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martes, 22 de marzo de 2011

El gran himno a la esperanza de Carlos Germán Belli, por Tulio Mora

SALVE SPES: LA ESENCIA (ROJA) DEL NOCTURNO SOL

La obra poética de C. G. Belli (Lima, 1927) es sin duda una de las aventuras más significativas de la poesía iberoamericana contemporánea. Sus numerosas publicaciones fuera del país, la abundante bibliografía sobre sus textos (prolijamente consignada en “Trechos del itinerario”, Colombia, 1998, y “El pesapalabras”, recopilación de M. A. Zapata, ediciones Tabla de poesía actual, Perú, 1994) nos revelan a un autor que casi desde sus inicios ingresó a la tradición más amplia, condición que sólo pueden disputarle Vallejo y Eguren.

La lengua, como se sabe, es una carta de ciudadanía que se reconoce en una comunidad que diluye las fronteras locales y si la poesía es su esencia misma, el espejo donde se renueva, la lengua belliana parece perseguir el despropósito igualador de recordarnos que la vida es una batalla desigual, no solo por sus vicisitudes tangibles, sino por las del tiempo, de ese tiempo triple en que conviven los fantasmas verbosos del pasado y que él ha descrito como “asir la forma que se va”; la extrema incertidumbre del presente, la del “pobre amanuense del Perú”, del “peruanito”, burócrata oscuro e in-significante, que responde desde la poesía a la pregunta vargasllosiana (“¿cuándo se jodió el Perú?”) con su propia tragedia; y la resignación del futuro: la muerte (en sus primeros textos el futuro se vestía de “Hada Cibernética”) al que adscribe con fervor “volcánico” en “Salve, Spes” (en latín “Salve, Esperanza”).

De esa percepción del tiempo como un nudo gordiano (el poeta que lo construye sería el Sísifo camusiano que transforma el castigo de los dioses en una venganza contra ellos) podemos explicarnos toda su obra: el apareamiento bizarro, como bien han resaltado numerosos críticos, pero especialmente Roberto Paoli y James Higgins, de las formas clásicas con las disonancias del presente, que Belli se esmera en hacerlas más chirriantes aún al agregarle las migajas del lenguaje popular. El resultado, naturalmente, es otra bizarría, un hombre moderno, ensacado en las formas de la belleza ideal pero ya como un patético alegato de sobrevivencia.

Sin embargo, este “pesapalabras” (montajista, truculento, a veces también humorista) nunca ha dejado de ser el surrealista de sus primeros textos. Diremos mejor: el ideal estético a que debió aspirar el surrealismo cuyas limitaciones (excepción hecha del gran Artaud) nacen de haber olvidado que la fractura de la realidad, a través de los sentidos, no puede ser subversiva sino fractura primero la palabra. Una inversión espacial con un lenguaje convencional apenas estaba condenada a escandalizar las no muy limpias almas burguesas, como decía Vallejo. Pero Belli, discípulo de Vallejo y del vanguardismo, no parece provenir del surrealismo literario, sino del pictórico, donde esas inversiones espaciales alcanzan precisamente la perturbación en el reordenamiento paradójico y contranatura. Pensemos en Giorgio di Chirico: sus grandes columnas griegas (clásicas) derribadas en un campo de perspectiva múltiple y vacía, sus arcos renacentistas instalados en la desolación del presente. Más cercanamente: pensemos en Revilla, sus replicaciones del lujoso retratismo italiano puestas a prueba con fotografías de un pueblo joven. Recordemos, por último, los numerosos artículos de Belli sobre pintura y arquitectura y un poema suyo que aparece en “En las hospitalarias estrofas” (Revista Mapocho, Chile, 1998), a Giovanni Donato da Montorfano, el pintor olvidado que vive su “eternidad en desigual estado”.

El montajista Belli, aprendiz de las formas cultas del clasicismo, que alguna vez se autodefinió de “plagiario” e “hispanohablante de segunda clase” (no sólo por su ascendencia italiana, sino por esa asunción del español como lengua prestada en Latinoamérica, cuyo dominio -en los viejos tiempos se decía “la lengua con sangre entra”- llega a experiencias límites en Vallejo, Arguedas, Gabriela Mistral), conduce esa fractura de la palabra vistiéndose la camisa de fuerza del instrumental retórico del Siglo de Oro, pretendiendo minarlo desde dentro. Ya sabemos el resultado: aparatos poéticos más que poemas (“ready-mades” a la manera de Duchamp y Man Ray y que en su caso traducen factura y fractura múltiple de temporalidad y lectura), escombros de una perdida abundancia, resonancias de música disonante. De algún modo la poesía de Belli suena como la prosa de William Burroughs, según la definición de Norman Mailer: es una casa que un hombre habita con todos los electrodomésticos encendidos simultáneamente. El surrealista se ha inmolado en su propio ideal de liberación poética.

Esa singular aventura lo ha convertido en un hereje. Si de algo está orgullosa la poesía latinoamericana, desde Rubén Darío (“el Bolívar de la lengua”, se le llegó a decir), es de su liberación de las formas: el verso libre (de rima y métrica, de simetría y eufonía) jamás ha sentido a la tradición colonial soplándole la nuca, ni siquiera cuando la vuelta al orden decretó la muerte de la liberalidad vanguardista (entre los 30 y 40). A diferencia de la poesía inglesa (Auden, Eliot, más recientemente el irlandés Seamus Heaney y el antillano Derek Walcott, escriben con rima), la nuestra habita su residencia versolibrista cómodamente, la siente legítimamente suya, es una conquista, el sueño del continente propio. Y sin embargo, Belli traslada a él su bricolage, su carretilla de ropavejero, a la vez suntuosa y mendicante, y se convierte en un caso personalísimo e intransferible. Porque además de ser probablemente un caso único, como expresaba Jorge Rodríguez Padrón en 1980, Belli no sólo se ha propuesto cuestionar los dogmas de nuestra poesía actual, sino, y aquí suena muy convincente la certeza de Eliot de que una gran poesía modifica también el pasado, fusionar las torsiones boscosas de Góngora con el riguroso conceptismo de Quevedo. Algo más: Belli es uno de los pocos poetas de los 50 que contradice la inhibición que se reviste de simbolismo (aunque símbolos permanentes uno encuentra en toda su obra) para desnudarse en una poesía confesional, vertiente por donde ha trayectado la mejor poesía peruana de los últimos 40 años.

En el prólogo a “Salve, Spes” (2000), Ricardo González Vigil hace notar que la obra poética de Belli puede distribuirse en dos grandes ciclos: desde “Poemas” (1958) hasta “Bodas de la pluma y la letra” (1985) su “tono era tanático, exasperante, desgarrado”; a partir de “El buen mudar” (1986) hasta su obra más reciente, “Belli emerge ‘erótico’, celebratorio, gozoso, pleno”. Habría que agregar que el tema (de una poesía patética a otra erótica y metafísica) y el estilo empiezan a sufrir algunas modificaciones en la segunda etapa, adelgazando la compleja arquitectura barroca, para volverse más directa, aunque, naturalmente, manteniendo las estructuras clásicas y la distribución silábica de endecasílabos y heptasílabos.

Poesía metafísica en su caso es más bien “poesía moral” (Quevedo). Este es el trasfondo de “Salve, Spes”, el balance eufórico de un hombre que siente la aparición del “sol de la medianoche rojo” como el símbolo “para hacer frente a la Parca”. En los diez cantos de que consta el libro, de diez estrofas y diez versos cada una (distribución que sugiere temporalmente a la centuria, al milenio y al “millonésimo año”, canto III), los temas parten de una reorientada visión de la vida en la que términos como “esperanza” (canto I), “resignación” (canto II), “fuego interior” (canto III) han ganado la “contienda entre el esperanzado y el desesperanzado” (canto IV), contienda que ha protagonizado el “arquitecto” (canto V), que mira el trayecto como “una lejanía abolida” (canto VI), sin renunciar del todo a sus arrebatos de rebeldía juvenil (surrealista), rememorando a Puschkin, Chocano y Vaché, “que estuvieron entre la pluma y la pistola” (canto VII), y este arrebato apasionado le permite confiar aún en la “pluma, el folio y las letras” (canto VIII) y en la vida representada por la voluptuosidad, el erotismo, “el acto más religioso de la vida”, después de “la adoración a Dios”, según el epígrafe de Malcolm de Chazal (canto IX), antes de la muerte donde los “dioscuros”, el “inmóvil” (su hermano Alfonso) y el “andante” (él mismo), como los legendarios gemelos Cástor y Pólux, son esperados por Zeus y Leda “al pie de los confines siderales/ esperándolos por igual felices” (canto X).

Este conmovedor testamento literario (lo que no supone que deje de seguir produciendo, ya que en los últimos años se ha vuelto más expansivo), ha sido la forma como Belli ha despedido espléndidamente al siglo XX y comprueba que la poesía es renovadamente sorprendente, aun cuando expone los viejos temas (pensemos en Jorge Manrique y su diálogo inmortal con la muerte), que siguen siendo vigentes porque son eternos, la única piel que vestimos cuando el bienestar virtual de la modernidad se delata ficción, inequivalencia.

El tono mayor de una voz apacible, ya despojado de sus lujos retóricos, se alboroza por “el futuro chiquito” que le espera. Religioso en su mejor sentido (“relligio”, unión, conciliación con el todo) y digno: el expulsado de los festines terrenales, todo poeta en toda sociedad lo es, desmiente el canto elegíaco (Rilke de las “Elegías de Duino”) e incluso la confianza en el paraíso cristiano (Eliot de “Cuatro cuartetos”) porque el suyo es un cielo no excluyente, ni siquiera para los escépticos enzarzados en “sorda lid” con los esperanzados: el absoluto es Dios, y como partes de ese absoluto todos somos Dios, “dioscuros” que reconcentramos (esencializamos) el “afán humano”. Como esencia, nuestro “fuego interior” vale más que “campo florido a la intemperie” y gracias a ella, llegado el momento, trocamos “el hoy de ayer horrible” en el “hoy del mañana codiciado”. Ese hoy triple es el de un poeta de 70 años que se reclama “un puntito apenas” aspirando a convertirse en el “gran viviente” obstinado en seguir construyendo, como buen arquitecto, “castillos en el aire”, consuelos de la sobrevivencia que están “cerca del celeste reino”.

“¡Vale la pena soñar mil años!” es su consigna rebelde, poner cimientos en las nubes y gradas para escalar los cielos sin olvidar que al mismo tiempo debemos poner las “plantas sobre abrojos y guijarros”. En ese empeño se nos debería ir la vida, haciendo viajes interiores (“con la proa directa a las entrañas”) y confiando en la escritura, aunque el arquitecto, “mortal viajero imaginario” y poeta, emita “sones disonantes” con los que aspira tocar las puertas del paraíso. El mayor de los consuelos (en algún momento la poesía era para Belli una suerte de venganza contra los poderosos que lo tenían “con el pie sobre el cuello”) le resulta ahora “aferrarse con firmeza/ de unas pequeñas letras sobre el folio”. La poesía se ha redimido también de su desesperanza, convirtiéndose en la voz sosegada del ocaso y del acaso.

En fin, trátese de la alabanza del amor corporal (“la candela de las candelas” que arde “en el centro del corazón hambriento”) o de su otro permanente (su hermano Alfonso), Belli nos ha devuelto su obstinada herejía: es casi lugar común decir que la poesía contemporánea se construye con los sentimientos más perturbadores y negativos, y sin embargo él apuesta por el optimismo final, legándonos el mensaje de que merecemos confundirnos en el todo, porque somos parte de “la gran familia azul”. Así sea.

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