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jueves, 26 de julio de 2007

Leonardo o el arte de escupir verdades permanentes por Víctor Coral


El texto se abre con una meditación trascendente, con un intento de trasegar los límites del mundo en su concepto ordinario.

Nuestras objeciones de verdad, o falsedad, son condiciones
Que predestinan la realidad y lo que existe es un acontecimiento determinado
Por nuestra época. El mundo
Es un proceso: no una lógica que sirva para envanecer o justificar desechos
Consumados.

Este discurso poético racional es con frecuencia violentado, interrumpido por rasgones de lirismo que ahondan la materia poética al mismo tiempo que afincan un equilibrio gradual y paradójicamente controlado:

¿Importan estación, temperatura y posición de los astros
En un astrolabio hecho para imperar sobre el cielo?

“Escribir no es meditar”, nos advierte el poeta cuando ya estaba tentado a recomendarle lo mismo. Pero felizmente no hay muchas ocasiones para ello en este largo poema dividido en diez secciones. Si bien el diálogo con la amada y el sopesamiento de la relación de pareja –concebida como enfrentada a la vulgaridad de la realidad y sus coerciones- son puntos axiales que afloran en el discurso con regularidad, los puntos de crisis (en sentido positivo) los obtiene Verástegui cuando salta por encima de lo erótico-amoroso para asomarse a las cimas de lo trascendente, y aun cuando cae en furtivos arrebatos confesionales. Cito in extenso:

No una vuelta –como podría decir el hombre poco discreto-
A la vulgaridad sino un enriquecer esta vida,
Con vida: este acto de cultura
Que es, sencillamente, intercambiar experiencias
Como flores, producir este mundo a imagen y semejanza
(…)
Nosotros aún permanecemos aquí escarnecidos
Y masacrados, perseguidos, absurdamente inteligentes
En un mundo donde serlo equivale a descender al infierno
(…)
Esa obra de perfección, como hablaron los místicos,
Es tu cuerpo como un templo donde creación
Y destrucción se complementan a ti mismo. Tú eres un Dios,
Una dulce fuerza divina capaz de todos los propósitos,
Una bella cosa operante en el mecanismo
De los mundos.
(…)
Sé que he escrito poco y que he todavía soñado más.
Esta vida es un sueño destruido en la polea de una industria
Que me escarneció, e insultó, vilipendió mientras
Me escabullía hacia el amor restituyéndome
A los corazones que me han guarecido…

La tentación profética no parece arredrar al poeta, conciente de que “una bella escritura si no trae orden y limpieza a tu mente/ desaparece en la noche/ y el caos queda como agua pasada en el agua que viene”:

El mundo exige ser transformado
Para lograr el sueño de sus padres,
Esto que somos ahora: una personalidad cultivada,
Una reflexiva visión de los actos, esta palabra profética
En una época que vive el futuro
Pero que no acepta al futuro en sus entrañas

Verástegui no encuentra razones para “cesar de escupir estas verdades permanentes”. Se permite amenazar con que todo quedará hecho cenizas “si no logramos vencer la intolerancia”, y sueña con el cuerpo femenino como locus de iniciación, como vehículo hacia las altas esferas. ¿Cabe esperar un discurso más alejado de la retórica sociologista de los 70-80? Ya se entiende entonces que buena parte del velo de incomprensión que ha opacado su poesía tiene que ver con el diferencial ideológico entre sus presupuestos y los de muchos de sus congéneres. Aparte el natural rechazo que ha venido causando el ciudadano Verástegui con sus declaraciones grandilocuentes y sus extravíos mesiánicos.

Sufrí incomprensiones absurdas como garfios
Clavados a mi carne para decirte que amo tu cuerpo


Claro, pues ese amor del cuerpo no es el límite –como sucede con otros creadores-, porque el poeta no vislumbra límite en el ritual de sacrificar los deseos y la razón en aras de una suerte de supranacionalidad apenas susceptible de ser sostenida con un discurso lineal, de naturaleza causal. De ahí que el discurso poético de Verástegui se apoye en la fluidez del lenguaje. No en la lógica discursiva (Watanabe es el genio de este ámbito), ni en la coherencia imaginal (¿debo hablar de Ramírez Ruiz aquí?). Ni siquiera en la lógica onírica de que hablaba Welles. Este discurso se funda sobre la feliz sucesión de las palabras, y por ello tanto se yerra en su comprensión:

Una ciudad que se proyecta no como existir
Sino como irrealidad no contiene esta verdad acumulada suave-
Mente en el pasto
Bajo estos geranios donde unos enamorados se acarician lenta-
Mente: su futuro
Es el presente y una persona real
Ha de florecer como esta luna
En la noche
Sin perder serenidad ni pétalos que han de moverse
-tu destreza dará realidad
A los frutos de tu visión- en la conciencia
Donde el poema adquiere su verdad perdurable y ahora Salave-
Rry parece
Una ribera tranquila sembrada con autos, hospitales
De cáscara verde, cafés con terrazas donde el viento…

El yo poético pasa de la contemplación de una ciudad a la constatación del amor de pareja, y de ahí se proyecta a una consideración abstracta sobre la conciencia y el poema, para finalizar en la visión de una calle específica de Lima. ¿Cómo considerar este bello extravío sino a partir de la felicidad lingüística que precariamente le da consistencia?

Si bien hay en el poema “Leonardo” acumulación de comparaciones –es lo que llamo el vicio mayor de su poesía-, estos cúmulos son mucho más tenues que en el resto del libro (Leonardo, INC, 1988), y menos flagrantes que en otros libros del poeta. Cito un ejemplo del poema “Apariciones en un panel de computador”:

Flores pálidas como el recuerdo de un amor en un aula de la
Universidad.
Chagall está enloquecido como una flor, el tiempo
como este poema son geranios delicados pero en vez de gera-
nios debiera destrozar a lo que me hiere (énfasis mío)


El tema del olvido como elemento purificador, benéfico, es otra persistencia en el poema. El “mundo heredado”, la cultura, pero también el pasado del poeta, volverán a instaurarse, “como por arte de vasos comunicantes”, para ser testimonio de la luz, la vida y los sueños. Porque “yo que no tengo pasado, lo nombro/ y nombro lo pasado que destruyo./ Donde hay olvido acontece la vida”. ¿Será mucho pedir a los comisarios de la razón y el discurso univoco que olviden los excesos del ciudadano Verástegui y se atengan a su feraz poesía? Comprender su obra exige que seamos “una luz arrancada suavemente a la noche/ o a la incomprensión, a todo lo inerme”.

En Lima, a julio 2007

Lo a-natural y lo perverso en Monte de Goce de Enrique Verástegui por Paul Guillén


Si reflexionamos acerca de algunas paradojas de la poesía peruana contemporánea, no podremos olvidar los injustos epítetos que se endilgaron a Monte de goce tras su tardía aparición en 1991. ¿Cuál hubiese sido el calibre de las críticas de publicarse en 1975, fecha en la cual estaba listo para entrar a la imprenta? Este dato no es para nada circunstancial, reparemos en que Verástegui obtuvo la prestigiosa beca Guggenheim en 1976, gracias a una carta de recomendación del poeta mexicano José Emilio Pacheco[1]. En ese sentido, reclamamos un lugar de preferencia, en los estudios de la poesía de Verástegui, para Monte de goce, un libro que asume lo posmoderno desde la perspectiva de la incertidumbre, la duda, la perplejidad, el vacío, la esquizofrenia, el sentido de agotamiento, la mezcla de niveles, de formas y estilos o su yuxtaposición, el gusto por la repetición y la copia, el manejo de estructuras o superficies, la mezcla en un mismo discurso de lo popular y lo culto, la desconfianza en la razón, la modernidad y su pensamiento universalista, su apuesta por el nihilismo, el anarquismo, la contradicción (Guzmán: 337-338). Además, sobre Monte de goce podríamos afirmar algo parecido a lo que aseverara Ricardo Piglia sobre Finnegans Wake de Joyce: Monte de goce es un libro psicótico, porque su textualidad está construida sobre la base de la fragmentación, lo onírico, y, además, se encuentra tasajeado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Desde la misma perspectiva, Monte de goce es, también, el libro de la exacerbación sexual y de la exacerbación del pecado:

Monte de goce fue planteado como una investigación del pecado, como una investigación de las perversiones sexuales en Occidente, que debían tener su campo de expresión a través de una exacerbación de la forma cómo estas perversiones se presentaban. Monte de goce está trabajado según una fórmula de Nabokov que era: “el máximo de indecencia con el máximo de elegancia posible”, buscando exacerbar al lector y buscando enfrentarlo a sí mismo (Guillén).

Por un lado, Monte de goce sería “la escritura continua a través de la cual pasan los géneros literarios” (Verástegui 1991: 8) y, también, se constituiría como un libro interdisciplinario (Galindo 2004: 155-165), que puede ser visto tanto como un diario o como una novela posmoderna, y pasar por relato épico o sátira contra la burguesía y sus instituciones (religión, política, economía, cultura) o, tal vez, como la alucinación de una perversidad extrema. Es por eso, que su enunciación se torna, por momentos, esquizofrénica y completamente paranoica, fundamentalmente perversa. Para tal efecto, debemos remarcar tres conceptos claves para organizar nuestra investigación, señaladas en la introducción que el autor hace a su propio libro:

1) El movimiento del erotismo en Monte de goce es polifónico: “una multitud de voces se cruzan y entrecruzan, se atraen y repulsan a la vez, pero enlazándose como en un coro a capella produciendo un rico espectro de tonos” (Verástegui 1991: 8).

2) Monte de goce es una tratado de la experiencia, pero a partir del lector: “pretendo un lector que emprenda su reescritura (…) alguien que por insatisfecho emprenda la experiencia de esta otra forma del infierno que es Monte de goce” (9).

3) “Monte de goce es un libro sin género, aun cuando desarrolla una estructura abierta” (12).

Como vemos los puntos claves que organizan la enunciación poética son los conceptos de polifonía bajtiniana, reescritura barthesiana y estructura abierta de Eco. El semiólogo francés Jacques Fontanille nos explica que la polifonía por definición es “una modalidad enunciativa del conflicto (conflicto ideológico y conflicto de representaciones sociales)” (Zilberberg 2002: 80). El discurso inicial de Hora zero (1970-1973), movimiento poético al cual Verástegui perteneció en una época, intentó trabajar la polifonía de los actores sociales para otorgar a su poesía una interpretación del hombre peruano como ser integral, por lo cual trabajó el poema como una conjunción de narración, ensayo y poesía. En una segunda etapa[2] −que se produce en el intervalo de los años 1972-1975 en el caso de Enrique Verástegui y otros integrantes de Hora zero como Juan Ramírez Ruiz (Vida perpetua, 1978) o José Cerna (Ruda, 1998)− se presta más importancia a la composición espacial, descendiente de Mallarmé, Apollinaire o los concretistas brasileños, pero, sobre todo, con mayor influencia del estructuralismo y la aplicación de las matemáticas a la poesía (llamada “poesía combinatoria”). Es así como este procedimiento se amolda al concepto de Roland Barthes sobre el rol decisivo del lector como modelizador de lectura-escritura, es decir, como un autor potencial, siguiendo la premisa de Lautréamont de que la poesía debe ser hecha por todos, no por uno (recordemos la famosa premisa barthesiana: el comienzo de la escritura es la muerte del autor). Otro aspecto, que nos interesaría remarcar es que el concepto de reescritura propuesto por Barthes se encuentra interrelacionado a una práctica barroca, en el sentido de la repetición, el exceso, el detalle, el fragmento, la inestabilidad, la metamorfosis, el desorden, el caos, la complejidad, la disolución, la distorsión (Calabrese 1989: 12). Por eso, estas combinatorias[3] nos hablarían de un apego a lo formal, a lo estructural, a lo sensual y a la perversión. El tercer punto clave es el concepto de obra abierta (1962) de Umberto Eco[4]. Dicho procedimiento, antecedente de la estética barroca (posmoderna), se puede percibir en la concepción del libro como una amplificación de diferentes variaciones de una obra musical. Además, como se refiere en el prólogo de Monte de goce, de lo que se trata es de la erótica del texto y no del texto de la erótica. Siguiendo a Georges Bataille, “puede decirse del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte”; en tanto, para Verástegui, puede decirse de los alucinógenos y el pecado que son la aprobación de la lucidez hasta en la locura.

Para empezar a revisar el concepto de goce que se despliega en este libro, debemos hacer la distinción entre el placer unido al deseo (principio de realidad) y el goce (principio de muerte). En ese sentido, el placer es decible mientras que el goce es lo indecible. Remito a Lacan: “Lo que hay que reconocer es que el goce como tal está inter-dicto a quien habla, o más aun que no puede ser dicho sino entre líneas”[5]. Por eso, el goce estaría unido a una práctica perversa, toda vez, que el perverso intenta reproducir ese goce a través de la apropiación del deseo del otro (lo gesticula, lo mima):

...los textos de goce son perversos, en tanto, están fuera de toda finalidad imaginable, incluso de la finalidad del placer… el texto de goce es absolutamente intransitivo. Sin embargo, la perversión no es suficiente para definir al goce, es su extremo quien puede hacerlo: extremo siempre desplazado, vacío, móvil, imprevisible. Este extremo garantiza el goce: una perversión a medias se embrolla rápidamente en un juego de finalidades subalternas: prestigio, ostentación, rivalidad, discurso, necesidad de mostrarse, etc. (Barthes 1998: 83-84).

En ese sentido, el goce es tanto satisfacción como sufrimiento, participa por igual de lo eufórico como de lo disfórico. En el texto “Lectura aunque radial alegórica de Norman O. Brown (cf. El cuerpo del amor)” incluido en Monte de goce, se instaura una carencia en el goce Otro, es decir, hay una premisa básica, la cual nos recuerda Jacques-Allain Miller: “el goce se produce en el cuerpo del Uno a través del cuerpo del Otro. Esto viene a decir que, en un cierto sentido, ese goce es siempre autoerótico, siempre autístico... pero, al mismo tiempo, siempre aloerótico, porque siempre incluye al Otro” (Miller 1998ª: 74). De esa manera, en Monte de goce el goce estaría mediatizado por la tecnología (cámaras fotográficas, grabadoras, filmadoras, la máquina de clítoris, máquinas seriales, etcétera) y por la exacerbación de las percepciones vía la droga; pero, en tanto, el sujeto (el de Verástegui y el de Miller) reconoce que su propio goce incluye el cuerpo del otro, sabe que ese otro no puede comunicarse con él, pues no se traduce por intermedio de la palabra. Hay una incomunicabilidad entre el yo y el otro, que coloca al cuerpo irremediablemente en su dispersión, en su soledad y neurastenia dentro de la vida moderna: “existes sólo porque eres un trozo de lenguaje, una caligrafía, manchando este papel” (Verástegui 1991: 59).

Por otra parte, en Monte de goce interactúa el concepto “escritura fálica”, que está ligado a los procesos psicóticos. Este tipo particular de escritura no reconoce la figura del padre. De un cotejo textual minucioso de los poemas de Enrique Verástegui se desprende que su poesía no tiene figura paterna[6]. Este locutor, a la vez psicótico, esquizofrénico y perverso, no ha pasado por la metáfora paterna; en ese sentido, no tiene ideal, lo que le interesa es ser el falo, mostrar su poder, aunque sea con un desplazamiento de su mirada hacia el fetiche, o como diría Norma O. Brown:

…los héroes errantes son héroes fálicos, en un permanente estado de erección; erguidos como la llanura. La palabra coito representa la sexualidad genital como el acto de caminar; pero la inversa también es válida: todo acto de caminar; o de vagar por el laberinto, es genital-sexual. Todo movimiento es fálico, todo comercio carnal. Hermes, el falo, es del dios de los caminos, de las puertas, de todas las entradas y salidas; todos los sucesos[7].

En el sentido del fetichismo, Monte de goce concibe a la mujer como fragmentación de un cuerpo. La mujer nunca es asumida como totalidad, es no genérica, no-todo. Su figura está desarrollada en torno a sus partes. Incluso se propone la función del cuerpo como un signo compuesto por:

1) signos femeninos: vulva, senos;
2) signo masculino: falo; y
3) signos neutros: nalgas, lengua y dedos.

Si recordamos el texto “Lectura aunque radial alegórica de Norman O. Brown (cf. El cuerpo del amor)”, en el que se produce el relato distorsionado −por el influjo de la droga− de la interacción entre una estudiante-modelo (Twiggy) y un pintor-fotógrafo (Velásquez), vemos que ella es fotografiada-pintada desde ángulos obtusos, oblicuamente capturada entre una multitud; además, la droga actúa sobre los dos: pintor & partenaire, “drogados, arrechos, cuerpos enlazados a través de la función social de cada uno (fotógrafo / modelo)” (Verástegui 1991: 34). Asimismo, podemos darnos cuenta que la imagen de la mujer es asumida como la representación de partes que aparecen en el espacio de la enunciación como fetiches: “el sujeto perverso remite al otro imaginariamente su alienación, pero a costa (y hay que dar todo su peso a esta expresión) de una identificación con un objeto cuya consistencia de fetiche adquiere diversas modalidades en función del goce que está en juego” (Berenguer).

Otro punto importante de Monte de goce es que nunca se hace distinción entre el falo y el pene, pues el pene es real y el falo es ideal. Entender el falo únicamente como pene es una equivalencia psicótica, porque no se accede a lo simbólico; en cambio, el neurótico si hace la distinción. El psicótico se sitúa en una fase anterior preedípica, no pasa por el complejo de Edipo, es decir, no hace diferencia de sexo; en tanto que el perverso homologa el pene y el falo, pues no tiene ideal. A su vez, en este libro se toma a las palabras como cosas y no como signos, es decir, se trata a lo simbólico (el lenguaje) como real. Considerar a las palabras como cosas y no como signos nos habla de la preeminencia y la utilización de un lenguaje esquizofrénico:

arrojado de un lugar arrojado de otro arrojado arrojado
muchísimo miedo / siempre con miedo
(…)
et dolor de cabeza—
et riéndote a solas—
et conversando a solas—
tu cabeza golpeando en pared—
(…)
triste triste triste triste
& miedo mucho miedo mucho miedo mucho miedo
nadie nadie nadie nadie nadie nadie nadie nadie nadie
nada nada nada nada nada nada nada nada
sa am boo / sa am boo / sa am boo / sa am boo / sa am boo
aaaaaaaaaaaaaaaaaafffff!!!
¡zas! ¡zas! ¡zas!

(Verástegui 1991: 161)


Finalmente, podemos afirmar que en Monte de goce la sexualidad con relación al goce y la perversión se encuentra configurada como una sexualidad que rechaza lo natural; es decir, este libro propone una sexualidad a-natural. En ese sentido, y siguiendo a Barthes, la modernidad pretende resistir a la sexualidad normal mediante la perversión, al signo mediante la exclusión del sentido y la locura. Es consecuente y claro que el recorrido de Monte de goce sea tratar de reproducir el goce que solo puede gesticular un perverso.


Obras citadas

BARTHES, Roland.
1998 El placer del texto seguido por Lección inaugural. México: Siglo XXI.

BERENGUER, Enric.
s/f “El reto de la perversión”. En: Ornicar? (www.ornicar.org).

CALABRESE, Omar.
1989 La era neobarroca. Madrid: Cátedra.

ECO, Umberto.
1979 Obra abierta. Barcelona: Ariel.

GALINDO V, Oscar.
2004 “Interdisciplinariedades en las poesías chilena e hispanoamericana actuales”. En: Estudios filológicos, número 39. Valdivia, setiembre. p. 155-165.

GUILLÉN, Paul.
2007 “Un cuerpo bien proporcionado es la imagen del universo: un diálogo con Enrique Verástegui”. En: Sol negro (http://sol-negro.blogspot.com/2007/02/un-cuerpo-bien-proporcionado-es-la.html)

GUZMÁN, Edgar.
2002 “El postmodernismo”. En: Existencia y realidad (Tomo II). Arequipa: UNSA.

HERREROS, Gerardo H.
1999 “La esquizofrenia en el psicoanálisis actual de orientación lacaniana”. En: Acheronta, número 9. Julio. (www.acheronta.org)

LACAN, Jacques.
1991 El Seminario. Libro 20. Aun. 1972-1973. (1ª reimpresión argentina). Buenos Aires: Paidós.

LACAN, Jacques y Wladimir GRANOFF.
2002 “Fetichismo: lo simbólico, lo imaginario y lo real”. Traducción desde el inglés de Leonel Sánchez Trapani. En: Acheronta, número 15. Julio. (www.acheronta.org)

MILLER, Jacques-Alain.
1998a El hueso de un análisis. Buenos Aires: Tres Haches.
1998b Los signos del goce. Buenos Aires: Paidós.

RAMÍREZ RUIZ, Juan.
1971 “Poesía integral / Primeros apuntes sobre la Estética del Movimiento Hora zero”. En: Un par de vueltas por la realidad. Lima: Ediciones del Movimiento Hora zero.

VERÁSTEGUI, Enrique.
1991 Monte de goce. Lima: Jaime Campodónico editor. (Prefacio, postdata y postfacio de Enrique Verástegui)

ZILBERBERG, Claude (editor).
2002 Semiótica del valor. México: Seminario de Estudios de la Significación. Tópicos del Seminario, número 8, diciembre.


NOTAS

[1] El propio Enrique Verástegui en una comunicación personal comenta que presentó como avance de escritura para la obtención de la beca Guggenheim los textos “Dibuxo del venerable varón F. J. de la C.” y “Penelopea de Itaca pasó por Lima”, ambos textos conformarían la primera parte de Monte de goce.

[2] Enrique Verástegui solo dejó de pertenecer al movimiento Hora zero entre los años 1973-1975 cuando se dedicó al estudio del estructuralismo junto a José Cerna y Santiago López Maguiña.

[3] Confróntese ellas con el empleo del sistema dodecafónico en el texto “Lectura-Sensual-Arquitectura” de Monte de goce.

[4] El concepto de obra abierta fue formulado, algunos años antes que Eco, por Haroldo de Campos en su ensayo “A obra de arte aberta” de 1955.

[5] Citado en Barthes, pág. 35.

[6] Nos referimos en específico al ciclo de la Ética (1974-1994) conformado por cuatro volúmenes: Monte de Goce (o del pecado); Taki onqoy (o de la redención); Angelus novus (o de la virtud) y Albus (o de la gnosis).

[7] Citado por Enrique Verástegui en Apología pro totalidad. Ensayo sobre Stephen Hawking. Lima: Biblioteca Nacional del Perú, 2001. p. 74.


Publicado originalmente en Casa de citas, número 4. Lima, mayo de 2007. p 35-39.

jueves, 5 de julio de 2007

FORMACIONES DISCURSIVAS POPULARES EN LA POESIA DEL 70 (una propuesta de lectura postmoderna de cierta poesía peruana bajo el velasquismo)

Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz, fundadores de Hora zero

Mucho se ha hablado de la presencia, en la poesía peruana de los años 70, de un par de ingredientes característicos: el lenguaje popular y el coloquialismo exacerbado, claves para entender algunas de las diferencias de la poesía surgida en esos años con respecto a la consagrada de las promociones inmediatamente anteriores. Y el apunte es cierto en la medida en que destaca una evidencia, pero frustante al no hacer hincapié en un tema que ahora quiero subrayar: el de la continuidad de ese recurso poético desde la escritura en el siglo XIX y de la coherencia que eso supone para la renovación de la institución literaria (entendida en términos de circuito escrito y publicado, de autoría individual y de consumo también individual) hasta nuestros días.

Pongámonos, entonces, de acuerdo: cuando un poeta joven como Jorge Pimentel a principios de los 70 escribe "Neruda tengo la pinga, y deja que el río corra", lo que está haciendo es solamente confirmar una tendencia ya anunciada desde hacía muchos años en la poesía peruana: la de incorporar discursos provenientes de sujetos sociales que sólo lentamente habían ido ganando terreno para obtener legitimidad literaria (en tanto productores de discurso) en la institución literaria tradicional. El problema es bastante más complejo de lo que parece, pues requiere de una urgente formulación con respecto a términos como formaciones discursivas dominantes y dominadas, en correspondencia con términos derivados del estudio lingüístico, como norma "culta" y norma "popular" dentro del castellano peruano, sin soñar por ahora en incluir como parte de la otredad discursiva la que proviene de las lenguas no europeas (quechua, aymara, shipibo, machiguenga, etc., etc., etc.) que siguen siendo parte de la identidad de los grupos sociales marginales, y por lo tanto, dominados, de la nación peruana.

La historia, si se trata de trazarla, podría remontarse en términos concretos y provisionales a las Baladas peruanas, de Manuel González Prada, libro en que nuestro célebre incendiario echa mano de una serie de recursos coloquiales en boca de personajes de origen andino, y en el que en un alarde de intento integrador incluye términos como "ñusta", "zupay", "curaca", "chasqui", así como diálogos entre conquistadores e indígenas, sólo para mostrar la raigambre de la conocida e inverosímil situación del pueblo andino en el momento en que González Prada fusilaba de un plumazo a las formaciones sociales dominantes de la sociedad peruana a fines del XIX. Esta tímida aparición mediante quechuismos y giros coloquiales del castellano popular puede vincularse, por supuesto, a cierto ideario de origen costumbrista, pero, sobre todo, a la actitud misma de González Prada con respecto a todas las instituciones dominantes (y entre ellas la literatura) de la vida peruana. Desgraciadamente, una sola golondrina no hace verano, y el novomundismo de Chocano, con el privilegio implícito de un castellano "culto", anuló cualquier esperanza de construir lo que Mariátegui reclamaría más tarde como una literatura "nacional".

Sin embargo, y ya que de fundaciones hablamos, nada mejor que Vallejo para continuar con el anhelado proyecto de incorporar al otro (vale decir a las formaciones sociales dominadas) como texto y materia verbal dentro de una institución de origen y función principalmente dominantes. Ya desde la aparición de Los heraldos negros (en 1919), poetas como el mismísimo José María Eguren expresarían su rechazo por la presencia de un castellano popular en un lenguaje supuestamente "literario" como él entendía que debía ser el de la poesía. Ciro Alegría, que entrevistó al poeta de Simbólicas algunos años después de la aparición de Vallejo como poeta, cita a Eguren diciendo:

- Vallejo es un hombre de gran sensibilidad [...], pero no traduce esa sensibilidad de manera poética. Cuando yo leo versos suyos en los que dice "poto de chicha" o algo por el estilo, me desconcierto. Eso no es poesía. Es difícil imaginar nada menos poético. ¡"Poto de chicha"!, ¡"poto de chicha"! Suena vulgar e inclusive es antipoético. Si no siempre dice cosas como "poto de chicha", por ahí van las otras. La verdad es que no entiendo a Vallejo (Eguren: 1974, 436).

Cabe anotar que la imagen a la que Eguren aludía ni siquiera estaba bien citada. Probablemente se refería el poeta barranquino a una de las estrofas del primer soneto de "Nostalgias imperiales" de Los heraldos negros: "Un poyo con tres potos, es retablo / en que acaban de alzar labios en coro / la eucaristía de una chicha de oro" (Vallejo: 1974, 47). Y no es esta la única oportunidad en la que Vallejo dispone a su antojo de peruanismos y fórmulas coloquiales populares para conformar lo que sería el acta de defunción del esplendor novomundista. En Los heraldos negros hay numerosas apariciones de este tipo, y en Trilce muchas más, cuyos únicos estudios aproximados han sido hechos hasta el momento por César Angeles Caballero (Los quechuismos en la poesía de Vallejo: 1964) y Marco Martos y Elsa Villanueva (Las palabras de Trilce: 1990), sin llegar, sin embargo, a una definición de la presencia de los distintos tipos de formaciones discursivas dominadas que llevarían a Eguren y a otros a reacciones como la citada.

En fin, esta línea filológica subterránea en la poesía peruana se revitaliza cuando Carlos Germán Belli, desde los años 50, organiza un discurso heteroglósico (para usar la jerga bajtiniana) mezclando elementos del castellano del XVII con la replana limeña, en un sustancioso trabajo que deriva en su característico y particularísimo estilo. Desde el prólogo de Sextinas y otros poemas (1970) Julio Ortega señala esta presencia de las "voces del habla popular limeña", y no quiero, por ello, detenerme más en este autor, sino pasar directamente a dos de los poetas que sirven como antecedentes inmediatos de la explosión coloquialista de los del 70: me refiero a Luis Hernández y Manuel Morales, usualmente clasificados como parte de los poetas del 60, al lado de Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Marco Martos y otros, pero que nunca tuvieron el protagonismo de estos últimos. En realidad, con la introducción del llamado "británico modo" en la poesía oficial peruana lo que se ha visto usualmente es la reformulación de la falaz dicotomía entre poesía "pura" y poesía "social", tan típica de la llamada Generación del 50, para la construcción de un discurso que incorpora el coloquialismo como parte de una estrategia general de incorporación del montaje y de privilegio de la imagen visual, bajo el influjo, por supuesto, de los focos culturales de referencia más inmediata en el momento: la Europa anglosajona y la metrópoli norteamericana. Este fenómeno, por eso mismo, aunque no sólo por eso mismo, no es exclusivo de la poesía peruana de los años 60. Ya desde la aparición de la antipoesía de Nicanor Parra, el exteriorismo de Cardenal y el conversacionalismo de muchos poetas jóvenes de otros países de la región, lo que se puede notar es un intento de modernización literaria ávido por superar los viejos focos de influencia españoles y franceses, hijos tardíos del surrealismo y el postsimbolismo, tan característicos de buena parte de la poesía, en el caso del Perú, de los años 50. Pero con Luis Hernández y Manuel Morales el proyecto de aparición de un sujeto social dominado dentro de la institución literaria se refuerza por la abundancia con que utilizan la norma lingüística popular del castellano peruano. El emblemático adagio de Parra "Los poetas bajaron del Olimpo" tiene una realización más radical en Hernández y Morales que en ninguno de los otros poetas del 60. En Hernández, por ejemplo, basta recordar desde Las constelaciones (1965) el célebre poema a Ezra Pound ("Ezra: / Sé que si llegaras a mi barrio / Los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, che' su madre"), y por qué no muchos otros versos (en el poema dedicado al dios "Apolo Azul", por ejemplo: "Te asemejas a algunos poetas / Siempre cercano al cielo, / O, si se quiere, a los techos, / Como Claudel. Y algo ligeramente cabro / Como Rimbaud [...] Cuando danzas seguido por las musas / Esas nueve pamperas"; o en el poema "Twiggy, la malpapeada": "El muchacho practica por un cine / La mostaza"; o en el poema "Abel": "Abel, Abel, qué hiciste de tu hermano, / Di, qué hiciste, / Con el tallo de tu cuerpo siempre pito / Las sandalias lustradas y tus veintes", y más adelante: "Sin embargo / Yo he visto a tu hermano y lo conozco / persiguiendo la cólera entre vainas"). En fin, son más de cuarenta las apariciones de la norma popular coloquial en la poesía édita de Hernández, mientras que en la de Morales, en el único libro que tiene publicado, Poemas de entrecasa, del 69, construcciones de flagrante léxico popular y personajes de las formaciones sociales dominadas aparecen en todos los poemas. Aquí unos bocaditos: "Seguro estoy de no ser un pobre huevastriste. / A los bacanes de la pesca los saludo. / Saludo a los pájaros que malogran el arado / A las doncellas de nalgas somnolientas / A mi vecino que ronca como un cerdo / Y a su mujer que lo atrasa con un negro" (del poema "Saludo"). Y por qué no citar el emblemático y siempre antologado "poema descriptivo" "Al amigo napolitano entre botellas van y botellas vienen": "Dijo ser napolitano. / Poseer dos queridas y un reloj. Y un apodo (por supuesto). / Pero reconocía al Callao como su más cruel amigo. / Disparó media docena de cebadas. / Y puso dos discos. / Luego habló de hembras calientes y recitó un soneto. / Una rata rubia salía de sus labios. / Y sus ojos eran transparentes como un celofán. / Claro está, embriagaba su presencia, era / Como encontrarse de pronto en una playa extranjera. / Y narró su soledad casi de costa a costa. Y sacó una carta. / Carta horadada por los años; donde las letras, más que leerlas, / Era menester adivinarlas. Después lloró como un napolitano. / Recordó a su padre ametrallado por los Nazis. ¿Quién no recuerda / Al viejo, sobre todo cuando bebe, y no es más el tiempo ayer? / De su madre dijo dos o tres cosas simples. Y calló. / Declaró no tener hermanos. Pero adujo -con orgullo napolitano- / Que su padre fue el Campeón Mundial de la cama. Las 83 / Mujeres que tuvo así lo confirman. / Esta vez yo pedí una docena. Y cigarrillos. Y puse discos / De Celina y Reutilio. Y celebramos ese acontecimiento. / Un perro ladró porque alguien le pisó la cola. Sonrió, y dijo: / 'Por el perro, ¡salud! Siempre es grato brindar por un perro'. Hizo un ademán como si recordara y prosiguió: 'Se llamaba Cacciatore / Y me salvó la vida en un incendio. Fue por el año 40, / Cuando Italia no era Italia y el país estaba hasta su huaino'. / El mosaico advirtió que cerraban y trajo la cuenta. / Pagamos mitad a mitad. Y salimos. / Nos despedimos. Y se fue hacia Santa Marina. / Yo lo recuerdo, simplemente, como un napolitano que chupó conmigo".

Pues bien, el libro, Poemas de entrecasa, había recibido un premio importante en el 68, año previo a su publicación, y la presencia del personaje popular como voz emisora del discurso era un recurso ya para el momento ampliamente aceptado. ¿Cómo se articulan, entonces, los primeros libros del grupo de poetas que hoy nos ocupa con esta tradición tan sucintamente descrita? Antes de entrar en detalles, es bueno aclarar que la pertenencia a alguno de los grupos poéticos formados en el momento (Hora Zero, Estación Reunida, entre otros) no es necesariamente un rasgo que explique en sí mismo el populismo verbal de la mayoría de los poetas aparecidos alrededor del 70. Muchos de los autores a los que aludiré no tienen filiación grupal, y eso no es óbice para que hagan un uso extensivo de las formaciones discursivas populares a lo largo de su producción. Resulta difícil trazar un panorama completo de los poetas del 70, y la edad no es precisamente el mejor criterio de selección. Un autor como Jorge Pimentel, reconocido unánimemente como cabecilla de Hora Zero, ha nacido en el 44, y por lo tanto, es tres años mayor que Mirko Lauer, considerado como integrante de la Generación del 60, según la antología Los nuevos (1967). Autores como Ricardo Silva Santisteban y César Toro Montalvo, ubicables según muchos entre los del 70, no tienen ninguna relación estilística con la mayoría de sus congéneres. Sin embargo, sí es posible coincidir en que el grueso de lo que se conoce hoy como Generación del 70 (y abro un paréntesis para aclarar que aunque el término "generación" siempre resulta exagerado lo utilizo aquí sólo por comodidad operativa) está designado en el grupo de poetas que aparecieron en la antología Estos 13, de José Miguel Oviedo, el año 73.

Dentro de ese conjunto de trece autores y un ausente me interesa destacar al ausente y a uno de los otros: Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz, que lideraron Hora Zero desde sus inicios, en enero del 70, hasta 1973, en que se dio la primera separación. De ellos quiero tan sólo mencionar algunos breves ejemplos que revelan un manejo del castellano peruano muy al uso con la retórica oficial del discurso velasquista de esos mismos años. Versos como "Y muero por momentos, por minutos que los hago más prolongados" o "Pero no se preocupen. Ya los tengo entre manos a los nazis de Oxapampa" (de Kenacort y Valium 10, primer libro de Pimentel en 1970) son muestra de la aparición desenfadada no sólo de lo que habíamos venido destacando como el uso del léxico y el personaje populares, sino de marcas verbales muy propias del castellano peruano, como el pronombre redundante de objeto directo. Ejemplos como éste son ubicables en cada página de los tres primeros libros de este autor.

Cosa semejante puede decirse de Juan Ramírez Ruiz, quien en Un par de vueltas por la realidad, su primer libro, en el 71, se explaya en ejemplos de norma coloquial popular al querer presentar las distintas voces del sujeto social dominado en los términos, precisamente, más cercanos a la realidad: "Y es las 5 de la mañana. Y yo y tú mi mariposa en el Puerto / del Callao y un hombre: Chucha de tu madre, sapo podrido, marinero hijo de borracho sarnoso. Y otro: Cómete la lengua hijo de perra sifilítica / parido en sangre. Y una mujer con hijo: polilla lávate el tarro o parirás un sapo", y así por el estilo, donde la violencia verbal pretende subrayar una actitud de violencia por conquistar un espacio de oficialidad expresiva que ya había sido de alguna manera abierto por la larga tradición, todavía no suficientemente estudiada, de la presencia de las formaciones discursivas populares en la poesía peruana del circuito oficial.

Pimentel y Ramírez Ruiz representan sólo dos de los casos de una poética que merece una reflexión final, poética que desde la aparición de los autores del 80 ha caído en desuso y hasta en objeto de rechazo manifiesto. Me refiero específicamente al proceso en que la institución literaria peruana ha ido reforzándose gracias a una serie de contradicciones internas y de intentos parricidas y populistas que a la larga sólo tienen como efecto dar validez a una forma de representación y de modelamiento de sujeto social desde una perspectiva de dominación, como en términos tradicionales le ha correspondido a la institución literaria.

Es posible concordar en que la línea de escritura que incorpora la voz de los sujetos sociales dominados, línea que como hemos visto tiene sus lejanas raíces en el siglo XIX y quién sabe antes, significa la creación de un espacio discursivo que modifica el espacio en el que sólo cabían los discursos de los sujetos sociales dominantes de la sociedad peruana. Resulta muy difícil por ahora aventurar a partir de ello algún juicio con respecto a la formación de una literatura "nacional" sólo por la incorporación textual hecha del otro en el circuito del uno. Si aceptamos que el conjunto de la nación peruana puede ser caracterizado en términos tentativos como un enorme sujeto social descentrado, pues las marcas de la identidad nacional en realidad están muy dispersas para corresponder a una entidad nominalizable como sujeto único que corresponda a todas las formaciones sociales, dominantes y dominadas; si aceptamos, decía, a este sujeto social descentrado como tal, tenemos que aceptar también que la discursividad de aquellos sujetos sociales específicos, ajenos al circuito escrito de autoría y consumo individual (al que la "poesía peruana" pertenece), no ha sido incorporada, sino muy superficialmente y con adaptaciones al formato poético occidental, a una institución que se reclama a sí misma como parte representativa de la "nacionalidad" en su conjunto.

Pero no quiero parecer pesimista ni condenatorio. Las palabras anteriores sólo han pretendido resaltar algo por demás obvio pero siempre necesario cuando se trata de ubicar en un contexto el estudio específico de autores como los que esta tarde vamos a estudiar. Es siempre interesante y hasta placentero recordar que, pese a todo, hay una "cultura de la poesía", como la llama Rodolfo Hinostroza, en el Perú, dentro de la que las promociones que se suceden vertiginosamente cultivan aspectos específicos de la discursividad, según sus intereses sociales y el aire político del momento. El rasgo de la poesía del 70 que he querido subrayar, sobre todo en el aspecto de una filiación que proviene muy de antes, no es tal vez absolutamente válido para todos los autores del 70, pero sí me atrevería a decir que resulta, más de veinte años después de aparecidos, uno de los aspectos más interesantes y reveladores de una continuidad, antes que de una ruptura, como muchos de ellos mismos creyeron en su momento realizar.

Falta por el momento un estudio serio y abarcador de aquellas marcas correspondientes a las formaciones discursivas dominantes y dominadas o, si se quiere, norma culta y norma popular, en el castellano peruano, y por lo mismo, el estudio de las marcas textuales dentro la poesía peruana es todavía una tarea a la que le esperan largos años de camino, sobre todo al irse perfeccionando la terminología y la metodología para acercarse al fenómeno de la discursividad literaria desde una perspectiva más amplia que la de la crítica literaria canónica. Al romper los marcos de entendimiento de la "poesía peruana" para acercar a ésta al fenómeno más amplio del cruce cultural podremos evaluar con cierta distancia, precisamente la distancia que da el acelerado y cautivante proceso político y social actual del Perú, a este importante sector de nuestras letras latinoamericanas.

Muchas gracias.

José Antonio Mazzotti
Lexington, Kentucky, 27 de abril de 1991.

VERÁSTEGUI O EL TESTIMONIO DE UN OFFSIDER por Armando Alzamora

César Copacondori y Jorge Vergara de la Revista Otras voces más Enrique Verástegui

Es un sábado gris de junio, tres de la tarde. La Molina es, como siempre, un territorio sesgado, tranquilo y remoto. Bajamos en el cruce de las avenidas Constructores e Ingenieros. Mientras nos acercamos a la casa del poeta la calma decrece. Marvin Lara se impacienta. «Es acá», nos sugiere. Imaginamos una casa muy grande; propicia para la inspiración sosegada de un poeta, pensamos. Llegamos a la dirección indicada. La casa no es muy grande; tampoco pequeña. Tiene dos pisos y un patio espacioso plagado de tiestos con helechos. Jorge Vergara se aproxima al enrejado y toca el timbre. Pasan algunos segundos que parecen eternos. Hasta que al fin aparece tras la puerta la inquieta figura del poeta. Mantiene una expresión apacible y traslúcida; su sonrisa parece perenne, como si siempre estuviese contento. «Hola», nos dice al llegar a la entrada, «¿cómo están? Enrique Verástegui, mucho gusto». Cada uno de nosotros se presenta. Nos invita a pasar. Cruzamos el patio e ingresamos a la casa. La sala es un ambiente muy pulcro, piso parquet, paredes blancas. «Mi madre mantiene todo esto muy limpio», nos dice. Hay algo de niño en este hombre, pensamos, que perdurará hasta sus últimos días. Nos apostamos cómodamente en los amplios sofás. «Hemos traído un vino para brindar, don Enrique». El poeta asiente, mientras se acomoda las gafas. Entonces, se aproxima al cuarto contiguo y vuelve al minuto con cinco copas, un sacacorchos y un cenizero. Se sienta con nosotros, servimos el vino, prendemos algunos cigarros e iniciamos la conversación. «¿Cómo están, muchachos?», nos dice, «es un honor tenerlos aquí». Muy timoratos, tanteamos ciertas preguntas, repasando algunos temas menores antes de intentar penetrar en su universo. Este hombre, sabemos, ha leído más de mil libros. «¡Qué mil libros!», nos dice, «¡Cien mil libros en toda mi vida!». Por ello, confiesa, con mucha modestia, que se considera un erudito. «Yo puedo hablar de todos los temas, ustedes propónganlos que yo converso». De manera que esto resulta una ayuda muy útil para abordar los temas que nos interesan. Inevitablemente nos inclinamos por hablar de su generación y el movimiento Hora Zero. «Yo he sido un offsider», nos cuenta, «poéticamente me formé muy aparte de ellos, aunque los frecuenté siempre y fuimos grandes amigos, con ideales compartidos».

En determinado momento, nuestro afán se centra en definir sus influencias. Pero: «es tanto lo que leído», nos dice, «que les mentiría diciéndoles que estoy influenciado por unos pocos; todos, absolutamente todos, han dejado en mí su huella». Surgen, entonces, preguntas diversas: París, Barcelona, Oquendo de Amat, Kristeva... «Jamás conocí a Julia», responde. Su sinceridad nos sorprende. «Pero sí conocí a Ginsberg, a Paz, a Bolaño, a Ribeyro, etc».


Enrique Verástegui rodeado de Armando Alzamora, César Copacondori y Marvin Lara, integrantes de Otras voces

¿Y qué tan cierta es la leyenda maldita de Verástegui? Él afirma: «Yo no soy tan bohemio como la gente cree. Me tomo un vino tranquilo en mi casa pero sin molestar a nadie. Nunca probé droga alguna». No nos centramos en un sólo tema, pasamos, indistintamente, de la dialéctica a sus experiencias, del socialismo a la ecología, de las matemáticas a la poesía. Es, sin duda, un ser diferente. Su curiosidad radica en su enajenación. Verástegui parece vivir para adentro. No nos incita al silencio ni al estruendo. Nos aísla en nuestra singularidad común. Nos hace entender de qué lado está cada uno. Pero es algo que no se comprende en ese instante, sino días después. Aquél universo propio en el que vive ha sido siempre inexpugnable. Y si para él, como dice, la locura es mundana y no forma parte de su vida, para nosotros, en cambio, parece habérselo llevado a «los extramuros del mundo», mas no alejándolo del todo, sino refugiándolo en una costa cercana desde donde contempla, con vital alegría, y vital desazón, la existencia y los años que van de la mano.

No es verdad que la tarde se haya acabado. Sin embargo, llega la hora de partir. El poeta accede, amablemente, a tomarse las fotos. Nos pide que se las enviemos. «Así será, don Enrique». Nos ponemos de pie y nos acompaña a la puerta. «¿Están felices?», nos dice. En realidad parecemos confundidos, pero sí, la alegría es distinta y no distante. «Llámenme cuando gusten, muchachos, yo estaré encantado de recibirlos». «Así será, don Enrique». Nos despedimos. Un apretón de manos. Un abrazo. «Hasta pronto»

Nos alejamos pensando, cada quien por su lado, que algo extraño ha pasado esta tarde, que hemos libado un buen vino con un bardo y que a pesar de ello todo ha sido fugaz y lejano. ¿En qué momento acabó? Hurgamos respuestas que no existen y nos proponemos, ciegamente, a seguir el camino. La poesía quizás nos depare rumbos disímiles o, como los de Verástegui, curiosos y enloquecedores.

Tomado de http://www.revistaotrasvoces.blogspot.com

miércoles, 4 de julio de 2007

El árbol de Sodoma: nuevo libro de Jorge Nájar

Jorge Pimentel, José Luis Ayala, Tulio Mora, Rosina Valcárcel, Jorge Nájar, Sonia Luz Carrillo, César Franco y Ricardo Falla

Prueba de la incesante actividad literaria del poeta y narrador Jorge Nájar, el miércoles 4 de julio, una vez más, estaremos presentando un nuevo libro. Se trata ahora de la novela El árbol de Sodoma, extenso trabajo que reúne tres historias situadas en Mayushín, urbe literaria de referentes amazónicos. Historias en las que se entretejen problemas contemporáneos en un abigarrado paisaje cultural.

Esta vez la invitación la realiza la Cooperativa de Servicios Especiales Educoop, a través de su Comité de Educación y Ediciones Desafío. Los comentarios están a cargo del profesor Alejandro Apaza Retamoso y la poeta Sonia Luz Carrillo. Como moderadora estará la profesora Rebeca Rosas Roque.

La cita es el auditorio de esta Cooperativa de Maestros el miércoles 4 a las 6:00 p.m. en Av. Garcilazo de la Vega 1698 (ex Wilson) Lima.

domingo, 6 de mayo de 2007

RESISTENCIA POÉTICA: ENTREVISTA A JORGE PIMENTEL POR CARLOS M. SOTOMAYOR


Jorge Pimentel publica En el hocico de la niebla, un poemario de sobrevivencia frente a la miseria humana

La aparición de un nuevo poemario de Jorge Pimentel es todo un acontecimiento. Al poeta, uno de los miembros más emblemáticos de Hora Zero, no le invade la obsesión por publicar; sus libros se van gestando durante muchos años antes de ver la luz. En el hocico de la niebla (Ediciones El Nocedal, 2007) rompe un silencio editorial de diez años.

Correo: ¿En qué momento deciden fundar Hora Zero?

Jorge Pimentel: Cuando vimos que la poesía peruana estaba estancada y había que darle mayor movimiento. Lo que hicimos fue darle una identidad nacional a nuestra poesía, alejarla de una frondosa hierba inglesa, francesa. Y meternos en lo nuestro, en nuestros mitos, nuestras leyendas, nuestra calle, nuestro lenguaje, nuestras provincias. Y a partir de allí, ser universales.

C: ¿Qué significó “Palabras urgentes”, aquel mítico manifiesto?

JP: “Palabras urgentes” es el acta de liberación de la poesía peruana. Creo que a partir de allí la poesía se libera. Nosotros nunca hemos pretendido ser un partido político, sólo hemos trabajado en la poesía. Liberar la poesía peruana es proyectarla, hacer que avance. Y creo que con Hora zero la poesía avanza, avanza en lenguaje, en naturaleza, en la manera de interpretar la poesía.

C: Existe una anécdota conocida de un duelo poético entre Antonio Cisneros y tú en el INC, con simulacro de asesinato incluido...

JP: Cisneros venía de Europa y nosotros habíamos sacado “Palabras urgentes”. El dijo que no le interesaba, que ese manifiesto estaba escrito con los pies. Vino entonces el duelo verbal a través de la prensa. Y yo lo reté a un duelo poético que se realizó en el INC que dirigía José Miguel Oviedo. Yo tenía debajo de la camisa un tomate y le dije a un amigo, a quien le compré una pistola de fogueo, “mira, cuando yo diga tal verso, tú te paras entre el público y me disparas”. Entonces yo, en ese momento, aplastó el tomate y me tiro al suelo. Y la gente creía que era verdad, porque era una época muy jodida, era la época de Velasco.

C: Era un contexto movido el que enfrentó Hora Zero en los setenta...

JP: Nos hemos peleado, nos hemos trompeado, agarrado a silletazos, a patadas y puñetes, nos hemos peleado con manifiestos. Porque los partidos de izquierda querían tener poetas en sus filas, pero que escriban una poesía panfletaria. Y utilizaban a los jóvenes poetas para que escriban panfletariamente. Y Hora Zero jamás atracó con eso. Y eso la gente debe reconocerlo.

C: ¿Eres un obsesionado de la corrección? Lo pregunto porque tus libros tienen intervalos muy largos.

JP: Mis libros los escribo en dos o tres meses. Los guardo dos años y luego los reviso, y si el lenguaje está acorde lo guardo un año más. Al tercer año lo saco para empezar a corregirlo, y eso dura más o menos cuatro años. No me preocupa publicar, me preocupa escribir, esa es la aventura maravillosa.

C: ¿Cómo ubicas En el hocico de la niebla en relación a los anteriores?

JP: Siempre he escrito presionado por hacer un gran libro. Pero este libro, que ha salido publicado en una edición tan cuidada y estética por el editor Walter Noceda, lo escribí sin presión, de manera tranquila. Busqué un estado de niño para mirar las cosas con más calma, como el agua que discurre por un riachuelo.

C: ¿Qué plantea este libro?

JP: Es un libro de sobrevivencia y trinchera frente a las miserias humanas, frente al vacío y a la muerte. Se trata de un libro de honestidad, de creatividad, que busca la verdad del poema. Un libro de aventura del lenguaje.

C: Se trata de un libro en donde a pesar del paisaje sombrío el yo poético irradia esperanza...

JP: Es la resistencia frente a un momento de soledad, donde todo muere, donde no hay fe, donde parece que todo está marchito. Entonces el poeta resiste con la poesía, con esas ansias de vida y amor desde su propia fragilidad y temblor. Y el poeta sigue caminando.

C: Finalmente, ¿cómo recibiste la inesperada desaparición de José Watanabe?

JP: Pepe Watanabe, gran poeta y gran amigo. Con estos días que están pasando se me hace más difícil no tenerlo, aunque sea al otro lado del teléfono. Pero su poesía es la que nos va a mantener siempre unidos con él.

MAS DATOS
Jorge Pimentel reeditará Ave soul, incluyendo diez poemas inéditos de aquella época y un prólogo del desaparecido escritor chileno Roberto Bolaño.

TOMADO DE CORREO (LIMA, 06-05-2007)

miércoles, 2 de mayo de 2007

HORA ZERO Y EL INFRARREALISMO


en la foto:

Lima, Perú. Centro Cultural de España. Presentación de la audio video revista mexicana Nomedites (número dedicado al Infrarrealismo). Eloy Jáuregui, Ángel Garrido Espinoza, Raúl Silva, Jorge Pimentel, Tulio Mora y Juan Esteban Harrington.

Foto: cortesía de Raúl Silva

JORGE NÁJAR EN SAN MARCOS Y EN EL CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA


Conversando con Jorge Nájar
de poesía, Lima, París & Viceversa


El poeta peruano Jorge Nájar (Premio Copé de Oro de Poesía, 1984; y Premio Juan Rulfo de Poesía, Radio Francia Internacional, 2001), está de visita en nuestro país, y jóvenes poetas leerán poesía y conversarán en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Auditorio del Tercer piso (aula 13 C), el miércoles 2 de mayo, a las 18:30 horas.

La presentación estará a cargo de la poeta y profesora sanmarquina Sonia Luz Carrillo y contará con la presencia de los poetas: Alessandra Tenorio, Juan Pablo Mejía, Josefina Jiménez, Paolo Astorga, Jaimedonato Jiménez y Edgar Gamboa Huerto.

El objetivo es propiciar el diálogo entre poetas que inician su labor y un autor de reconocida trayectoria que vive desde 1977 en París. Una reunión amena y distendida sobre lugares y poéticas.

Jorge Nájar, integrante de la primera promoción de la Generación del 70', publicó su primer poemario Malas maneras, Pucallpa, en 1973. Luego, Patio de peregrinos, Lima 1976 y Temblando en las arenas de Lutecia, Madrid, 1978. En el 2002 la Editorial de la UNESCO publicó su Antología Poesía contemporánea de expresión francesa. En 1999 reunió su obra poética bajo el título Formas del delirio. Gran parte de su obra poética y narrativa ha sido traducida y publicada en francés: Le dire du malparís (1988), Perou, contes populaires (1989); Le diables rient (1990); Toile Écrite (1992); Gravure sur maté (1999); Figure de proue (2006). Su más reciente poemario Ahí donde brota la luz (2007) ha sido publicado en Bogotá.

El 8 de mayo Nájar retornará a Francia y poco antes, el viernes 4 a alas 19:00 horas, en el Centro Cultural de España, se llevará a cabo una presentación de sus dos más recientes publicaciones: La versión bilingüe de Mascarón de proa y su poemario Ahí donde brota la luz.

martes, 17 de abril de 2007

RECITAL DE HORA ZERO Y PRESENTACIÓN DE LA REVISTA MEXICANA NOMEDITES


Este jueves 19 de abril a las 9:00 p.m. (hora exacta) se llevará a cabo la presentación de la revista mexicana NOMEDITES. La cita es en el Centro Cultural de España (Calle Natalio Sánchez 181 - Alt. cuadra 6 de Avenida Arequipa).

Este evento contará con la presencia de Raúl Silva, poeta, crítico y editor mexicano, y Juan Esteban Harrington, miembro del Infrarrealismo y poeta chileno. Acto seguido, los poetas del movimiento peruano Hora zero, luego de 10 años, darán un recital que incluirá la participación de Tulio Mora, Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Eloy Jáuregui y Ángel Garrido Espinoza.

El día siguiente viernes 20 de abril a partir de las 5:00 p.m. Raúl Silva presentará la revista NOMEDITES en el tradicional Taller de poesía de San Marcos.


miércoles, 4 de abril de 2007

EL ARTE DE VERÁSTEGUI POR JOSÉ PANCORVO*


Está el Verástegui del Werther. Está el Verástegui del Fausto y de otros veinte libros publicados. Está el de las decenas de libros inéditos. Sigue viniendo Verástegui.

De las seis mil páginas de Goethe, la parte que causó mayor sensación fue En los Extramuros del Mundo. Goethe se quejaba de que sus obras de mayor vuelo, como la Etica y El Modelo del Teorema, no eran debidamente apreciadas.

Está el Verástegui de la brillante obra juvenil que sigue siendo la más popular. Está el Verástegui que sube a un vuelo de mucho mayor cota, pero de pronto se ve incomprendido y solitario en su espiral ascencional. Su alta mente de gran poeta ha encontrado horizontes realmente sublimes en la confluencia de la intuición filosófica con la matemática y la poética. Como casi todos estamos inmersos en el empirismo y racionalismo que nos enseñan en el colegio y en los medios, pensamos que es una divagación.

Todo lo contrario. Las referidas intuiciones poético-metafisico-matemáticas de Verástegui son saetas dirigidas al meollo de la realidad. A lo que está detrás del aparente caos móvil, aparentemente post-ético, aparentemente insoluble, del mundo actual. Y Verástegui viene con sus intuiciones a rescatar la visión de las realidades mayores, haciendo geniales aportes de conocimiento.

No dudo en afirmar que la intuición de Verástegui es más directa que la de Goethe. La última estrofa del Fausto, que comienza con el famoso: "todo lo perecedero no es sino un símbolo", es el punto de partida del autor de Yachay Hanay y de El Modelo del Teorema. Para reforzar mi teoría debo decir que Goethe representa una cumbre de las Letras alemanas y del pueblo alemán. Verástegui es un peruano, es decir -y poniendo aparte los complejos de inferioridad-, del país de Imperio y Virreynato más grandes, pero a su sangre cañetana y del valle del Mantaro se añade un 25% de chino, siendo su línea paterna, llamada también agnaticia, de sangre vasca, la cual parece que viene de la Atlántida. Es decir, ello le da mil percepciones orientales y andinas, mil sentidos del ritmo y de la fuerza natural, que no podrían estar en cien por ciento alemán, salvo personajes muy sobrenaturalizados como Meister Eckhart, Eririque Susón y Angelus Silesius.

Debemos pues, sin prejuicios racionalistas escolares, sin superficialidad, disfrutar de estas altas intuiciones, comprender, a través de esta plaqueta sacada del libro Albus, la gran alma de este poeta muy incomprendido, y situarnos a nosotros mismos en una realidad superior, ¿qué mejor se puede pedir?, tesoros inmensos que nadie nos puede robar ni expropiar. Ha venido Verástegui a obsequiarnos riquísimas visiones. Envueltos en la chocolatería mágica de Ventana de Medusa.

Para dirigirnos a Verástegui a propósito de Yachay Hanay podríamos usar las palabras que usa el personaje llamado Pater Profundis en el último acto del Fausto: "da agudeza a mi pensamiento, alumbra mi indigente corazón".

* Texto leído el día miércoles 14 de marzo de 2007 en la presentación de Yachay hanay (Lima: Ventana de Medusa, 2007) en el Centro Cultural de España.

domingo, 18 de marzo de 2007

Diario de Cerro Azul Por Enrique Verástegui


I

En vez de haber apartado libros, cuadernos y notas para ir a meterme en el único cine de este pequeño puerto perdido de la costa pe ruana, -cosa que, de todos modos, haré más tarde cuando me vaya a ver un video con Al Pacino, que están pasando esta semana en el hotel, o bien me meta en un bar a probar un poco de cerveza helada bajo la luna- voy a continuar estas acotaciones como una relación de hechos tan parecidos a relámpagos que iluminan mi pensamiento, que me acontecen en el instante aquel donde ya no puedo diferenciar la realidad de mi trabajo con las alucinaciones que me transportan lejos del marco geográfico. Oh musa permíteme aquellas cosas que ni acontecieron antes ni ocurrirán en lo sucesivo: Plutarco, Banquete de los 7 sabios. Tal vez debiera haber empezado esta página con una .descripción muy rápida de este paisaje del mar Pacífico (una tranquila aldea de pescadores levantada al borde de una ensenada, bastante romántica cuando hay luna, como ahora, y un poco salvaje bajo el sol cuando sus olas -inmensas como colinas de jade- se elevan para reventar contra las rocas, o rodar, haciendo espuma, en la arena de la playa) trasladando a la prosa -que he querido escribir más bien musical, según la tesis de Baudelaire- el método que emplearon invariablemente los poetas provenzales cuando acometían un nuevo poema: la descripción en dos, tres o cuatro versos (a veces en sólo un verso magistral) del paisaje en que el acontecimiento va a poetizarse, de la escenografía en que las personas de la gramática van a desarrollar su acción como una introducción más que versificada, metafórica del relato en que los provenzales quisieron escribir. Quienes quieran objetar este principio por considerarlo poco nacional -la nación la vamos construyendo con la cultura cuyo ser es la humanidad que la produce en su conjunto- deberán recordar de todos modos que el endecasílabo castellano, por ejemplo, fue una traslación creativa (el subrayado es mío) que hizo Garcilaso a la elite española cuando nuestro poeta combatía con Venus y con Marte por tierras italianas. Curioso no por Garcilaso, pero sí por nosotros: cada vez que se apela a lo nacional —por lo menos a lo nacional en poesía más que en literatura, o en otra cosa igualmente importante- se recurre siempre a citar la métrica y la versificación española como si no recordáramos que nuestra poesía escrita en lengua quechua tiene también, porque debe tenerla -como, por lo demás, lo tiene el sistema pentafónico de su música-, sus propias leyes internas: en el alfabeto. Que aún no hayamos avanzado en el estudio de ello: eso es otra cuestión. Y en vista de lo dicho me seduce también (y esto exactamente funciona como el reverso de Baudelaire) la idea más bien extraña del romanticismo desplazado inglés de escribir la poesía con versos concisos y precisos -tan bien escrita como la prosa, según la tesis de Ezra Pound-. Dije, que esta idea pertenecía al romanticismo desplazado inglés, pero es menos impreciso decir que ello se ha concretizado en todo el espacio de la tradición moderna inglesa (aunque igualmente desplazada desde Shakespeare) que escribió en versos blancos. Esto es: en versos versificados entre el endecasílabo y la cuaderna vía pero que permitieron (como en Gonzalo de Berceo) una, dicción amplia y sostenida, una mejor expresión de los sentimientos que un poeta como hombre de su tiempo refleja siempre. A lo largo de este espacio, algunos de los traductores al inglés lograron acometer la idea: Golding entre ellos (cf. El ABC de la lectura de Pound) y en pocos pero bellos versos Coleridge del que su Kubla Kan y aquel otro del anciano marino han tenido más de una consecuencia, o más de un efecto (operado quizá siempre por reflejo indirecto de otros textos) en la poesía contemporánea. Como lo han tenido los de William Blake, con su misterioso desvelamiento del deseo profundo en los mares de fuego del inconciente, con esa búsqueda del absoluto a través de la trasgresión de la realidad que revelan la riqueza del cuerpo -del cuerpo hoy reivindicado como una categoría filosófica y política-. También Wordsworth escribió los versos precisos (como una forma de relación amorosa con la naturaleza: bosques y ríos que el murmullo de la lengua ya contenía en su trasfondo) y Robert Browning agregó a la precisión el tema de lo económico como soporte, que aprendió estudiando tanto la poesía provenzal (a Sordell sobre todo) como leyendo amarga y ácidamente -según corresponde a un hombre de su tiempo que tiene que alimentarse y vestirse- las páginas de economía de los periódicos. Sin embargo, no sólo Browning meditó desde la poesía sobre lo económico, sino también, y por la misma época, en otro país y otra lengua, el romántico Novalis, y desde una perspectiva políticamente clara: Heine. En nuestra lengua Clemente Althaus y Juan de Arona -lo mismo que nuestro gran y hermoso poeta patriota Melgar- tradujeron con verso clásico a Ovidio: algunos fragmentos del Arte de amar, y fundamentalmente a Lucrecio: ciertamente prefiero al Lucrecio traducido al estilo peruano quizá más por su viveza y su agilidad que aquel que buenamente nos brinda, aunque en los pesados versos del neoclasicismo del XVIII, el siempre aventurero abate Marchena.

II

Estas notas debieran conducirme a "desarmar" para volver a armarlo nuevamente -como en un taller de mecánica- el motor de mi escritura (poemas, ensayos y prosa) en el deseo que tengo de afilar aún más mis garras y mi técnica, de poder realizar un mayor ajuste al método múltiple que he tratado de emplear (y que de hecho he empleado) en mis escritos. La palabra "múltiple" me seduce (ahora cuando mi tesis vital es la multiplicación de micro-estructuras críticas en la sociedad más todavía y sobre todo después de haberme puesto a estudiar a Leonardo). La palabra "método" me seduce ciertamente -aunque habría que precisarlo como un sueño- porque aún cuando el método existe bajo su forma social (la forma de un proceso expresado en su producto) funciona más bien como realidad personal y, en este sentido, el método sólo puede existir bajo la forma, de un cambio incesante.

Siendo la realidad cambiante, el método que la crítica se adecua -luego de haberse producido una nueva situación- a ese cambio.

Así pues las tesis vanguardistas de que un cambio de método ha de conducir a un cambio en el yo -sólo expresa una verdad histórica, -la de que las fuerzas productivas, en el nivel de la escritura, han transformado ya un código estético obsoleto. Este cambio de yo -yo es otro, como dice Rimbaud- sólo puede producir un desarrollo en la sensibilidad así como la poda de los frutales al concluir el invierno posibilita nuevas ramas frescas y abundantemente cargadas de frutas en verano.

La metáfora de la flora es perfecta (y tiene una relación profunda con la poesía) en este escrito -los muchos estudios previos a La Comedia que realizó Dante en su vagabundear por Italia así lo prueban. La Comedia no es sino la aplicación hasta el exceso de lo que el joven Dante supo al frecuentar a Brunetto Lattini, su maestro, y a otros amigos no menos lujuriosos que él: Guido Cavalcanti por ejemplo, hoy en el infierno. La Comedia; tratado de versificación y retórica poética pero, también, algo más que eso: una forma de accesis de aquella época. Es cierto: La Comedia es una selva llena de pantanos y panteras, que hay que leer con sumo cuidado porque de lo contrario podríamos caer al abismo y no ver a Beatriz (ni copular al menos al modo provenzal con ella, o con nuestra propia Beatriz, como sería saludable) Entonces Dante escribió sus cuadernos sobre el amor, la lengua, la versificación, la política y la teología más que como una preparación de La Comedia como un amplio y profundo estudio de su época (resumida luego precisamente en su vasto poema teológico). ¿Preparamos ya un trabajo de tanta envergadura como éste (una Comedia que refleje la época del renacimiento del hombre)?

Creo -contra la opinión de Ezra Pound, para quien el mundo se había complejizado tanto que era imposible escribir una Comedia- que sólo un cambio en la forma puede obtener un reflejo total del mundo y que ese cambio en la forma es precisamente la nueva Comedia.

El reflejo de un instante en un lugar preciso.

Totalizar eso a través de un mito.

Sólo existen secuencias dialécticas a través de una lógica de acciones. Al transformar esas acciones en escritura se produce el gran poema. Un poema que ha podido reflejar a su época.

¿Qué es la época? -la época (que no es sino la suma de dos elementos básicos: política, economía) es el marco teórico/vital de nuestros escritos. Los escritos de Ray Bradbury lo prueban así como también, por ejemplo, los personajes de Ribeyro que atraen, porque en ellos uno puede vislumbrar la época en que ellos viven (no así Luis Loayza que sólo logra una nostalgia de prosa, aunque precisamente por esto, uno de los más bellos textos de la prosa peruana no pasa de mil palabras nostálgicas y bellamente elaboradas: aquel en que se permite retratar a Garcilaso Inca de la Vega).

Un método múltiple entonces sólo puede existir a condición de lograr una escritura sintética.

O la escritura, sintética es el producto de un método múltiple.

La escritura debe sintetizar las contradicciones del mundo.

Un mundo en el marco de la revolución científico-tecnológica, y teniendo a las fuerzas productivas -la escritura es una síntesis perfecta de lo que significa, una fuerza productiva- como el motor de su desarrollo (en el plano ideológico la plasmación de esta escritura es una nueva revolución humanista, aunque se nos diga nihilistas). La escritura entonces es un proceso. El final del proceso es un cambio de dirección en el proceso pero ese cambio de dirección es un producto.

Un producto sintético -como todo lo que el hombre debe utilizar en sociedades industrializadas o en sociedades interconectadas por la industria-. Sin esta verdad concreta no puede haber nueva escritura.

Una escritura es una máquina.
Una construcción.
Una verdad.
Existe como conciencia de su época.
Y como visión. Como norma de pureza.

III

El primer poeta (o trovador, dirá el erudito) que escribió de política concreta, referida a su época se llamó Bertran de Born. Pero el primer poeta que al escribir de amor no pudo eludir la política pudo llamarse Catulo, Propercio, Ovidio, o Góngora. (Siempre hay muchos primeros poetas: los primeros poetas provenzales y, antes de ellos, los primeros poetas griegos y también nuestros poetas quechuas). Sin embargo, los primeros poetas somos nosotros y los que aún no hemos leído (aquellos perdidos entre códices del pasado) serán siempre los más recientes, los que abren nuevas luces no sólo respecto de su época -cuestión que constituye el modo de ser de la poesía- sino fundamentalmente de los versos que esta misma noche puede estar escribiendo algún muchacho abstraído y solitario. Como quien esto escribe: un joven que se ha venido a refugiar en Cerro Azul para pensar -para escribir- el proceso de lo que ocurre en el mundo. Sobre todo el proceso de la lucha, entre diversas escuelas, entre lo nuevo y lo antiguo. Un elemento fundamental para el proceso creativo es la concepción de tiempo desarrollado en esta lucha. Se concibe al tiempo:

1. como elemento inmutable y, por esto, inexistente,
2. como elemento de un proceso, como forma de ser del movimiento.

El tiempo es un marco de referencia y aun cuando implica la propia vida de la materia significa también que a través de él se realiza el poema.

La concepción del tiempo como proceso niega la eternidad del presente, pero afirma que la eternidad es su propio proceso, donde lo relativo es lo absoluto y lo absoluto el proceso materializado en historia (y en este sentido, también en poesfa). El tiempo de este modo se encuentra referido por el futuro.

En cambio, en la concepción idealista, todo futuro se haya recluido en el pasado: esto podría ser una afirmación de un erudito que por las condiciones de su trabajo (su existencia) no vive sino en función de un fin menos social que desconocido. Pero es también una afirmación política y quizá hasta una regla que funciona válidamente dentro de un orden considerado inmutable como el tiempo: noción y reglas políticas que existen porque deben ser pulverizados, destruidos como la imagen de un espejo al quebrarse. Se trata, entonces, de dos elementos que debemos leer con más cuidado que el requerido por la resolución de una partida de ajedrez o de una ecuación físico-química: el tiempo, el espejo. El trabajo de la poesía exige en nosotros, que hemos tenido la impostergable vanidad de agregar unas páginas más a los ya muchos (e ilegibles a veces) catálogos literarios la otra impostergable verdad de conocer los mecanismos que nos inspiran. ¿Pero los mecanismos que nos inspiran son aquellos (menos precisos) que nos impulsan a escribir.

Si no supiéramos que la inspiración forma parte del proceso llegaríamos a la concepción de que no es necesario escribir. Sin embargo, escribir es una cuestión material de la inspiración.

El tiempo se ha presentado, casi siempre, como una noción inmutable. Cada sociedad, cada modo de producción ha tenido su noción muy particular de tiempo, pero en esa diversidad de nociones encontré siempre una ley que totalizó el tiempo y para esta ley el tiempo fue inmutable. Incluso el tiempo del cristianismo no acaba en el juicio final, sino que este es sólo un punto de partida para un tiempo perpetuo. Después del juicio final empezará el tiempo del infierno, o del cielo: no habrá ya poder que cambie esta ley de la divinidad cristiana. Tiempo inmutable, infinito. El tiempo actual no se diferencia de este tiempo divino: el infierno queda en las afueras de la ciudad, en los arrabales, en los suburbios, pero en cuanto realidad abstracta, en cuanto realidad filosófica -si es que podemos llamar filosofía a la concepción de lo que agita la vida- queda dentro de la fábrica, donde el obrero no es sino el fantasma de un hombre, porque no tiene dominio sobre la producción y ha sido reducido a una vida tan miserable como el salario que lo ha mercantilizado. El cielo se encuentra vacío, desde que Dante tuvo la genial intuición de escribir que nadie habitaba el cielo salvo unos cuantos poderosos de la pobreza de sus vidas pasadas: unos pocos santos. El infierno de Dante lo constituyen todos los habitantes de Florencia, y el cielo actual -un cielo igualmente inhumano que mediocre- todos los pocos dueños de la economía del mundo. Contra esta noción de tiempo inmutable existe una realidad paródica a veces y a veces deslumbrante, pero siempre crítica, siempre implacable y, muy pocas veces, oblicua: la metáfora. La metáfora (es decir, todos los modos en que la metáfora asume su crítica): que es una realidad desviada de la imagen de realidad que la sociedad se ha dado. La metáfora no existe, es cierto, sin una especie de ritmo, de marca de tiempo en el espacio de la página como este ritmo nos marca en la metáfora. La metáfora del ritmo se adecua al ritmo de la metáfora y para el lenguaje que llamamos poesía aquello se constituye como un fin.

Al tiempo inmutable de la sociedad (cuya presencia maldita se llama Estado: un Estado hecho para ser eterno) se suma, la noción de espejo en sus relaciones, digamos que legales con los posibles miembros conformantes de la sociedad. El espejo supone un determinado marco ideológico, precisamente aquel que (funcionando como espejo) confirma lo inmutable del tiempo, que es la sociedad inmutable. El espejo no hace, sino devolver la imagen de esta realidad histórica, y nada que quede fuera del espejo es permitido por el espejo de la sociedad. La poesía de Góngora, desmesurada en su trabajo crítico/metafórico, quedó de este modo clausurada para la sociedad. El espejo, entonces, no se corresponde con la concepción del tiempo como proceso y la ideología que refracta -pero no hace ningún tipo de transformación de la realidad- es una forma de ser del idealismo. Por esto al espejo no puede, sino oponerse el movimiento, y ese movimiento es la imagen. La imagen se formula a través de la expresividad del tiempo como proceso: la metáfora, en cambio, ni es otra cosa que una geometrización del espacio.

Cuando la metáfora y la imagen -que es una construcción superior a la metáfora- se unen adecuadamente en el espacio del texto literario el lenguaje de la poesía llega a uno de sus puntos fulgurantes.

IV

La poesía es un trabajo que ulteriormente se transforma en arte: esta transformación del trabajo en arte corresponde a un valor que no entrega el autor, sino al lector que al encontrarse con la página valoriza el trabajo de la página, aunque a su vez y precedentemente esta página (inscrita ya, de todos modos, en una “tradición”) creó y preparó su lector, que leyéndola confirmará el valor de esta página. El trabajo de la poesía -que es algo más que el arte de la composición, ese oficio de construir que no necesariamente se realiza si es que faltare la calidad de su energía en el producto- se me ocurre no menos agotador, en tanto, que desgaste físico y energético, que un trabajo de minero y acaso existe entre este y el poeta una bastante profunda correspondencia. El minero excava, punza, explora, desnuda y abre a veces con las uñas (otras manejando el pico y el taladro) el interior de la tierra, aquello que subyace en un paisaje de sol y cedros: carbón o metal, todo lo que está bajo el follaje, lo que está bajo nuestras raíces. Mientras el poeta excava también la roca de su realidad y hace de partero: saca a luz el mineral del saber. Ese saber es el producto de un método que empieza también por la redacción de páginas como éstas -este es un diario que escribo en Cerro Azul, frente al mar al que contemplo eternamente fluido mientras, a la vez, bebo una cerveza-, donde el pensamiento, ese producto del ser, es el lugar de la energía de la naturaleza que, hecha arte, se eterniza.

(Inédito)

lunes, 12 de marzo de 2007

LOS POETAS DEL SETENTA RESCATADOS POR ENRIQUE SÁNCHEZ HERNANI


Paul Guillén. Poesía peruana Contemporánea, 33 poetas del 70. Lima: Fondo Editorial Cultura Peruana, 108 pp.

En la época, parecía que los colectivos poéticos del setenta iban a vivir para siempre. Impetuosos, parricidas, heterodoxos, vitalistas, los poetas de esa generación impusieron un lenguaje desenfadado, callejero, con concesiones a la prosa e impregnado de referencias a la cultura popular.

Alguna vez sugerimos que lo propio era que alguien tomase al ex becerro por las astas e hiciera un gran festín antológico que mostrase el corazón, el hígado y las costillas de aquella generación, separando el buen bife del hueso mondo y lirondo, pero respetando el espíritu de la época. Algo de esto ya lo ha hecho Paul Guillén en su Poesía Peruana Contemporánea, 33 poetas del 70.

Por lo pronto, delimita claramente las fronteras del fenómeno: de Manuel Morales a Carlos López Degregori y José Morales Saravia, sin limitarse a considerar sólo a quienes militaron en Hora Zero y Estación Reunida (y los independientes de época), extendiéndose a La Sagrada Familia (y sus respectivos independientes).

Resulta alentador que Guillén haya rescatado a voces casi perdidas, pero no por ello menos valiosas, como Yulino Dávila, Bernardo Álvarez, Enriqueta Beleván o Vladimir Herrera, que en su momento fueron auténticos activistas, y de los que hoy sólo se recogen anécdotas.

Como en toda antología, faltan algunos y sobran otros. Quizá Guillén, para una nueva edición, se anime a hurgar en los libros de otros miembros de Hora Zero y La Sagrada Familia que sería necesario incluir (y aquí sólo sugerimos, aguja en el pajar, a José Cerna Bazán, por ejemplo) o a autores autónomos como Luis La Hoz u Óscar Aragón, la vertiente lírico-española del setenta, que en el libro que comentamos se hacen extrañar.

ELOY JÁUREGUI / CINCO LITROS DE POEMAS


Grafía del Límite

i.m. Alberto Flores Galindo

Gran señora y gobernaba y hacía mercedes y fue casada
con Inga Roca. Y por esta señora fue respetado
grandemente su marido por los señores
grandes de este reino desde su jurisdicción[...]
Felipe Guaman Poma


Bájense prestas de este sueño de país
las sábanas de sangre tire su tinta
el muslo de selvas, su quejido de ovarios
esa lengua de crestas en los folios sagrado
no existe muerto más bello que el esperma
la cruz y la daga cogotean el fustán del sol
mi tierra uñando la estirpe de ojo tuerto.
Ámese el odre preñado y su alarido
la vergüenza del arcabuz aputado
yo soy la historia, usted la vida
calor de mantos sin geografías de coyas.
Que no falte honor, ni alfabetos, sí carne.


Textos textiles
[Cajamarca, 1532]

i.m. Ricardo Oré


Allí las brumas prendidas al astro
óyense así las nuevas lenguas y braman
Al fragor de las ciénagas de las sangres.
al rojo indio le corresponde las poleas
De la pólvora son los ayes del relámpago
el nudo ciego al arco iris y al río abajo
Un estupor que raja las manos de la gleba.
Ahora apuro el cañazo e hincho el buche.


En el susurrante sumando del do de oro
digo Cajamarca como el amargo reposo
De una gloria alucinada en sus llagas
el reino transpira a fiera perpleja
y atragantado vil se alza el credo ebrio
el de la serpiente rasga el tejido a dentelladas
la niebla escribe y hiere en la tela pétrea
el vino, la oliva y el trigo espolean la fe
se impone Bizancio y los fastos provenzales.


Un sarpullido dorado de centauros y alanos
fijan el alias de los héroes y sus botas
Y de los hoyos del cráneo el abismo del sol
registra en crónica de quejumbre y hierro
El hediendo desconcierto del rebaño indio
capitán de campañas, qué mortal merece vencido
Esta grey a recua y tinta de vizcachas
torvos para adentro y blasfemos en sus preñézes.


Matriz del fuego yermo

1. Ubre del renacimiento


Religiosa grandeza del monarca
Cuya diestra real al Nuevo Mundo
Abrevia, y el Oriente se le humilla.
Heroicos, Luis de Góngora


En ese entonces, en el principio digo, sólo el astro sin cruz
reencarnaba a los puros y probos sin alquimias ni hiel,
la piedra de los cielos negaba la muerte y sus profecías.
En ese tiempo, digo, las canciones se pintaban en las nubes.
haz solar enlosado de rótulas
Roca del instante, registro en el eterno vuelo estático
un cóndor petrificado en el tímpano
y un sol adjetivado por los flujos termales.
El hoy es la historia, de alzada atemporal
su melodía es torva con claves de acento en desconcierto
hablo de una memoria sin epigramas y atonal,
el corcel escribe sobre las desfiguraciones
la lengua reseca, la grafía cero.
La armadura desfallecida en los maizales, el oro
del celestial tramado desde el Potosí al proyecto Wari.
Belfos y navíos que sonoros esculpen la noche
la intriga vence a los metales
la armadura se tuerce con la indiada cómplice,
hombres del Pirú, amargos de morir hermanados
bella turba desbandada, reguero de miasma,
explota la vasija de chicha y la historia se derrama.



2. La yugular del oro


Yo he visto lo que digo y he hecho
con toda la experiencia.
Pedro Cieza de León

los ladridos rasgando el lienzo de un tiempo apacible
¡El estruendo!
Los navíos como islas inciertas bajo la niebla
¡Pizarro el porquerizo!
Inscripciones en un campo de retamas, Ricardo Oré


Se acaba. Entero en furias se fulmina
en el gesto trenzado su lengua arde a voces
sabe su fin, viejo nace urdido al viaje de la palabra
Atahualpa dícenle oclusivo, enfurece y testamenta.
Un circulo de sílabas lo ahorca en luces estertoras
ha vivido para encontrar el ardor, ahora se diluye
engulle su memoria, maldice, no otra y jura lo mismo
gotea letra a letra su reniego, fértil se crispa
un aura prensil lo incendia, se resplandece y amorata
la travesía le existe por esa eternidad de palabras y,
sus penachos y el libro, el tejido y su lápiz oral reposan a la sombra de sus nombres prietos.
Así escribe su rabia en la eterna sonrisa arcádica
de su tiempo imperecedero que ahora termina
fin del principio al final del origen y,
cómo decir, oh sueño, tu silencio en voces.
Cómo escribir insulso sin rastrear ese yo te juro.



3. El tormento del Credo

Un duro reposo y un sueño pesado
Como el hierro oprimen sus párpados
Y sus ojos se cierran en una eterna noche.
Libro XII, Eneida, Virgilio


Entre las raspaduras de la fe los antiguos peruanos
leían complejos la eternidad oyendo la lluvia.
esa grafía de los astros con garabatos en su sombra
que los gentiles abominaban con miradas de zorros.
Los otros, lamen la sal y se truecan en rencores
diente podrido a besos del alma que siempre pena
pellejos de placentas ahorcando el mito imberbe
empalada costumbre del credo empolvorado.
Qué reino fabuloso y cuánta miel combustible
contempla el puma que mi tensado telar que es éste,
cruz y trigo, ajenos a la anatomía del pecado
cielo contradictorio opuesto y corazón sin mujeres.
Vaya uno a saber qué del barro sin otro caso que contar sea
Si eso es justicia, señor, mejor el vértigo que es morirse.
Así ocurrió hace siglos y aquel divino tumultuoso
sabe tanto de amar como sus reversos desventurados.
Ahora hay que orar por la curvatura del mundo fidedigno
Y deberán tejer la convicción al lomo de la piedra

como nubarrones de la eternidad que arrastrarán el duelo.



Polaroid

i.m. Cesáreo Martínez

Hoy he visto el diploma del agua en piedras canijas
Y estoy caviloso, tuerto y peligrosamente oscuro.
Arte de Navegar. Juan Ojeda


Retratada para ser olvidada por mi óxido
ausente en el quieto tiempo de su eternidad
recordarás el sepia insomne de tus ojos de noche
las iras que debajo de las sábanas solías enyeguar.
Regresaste sin voltear la mirada y sonreías
ese retrato que me observa desde su juventud
El mapa señalaba el afecto del
camino sin extrañar el norte calcinado,
viaja desflecado el temor en mis amores,
cruza el cielo el ave del silencio
no hay en la brújula un cabello
el deseo está sin rumbo y vive.
Qué país es éste sin crucifijo estelar
ese donde moran los enigmas de fe.
Para qué se ama sin rumbo estremecido
el cielo está enchufado al calentador
cierra los ojos y ámame sin pistilos.
La geografía suele cambiar los infiernos
el calor al intestino, el ojo a la hiel
con la ausencia de la mirada ahora sin cámara,
el mapa es efecto, nosotros sus límites.
Muriendo a contraluz sin su sonrisa que era su sol

tiznada de ocre aunque se aferre a mi corazón
como sus garras al tapiz de la eterna instantánea
y sólo te maldigo y obtengo tu retrato.


http://cincolitrosdepoemas.blogspot.com

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...