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martes, 7 de noviembre de 2006

Geoffrey Hill: Himnos de Mercia

Imagino que los más avisados habréis visto el libro en las mesas de novedades de poesía. Por alguna razón, he tardado más de la cuenta en avisar de su publicación en esta bitácora, pero la cabeza se deja imantar por demasiadas cosas a la vez y no es fácil mantener un ritmo regular de entradas. Me refiero a Himnos de Mercia, el libro del poeta inglés Geoffrey Hill (1932) que acaba de ver la luz en el sello DVD en edición de Julián Jiménez Heffernan y quien esto firma. Es un volumen que nos ha llevado casi tres años de trabajo discontinuo desde que Julián me enviara un primer ensayo de traducción que luego hemos afinado y refinado hasta el hartazgo. En realidad, la existencia de este libro se debe en un principio al entusiasmo de Julián y a ese primer borrador que aterrizó sin aviso sobre mi mesa. Himnos de Mercia pertenece a ese género de libros que uno asedia durante años sin atreverse a traducirlos: Hill entraña en cada palabra tal cantidad de matices y sugerencias que no hay traducción capaz de replicar la potencia del original. Sí, tal vez, de hacerla imaginable o concebible para el lector español, que es lo que hemos intentado en este libro. En cualquier caso, fue Julián quien rompió el hielo. A ese primer momento le siguieron varias sesiones durante las cuales peleamos cada sintagma y cada frase de los treinta poemas en prosa que componen la obra. Y, finalmente, a principios de este año redactamos los dos textos críticos que escoltan los poemas, así como las notas y la bibliografía correspondiente. Un trabajo obsesivo, en ocasiones, pero también lleno de buenos momentos.

Copio seguidamente el texto que hemos enviado como parte del dossier de prensa: incluye una breve nota biográfica de Hill y también el texto de contraportada, donde se describe de manera bastante precisa la naturaleza y alcance del libro. Cuelgo, asimismo, dos poemas del libro que os pueden dar una idea aproximada de sus méritos. Ayer, por cierto, en el suplemento literario del ABC, salió publicada una reseña del libro a cargo de Jaime Siles.

Geoffrey Hill es autor de once libros de poemas, reunidos este mismo año en el volumen Collected Poems (Penguin, 2006). Tras licenciarse por la Universidad de Oxford, trabajó durante más de veinte años como profesor de literatura en la Universidad de Leeds. Hasta el curso pasado, en que se jubiló, Hill ocupaba la cátedra de literatura y religión en la Universidad de Boston (Massachussets). Es autor, asimismo, de tres libros de ensayos: The Lords of Limit (1984), The Enemy’s Country (1991) y Style and Faith (2003). En 1978 el National Theatre puso en escena su versión de Brand, de Ibsen.

Himnos de Mercia, publicado en 1971, constituye un notable punto de inflexión en la trayectoria poética de Geoffrey Hill. No es sólo el único de sus libros adscrito el género del poema en prosa, sino también quizá el más asimilable a un impulso autobiográfico o confesional. Después del soberbio ejercicio de escritura simbolista de libros iniciales, en los que el lenguaje aparece sometido a un grado supremo de elaboración formal, Himnos de Mercia despliega una música más serena y accesible, cercana en ocasiones a la confidencia o la evocación íntima. Esta nueva música está en consonancia con unas páginas que vinculan la memoria personal al curso de la historia y a las huellas (visibles o invisibles) que deja en el paisaje y en la vida de sus pobladores. Secuencia de treinta poemas en prosa, Himnos de Mercia es, pues, varios libros en uno: relato elíptico de una infancia durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado, reconstrucción elegíaca de un mundo rural al que la dilatada posguerra inglesa dio la puntilla, lectura del paisaje en la historia y de la historia en el paisaje, alzado etimológico del idioma inglés, buceo en los mitos y leyendas de la memoria colectiva.


Dos poemas

VI

Los príncipes de Mercia eran tejón y cuervo. Esclavo de su libertad, yo excavaba y atesoraba. Huertos fructificados sobre grietas. Yo bebía de los panales de arenisca helada.

«Un niño inadaptado en casa, solitario entre hermanos.» Mas yo, que ninguno tenía, alentaba una extrañeza, me entregaba a juguetes inalcanzables.

Velas de resina nudosa, ramas de manzano, el muérdago pegajoso. «Mira», decían, y de nuevo, «mira». Pero yo corría despacio; el paisaje se retiraba, regresando a su fuente.

En el patio del colegio, en los baños, los niños mostraban orgullosos sus cicatrices de moco seco, muñecas y rodillas adornadas de impétigo.


VII

Gasómetros, su rojo entre los campos. Represas de molino, piscinas de marga en completo reposo. Enjambres de anguilas. Coágulos de ranas: en una ocasión, con ramas y trozos de ladrillo, golpeó una acequia llena; luego se alejó furtivamente de la quietud y el silencio.

Ceolred era su amigo y lo siguió siendo, incluso tras el día del caza perdido: un biplano, ya entonces obsoleto e irremplazable, dos pulgadas de tosca plata densa. Ceolred lo dejó caer en barrena por un hueco abierto entre los tablones del suelo del aula, suavemente, sobre excrementos de rata y monedas.

Después del colegio atrajo a Ceolred, que se reía de miedo, hasta las viejas canteras, y lo despellejó. Luego, tras dejar a Ceolred, viajó durante horas, solo y tranquilo, en su camión de arena privado, derrelicto, de nombre Albión.
Tomado del weblog de Jordi Doce: http://jordidoce.blogspot.com/

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