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lunes, 4 de febrero de 2013

Flores en las grietas de Richard Ford, por Hugo Fontana


Richard Ford nació en Jackson, Mississippi, en 1944, y es hoy uno de los escritores vivos más importantes, que continúa en plena y notable producción (en Estados Unidos acaba de aparecer Canadá, su última novela, aún sin traducir al castellano). Autor de una generosa obra, debutó en 1976 con Un pedazo de mi corazón, a la que seguiría cinco años más tarde La última oportunidad. En 1986 publicó El periodista deportivo, el primero de sus grandes títulos y el comienzo de la trilogía protagonizada por Frank Bascombe, que continuaría luego con El Día de la Independencia (1995, primera novela premiada simultáneamente con el Pulitzer y el PEN/Faulkner) y Acción de gracias (2006). Entre tanto, sus lectores también pudieron acceder a Mi madre (1988, breve volumen autobiográfico), a la novela corta Incendios (1990) y a los libros de cuentos Rock Springs (1987), De mujeres con hombres (1997) y Pecados sin cuento (2002). Y si bien sus dos primeros títulos revelaron acaso demasiadas búsquedas y experimentaciones –un estilo muchas veces oscuro, abigarrado, dominado por una violencia que parecía exceder incluso a sus propios protagonistas-, el resto de su obra es un ejemplo de maestría, de libertad y de responsabilidad frente al ejercicio de la literatura, de examen y compromiso ante una estética sin concesiones. Y en su esencia, de todo esto trata Flores en las grietas, colección de artículos de diversa procedencia, reunidos en libro en edición castellana y aún sin publicar en tal formato en su idioma original.

Una conferencia de prensa, cuatro prólogos (a las novelas Revolutionary Road de Richard Yates, y Años luz de James Salter, a la antología The Essential Tales of Chekhov, preparada por el propio Ford, y al Granta Book of American Short Story de 2007, en el que ofrece un exhaustivo análisis del cuento como género literario), algunas notas de claro carácter evocativo en los que desfilan recuerdos familiares y su intensa relación con Raymond Carver, y algunos artículos a propósito del Ford en su intimidad creativa dan forma a un volumen que nos proporciona una extraña cercanía con el autor, un arte de complicidad pocas veces logrado entre un escritor en la cumbre de su carrera y sus eventuales lectores.

El Chéjov americano

Es casi previsible que un admirador del minimalismo dé comienzo a la lectura de este libro por el artículo “El buen Raymond”, aparecido en The New Yorker en octubre de 1998. Carver y Ford se conocieron en 1977 en un encuentro de escritores celebrado en la Southern Methodist University of Dallas, cuando el primero llevaba publicado su libro de cuentos Quieres hacer el favor de callarte, por favor, y Ford su primera novela, que había pasado por crítica y librerías con poco éxito.

“Con honestidad debo decir que en aquel momento”, cuenta Ford, “no sabía quién era Raymond Carver. Entonces no estaba claro que en los años siguientes todo el mundo conocería su nombre, que sus relatos serían un modelo formal, ni que sería elevado a la categoría del ‘Chéjov americano’”. El Carver de aquel momento, a año y medio de haber dejado de beber con la ayuda de Alcohólicos Anónimos, aún estaba casado con su primera esposa, la madre de sus dos hijos, aunque el matrimonio hacía mucho tiempo que estaba condenado y pronto el autor de Catedral se cruzaría con Tess Gallaguer. Era una persona de mala fama pero que empezaba a atarse con furia a ciertos parámetros de normalidad en el trato hacia los demás y, en particular, hacia sí mismo. Ford comenta que invitarlo “a una fiesta de escritores o a dar clases en tu universidad, prestarle el coche, encargarle que se ocupara de tu piso en tu ausencia o que sacara a pasear tu perro podía resultar peligroso”.

“…lo primero que recuerdo haber oído acerca de Ray aquella semana en Dallas, incluso antes de prestarle atención, es que había estado mucho tiempo sumergido en la bebida, que había tratado una y otra vez de dejarla”, continúa Ford, para agregar luego que “Como es natural, ha habido toda una serie de historias relativas al ‘Raymond malo’ (su nombre para él, un nombre que le gustaba), historias relativas a sus días de borracheras en San Francisco, Cupertino, Iowa City otra vez: ciudadanos aplastados con sillas, un golpe imprudente en una arteria vulnerable que provocó una carrera por las calles de una ciudad para evitar que la persona herida muriera desangrada. La bancarrota. Coches remolcados, riñas con todo el mundo, deudas impagadas, policía, cheques robados, tiempo robado. Los viejos tiempos.”

Tres barcos pesqueros

En esa época Ford vivía en Princeton con su esposa Kristina, donde daba clases y, gracias a un dinero que había ganado en Hollywood, se había comprado una bonita casa, tenía un coche francés y una vida tranquila. Todo ello admiraba Carver y así lo repetía una y otra vez en sus primeras visitas, cuando comenzaba a emprender una serie de trabajos universitarios y preparaba sus siguientes volúmenes de cuentos. Y Ford agradece con énfasis el carácter bonachón de su amigo, su generosidad (“Habló bien de mí a mis espaldas: a editores de Inglaterra y de Francia; a su amigo y editor Gary Fisketjon, que luego fue amigo mío; a periodistas que nunca habían oído hablar de mí o de lo que había escrito…”), su franqueza a la hora de intercambiar y de solicitar opiniones acerca de trabajos manuscritos, su deseo de salir adelante simultáneo al deseo de suerte para sus amigos.

Desde entonces, y durante los diez años siguientes en que Carver estuvo vivo, se volvieron a ver muchas veces, compartiendo la tarea de dar a conocer sus escritos en diversas ciudades. En ese sentido, el artículo “Amistad”, que Carver publicó en el volumen La vida de mi padre, y que narra un viaje a Londres que hizo junto a Ford y a Tobías Wolff, es sin lugar a dudas uno de los relatos más conmovedores a propósito del vínculo afectivo que supieron compartir.

Una primera parte de la vida de Carver cargada de penurias dio paso a una avidez incontenible una vez que el éxito llamó a sus puertas: “Ray quería un barco pesquero, así que compró tres barcos pesqueros. Quería una casa nueva en Port Angeles, así que compró dos casas nuevas. Quería un bonito coche nuevo, así que compró un Jeep Cherokee rojo y un día apareció en Missoula conduciendo un Mercedes 300D nuevo plateado cuyos asientos, como pude observar, eran de plástico, no de cuero. ‘Por Dios’, dijo enfadadísimo, ‘ya me ocuparé de eso. Verás como la próxima vez que me veas llevo asientos de cuero u otro coche. Eso, por descontado. Pagué por asientos de cuero. Y los quiero’”. Y la segunda parte, sin dudas despiadadamente corta, sirvió sin embargo para dejar una huella indeleble en la narrativa de nuestro tiempo, pero también, siempre según las palabras de Ford, para marcar a fuego a todo su entorno: “En esos años, estuve durante un período de tiempo prolongado a la sombra de Ray, bajo su protección (si es que no lo estoy todavía o si alguna vez dejaré de estarlo). Y aunque yo seguramente deseaba el bien para mí, siempre me gustaba que cayera a mi alrededor. Comprobar de cerca cómo Ray se hacía famoso era instructivo. Me gustaba verle aferrado a su humildad ante las alabanzas clamorosas, ver crecer su confianza en sus elecciones, pero no cejar en su empeño de que la nueva selección de cuentos fuera mejor que la anterior”.

Un padre en bicicleta

Cuando Richard Ford entraba apenas a la adolescencia, su padre, un viajante de comercio, enfermó del corazón, y el muchacho fue enviado a vivir con su abuelo, quien gerenciaba un gran hotel en Little Rock, Arkansas. Allí, según nos cuenta en “El hotel”, aparecido en Harper’s Magazine en 1998, el incipiente escritor escuchó e imaginó sus primeras historias, historias de hombres y mujeres viviendo en una lujosa tierra de nadie, un lugar de paso donde se hospedaban políticos que llegaban a una convención partidaria, algunos famosos como Jack Dempsey, Harry Truman y Ricky Nelson, y vendedores que luchaban contra la soledad de las carreteras. “Oigo el tintineo de unas llaves, una puerta que se cierra nuevamente, luego pasos sobre el corredor alfombrado. Después la fragancia de un perfume suave en mi habitación, un olor a orquídea a mi alrededor, donde estoy solo, acostado e inmóvil…”

El abuelo, Ben Shelley, había sido boxeador, camarero y proveedor de hostales, y era un hombre locuaz y gordo que introdujo al nieto en un deporte en el que no brillaría pero que le serviría para otorgarle un oficio al protagonista de Incendios: el golf. Y uno de sus primeros recuerdos al respecto es la paciencia de Chester, el jefe de botones del hotel, un negro que dedicaba sus vacaciones a practicar golf y que algunos fines de semana, casi obligado por Shelley, llevaba al muchacho a un campo público en Fort Roots, donde le ofreció sus primeras e infructuosas instrucciones driver en mano.

Y en ese mismo plano evocativo de algunos de los artículos del libro, destaca y emociona el breve “Un padre y una bicicleta” (The New Yorker, 2002), en el que Ford recuerda algunas de las fiestas de fin de año pasadas en compañía de sus padres, y una en particular, cuando él tenía diez años y ellos le regalaron una bicicleta. “Cuando terminé mi primera vuelta en bicicleta por la parte de atrás de la casa, mi padre la montó a su vez, con su traje de trabajo, su sombrero y un par de gruesos zapatos marrones que usaba en la calle. Dio una vuelta, y otra y otra –un hombre voluminoso, de cincuenta años, nacido en 1904, montando una bicicleta de niño-, hasta que mi madre, refiriéndose a él, dijo que pensaba que nunca me permitiría volver a montarla, tanto era el placer que parecía extraer de aquel momento (o que le parecía a ella, quien, de todas manera, también lo amaba).”

El propósito de la literatura

En “Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa” (conferencia publicada en Michigan Quarterly, 1992), “La lectura” (Anateus 59, 1998), “¿De dónde viene la escritura?” (Granta 62, 1998) y “Holgazanear mientras la Musa recarga pilas” (The New Yorker, 1999), además de en los prólogos ya citados, Ford habla del acto y del oficio de escribir. Algunas de las primeras corroboraciones que se desprenden de esos textos giran alrededor del estatus social y académico que la literatura ha adquirido en Estados Unidos, algo que también va de la mano con la postura del escritor ante sus lectores y ante el propio acto de creación.

Sus planteos van de lo simplemente anecdótico –sus estrategias a la hora de culminar un trabajo y comenzar otro, sus períodos de ocio, las posibilidades laborales que los distintos centros universitarios ofrecen a un escritor y cómo estas influyen a la hora de convertir un ejercicio más o menos solitario en una verdadera profesión- a lo agudamente conceptual, y en todos ellos brilla y se transmite una manera de entender la literatura como un fenómeno de una complejidad y una responsabilidad absolutas. Adentrarse en el desarrollo que Ford ofrece con perseverancia y honestidad provoca una inocultable envidia. Estos artículos están escritos por un individuo que pertenece a un mundo donde su oficio ha adquirido un relieve de primera línea, donde la enseñanza de lo que los yanquis llaman “escritura creativa” se ha transformado en una generalizada opción curricular, y donde el escritor no solo puede tener a su alcance los medios necesarios para abrazarse a una carrera sino que también cuenta con el respeto de todos los estamentos sociales. La escritura, según estos textos, es entendida como un fin en sí mismo, y no como un mero preámbulo para ocupar algún cargo administrativo o de gobierno.

Y ello libera al escritor de la muy extendida condena de formular un mundo de personajes y épicas políticamente correctos. “Creo, y probablemente vosotros también, al menos en principio”, asevera en su conferencia, “que a veces el propósito de la literatura es insultar, ofender, conmocionar, reprender y crear incomodidad en los lectores…”. Y un par de páginas más tarde sostiene que “La Libertad y el Arte no son instituciones, y a nosotros, los escritores –lo mismo que a los cineastas, los fotógrafos o los pintores- nadie tiene nada que reclamarnos. No empleamos a nadie, no otorgamos ningún cargo, no tenemos clientes ni relaciones fiduciarias; no estamos sometidos a la supervisión de nadie, salvo por decisión personal. A los escritores no se les pide que sean democráticos.” Y de inmediato agrega: “Y nuestra obligación no es halagar al lector ni crear modelos positivos, sino intentar por encima de todo, contar al lector algo que no sabía acerca de un tema que le interesa, y que una vez que lo conoce, se vuelve esencial”.

Flores en las grietas. Autobiografía y literatura, de Richard Ford, Editorial Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona, 2012, 222 páginas

Fuente: http://sub-urbano.com/textos-de-richard-ford-algo-que-no-sabia-acerca-de-algo-que-me-interesa/

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