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sábado, 22 de enero de 2011

Desvelo blanco de Ana María Falconí, por Rossella Di Paolo

Los poemas del libro Desvelo blanco, de Ana María Falconí tienen la cualidad trémula del claroscuro; el claroscuro de lo que puede y no puede decirse, de lo que es y no es. Esta cualidad impregna todos los escenarios y situaciones, de modo que avanzamos junto con la voz poética sobre una parpadeante línea de frontera en la que hay casas que son borradas por la neblina, estatuas o manzanas que desaparecen ante nuestros ojos, caminos del que afloran pasos fantasmales.

Cada ser u objeto nombrado en estos poemas aparece como tras un velo que oculta para revelar mejor y revela para mejor ocultar. Es así como todo se carga de un delicado hechizo, y las cosas existen y no existen a la vez, se habla y no se habla a la vez, como los rostros tras un delicado velo: están y no están a la vez. De hecho, en este nuevo libro de Ana María Falconí fascina la tensión que se establece entre las palabras “velo” y “desvelo”, ambos blancos. El velo nupcial al que se alude en uno de los poemas es, naturalmente, blanco. Y blanco es también el desvelo, como viene dicho desde el título.

Coloca sobre mi cabeza este velo

Déjalo caer sobre mis hombros
Mis pequeñas manos lo recibirán como hilanderas
Y lo plancharán y lo apañarán sin culpa

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Escucha al órgano temblar vacío
Cruje blanca mi canción nupcial
Y no hay templo que nos mire

Anda,
Desliza el velo sobre mi cabeza
Que los vitrales cubren la luz
Déjalo caer sobre mis hombros
Que es de noche
Y tengo frío

(“Velo”)

Vemos aquí que el velo tiene el poder de arrancar a la voz poética del espacio profano y de instalarla en el espacio sagrado. Pero no profano o sagrado con los sentidos que comúnmente se les asigna. A través de los poemas del libro vamos comprendiendo que el espacio profano tiene que ver con la imposibilidad de acceder a la conciencia del otro. El espacio sagrado, en cambio, surge cuando se cumple esta comunión o boda de conciencias.

En La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, se encuentra una de las frases más hermosas que ha dado la literatura. Me refiero al momento en que el protagonista, enamorado de la evanescente imagen de una mujer de nombre Faustine, expresa el deseo -fatal, urgente- de “entrar en el cielo de la conciencia de Faustine”.

Esta misma idea parece animar el poemario de Ana María Falconí. Entrar en la conciencia del ser amado, he allí el paraíso oespacio sagrado, el tiempo del velo.Lo no sagrado y/o infernal es, entonces, la dificultad de hacerse entender por el otro o de entender al otro. Ese estado de inquietud y confusión es el tiempo del desvelo (con sus acepciones de “insomnio” y “ausencia de velo” funcionando como sinónimos perfectos.)

El epígrafe de Emily Dickinson al frente de la primera sección del poemario: “No vi ningún Camino- los Cielos estaban cosidos-” es elocuente. La hermosa y dura imagen del cielo cosido parece confirmar que el tránsito hacia el otro es imposible. Juntando las sugestiones de Bioy Casares y de Dickinson se podría decir que el camino hacia el cielo de la conciencia del otro está cosido, cerrado.

Pero no todo es tan drástico.

Como siguiendo un hilo secreto que conectara unos poemas con otros, observamos que paraíso e infierno ocurren intermitentemente.

Por ejemplo, en el poema “Mil noches”, el amor está presente y vuelve sagrados los espacios profanos; lo que toca el amor se llena de brillo, aún lo que podría ser sórdido. En su homenaje a las historias de Las mil y una noches, el poema sugiere no solo que la fantasía del amor redecora el mundo, sino que esa fantasía está asociada a la palabra. La ingeniosa y bella Schehrazada redecora su destino a través de la palabra. Ella es escuchada, entra en el cielo de la conciencia del rey y se salva. Es el tiempo del velo.

El contrapunto lo marcan los poemas escritos desde la incertidumbre. En ellos todo es un dar vuelta sin solución de continuidad: aves, nubes ovejas… se encuentran atrapados en el insomnio de una duda circular:

Pero los animales iban en círculos interminables

(“La frontera”)

Las vueltas desorbitadas por el valle
Paseando
Un eterno desvelo blanco

(“Madeja”)

Estamos en el tiempo del desvelo:el infierno de las noches en blanco, sin himeneo de conciencias, sin velo blanco. No hay un otro, no hay interlocutor, y en ese estado Schehrazada (si continuamos en la analogía arriba propuesta) solo puede – irónicamente- contar blanquísimas ovejas (“Oveja”, “Madeja”), o contarse historias fabulosas como la de ese ogro terrible que corre tras un tren llevando entre los brazos una cabeza que quiere hablarle y que bien podría ser la suya…

Cruzas una a una las montañas con grandes pasos de ogro

Para cumplir con tu misión:

Llevas una cabeza entre los brazos

Su boca reseca se mueve

Pero no escuchas lo que dice

(“Pasajeros”)

Sin interlocutor, esta suerte de Schehrazada podría querer inventarse uno, un interlocutor mágico como ese pez que ella dibuja sobre la arena con la ilusión de que cobre vida y la acoja. Pero esto no ocurre y el pez desaparece con una mueca, como el espejismo que es (“Pez”).

Es importante recalcar que el primer poema del libro ya marcaba el tono del desencuentro, del chasco. No hay un otro, es siempre uno mismo hablando solo, empañando el cristal con el propio aliento:

-No dejes de hablarme- supliqué


Creí percibir un murmullo

Cuando se llenó de vaho el cristal

Con mi propio aliento

(“Réquiem I”)

Pero soliloquios o interlocutores fabulados quizá no produzcan tanto dolor como el hecho de que sí haya un interlocutor presente, sí exista el otro, pero que no acoja a Schehrazada en su totalidad, que solo la acoja en su belleza y no en su inteligencia creadora, de manera que ni interesan sus palabras ni se le dirige palabra alguna, antes bien, un silencio ofensivo y tenaz, como el de las estatuas:

Quieren mi sonrisa de marfil

Se conforman con mirar

Los movimientos vacíos

De mi boca


Pero yo no sonrío

Nunca sonrío


Me quedo en la cama escuchando

Esperando


El Semen Silencioso de las estatuas

(“Estatuas”)

En este escenario de incertidumbre y desvelo, marcado por soliloquios, ausencias o malentendidos, la voz poética buscará señales reales o imaginarias que puedan tranquilizarla. Una pluma blanca que asocia con la madre ausente, la corteza de un árbol, la forma de una nube, el vuelo de unos gallinazos, todo puede ser interpretado, todo entra en el delirio de la interpretación, de allí la atmósfera de ensoñación o pesadilla según la lectura amable o desapacible de esas señales.

Desde los postes hablan sin voz los gallinazos Sus cuerpos encorvados

Entran al cielo sin palabras Leo lo que dicen como un libro
(“Réquiem 2”)

El angustiado mundo interno se proyecta hacia el exterior, de manera que escenarios aparentemente sólidos (una casa, una escalera, un autobús) se hacen inestables, como si estuviesen reflejándose sobre agua. Nada es seguro, las interpretaciones son ambiguas, los mensajes son ambiguos, el sobresalto y la tristeza comparecen tras la entrega y la dulzura.

Lejos de él,

Que nunca me ha mirado

Como yo miro el mar

(“Donde no muere el olor del mar”)

Ese no ser mirada por el otro se aprecia también en el poema “Hudson River”, donde la voz poética se siente tan invisible como esa estatua que un mago ha hecho desaparecer, supuestamente, bajo una gran sábana mágica. Es así como la voz poética, inexistente ante los ojos del amado, se dice a sí misma con tristeza:

Volverás a tu sábana blanca

Que se halla a 3,000 millas

Del Hudson River

Y sentirás

Su frío de marzo en las entrañas

Con gran coherencia poética, la alusión a esta sábana mágica entra en el campo simbólico del velo, con su juego mágico de ocultamiento y revelación.

Por otra parte, si ponemos este poema a dialogar con el poema “Velo” no puede escapársenos la nota melancólica que supone el no estar cubierta por el festivo velo blanco, sino por esa sábana blanca que bien podría ser una mortaja.

Una reflexión más que surge del hecho de juntar esos dos poemas: con frecuencia, la voz poética se autopercibe como torpe o ilusa, en contraposición al idealizado objeto amoroso. Son pocos y muy ambiguos los momentos en que “se permite” una protesta contra este. Tal vez uno de esos momentos – por su posible ironía- sean los versos finales de “Velo”: y / Ya te encuentras entre tules / En tu cama. Tal vez el poema “Hudson River” admita una interpretación distinta: quien desaparece – o debería desaparecer- bajo la sábana mágica es el otro.

La nota idealizadora, sin duda, es la que predomina, y entre tanta íntima zozobra conmueve en el yo poético la perseverancia de su amor, la actitud expectante, tierna:

Pero seré yo con mis cabellos erizados y mi pequeño cuerpo

Combado hacia ti

Escondo zanahorias en los arbustos para que tú las encuentres

Destino uno de los cuatro rincones de mi cuarto para soñarte

(“Canción de los caballos”)

Sueño y realidad se confunden. El sueño de la espera y la pobre o desconcertante realidad de lo obtenido. Nada de nada o tan poco. Un dar vueltas como las nubes o los gallinazos o esa ingenua oveja que salta la misma valla y cree que ha saltado varias, o cree, pobre, que ella es distinta… pero es lo blanco sin remedio:

Salta la misma valla

Una y otra vez

Pero en cada ocasión cree que es

Otra valla la que salta

A veces piensa que es otra oveja

Cuando es ella misma


(“Oveja”)

¿Pero que causa esta imposibilidad? En los términos e imágenes del poemario el conflicto nace del hecho de que los personajes, los “novios”, por llamarlos de alguna forma, jueguen en planos distintos, representados por “colores” opuestos, como en un ajedrez: el blanco y el negro. La novia parece moverse en un mundo de candorosa transparencia, un mundo frágil también, con sentimientos de orfandad. Ella está asociada con lo blanco: el velo o el desvelo blancos, la cándida oveja blanca con la que se identifica, la nube blanca, las plumas blancas que ella percibe como maternales mensajeras del cielo. El objeto de su deseo se mueve en la dirección contraria: él está asociado con lo nocturno, el misterio, lo demencial; él es ese abismado e indescifrable cuervo negro, cuyas plumas la novia se desvela en descifrar…

CUERVO

No tengo un busto de Palas para esperarte

Oh poeta tenebroso

Mis pensamientos hacen temblar

La ventana de mi cuarto

Cuando el viento llega en el momento justo

Y alimento a un enorme cuervo

Como un ladrillo abierto en la pared


Te hablo indiscriminadamente

Mientras sangro

Maldigo cada conversación

Insulsa

Y siempre cada noche

El tiempo me encuentra desnuda llena de plumas negras


Disecciono alas hasta la saciedad

Cuento uno a uno cada hueso

Cada punto de inflexión

Solo para encontrar tu secreto


Cuervo

Cuervo

Cuervo


No habrá bálsamo en Galaad
Que me sane de tanta blancura

En estos versos vemos cómo la novia abomina de su propia blancura a la que percibe como una carga, pues la blancura es la imposibilidad de entender o ser entendida por el mundo de la oscuridad. Lo blanco –delicado, quebradizo- quiere descifrar el secreto, entrar y perderse en la densa y vigorosa oscuridad del otro. El ángel de plumas blancas quiere cubrirse con las negras plumas del cuervo. La claridad se hipnotiza con la noche (¿la vida con la muerte?), con el enigma o sinrazón que ésta implica. Solo el estigma de la negrura podrá salvarla, redimirla. Su cielo tan deseado es un cuervo negro; un cielo terrible, infernal, definitivo.

En el célebre poema de Edgar Allan Poe, el joven enloquecido por el dolor que el cuervo le anuncia una y otra vez, le grita “¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja!”. Pero en el poema de Ana María (uno de los más bellos del libro) lo que vemos es el movimiento opuesto: el cuervo negro es el objeto de deseo.

Quizá el cuervo sea la poesía, finalmente, y este poema exprese el deseo de ser partida por el rayo negro de la palabra, de ser definitivamente herida por el cuervo negro de la palabra.

Nadie sale entero de su contacto fulminante. Pero nadie que escribe en serio querría otro destino.

Pero sé que está ahí
Que entre la niebla ronda
Y me espera
Como un rincón
Como un pulso

(“Atalaya”)

26 de octubre 2010
Fuente: Letras.s5

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