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martes, 11 de noviembre de 2008

E.M. Cioran: confabulador clásico

La irrupción de este pensador sensible, poeta de la hondura, humorista trascendente y desesperado adorador de la risa y el cinismo, constituye una iluminación venida de la zona imprescindible. Sus libros, que fueron levantando una horda de admiradores en el mundo, aportan algo así como un haz de luz llegado de la más cerrada noche. Nacido el 8 de abril de 1911 en Rasinari, Rumania, más exactamente en los Cárpatos, y muerto en París el 20 de junio de 1995, tuvo paradójicamente, una infancia feliz. Pero muy pronto lo visitaron las tempestades interiores, la interrogación sin nombre, el insomnio y la experiencia del vacío, la errancia por el mundo con la certidumbre de no pertenecer a sitio alguno, la irradiación de la música. Con esos materiales construyó su prodigio: Un pensamiento asistemático, imbuido de profética hermosura.

Entre sus libros más llameantes se cuentan: Silogismos de la amargura, Breviario de podredumbre, Ejercicios de admiración, La tentación de existir, Contra la historia y El aciago demiurgo.

La pasión de lo absoluto en un alma escéptica es, según su propia expresión, el centro gravitacional que recorre De lágrimas y santos, una de sus obras más bellas pero de las menos frecuentadas. Se trata de una serie de variaciones alrededor de lo sagrado –los santos, los eremitas y los mártires- que horadan de manera singular la identidad de Dios, nuestro interlocutor esquivo. Aquí una muestra de este libro con el propósito de convocar al lector a que se adentre en la indagación de esta totalidad deslumbrante.

(En la foto E.M. Cioran en su apartamento de París acompañado de Amparo Osorio, Editora de Con-Fabulación. Otoño de 1992).

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El reino de los cielos invade poco a poco los vacíos de nuestra vitalidad. El objetivo del imperialismo celeste es el cero vital.

Cuando la vida pierde su dirección natural, busca otra. Así se explica que el azul del cielo haya sido durante tanto tiempo el lugar del supremo vagabundeo…

Añadamos que el hombre no puede vivir sin apoyo en el espacio; ese género de apoyo la música nos lo niega totalmente. Arte del consuelo por excelencia, ella abre en nosotros sin embargo más heridas que todas las demás.

La música es una tumba de deleites, una beatitud que nos amortaja.

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Hubo una época en que los hombres podían dirigirse en cualquier momento a un Dios acogedor que enterraba en su nada los suspiros humanos. Hoy nos hallamos desconsolados por no tener a quién confesar nuestros tormentos. ¿Cómo dudar de que antaño este mundo haya estado en Dios? La historia se divide en un antaño en el que los hombres se sentían atraídos por el vacío vibrante de la divinidad y un hoy en el que la nimiedad del mundo carece de aliento poético.

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Toda forma de éxtasis suplanta a la sexualidad, la cual no tendría ningún sentido sin la mediocridad de las criaturas. Pero como estas apenas poseen otro medio de evadirse de ellas mismas, la sexualidad las salva provisionalmente. Dicho acto excede a su significación elemental –es un triunfo sobre la animalidad, dado que la sexualidad, fisiológicamente hablando, es la única puerta que se abre sobre el cielo.

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Los hombres sólo se reconciliaron con la muerte para evitar el miedo que ella les inspira; sin embargo, sin ese miedo morir no tiene el mínimo interés. Pues la muerte existe únicamente en él y a través de él. La sabiduría nacida del acuerdo con la muerte es, frente a las postrimerías, la actitud más superficial que existe. El propio Montaigne fue infectado por ella, sin lo cual sería incomprensible que haya podido vanagloriarse de aceptar lo inevitable. Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quién no lo conoce lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte incesante.

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Habiendo agotado el contenido de la eternidad, la Edad Media nos da derecho a amar las cosas pasajeras.

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El único mérito de los filósofos es haberse ruborizado, de vez en cuando, de ser hombres. Platón y Nietzsche son una excepción: su vergüenza no cesó jamás. El primero intentó arrancarnos del mundo, el segundo hacernos salir de nosotros mismos. Ambos podrían dar una lección a los santos. El honor de la filosofía queda así salvado.

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La mejor prueba de que la música no es de esencia humana es que nunca sugiere la representación del infierno. Ni siquiera las marchas fúnebres lo logran. El infierno es presente, actualidad; lo cual significa que conservamos solamente la memoria del paraíso. Si hubiéramos conocido el infierno en nuestro pasado inmemorial, ¿no estaríamos suspirando a causa del recuerdo del infierno perdido?

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Quien no ha frecuentado nunca a los poetas ignora lo que es la irresponsabilidad y el desorden del espíritu. Cuando se les trata, se experimenta el sentimiento de que todo está permitido. No teniendo que dar cuenta de nada a nadie (salvo a sí mismos) no van –ni desean ir- a ninguna parte. Comprenderlos es una gran maldición, pues nos enseñan a no tener ya nada que perder.

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Es extraño hasta qué punto la idea de Dios puede cansar. Equivale a una extenuación de la conciencia, a una fiebre secreta y agotadora, a un principio destructor. Resulta sorprendente que, con semejante obsesión, tantos santos hayan alcanzado la edad avanzada.

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Poseemos en nosotros mismos toda la música: yace en las capas profundas del recuerdo. Todo lo que es musical es una cuestión de reminiscencia. En la época en la que no teníamos nombre debimos haberlo oído todo.

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El mérito de España ha consistido no sólo en haber cultivado lo excesivo y lo insensato, sino también en haber demostrado que el vértigo es el clima normal del hombre que ha suprimido la distancia entre el cielo y la tierra.

1 comentario:

ALBERTO dijo...

Genial Cioran, su obra es perenne.

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