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jueves, 20 de enero de 2011

Roger Santivañez : Brevísima introducción a la poesía de Raúl Zurita

RECUERDO nítidamente el año 1980 cuando leí en la revista Hueso Humero de Lima El desierto de Atacama de Raúl Zurita. Este texto –perteneciente a su primer libro Purgatorio- presentaba un tono completamente ajeno al conversacionalismo imperante aún en aquellos días. Y fue sintomático -para mí- que Antonio Cisneros –a la sazón mi profesor y amigo- uno de los principales exponentes del coloquialismo hispanoamericano me dijera una buena tarde mientras lo visitaba en su casa, refiriéndose al poema zuritense que acababa de salir en Hueso Húmero: “Esta es otra cosa”.

Efectivamente El desierto de Atacama no tenía nada que ver con el tipo de poesía que estábamos acostumbrados a leer todos los días en ese tiempo. Justamente yo cargaba en mi mochila de estudiante de izquierda, el ejemplar de Hueso y leí en voz alta: “Dejemos pasar el infinito del Desierto de Atacama / Dejemos pasar la esterilidad de estos desiertos / Para que desde las piernas abiertas de mi madre se levante una plegaria que se cruce con el infinito del Desierto de Atacama y mi madre no sea entonces sino un punto de encuentro en el camino / Yo mismo seré entonces una Plegaria encontrada en el camino / Yo mismo seré las piernas abiertas de mi madre.”

Un aliento profético, una voz que huroneaba en nuestras almas se hizo presente, una especie de aullido, pero no al modo urbano y jerguero de Ginsberg, sino proferido con una vastedad mística que tocaba un tema aparentemente cívico-geográfico como pudiera haberlo hecho la poesía tradicional, pero aquí el talento del nuevo poeta le daba otro matiz. Era como demostrar que ningúnn tema está acabado para la poesía como podriamos haber pensado en aquella época. A nadie se le hubiera ocurrido escribir sobre el desierto de Atacama, parecería una trivialidad paisajística, y sin embargo Zurita demostraba su genio renovador al probarnos que podía volver sobre la geografía de su país (o de América Latina) desde otra perspectiva y con un cambio total de ritmo. Y además con la audacia innovadora de insmiscuir con mórbida modernidad el sacro-santo tema de la madre.

Había que ser valiente para ello. Y para fusionar religión y sexualidad, de una manera tan natural y humana que el poema podía fluir como una plenitud de nuevo canto. O la fina irreverencia de versos como éste: “Los desiertos de Atacama no son azules porque por allá no voló el espíritu de J.Cristo que era un perdido” que en realidad es como humanizar esta figura divina. Un gesto cuasi vallejiano. Y también el tratamiento de su país de orígen en tanto patria, cuando ya nadie pensaba que dicha palabra podía caber en un poema y envolver simbólicamente al pueblo chileno aplastado bajo la feroz dictadura fascista de Pinochet con ternura y solidaridad infinitas: “Y si no se escucha a las ovejas balar en el Desierto de Atacama nosotros somos entonces los pastizales de Chile para que en todo el espacio en todo el mundo en toda la patria se escuche ahora el balar de nuestras propias almas sobre esos desolados desierros miserables”.

Esta cadencia fónica va a primar configurando el muy personal estilo de Raúl Zurita a lo largo de toda su obra. Me refiero al versículo y a un aliento tipo onda expansiva en el que la cadena léxica parece alargarse, así como los ríos en su cauce o las inmensas montañas de los Andes desplazándose igual que Apus sagrados quechuas y aymaras.

Esto es precisamente lo que ocurre en la sección Cordilleras de Anteparaíso(1982) segundo libro de nuestro poeta. Aquí el tono bíblico (del Antiguo Testamento) se hace presente para definir una situación tan trágica como la que ocurrió en Chile con el advenimiento del fascismo, tras el golpe militar contra Salvador Allende en 1973. “Se hacía tarde ya cuando tomándome un hombre / me ordenó: /”Anda y mátame a tu hijo”/…..Conforme-me escuché contestarle- ¿y dónde / quieres que cometa ese asesinato? /Entonces, como si fuera el aullido del viento / quien hablase, El dijo: “Lejos, en esas perdidas cordilleras de Chile”/.

Y de este modo se va a plantear poéticamente una lucha política de clases entre las cordilleras que son el pueblo chileno en toda la posibilidad utópica de su liberación a pesar de su infinito dolor y sufrimiento histórico, pero lo notable de Zurita es su plasmación textual con un lenguaje que se autoilumina y trasciende lo puramente referencial, alcanzando planos de dimensión visionaria: “Y entonces como si jamás hubieran sido como si jamás se hubieran quedado como si los mismos cielos las llamaran todo pudieron ver el azul del oceáno tras la cordillera tumultuoso americano por estas praderas marchando” . O “Recortadas frente a Santiago como murallas blancas acercándose inmensas dolorosas heladas”. Pero de pronto va a ocurrir algo atroz que se nos anuncia con esta melodía fúnebre previa a la represión: “Pero no ni borrachos creyeron que la locura era igual que los Andes y la muerte un cordillerío blanco frente a Santiago y que entonces desde toda la patria partirían extraños como una nevada persiguiéndoles la marcha”. Son las denominadas Cordilleras del Duce que en la lingua franca de Zurita serían los ejércitos de Pincohet. Dice el poema: “Por eso de sangre fue la nieve que coronó las cumbres andinas. Porque sólo la muerte fue la corona que ciñó de sangre el horizonte. Y entonces ya coronados todos vieron las cordilleras del Duce ceñirse sobre Chile sangrantes despejadas como una bandera negra envolviéndonos desde el poniente”.

Es el momento del desbarajuste total y absoluto. Simbólicamente, en el poema, las cordilleras se invierten y se forman los hoyos del cielo. Pero finalmente las montañas vuelven a pararse sobre sí mismas en su imponenete majestad. Es decir, no todo estaba perdido. Y esto es representado en el poema con tres emblemáticos textos sobre las cumbres “ojos del salado”, el “Huascarán” y el Aconcagua en una especie de reivindicación geográfico-étnica.

Me interesa el Huascarán, situado en la zona andina del Perú. Se trata de una hermosa exultación de aquello que Rodolfo Hinostrza llamó –hablando de la punta nevada del pico, “su blancura imperdonable”. Zurita dice por su parte: “Cuando sólo la helada es el color que levanta el cielo en estos paisajes. Cuando de puro frío se ven cayendo las albas llanuras tras los Andes sólo de frío desvaneciéndose como un rayo de luz sobre la nieve.” Y más adelante: “Porque nunca fueron más albos los sueños que marcharon en las llanuras”. Es decir, la vida se ha salvado. El sueño continúa. Esa será exáctamente La Vida Nueva,(1994) que es como el poeta nombrará su siguiente libro, constituyendo una formidable épico-poético-alucinatorio-profética de toda la geografía humana social e histórica de las Américas e incluso de Occidente en su conjunto. Tarea sinfónica que probablemente sea el punto más alto de la creación de nuestro autor hasta el momento. A su modo este libro múltiple y polifónico significa una gran celebración del mundo y de la existencia de la humanidad, a pesar de sus horrores y miserias, más allá de sus nimiedades e infelicidades, la voz de Zurita se alza enhebrando un canto siempre pleno de entusiasmo, de loca alegría o alegre locura –como quiso Hölderlin- en la cual toda la entera realidad danza al compás de un frenesí vital , como si un huracán de amor y de belleza pudiera arrastrarnos por los paraísos de una no nombrada utopía verbal, que sólo existe en los versos de Raúl Zurita.


PARA nuestra generación, aquella que en el sur de América (lo más sur como escribió Lucho Hernández) empezó a escribir circa 1980, la poesia de Zurita marcó un punto de quiebre con todo lo anterior. Y señaló la posibilidad de nuevos lenguajes para nuestra creación. Su obra se ha enriquecido con nuevos trabajos como INRI (2003) cuya sección Flores es la que a mí me gusta más y con sus incrustaciones del habla andina –de procedencia quechua- como “Atiende palomitay que todas las flores de los desiertos, de las rompientes de Chile y montañas nos aman. A mí que me morí me aman. A ti que te moriste te aman. Si flor nevada de la llanura te dicen vidalitay paloma que las flores que están donde antes estaba el oceáno, las cordilleras y los valles nos dicen que nos aman”. Y Los países muertos (2006)que recoge el Canto a su amor desaparecido(1984) y sus nichos sudamericanos plenos de dolor, indignación y solidaridad íntima ante la violencia con que las clases dominantes ahogan en sangre a nuestros pueblos. Pore so llega a decirnos: “Mi corazón / es el pais más devastado”. Claro, porque primero que nada la poesía nace en el alma desolada de un poeta ante la casi siempre absurda e inhumana circunstancia que entraña vivir en esta sociedad. Y desde el corazón la poesía toma cuerpo (toma forma) en el poema, recogiendo dicha circunstancia.


PARA terminar este breve paneo o incursión a vuelo de pájaro chilalo, permítaseme una memoria personal. La Habana, noviembre de 1985. Un encuentro de intelectuales. Habíamos unas 200 personas de todo el mundo en el hall del Palacio de las Convenciones. En medio de esa pequeña multitud descubrí a Raúl Zurita y me acerqué a él. El era un poeta ya reconocido en todo el ámbito de la lengua.Yo un joven que se iniciaba. Pero Raúl tuvo la bondad de citarme en su habitación del hotel que compartíamos, para escucharme durante varias horas, pasada la medianoche, inquiriéndolo por supuesto sobre la poesía y su propia obra también. De esa conversación me quedó muy claro que uno debía seguir su propio camino en el lenguaje. Esa fue una gran lección para mí. No vale repetir actitudes ni lenguajes del pasado. Y lo bacán es que dicha conversación continuó con alguna intermitencia, en Lima o en Santiago, y últimanente en Boston; esa conversación no ha terminado. Porque “todo lo que amamos es el mar / América es un mar con otro nombre / todo lo que vive es un mar con otro nombre”.

Fuente: http://www.litterae.cl/tito.html

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