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miércoles, 22 de septiembre de 2010

La economía de la literatura por Julio Ortega

Antes, toda reunión de escritores terminaba en un debate sobre política. Ahora, los foros de escritores están dominados por la obsesión con los premios, los agentes literarios, los concursos. Hasta los más jóvenes disputan su identidad en la lista de libros más vendidos. Deberían calmarse: todos estarán en una antología y todos ganarán un premio en España, por mera proporción estadística. No debemos extrañarnos porque ya se realicen estudios sobre la economía de la literatura y sobre el rol –literal, imaginario y, sobre todo, simbólico– del dinero en la vida del escritor del siglo XXI. Es sintomático que un colega español me dijera que el poeta Antonio Machado (1875-1939) fue más bien negligente. Y no faltará un neorricachón que culpe a Vallejo de su pobreza.


El gran dilema


La revista Nueva Sociedad, dedicada a los dilemas de América Latina, trata sobre uno de los más actuales y cruciales: el dinero. Un dilema, en primer término, histórico pues el oro del Nuevo Mundo produjo la banca moderna en Italia, y sustentó la primera gran burguesía en Flandes y en segundo término, filosófico ya que la ética protestante alentó el desarrollo del capitalismo. Fue también un dilema cultural, pues, la abundancia americana, hecha en la fecundidad del intercambio, postuló que el modelo de lo moderno es la mezcla. Pero el poeta y dramaturgo español, del Siglo de Oro, Luis de Góngora (1561-1627) se pasó la vida reclamando por “mis alimentos” y don Miguel de Cervantes protestó, en vano, servidumbre al horroroso Conde de Lemos en las vísperas de su muerte.

Bolsillos vacíos

Buena parte de los más grandes escritores españoles conoció prisión y de muchos de ellos no quedan ni sus huesos: brazo, cabeza, restos, han desaparecido. La mejor crónica sobre el tema se debe a Juan Valera: un escritor no puede comprarle con sus magros ingresos un buen vestido a su mujer, concluyendo que “somos unos miserables”.

Machado le pidió dinero prestado a Rubén Darío para llevar a su mujer, enferma en París, de vuelta a su pueblo. Darío, a quien todos creían rico aunque era el más pobre, se lo consiguió. Vallejo escribió cartas lamentables pidiendo préstamos a los amigos, que se los giraban de buena gana. Gerardo Diego fue uno de los más generosos con él, pero cuando en una conferencia en Lima recordó el préstamo, Georgette Vallejo le arrojó unas monedas (ofendiéndonos, de paso, a todos). No en vano repetía Vallejo: “La cantidad de dinero que cuesta ser pobre”.


De páginas y billetes


Ernesto Cardenal, al narrar el Apocalipsis (durante el cual, según un economista, la inflación llegó al 120%), profetiza: “Y el ángel me dio un cheque del National City Bank / Y me dijo: Cambia este cheque./ Y en ningún banco lo pude cambiar porque todos los bancos habían quebrado”.

Habría que empezar por las grandes novelas latinoamericanas (para no demorarse ya en las de Balzac, Dickens o Flaubert) que giran en torno al dinero. “Pedro Páramo”, del mexicano Juan Rulfo, tiene su eje en la avaricia; como “Los ríos profundos”, de José María Arguedas, donde el avaro vacía de sentido al mundo, desde su centro, el Cusco. En cambio, en “La muerte de Artemio Cruz”, del mexicano Carlos Fuentes, la economía simbólica es moderna: Artemio es un capitalista corrupto, dueño de los medios, cuya acumulación termina devorándolo. Toda la novela hace el trabajo de luto: 350 páginas apenas alcanzan para su obituario.

Escribir para vivir

Es bueno que los narradores cobren muy bien por su trabajo y puedan vivir, holgadamente, del mismo. No todos tienen esa fortuna, cuya ecuación es reciente y está dictada por el mercado más que por la calidad de los libros.

No cabe sostener, sin embargo, que el éxito se debe a la mala calidad o que el fracaso económico bendice a lo mejor. Acabo de ver la lista de los libros más vendidos en Chile: todos, sin excepción, son basura.

El problema, en fin, no está en las altas y bajas de la bolsa literaria, de por sí inflacionaria.

A pesar de los sociólogos de la literatura (que torturan a sus estudiantes con encuestas a los vecinos, cuyas lecturas delatarían su clase social), no hay reglas en estos temas. Incluso la proporción calidad-rédito no está decidida de antemano, por más que lo que más vende suele inspirar horror y piedad.

¿Cuál es el valor?

¿Se puede cobrar por unas charlas sobre Sarita Cartonera, la pequeña editorial alternativa, nacida del reciclaje, que empezó el poeta argentino Washington Cucurto? ¿Puedo, sin pestañar, recibir un pago por una crónica en que protesto por la muerte del disidente cubano Orlando Zapata? Algunos ejemplos son dignos de consideración. José Saramago creó una fundación para ayudar a jóvenes escritores. García Márquez donó tanto dinero a tantas causas perdidas que su mujer sopesó la necesidad de proteger a sus hijos. Tomás Eloy Martínez, con quien compartí la alarma de estos temas, me confió que sostenía una escuela en su pueblo. Pero quizá la mayor lección se la debo a la Nobel de Literatura 1993, la escritora estadounidense Toni Morrison: cuando la invitamos a una semana de diálogos en la Universidad de Brandeis pidió dividir sus honorarios con una fundación educativa. Se trata, en efecto, de la pregunta por nuestro lugar de escritores en estos tiempos de más pobres y desiguales distribuciones. O sea por el lugar del otro en ti.

Fuente: El Comercio

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