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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Amórfor (Sol Negro editores, 2008) de Salomón Valderrama (Chilia-La Libertad, 1979) por Miguel Ildefonso

Las formas del amor, las no formas de lo sublime, son búsquedas que se refractan en estos poemas para develar (“aun monja te desvisto”) lo sacro de la existencia en tiempos de desacralizada poesía. “Masturbar bellezas, pulular poesías…/ Latido, deslatido, el que me templa”, nos dice el poeta en éxtasis y erotismo en el poema Refracción que abre el libro. Con constantes acercamientos al Siglo de Oro barroco y conceptista, a la historia peruana también, el poeta se inmola en agónico eros en busca de la “oh cosa amada”. Su discurso transita “ante la no luz”, de “mirar al viajar, copular/ Lacra o impura loca de estilo”; esta poética “de boca me destilo”, nos llevará hacia un álbum albus de multireferencias. Desde Despera oh Vida…, hallamos dialogismo con algunos poetas de los grandes hallazgos: Espronceda en el epígrafe o Belli (en “cibernética”), por no citar a Góngora (“en polvo, en sombra, en nada”) o a Quevedo (polvo serán, mas polvo enamorado”), porque como se dice en Los decapitados: “El amor nos lleva colgando/ Y siempre nos parecemos/ Porque brotamos de la Nada”. Y hallamos también cuasi neologismos constantes en todo el libro: “grisente”; nuevas terminologías: “dolotor”. La búsqueda es, a su vez, de los detenimientos, de las fijaciones a nuevas nociones humanas: “Cuando nací morí primero,/ Cuando morí viví un segundo./ Primero y no un segundo viví”. El sentido agonista que percibimos no nos lleva a una culminación sino a una utopía, a una apertura, que es la del lenguaje para que nos devuelva nuestra condición de “iluminado”. Por eso el poema es “laberinto de ciego”, y la poesía “Lumen que penetra himen./Enigma del supere ego”. La lengua fornica lo amorfo, el amórfor es el producto de esa cópula: vía sonetos violados, por ejemplo. El amor entonces nos hace trascendentales, supra-conscientes: “Soñar desaparecer de amor y en todo:/ Despierto y no soñando de amor me embarazo,/ Delicado en amor de no cierto en tu regazo,/ Científico, dador… reaparecer de amor.” La poiesis o la fotosíntesis verbal, como ciclos naturales de la mano del poeta (el creador, el reproductor), transgrede las normas o las formas, para que la creatura pueda reconocerse constantemente en una nueva imagen: “Urubamba de flores en los ríos prohibidos…/ Derrumbo no visto, enigmático, conciso./ No eres mono en el que me reconozco amor”; y para que así amar sea esa nueva utopía que solo se puede intuir, dice: “Amar para vivirlo todo/ Imaginar que siempre habrá un comienzo”. Bajo este anhelo puro hay la hiper-conciencia de la impureza de la poesía, tras la “muerte” de la Vanguardias: “Nacer, no nacer parido, aparecer Cero./ Como Dios aéreo mitología embiste…/ Poeta… ser y no haber nacido… impuro.” Aun cuando se escribe ante la “belleza enlatada” en estos posmodernos años de “poesía hurtada”, aun cuando se ama “en la soledad de amar el No/ Pedir una cosa sangrante … más que el hielo”, el poeta es “en la no oscuridad la libertad brutal”, es quien busca su redención en el poema Prisma de nivelación: “Soñares admiratio son ciudades/ fantasmas que comieron de ciertos/ Selva descarnar en amante muerto/ Infinito de cerrar/ Puertas/ belleza al vacío (…) Deseo de nivelación/ Morir fuego”. Lo mismo en Fiel a Panca Dulce Desnacer: “Cortar, diamante descender, de comer salvación”. La purificación es, lo mismo, para los vastos símbolos espirituales: “Amor no existir por fin de vivir sagrado/ Imperio morir; temer imposible de amor/ Enterrar al viento a corazón de mucha flor/ Muerto de Dios amanecer, remoto testigo// Santa de soledad”. El poeta se arroja, como Empédocles, al “Volcán de la memoria”, para recobrar la raíz del maíz de esa “Panca” poética mencionada, que “Vive en mí, poesía inmortal” (Pachacámac). Allí lo eterno es lo que queda del mundo, los vestigios de un brillo inmortal, el poema: es “Quipu”, nación y noción: “De la mujer en que pirámide discó Virú/ Partir para no llegar a Corazón, desmundo/ Amén de volar… hasta la estrella de Perú”. Esa nueva dimensión habitamos: es un “Paraíso de cartón”, “amarrado de utopía”, es el Hanan Pacha de la cosmogonía andina: “Qué contemplación hermosa puede haber en esto de vivir/ Hijo del no rezado, del no parido/ Tú puedes ser blanco pero yo soy la sombra del ilimitado/ El negativo de rezar/ El negativo de morir/ Soy el Fin, el bello, el imaginado” (Los funerales de Atahualpa). El poeta culmina su viaje “amórfor” por “integrarlo todo”, volver al Adán, al origen, allá/allí/ aquí en la “Cumbre de América” o en “Playa mestizos…”. Es el retorno y es el inicio del verbo, de la forma en que el hombre escribió su historia, su amor y su muerte.

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