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lunes, 3 de noviembre de 2008

Héctor Hernández Montecinos sobre Fuego abierto. Antología de la poesía peruana compilada por Carmen Ollé

Los poemas no tienen porque dar placer o goce sensorial, de hecho los poemas no están obligados a nada, y esa autonomía con respecto a las emocionalidades de turno, tanto de autor como lector, enriquece la distancia, la zona muda que hay entre la ficción y la vida misma. El silencio con respecto a sus propias emociones, hace que el poema tenga un carácter catatónico, como si no tuviera vida propia, pues se la roban quienes lo leen, y luego que el libro se cierra su libertad se hace infinita nuevamente y la ficción de su existencia lo convierte en literatura, porque solamente un libro cerrado o no leído es literatura.

Este misterio provoca una fascinación inconmensurable, y no así la belleza que es una trampa fácil, en efecto, lo bello no tiene que ver con los poemas más que el color de la tinta o el tipo de papel, pues la muerte es más bella que la vida porque no la vemos, es sólo un medio y justamente ahí radica la fascinación de tantos siglos de escritura sobre ella, ya que cuando es entendida como finalidad es el grado cero de sí: Nada. La poesía sabe que no lo es. El misterio es encantador.

Cuando uno se remonta a literaturas de siglos perdidos en la historia, de las cuales sólo nos llegan fragmentos, avisos de existencias, ruinas lingüísticas, es cierto que se recrea el gesto de la escritura y la contingencia de su pulsión, pues no podemos olvidar que toda lectura es un constructo, pero no sólo estas, sino que también las que hacemos el día de hoy. Inventamos bellezas y fealdades como se inventan máquinas y palabras. Inventamos miedos y deseos como se inventan marcas y enfermedades. Sin embargo, el real misterio no se inventa: es.

La poesía aniquila el tiempo, no la historia sino que su devenir diacrónico, pues en efecto podemos inventar la lectura de los libros que leeremos el día de mañana y he allí un gesto de una real vanguardia o un ala radical, pues estas literaturas que para nosotros aún no existen son uno de los secretos que hacen que se siga escribiendo, independiente de bien o mal, e independiente de lo que estas palabras todavía puedan significar, pues como se suele afirmar, la mala poesía, de siglos y siglos, suele ser “linda”, sólo que tiene otro tiempo y otro espacio, uno en el cual el factor emoción-conmoción es primordial, tal como las típicas canciones o las películas lloronas.

Ante esta actitud plañidera se dio una forma de escritura que tomaba este elemento minorizándolo dentro de un programa que apelaba al lenguaje mismo como operación, como experimento, como el límite de un soporte de lectura, y se dio también que una nueva forma de recepción literaria, en un mundo que cayó de cabeza, apareció en el Perú de los años 70. Un quiebre, una fractura, un desliz que podemos presentir como una nueva sensibilidad, que no nace sólo de la violencia, sino que de una suma de factores como los nuevos pactos, las nuevas ternuras y los nuevos territorios. Sea en el caso peruano quizá Hora Zero el colectivo de poéticas que más buscó e indagó en una propuesta radical de repensar el poema como una experiencia, ya no sólo literaria sino como la configuración de un mundo orgánico, integral y total que se desplazara en el lenguaje como interrupción e interdicto.

Estos poetas, de los cuales destaca Ramírez Ruiz, Pimentel, Verástegui, fueron lectores rebeldes y cómplices de las experimentalidades, de los límites, como el caso de Allen Ginsberg, quien me atrevo a situar como el poeta en habla inglesa que más ha influido en las literaturas latinoamericanas, desde Nicanor Parra, pasando por Carmen Berenguer, los peruanos Walter Curonisy y Róger Santiváñez hasta las más actuales generaciones de jóvenes escritores. Vale señalar la conectividad entre este grupo y lo que fueron los infrarrealistas mexicanos, con Roberto Bolaño a la cabeza, quien no dejó de admirar y celebrar a los poetas que devolvieron el manifiesto poético y la proclama radical como lo hizo Hora Zero, y luego de manera independiente el brillante Enrique Verástegui.

Lo interesante, es que ya no sólo este último autor recién nombrado, sino que muchos de los poetas de este Fuego abierto permiten la posibilidad de lectura de sus obras, y ya no sólo de sus poemas, pues han planteado de manera paralela al texto en sí un marco referencial que a la vez los desestabiliza, pero íntegramente los pone en un contexto de tensión, lo que le da un sentido de ‘máquina viva’ a sus propias creaciones. Esta es una de las razones por las cuales esta antología propone un palimpsesto lectoral, y en el guiño de su nombre, una silenciosa y saludable guerra campal entre lenguajes, visiones e imaginarios.

Como ya dije por ahí, antología sin batahola no es antología. El carácter sedicioso de las antologías es profundamente seductor, es casi un género del mal, pues en él brilla el desprecio, la inquina y el odio, aunque el punto de partida sea casi siempre filantrópico, esto es mostrar nuevos autores, poner en escena silenciamientos injustos, reubicar obras asimiladas por el polvo y el silencio, pero todo este benévolo afán de inmediato pasa a segundo plano después de que se ven los índices para atacar a los que están y pelear por los que no. Es así. Es parte del ingrato gesto de las antologías. Los que aparecen dan un respiro aliviados y los que no levantan campañas en diarios, blogs y revistas hasta que el autor o autora tiene que explicar que simplemente fue su gusto y ya. Todo esto se amplifica más cuando se trata de una antología de representatividad nacional en un país extranjero, y más aun cuando es de poesía de Perú en Chile.

Como debiéramos saber, la poesía peruana, tiene una larga y exquisita tradición que va más allá de Vallejo, quizá el poeta peruano más conocido en el mundo. Carlos Oquendo de Amat, por ejemplo, me parece un caso insólito en la creación futurista de su paisaje escritural, contemporáneo a Huidobro o incluso anterior, o el mismo César Moro, Martín Adán y muchísimos poetas más de inicios del siglo XX. No obstante, este Fuego abierto, dividido en nueve capítulos temáticos y no cronológicos, tiene su corte inicial desde mediados del siglo pasado y se abre con la presencia de Jorge Eduardo Eielson (1924) quien pareciera darle una espectralidad a lo que designa, como si los objetos aún no tuvieran nombre, tal como el deseo, en este caso homosexual, del cual cuyo latente es siempre una palabra secreta entre los labios y la vida: “mientras sollozo/ se me derrama la leche hirviendo/ sobre la cara/ y entonces una máscara magnífica/ con la sonrisa del rey de espadas/ cubre mi llanto/ y todo eso no es nada todavía”. Juan Gonzalo Rose (1928) conjuga en su poesía la proyección del poema como una casa, y esa casa es una ciudad, y esa ciudad es un libro que es lo mismo que decir un país: “tristes reliquias somos/ de un hermoso país/ que jamás conocimos”.

De la segunda sección del libro, “Cenizas y silicio”, destacan dos poetas como Luis Hernández y Rodolfo Hinostroza, ambos nacidos en 1941. El primero quizá sea uno de los primeros en incluir la sonrisa cosmopolita y por tal una ácida y dulce ironía en la poesía reciente, dialogando con Oquendo de Amat y siendo un pariente poético del chileno Rodrigo Lira, su obra aún dispersa en papeles sueltos y cuadernos no se deja estabilizar por el canon: “Ezra/ Sé que si llegaras a mi barrio/ los muchachos dirían en la esquina/ Qué tal viejo, ché su madre”. Hinostroza, ícono de la llamada generación del 60, es uno de los autores más polifacéticos y celebrados internacionalmente, ya que su obra descentrada, culta, paródica y de una profundidad y concentración de cirujano semántico o hipnotizador de palabras no cesa de reinventar nuevas lecturas de sí misma: “Para arrasar el Poder/ se precisa el Poder: yo buscaré el Tao & Utopía/ Oh César/ no me sueltes a tus perros de presa”

La sección “En los extramutros del mundo”, título del primero libro de Enrique Verástegui (1950), es donde hallamos a parte de los autores de Hora Zero o sus cercanos, como los casos de los notables Jorge Pimentel (1944) y Tulio Mora (1948). Para mi gusto, es Verástegui el poeta en lengua castellana que más lejos ha llegado con su trabajo poético y su ensayística, también con sus incursiones narrativas y dramatúrgicas. La genialidad delirante de su obra ha sincretizado la lógica, la mística, las matemáticas, la política, el orientalismo, todo. Sin duda, Enrique Verástegui ya escribía en el siglo XXI, desde sus primeros libros a inicios de los setenta:

Un pétalo abierto entre los pétalos de piedra
& esa hamaca de mimbre
¿la hamaca donde está yaciendo Martín Adán
como en un halo celeste?
“Hotel Comercio”, año 1960: alucinación/ dipsomanía
/ psicosis
¿Hamaca do yace la bella Nannerl
cubierta de sueños?
“Maison de la Musique”, Bruxelles: neurosis/ pavor /
Liszt congelado.

VENUS & TANNHAUSER
Adonai llegó a Lima
tirando dedo abajo la escarcha de Latinoamérica
la mochila al hombro
él nembutal estirado como el aliento de Venus
& Tannhäuser joven poeta se enamoró de Allen como
Allen se enamoró del viejo Adán vestido como gacela

“Contra el ensimismamiento” es el nombre del siguiente capítulo donde aparecen los textos de interesantísimos autores como Róger Santiváñez (1956), quien hace deambular su obra entre la cita callejera y la profanación de la palabra como revelación. Es un empedernido rebelde del lenguaje, minoritario y nómade en el sentido más deleuziano: “Sin nada sin nadie/ paria como tanto sedentarista/ puro/ solo/ oskuro/ duro/ pasteleado/ pastelero/ refugio/ rolling/ stone/ Aún /Vivo”. También José Antonio Mazzotti (1961) hace gala de sus lecturas con trabajo y brillo, pues sus poemas no sólo son la entrada a un imaginario celeste y prístino, sino que también descienden a los infiernos de la lengua y su imposibilidad: “Francesca y Paolo están aquí./ Los misteriosos habitantes descubiertos/ debajo de la nieve en las solapas”. Montserrat Álvarez (1969), nacida en España y actualmente viviendo en Paraguay, es un caso llamativo dentro de la poesía peruana, pues su obra mordaz, burlesca, sardónica, lúdica hasta el hartazgo y lúcida en la locura de su poética no deja de sucederse como las viñetas de un cómic, que sería en este caso lo más parecido a la Historia, así con mayúscula: “Colocad estratégicamente/ cibernéticas bombas de tiempo en los árboles genealógicos/ y en los edificios de oficinas/ Poned vuestro corazón en las garras del Demonio”.

En el quinto apartado de Fuego abierto, “Amores imperfectos”, aparece Domingo de Ramos (1960) quien dialoga con las lenguas callejeras como si fueran lenguas muertas para traducirlas en un prodigioso tono, directo y conmovedoramente personal, que transversaliza toda su obra: “Desplazada en el vídeo clip/ De Chacalón in the city/ Music & soul of The Comas donde estás pedaleando contra el suelo/ En coreografía con peces rabiosos a la sombra de árboles mayores que yo/ Mientras muero in flammas puerilmente como un perro de Lautréamont”. Roxana Crisólogo (1966), actualmente radicada en Finlandia, propone a lo largo de sus excelentes libros una fresca visión de la ciudad en ruinas, es decir de la hipócrita celebración de su éxito, arrasada por el mercado y víctima de las violencias y los poderes de turno: “Para el dj invitado/ los peces dilapidan su oxígeno de país entero/ intentando dar vida a esta cadena alimenticia/ de malos entendidos y formas”. Incluida también Carmen Ollé (1947) es quien abre un nuevo territorio orgánico en la poesía peruana con su célebre libro Noches de adrenalina publicado a inicios de los ochenta, y desde ahí ha venido desacralizando los relatos en torno a los arquetipos femeninos con una soltura provocativa y una incorrección de buena cepa que la ha puesto en un lugar privilegiado en la escena nacional: “Mi vagina se llena de hongos como consecuencia del/ primer parto./ Este verano se repleta de espaldas tostadas en el/ Mediterráneo/. El color del mar es tan verde como mi lírica/ verde de bella subdesarrollada”

De “Flama y respiración” Carlos López Degregori (1952) observa cada detalle en sus poemas llegando a convertir el mínimo gesto en un monumento, pues no sólo es un ojo que avanza sobre un suceso sino que es protagonista y víctima: “Y sucedió/ la mano se dio vuelta/ jugó a interrogarnos/ después nos estranguló y borró todas las huellas/ es posible”. Luis Fernando Chueca (1965) también contempla, pero acá la ficción y el lenguaje van y regresan ante un enmudecimiento del cual el poema es inicio y fin, a modo de una hoja que corta lo que hay entre la escritura y la lectura: “Taboga descansa en el reverso de la navaja; su cuerpo/ resbala por el filo ardiente,/ turbio,/ de esa forma inverosímil/ de ese urgente grito/ que repele toda apariencia de armonía”.

Es en “O un cuchillo esperándome” donde vemos la mayor cantidad de mujeres presentes como unidad, por ejemplo Dalmacia Ruiz-Rosas (1957) quien en un tono desenfadado, coloquial e incluso rockero o gótico se cuestiona problemáticas como el amor, la fe y el oficio mismo de escribir, pero siempre de manera potente e imaginativa: “Soy peligrosa?/ el amor es peligroso/ para ti/ de una tumba rota/ sale una zorra/ en este pueblo/ es diciembre/ 14 de 1666/ con una estaca/ clavada en el corazón”; también está Rocio Silva Santisteban (1963) que comparte ese tono violento en su enunciación y rompe esquemas mentales, y sobre todo líricos, con la decisión y la fuerza de su voz: “Estoy lamiendo tus nalgas con desenfreno/ y las tías, puaj, y las muchachas, puaj,/ y nadie sabe qué sentir./ Entonces te volteo/ y continúo/ lamiendo/ con desenfreno”. Doris Moromisato (1962) abre un diálogo con su propio cuerpo y con su imagen contemplada en la diferencia, y desde allí también se cuestiona lo móvil de las identidades sociales, nacionales, de los traumas y de los odios que bordean todo asomo de libertad individual: “Amo este cuerpo que me ata/ El pezón erguido sobre el pecho triste/ La breve amargura de su boca/ El tierno desamparo de sus pies”.

Ya en los últimos capítulos del libro aparecen los poetas más jóvenes del libro, como es el caso de Victoria Guerrero (1971), quien a través de la proyección de su cuerpo enfermo ve los intersticios de una patria desolada e intervenida por el desprecio y la tristeza: “Carniceros doctores héroes nuestros/ EL AMOR SE HA PERDIDO/ y ya no hay tiempo - digo/ no hay tiempo/ para refregarse las patas o las manos/ bajo el agua turbia”. Ericka Ghersi (1972) recorre su propia historia tras los violentados restos de una ciudad que ya se ha ido, como imágenes de una guerra que no llegó a concluirse: “Este silencio que ves andar/ es en realidad/ miedo,/ miedo de no salir del campus./ Miedo de no llegar a casa/ miedo a que algún desconocido me detenga/ me diga los nombres de mis hermanos/ y los horarios de trabajo de mis padres”. José Carlos Yrigoyen (1976) es el poeta más joven de Fuego abierto, en sus poemas no sólo la mezcla hilarante y profunda de textualidades del cine, la música, la historia o la propia literatura crean una atmósfera personal y convincente, sino que además la certeza y el punto de vista confluyen en una poética exquisita, lograda y minuciosa: “Que el padre golpee al hijo hasta matarlo. Que luego/ lo haga pasar por mujer y lo deje a la suerte del viento,/ pues toda muchacha es hermosa cuando ha visto a la muerte,/ y tú ya te la has encontrado tres veces - qué más puedo decir”. Por último, Miguel Ildefonso (1970) encuentra caminos alternativos ante cada duda, y en ese juego lírico sus poemas tienen una sorprendente movilidad de registros, de giros, de puntos de fuga oportunos y conmovedores: “Cristo medía 1mt. y 64 ctms. Y caminaba/ por el centro de Lima/ eran las 3:30 de la tarde -siempre eran/ las 3:30 de la tarde/ Y él caminaba descalzo por Camamá/ veredas quemadas por el sol/ su piel ardía y era un extraño color para la temporada/ pálido como un colmillo de elefante”.

Son muchos más los autores que aparecen en este Fuego abierto, obra absolutamente necesaria para nosotros como lectores chilenos, pues la enorme variedad y riqueza de voces poéticas aquí presentes es sólo una demostración de las excelentes obras que se han producido en Latinoamérica, y en este caso en el hermano Perú, que cada día volvemos a redescubrir con más cariño, fraternidad y poesía.

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