerse de la memoria, darle la espalda a la verdad; es imposible mudarse de esqueleto, cambiarnos de traje a mitad de la vida; al final el hombre enfrenta su cadáver, resignado a sólo reconocerse en sus solitarios huesos:

…No he logrado encender inusitadas velas
absorbiendo el sangrado eterno
de una entraña lejana. (…)
y ya soy el ser
ya soy la ceniza
que empieza de nuevo.

(Idilio)

Astorga no está solo, canta su tragedia a un ser real o imaginado, recorre con ella la macilenta ciudad, ella es el soporte de sus desvaríos, de su locura callejera, ambos recorren el sub mundo gangrenado, sobreviven a la muerte, al horror de una sexualidad repleta de culpas, porque nada es más sublime que un amor sucio y enfermizo:

yo te patearé el vientre
hasta que te salgan bellas palomas
que cubran tu cuerpo, tu rostro, tu cintura, tu sexo,
y amanezca pronto,
para decirte que te amo, que no quise golpearte (…)

(Rock star)


El libro está escrito desde la idea de un mundo incompleto, violento e insensible en el cual el yo poético modula un discurso existencial, trágico y revelador, Astorga va exorcizando todos los lugares y recuerdos que atraviesa, las calles, puentes y ríos son los escenarios elegidos por el poeta, que nos advierte de la fugacidad del instante, de la inconsistencia del tiempo, porque nada sucede dos veces de la misma manera:

…cambia tu rostro y vuelve al suave ruido que te busca
que te acerca a las absurdas páginas de un diario
que te desmiembra la voz
y luego permanece de pie hasta morir,
moriry volver a morir
mientras ya no tengas más que quitarte.

(Desnudo)

Hay un deseo constante de volver al orden, de hallarse en algún lugar donde aquella humanidad herida y agobiada pueda resarcirse de sus derrotas, un lugar donde no existan “praderas de cemento” ni “ángeles decapitados”, donde la calle no se convierta en recurrente cadalso o corredor fantasmal, donde el amor sea capaz de resucitar muertos:

y qué duro,
qué duro es ahora escribir debajo de la tierra e imaginar un espejo
reflejando fugazmente una nueva oportunidad

(Muchacha de anteojos azules 3:45 PM)

Tras el andar poético en el que se develaron todas sus frustraciones y deseos, Astorga nos deja la imagen de un anti héroe que fracasa en su intento por encontrar el camino, de encender esa luz que ilumine las grises calles y develarnos por fin lo que no alcanzamos a ver, fue él quien deambuló sin éxito y que sobrevivió después a la depresión y el desamparo, el fallido suicida al borde del “desquicie” nos muestra que hay una ciudad dentro de otra ciudad etérea, y que su lucha no carece de sentido, la coherencia que extravió la humanidad obligándola a convivir y hacer cosa común de la barbarie y la violencia urbana lo ha llevado a subsistir entre dos paralelos, contrastantes y necesarios como su testimonial palabra acorde con estos tiempos deshumanizantes y autodestructivos.

…Yo quise ser el mundo detrás de las paredes y los postes sin insomnio
me hablaron de poesía y de mujeres (…)

…pero ahora ya no soy la luz, ahora ya no soy el mundo
ni la sangre derramada que escupo, ni el triste rencor de los que jamás regresan (…)

(Yo quise ser el mundo)

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