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viernes, 16 de noviembre de 2007

NADIE SABE MIS COSAS(*) Ensayos sobre la poesía de Blanca Varela por Rocío Silva Santisteban y Mariela Dreyfus


El primer libro de Blanca Varela se publicó, con un prólogo de Octavio Paz, el año 1959. El prólogo no sólo fue un "espaldarazo" como lo han comentado algunos, sino que significó una pauta de interpretación fuerte, un camino marcado para las exégesis posteriores. Paz sostiene, entre otras cosas, que "nada menos femenino que la poesía de Blanca Varela, pero al mismo tiempo, nada más valeroso y mujeril" planteando uno de los derroteros de la crítica, quizás el menos transitado, esto es, el tema de lo "femenino", la cuestión del género del autor en relación con su producción artística, y las diferencias entre una supuestas características de esta poesía subalterna y femenina con otra "mujeril".

Paz persiste en su intención de sacar a Varela de todo espacio "femenino" o de cualquier "subcategoría" para, en un gesto de retruécano que se puede leer casi como tautología, proponer una salida: "¿Por qué no decir, entonces, que Blanca Varela es, nada más y nada menos, un poeta, un verdadero poeta?". A su vez la otra ruta que señala Paz para interpretar la poesía de Varela es su genealogía surrealista, no de escuela a la manera de asumir los postulados de los manifiestos, sino de "estirpe espiritual", de conexión estética.

Finalmente, otro de los ejes críticos que propuso Paz, es la idea de una severidad expresiva en los poemas varelianos. Para plantear este rigor poético, que no necesariamente se traduce en una contención lírica puesto que Varela es autora de poemas largos y frondosos, Paz echa mano de una metáfora que ha sido posteriormente muy criticada: "Blanca Varela es una poeta que no se complace con sus hallazgos ni se embriaga con su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo". De esta frase se desprende la idea de que como "verdadero poeta" es mejor callarse que excederse en palabras y que, Blanca Varela, prefiere el silencio al exceso. Alguna crítica ha querido leer en esta exégesis otra interpretación de la poesía escrita por mujeres, que a veces calla como "treta del débil". Años después de la publicación de Ese puerto existe, algunos pocos críticos leyeron y comentaron la poesía de Blanca Varela con mayor profundidad que las simples reseñas periodísticas -aunque es preciso mencionar que la reseña de Canto Villano de Ricardo González Vigil de 1976 es una excepción-; estos primeros ensayos críticos son textos fundacionales que significaron, para quienes vinimos después, puertas de entrada a la recepción de una poesía compleja, abstracta, aparentemente fácil pero de significaciones múltiples. Estos textos son los trabajos pioneros de José Miguel Oviedo, Roberto Paoli, Ana María Gazzolo, James Higgins, Abelardo Oquendo, David Sobrevilla, Américo Ferrari, Reynaldo Jiménez y Adolfo Castañón, algunos de los cuales incluimos en este volumen. A su vez, el poeta Javier Sologuren publicó una antología de la poesía de Blanca Varela titulada Camino a Babel en las ediciones populares de la Municipalidad de Lima bajo el régimen de Alfonso Barrantes. El libro significó la difusión a nivel popular de una autora que, en ese entonces, empezaba a considerarse como una poeta "de culto" entre los poetas jóvenes y los estudiantes de literatura.

Desde finales de los 70 y durante toda la década del 80, Blanca Varela calló por muchos años. Su parquedad poética se trastocó además en parquedad social: trabajó como comentarista de libros en revistas como Amaru y como crítica de cine en las páginas de La Prensa, sin participar activamente de la vida literaria limeña. A pesar de su opción clara por la huida del mundanal ruido de la ciudad letrada, hizo algunas excepciones y salió la palestra limeña para participar en algunos recitales colectivos como el que organizara el recordado poeta Césareo Martínez en el otrora Instituto Cultural Peruano-Soviético. Fueron a su vez años de trabajo constante como directora de la filial peruana del Fondo de Cultura y como presidenta de la sección peruana del PEN Club.

Blanca Varela recién volvió a publicar un libro completo en 1993 bajo el sello de Jaime Campodónico. Se trata de un texto que, de alguna manera, significó un quiebre con su propuesta estética anterior. Este libro, Ejercicios Materiales, planteó el tema de la corporalidad y de la carne como eje central del texto, en un diálogo siempre tenso con dios (y con Dios). El título evoca directamente a los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, esto es, aquella práctica de rigor espiritual que lleva hacia el discernimiento y el control del mal espíritu, sólo que en versión laica, agnóstica y, de alguna manera, blasfema.

Con la publicación en 1997 del homenaje de la revista Casa de Cartón, se difunde nuevo material sobre nuestra autora, así como una entrevista larga realizada por Rosina Valcárcel, en la que expresa por primera vez una interpretación personal de su relación con los "valses", con la música criolla, con la formación criolla en la primera infancia; así como su ruptura con esta tradición al emprender su viaje a Europa y su encuentro con la modernidad literaria y con la filosofía existencialista (sobre todo con las dos Simone, Weil y Beavouir). En esta revista, a su vez, podemos conocer la genealogía femenina de Varela que no sólo se remonta a su madre, Esmeralda González (Serafina Quinteras), sino también a su abuela, Delia Castro y a su bisabuela, Manuela Antonia Márquez, una estirpe de mujeres periodistas, intelectuales, librepensadoras.

En la última década, la más bien parca producción de Varela se ha visto ampliada con tres nuevos conjuntos, El libro de barro, Concierto animal y El falso teclado, que nos muestran a una escritora en pleno dominio de sus recursos, ahondando, con el rigor verbal y la densidad conceptual que la caracterizan, en los que podrían considerarse los motivos centrales de su poética a partir de Ejercicios materiales: el cuerpo, como espacio para la gestación (cuerpo materno) y el deterioro; la conciencia respecto a la contingencia del ser y la consecuente imprecación a la divinidad (o a su ausencia); la muerte, incesantemente descrita con una actitud despiadadamente lúcida y serenamente resignada a un tiempo.

La obra de Varela ha recibido en el año 2001 el Premio de Poesía Octavio Paz, en virtud de toda su trayectoria. Nuevamente se ha visto distinguida con el Premio Lorca- Ciudad de Granada otorgado el año 2006 y el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que conceden el Patronato Nacional y la Universidad de Salamanca del año 2007.

Precisamente por esa trayectoria nos parecía impostergable la publicación de este conjunto de reflexiones en torno a la poesía de Varela; un volumen que incluye una pluralidad de lecturas, abordadas desde distintas perspectivas y tendencias críticas, pero que responden con igual solvencia al imperativo de acercarse, con rigor, a la magnífica obra vareliana.

El título del volumen lo hemos tomado de un poema de Varela pues nos pareció idóneo para resumir varios puntos: la parquedad editorial y pública de la autora, su vocación por mantenerse oculta; en segundo lugar, esta frase condensa la complejidad del universo poético de Varela, que jamás le ofrece al lector claves evidentes ni placenteras respuestas, sino que lo invita, con despiadada lucidez, a caminar sobre esa línea mortal del equilibrio que es su poesía. Finalmente, confiamos en que la totalidad de los ensayos reunidos en este libro, nos permitirán por fin señalar, algunos de los enigmas fundamentales que sostienen la espléndida y singular escritura poética de Blanca Varela.

(*) Extracto del prólogo escrito por Rocío Silva Santisteban y Mariela Dreyfus para Nadie sabe mis cosas. Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela (Lima: Fondo Editorial del Congreso, 2007).

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