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lunes, 21 de marzo de 2011

EUNICE ODIO: EL AGATA DE FUEGO, por Raúl Henao

Sorprende que la poeta costarricense Eunice Odio (San José, 1919-México, 1974) señalada por del poeta chileno Humberto Díaz Casanueva como “uno de los más puros, más trascendentales talentos poéticos de mujer de la América Latina” y su libro, El Tránsito de Fuego, como “una de las obras poéticas más vastas de América, una enciclopedia de hechicería lúcida” sea, al momento presente, tan patéticamente desconocida en el ámbito latinoamericano como lo fuera en vida.

Otras poetas, en sus comienzos desconocidas y poco leídas en sus respectivos países,como Olga Orozco, Alejandra Pizarnik o Marosa di Giorgio han ido ganando lentamente el favor de los lectores de poesía y su obra circula actualmente en México, Argentina, Perú o Venezuela… pero que sepamos, Eunice en el lapso de tiempo transcurrido desde su muerte, hace exactamente 37 años, sólo cuenta con una reediciónde su obra completa, que no corresponde a la importancia y el fervor rayano en el culto, que goza entre una elite escogida y difícil, que no ignora que la poetisa costarricense encarna, a la par quizás de Sor Juana Inés de la Cruz, el modelo o arquetipo mágico-religioso de verdadera MUSA o poetisa inspirada, de la que nos habla Robert Graves en su estudio monumental sobre el mito poético:

“La mujer que se interesa por la poesía debería en mi opinión ser una Musa silenciosa e inspirar a los poetas con su presencia femenina (…) o bien debería ser la Musa en un sentido completo: debería ser por turnos Arianrhod, Blodeuwedd y la vieja cerda de Manawr que devora a sus lechones y debería escribir, en cada uno de esos aspectos, con autoridad antigua. Debería ser la luna visible, imparcial, amorosa, severa y juiciosa” (La Diosa Blanca. Editorial Losada. Buenos Aires, Página 580)

En un documento excepcional sobre su vida titulado Eunice Odio/Antología que aparte de su poesía incluye una selección –expurgada es cierto- de la “correspondencia” que la escritora sostuviera desde México con el poeta venezolano Juan Liscano, autor y editor del libro; se transparenta de manera explícita su “alta calidad estética y humana” (Pedro Guillén) su “ser amoroso”(José León Sánchez), su ”ternura ilimitada” (Otto Raúl González) su extrañeza y singularidad que la distingue entre otras muchas poetas de lengua española “Eunice no era de este mundo” (Juan Bañuelos)…Hasta el punto de merecer el dictamen siguiente de uno de los poetas actuales más importantes de su país de origen:

“Su obra pertenece desde siempre a nuestra cultura por derecho propio. Por vocación creativa sus poemas, cuentos, ensayos son patrimonio estimable de nuestra literatura. De allí venimos quienes pergeñamos un poema o escribimos un texto. Son parte fundamental de nuestra historia literaria aunque no se conozcan o no se critiquen o no se lean en nuestras universidades y colegios” (Alfonso Chase, Nuestra Eunice, Territorio del alba y otros poemas. Página 247).

Pero aunque en la publicación antológica atrás mencionada, que incluye poemas de su primer libro Los Elementos Terrestres (Premio Centroamericano de Poesía.Guatemala,1947) deTerritorio del alba, de El Tránsito de Fuego y la correspondencia con Liscano, puede corroborarse la atmósfera supernaturalista que rodeaba su vida cotidiana, también se hace evidente su extrema pobreza material, la soledad abrumadora a la que la redujera su temperamento soberbio e independiente, ajeno al oportunismo arribista, que suele caracterizar a los círculos intelectuales latinoamericanos; a su “apartamiento absoluto” de la política de izquierda en la que había militado en su juventud durante su estadía en El salvador, Guatemala y México,ahora subordinada a los intereses pro-soviéticos del estalinismo internacional, y del movimiento feminista(1) que sólo busca la igualdad laboral y política con el hombre, cuando ella reivindicaba la “diferencia” de asumirse como mujer total, consciente de la importancia que esto reviste en el contexto de una culturatradicional o ancestral.

Su obra misma, que se inicia como un cántico erótico-espiritual, cercano al Cantarde los Cantares salomónico o al Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, donde se celebra por igual el cuerpo y el espíritu en un sentido que rebasa la concepción dualista judeocristiana occidental, toma en la madurez un rumbo polifónicoy dramático que nos recuerda el elevado lirismo del teatro griego antiguo, o los dramas poético- metafísicos de T.S. Eliot o Paul Claudel… A la par que conjuga en sus metáforas e imágenes poéticas la revelación y la invención surrealista y creacionista, lo que en ocasiones la vuelve difícil para la generalidad de los lectores modernos, incapaces de seguirla en ese camino trazado por el ejercicio de lo que ella llamara“el intelecto activo”aquel que reviste la agudeza de un cuchillo o el filo de una navaja y donde “laabstracción” - al decir de Díaz Casanueva- “no se resuelven en formulaciones intelectuales sino en prefiguraciones míticas”.

Hay en ella, por otra parte, la afinidad electiva de adentrarse en aquellos senderos perdidos en el emblemático“bosque de símbolos”(2) del que nos hablara Baudelaire y que la emparenta con poetas como Blake, Novalis, Nerval, Rimbaud, Yeats, Breton, Lubicz Milosz o Pessoa, que a menudo transitan las vías de lo oculto o esotérico. Pero no será el vínculo que la relaciona con la “doctrina secreta” de la enigmática Madame Blavatsky lo que la separe de los lectores modernos, sino la naturaleza auroral, resplandeciente (o resplandiciente, al decir de ella misma) luminosa, angélica, de su obra poética… más cercana a la experiencia del nacimiento (¿de una nueva era o edad de oro?) que de la muerte y la decadencia que se avizora en todo el ámbito de la cultura global actual.

Ya Díaz Casanueva anotaba que El Tránsito de Fuego era una de las pocas obras poéticas que en Hispanoamérica puede abiertamente contraponerse al impacto o novedad tanático- depresiva, que a comienzos del siglo pasado produce la lectura de Residencia en la Tierra de Pablo Neruda…Porque no hay en ella ninguna atmósfera o tiempo nublado que vele a nuestros ojos la luz del sol…Con la consiguiente ceguera o deslumbramientoque esto produce necesariamente en el entorno de los coterráneos del poeta, aquello que la autora denomina “la inidentificación metafísica”:

“La poesía y el poeta,se ven afligidos, también por el problema de la inidentificación. Todo aquel que crea se ve, en menor grado o en mayor grado, afectado por él, ya sea en alguna parte o en todas partes. El creador extraordinario,el arquetípico es el más inidentificado de todos -a mayor poesía mayor luz, por lo tanto mayor deslumbramiento y ceguera general- Nadie cree que es lo que es y por lo mismola identificación es imposible (…) Y como a Elías, el profeta, al poeta lo tienen “en nada” y lo hacen padecer. Y muchas veces, como a Cristo, lo matan. ¿Qué en estos tiempos ya no sucede? Yo he visto morir a más de uno, sin contar a César Vallejo. Murieron de abandono y de dolor espiritual, como Vallejo que es un caso extremo (Antología. Página 111).

Terminemos, pues, de rescatar para las letras en español la obra de esta gran poeta e imaginera centroamericana, que ha sabido hablarnos, en la oscuridad presente, de la aurora por venir… cuando los planos espirituales vuelvan a ser accesibles para la humanidad. Sabemos que en vida ella ha invocado como su santo patrono al arcángel Miguel que en la sabiduría cabalística es homologable a Hod, la octava sephirah… el Thot egipcio, señor de la magia y la palabra escrita,“la inteligencia absoluta o perfecta” que nos concede como dádiva o experiencia espiritual, la visión del esplendor de los mundos… reales e imaginarios.

Notas

(1) Eunice que vive en los EE.UU. cerca de tres años, de “agosto de 1959 a marzo de 1962” atribuye la crisis de valores en ese país a la inversión que se ha dado en el papel social que juegan el hombre y la mujer. “¡La mujer igual al hombre! Pero es que no hay nada igual a nada. Punto. Si no hay un hombre igual, imagínate si podría haber una mujer igual al hombre” Le escribe a Liscano. (Antología. Página 124)

(2) En una reseña de El Tránsito de Fuego de Eunice, publicada en La Nación, en mayo de 1989, nos dice Peggy von Mayer (editora de sus Obras completas. Editorial Universidad de Costa Rica.San José. 1996) “El universo poético del poema es predominantemente simbólico. Los símbolos no son sólo un tenue velo metafórico que manifiesta de modo concreto las realidades inefables e invisibles, sino que resultan el instrumento idóneo para expresar los infinito con lo finito, lo inmaterial con lo material, lo divino con lo humano, que únicamente se descubre al lector sensitivo que ha sabido penetrar en el secreto de lo sagrado”

Eunice odio / Correspondencia con Juan Liscano/ Selección de Raúl Henao.

“¿Para qué quiero ser rica si puedo ser poeta? Dios sabe que preferiría pedir limosna, si fuera preciso, antes que me fuera negado el gran “don carismático”. Si me dieran a elegir, entre formar parte de los poderosos de la Tierra y ser parte de los que pueden dar vida nueva a la palabra, ni un momento vacilaría. Y si me dijeran que me dan un gran poema a cambio de la miseria extrema, y que sólo un poema grande, elijo el poema grande, aunque sólo sea Uno. Así ha sido desde que descubrí que la poesía no era en mi una “afición” sino “un destino implacable”. No hay cosa que no dé por la Belleza que es una forma de Dios; la más próxima a su Naturaleza. Y por eso la cuido a ella y a mis actos, más que a mi físico. Hay que hacer de modo que Ella no huya.”

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“… La mayoría de los poetas operamos con un lenguaje que es una vestidura resplandeciente o para mejor decir, resplandiciente. De tal manera brilla y resplandice, que los sensibles de todas las categorías, desde la más alta hasta la mas baja, tienen por fuerza que mirarnos y “fijarse” en nosotros, sintiéndose hechizados. Somos seductores espirituales “profesionales”.

Por lo que a mi toca, en cuanto tengo tiempo lápiz y papel, bien sé cómo hacer para decir cosas de tal modo, que cualquier persona, con un mínimo de sensibilidad, o un máximo de hipersensibilidad, tiene por fuerza que quedar atrapada dentro del círculo mágico. Es una especie de “atraco a mano armada, con alevosía y ventaja”, aunque sin premeditación, porque es verdad que no tenemos más remedio que hacer así las cosas; porque no es que deliberadamente busquemos que las palabras se agrupen en un orden brillante sino que ellas así llegan y nos asaltan: agrupadas como quieren. Y se necesitaría ser un santo laico, para resistir al encantamiento a que nos someten –primero que a nadie-”

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“Los poetas tenemos que ser más humildes y sacrificar ESO: detenernos menos en nosotros y mirar atentamente todo lo que nos circunda.

En “El Tránsito de fuego” inventé una palabra: Pluránimo. Si un poeta no es la suma de todas las ánimas, va mal. ¿Y cómo se puede ser eso, si te dedicas a las grandes abstracciones, que te alejan de la carne dolorida de Adán, y te llevan, sólo a ti, a los planos de la Divinidad?

El poeta tiene el secreto del ser del hombre y le dice al hombre como es él, y cómo es Dios. Pero sólo tiene ese secreto cuando, literalmente, entra en el hombre, calla, cuando llega a poseerlo, cuando es el más VERDADERO y amante prójimo –o próximo- del hombre. Y cuando eres dueño de esos secretos es que estás en Dios. Y se acabó. Si el Nirvana está en el camino de la poesía, el poeta lo halla sin buscarlo”.

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“Y luego resulta que yo nunca creí en serio, eso de que tenía que morirme… ¿Sabes quien si está seguro de eso? O, Paz. Un día me dijo en el colmo de la solemnidad y la seriedad: “Tú, querida, eres de la línea de poetas que inventan una mitología propia, como Blake, como Saint John Perse, como Ezra Pound; y que están fregados, porque nadie los entiende hasta que tienen años o aún siglos de muertos”. ¡Qué consolador! Y ahora se va a dar un quemón. Como profeta es una pantufla, quizás porque no es cierto que yo haya “inventado una mitología” Todos esos personajes son arquetipos de la vida; seres vivientes y padecientes, no dioses semejantes a los hombres, sino elegidos parecidas a los dioses.

Todo esto no tendría que explicártelo si leyeras o, menor dicho, hubieras leído, el ultimo libro que he publicado, o sea El Tránsito de Fuego. Entonces verías que ese libro lo escribió un intelecto activo.

Un intelecto activo es el que puede andar en el filo de la navaja, uno pasivo es el que cae, a un lado o al otro. (Tengo un ensayo que escribiré cuando tenga tiempo, sobre este hermoso problema del intelecto activo o el pasivo, en relación con la poesía).

No me resbalo ni confundo nada; hay dos compartimientos: uno es el plano de la cotidianeidad, en que trabajo, me hago guisos, me compro trajes; tengo un perro chiquito, negro, con carita de bulldog; pero con alzada de zarigüeya, que es simpatiquísimo y dulce y es de los dueños del edificio de Neva 16; y un Gran Danés imponente, con una línea perfecta y una casta intachable, que es de unos señores de casa rica que viven enfrente. Otra cosa, completamente distinta, es el plano de las cosas extrañas a la tierra, o al reino del hombre común, en el cual estoy.

Si te asomas a la ventana y ves que entre el firmamento y tú, todo está lleno de cuerpos luminosos como diamantes en vuelo; si abres el refrigerador, y ves que una rama de tomillo, no sólo ha echado hijos, sino que ha crecido; si te das cuenta de que, ahora, la belleza de un cuadro que tienes en tu casa, es algo que puedes penetrar hasta sus últimos pigmentos, en forma que antes era vedada; si tu casa se vuelve un palacio lleno de reflejos que antes no veías, es fácil perder el equilibrio, SI NO SEPARAS LOS COMPARTIMIENTOS.

Pero, si yo no pudiera separarlos, y mantenerlos rígidamente separados, a estas horas sería incapaz, siquiera de escribirle esta carta. Es así de simple.

Estas situaciones tienen que manejarse radicalmente o desintegran a cualquiera. Para no desintegrarme en la nada absoluta, tengo que darme cuenta, ABSOLUTA Y TOTALMENTE, que algo está incidiendo en mi porción terrena; pero que ese algo incide solamente y no es lo mismo que mi tarea terrestre. Una cosa es el cuerpo con que leo el periódico, y otra, muy diferente, el cuerpo con que veo pequeños astros resplandecientes; así como son cosas muy diferentes el cuerpo con que amo al gran danés y el rarísimo y dulce buldog, como míos, siendo ajenos –porque no puedo tener un perro “personal” y entonces tengo muchos-, y el cuerpo con que me entero de que el oro bajó de precio. Todo tiene su lugar y hasta su tiempo. Y es necesario situar a cada cosa en su sitio espacial, temporal, emocional, porque, de lo contrario, uno está perdido. ¿No estas de acuerdo?”

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“(…) Pero, ¿es que solamente los inmensos poetas y los enormes pintores, tienen derecho a expresarse? Siempre he creído que no. Me parece que la poesía (y todas las artes), son una sinfonía inmensa, en la que cada cual da sus notas: unas apagadas, otras sordas, otras brillantes, otras altas, otras pianísimas. En siendomúsica, todas son necesarias, todas contribuyen a la inmensa sinfonía que estamos cantando... por los siglos de los siglos. Todos los instrumentos tienen sus grados de belleza. Entre las diferentes calidades de talento, hay una cuestión de grados; y entre el talento y el genio, también hay una cuestión de grados; entre las diversas calidades de genio, también hay una cuestión de grados, pero desde que alguien tiene talento – y creo que es el caso de Beatriz-, su trabajo es respetable. Beatriz me conmueve porque se puede decir que toda su vida – desde la infancia-, es una cadena de pesares y, sin embargo, cuando se pone frente al caballete, todo lo que sale al lienzo o al papel es un mundo de poesía dulce que relata las mejores, y más puras cosas de la vida. Ahí, en su lienzo, no hay amargura, ni rencor, sino ternura, agradecimiento por la vida, comprensión de las flores y de los animales. Su mundo es un mundo bendecido, poético, en una palabra”.

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“Tal vez hacía dos horas que permanecía en ese delirio doloroso; tal vez más (en esos estados nadie es muy consciente del transcurso del tiempo) y, repentinamente, vi una mariposa blanca que iba pasando muy cerca de la ventana, afuera, al aire de la noche despejada y fría. Abrí deprisa y pude verla ascendiendo por el muro de los tres pisos que hay después del mío (el cuarto), hasta que se perdió.

¿Una mariposa blanca a medianoche? No, Juan. Las mariposas blancas o de colores luminosos, duermen de noche, como los pájaros. Desde el crepúsculo, se tienden a dormir (con las alas en posición vertical o semihorizontal, según sea su espacie) y despiertan y se levantan con el alba. Las que andan en la noche tienen pigmentación oscura y cuesta verlas. Esta era dulcemente blanca como la flor del cardo, visible y densa y leve; sus alas como de seis centímetros, agitándose.

¿Fui víctima de una alucinación? Puede ser. ¿Hay alguien que pudiera asegurarme que eso fue lo que ocurrió? Sí, un ángel del cielo. Y ellos, como sabemos, no se meten con cristianos tan desventurados como yo... y, en general, no se ven involucrados en estas cosas. La verdad es que nunca sabremos si vi una mariposa que existe en algún plano distinto del nuestro, que incidió entre nosotros colándose por una rendija; o si lo que presencié fue el producto de mi alucinación particular. En todo caso fue hermosísimo y confortante, aunque por siempre ignoremos lo que fue. ¡Qué inquietante es verse metida en esto y no saber nada de nada!”

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“El problema de las inidentificación metafísica tiene su raíz en al falta de fe. Si los judíos hubieran “creído” que era verdad lo que veían, hubieran identificado correctamente al Cristo por lo que era: Cristo el Mesías y no otro; Elías el profeta, y no otro. Como no creyeron, porque es cierto que la verdad obvia es difícil de creer – tal vez porque es la luz, y ésta ciega a los que no la merecen, para que no la vean y no tenga vida eterna-, toda identificación era absolutamente imposible. Sostengo que la vida de la Biblia le habla al poeta y, a la vez, habla de él. (Por poeta entiendo a todo el que crea, aunque nunca escriba ni un poema).

La poesía y el poeta, se ven afligidos, también por el problema de la inidentificación. Todo aquel que crea se ve, en menor grado, o en mayor grado, afectado por él, ya sea en alguna parte o en todas partes. El creador extraordinario, el arquetípico, es el más inidentificado de todos – a mayor poesía mayor luz; por lo tanto deslumbramiento y ceguera general-. Nadie cree que es lo que es y, por lo mismo, la identificación es imposible. Se acostumbran demasiado a verlo, porque parece igual a todos los hombres.

“¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estas maravillas? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María?, ¿y sus hermanos Jacobo y José, y Simón y Judas? ¿Y no están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?

Y se escandalizaron en él. Mas Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su casa y en su tierra. Y no hizo allí muchas maravillas, a causa de la incredulidad deellos” S. Mateo 1, 54-55-56-57-58.

Y como a Elías, el profeta, al poeta lo tienen “en nada” y lo hacen padecer. Y, muchas veces, como a Cristo, lo matan. ¿Qué en estos tiempos ya no sucede? Yo he visto morir a más de uno, sin contar a César Vallejo. Murieron de abandono y de dolor espiritual, como Vallejo, que es un caso extremo”.

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“En serio, lo único temible es la vida. Es tan hermosa esa criatura que es nosotros y que somos ella, que muchas veces arrastra a los vivientes, nos arrastra hasta “sus” últimas consecuencias que son las nuestras, porque somos inseparables. ¡Qué criatura embriagadora, y peligrosa, e infinitamente poderosa! Con poco que nos descuidemos nos lleva por donde quiere y no por donde queremos. Sí, sí, es la vida a la que debemos temer mucho, por su bondad y su belleza sin fin que son seducción absoluta y enajenante. Viéndola y siendo uno ella misma en alguna de sus partes y en ciertos de sus momentos, vive ebrio, sabiéndote inserto en el prodigio mismo. ¡Todo esto es tan extraordinario que no lo parece! Témele a la vida o domestícala. A la muerte no la esperes, porque vendrá sin eso. Claro que no se puede domesticar a la vida, sino al trozo que nos toca o que somos y siempre que formulemos la gran abstracción que se llama “mi vida”. Hay que saberse manejar en la vida; pero no se necesita ninguna sabiduría ni ningún aprendizaje para la muerte. He ahí la gran diferencia. Morir es simple, vivir, en cambio, es la complicación de la simplicidad que es crecer hasta el fin”.

(Eunice Odio /Antología- Monte Ávila Editores. Caracas 1975)

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