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jueves, 26 de mayo de 2011

Sobre Roger Santiváñez, por Jorge Frisancho

Una de las ventajas de no ser académico es que cuando me invitan a eventos como este, puedo justificar mi presencia ofreciendo no tanto un análisis de la obra de alguien como Róger Santiváñez o una evaluación de su importancia en el contexto de la poesía peruana y latinoamericana, sino más bien un testimonio de lo que ha sido mi experiencia como su amigo y compañero, sin importar las distancias, por más de veinticinco años. Puedo, en otras palabras, ser subjetivo y adyacente sin tener que dar demasiadas explicaciones.

Esta tarde, quiero sacar ventaja de esa oportunidad y empezar contándoles cómo conocí a Róger y el valor que su amistad y su ejemplo han tenido para mí.

Róger y yo nos conocimos en 1984, en Lima. No tengo que repetir la fecha y el lugar para que esta audiencia se haga una idea de lo que significan: tiempos duros, tiempos horribles de una sociedad, un país y una ciudad sumidos en el deterioro, atenazados por la violencia y la desesperación, tiempos sin consuelo y sin posibilidad. Yo tenía apenas 17 años y unos cuantos poemas bajo el brazo; Róger, algo mayor, salía de la experiencia visceral del Movimiento Kloaka y de las aulas de San Marcos y era, en la medida que esas cosas tenían y tienen en el Perú, una figura pública, uno de los poetas jóvenes más significativos y renombrados de la escena.

Nos conocimos en los bares y las calles de la ciudad, como parte de un círculo de escritores y artistas incipientes pero bulliciosos que incluía a figuras como José Antonio Mazzotti, Dalmacia Ruiz-Rosas, Raúl Mendizábal, Carlos Enrique Polanco y, entre los más jóvenes, Rodrigo Quijano y Fernando Bryce. Y muchos otros. Estos nombres suenan hoy de distintas maneras en el espacio de la cultura peruana contemporánea. Las trayectorias que han seguido difieren y sus logros son muy distintos. Pero en aquellos años, la fuerza centrípeta que nos mantenía como una constelación era, sobre todo, una manera afín de entender la poesía y el arte no como un oficio definido por sus aspectos técnicos o formales, y ni siquiera por su calidad entendida en esos términos, sino como un momento crítico de definición personal y social, como una forma de vida que sólo podía ser auténtica, y por lo tanto válida, si era total.

En otras palabras, una forma de entender la poesía y el arte emparentada con la visión romántica de mediados y finales del siglo diecinueve y con los momentos iniciales de la vanguardia de principios del siglo veinte, donde las fronteras entre “arte” y “vida” se revelan artificiales y estallan en pedazos, y donde el arte, la poesía, es concebido necesaria y exclusivamente como un profundo ejercicio de crítica de lo real, como un cuestionamiento de lo que existe y una intuición de lo posible, de lo bello, de lo absoluto, de lo verdadero, más allá de las limitaciones y las miserias impuestas por las circunstancias del mundo tal cual es. Una utopía, en suma, y una que reclama la dedicación absoluta y permanente de sus acólitos, cualquiera que sea el costo.

Hoy sé que esta visión y estas ideas emanaban, sobre todo, de la presencia fundamental de Róger entre nosotros. Y lo sé porque hoy, casi treinta años más tarde, con la perspectiva que el tiempo me otorga, puedo mirarlo y decir sin equivocarme que de entre todos nosotros Róger es quien ha cumplido a mayor cabalidad con su palabra, y que en ese sentido, de entre todos nosotros Róger es el mejor.

Esta es, pues, la primera lección que aprendí de Róger Santiváñez, y también la más profunda. Hoy, cualesquiera sean mis logros, no puedo imaginar mi propia vida sin una completa dedicación al arte de la poesía, y no puedo imaginar esa dedicación sino como el punto más central y más definitivo de mi identidad y de mi dignidad como ser humano. Eso es lo que hago, eso es lo que soy, y eso es lo que le debo al ejemplo y a la amistad de Róger Santiváñez.

Pero hay más. Esta tarde hemos tenido la ocasión de escuchar de viva voz la poesía de Róger, y a nadie se le habrá escapado una de sus características más saltantes: en los poemas que Róger ha venido escribiendo sobre todo en los últimos años, pero desde hace ya quizá más de una década, el sonido y el sentido proceden como un sólo movimiento, son una sola cosa; esta es una poesía que comunica principalmente a través de sus eufonías y sus quiebres de voz, sus aliteraciones, sus sílabas y sus ritmos, antes, por ejemplo, que de sus metáforas, sus símiles o sus imágenes. Esto, quiero decirles, no ha sido siempre así. Los primeros poemas publicados por Róger, por ejemplo “Poema para Lucha Reyes” y “Conversación con mi padre en su lecho de enfermo” —ambos, me parece, incluidos en su primer libro, Antes de la muerte, que es de 1979— fueron celebrados con justicia en esos años por su narratividad y su imaginación confesional, que los emparentaba con la tradición del conversacionalismo de los años 60 y también con el trabajo de autores como Enrique Verástegui, Jorge Pimentel o Juan Ramírez Ruiz, del movimiento Hora Zero de los años 70.

Yo veo este tránsito hacia la confluencia de sonido y sentido en la poesía de Róger como un proceso de destilación, como un viaje a las esencias del acto poético y un rescate pertinaz de aquello que distingue a la poesía de todas las demás artes, y les pudo decir, habiendo seguido con atención su trayectoria a lo largo de todos estos años, que no se trata de una ideología impuesta o de un preconcepto sobre lo que debe ser un poema, sino que es el resultado de una larga, acuciosa y devota exploración, un aprendizaje y un descubrimiento insobornablemente personales.

Pero hay riesgos. Quiero mencionar dos, relacionados entre sí. Dos riesgos, por lo demás, de los cuales soy dolorosamente consciente, habiendo caído en ellos repetidamente en mi propio trabajo. El primero es el riego del formalismo: hacer del poema una pura maquinita de formas que se comunican en su superficie pero no dicen nada y voces que sólo se oyen a sí mismas, aunque lo hagan con la apariencia de la belleza y la musicalidad. El segundo riesgo es el riesgo del solipsismo, una insistencia en la radical incomunicabilidad del mundo y sus objetos, que niega la esencia misma del lenguaje y nos deshumaniza con su áspero silencio.

La poesía de Róger Santiváñez negocia estos riesgos de muchas maneras, y quiero enfatizar una de ellas: Róger derrota al frío de la forma y al vacío del silencio gracias a una permanente atención a lo real, al momento de la experiencia, al paisaje físico y humano del cual los poemas derivan y hacia el cual se dirigen, en pareja con su capacidad para referir sus propios estados emocionales y su propia psicología. El mundo está siempre presente en los poemas de Róger, no importa cuán formalizados nos parezcan, y él mismo también lo está, y ese acto de presencia, esa afirmación de su subjetividad en la escritura convierten estos textos en actos de comunicación, y esa es la medida de su éxito.

Esa es mi segunda deuda con Róger Santiváñez. Tal cual sucedió hace veinticinco años, Róger continúa mostrándome la posibilidad de asumir la poesía como un acto de humanización en una era deshumanizada, la posibilidad de hacer de ella, con su profunda belleza, una manera de subvertir el silencio y, aunque sea por un instante, derrotar la soledad.

Muchas gracias.

[Texto leído por su autor el 17 de abril de 2011 en DePaul University Schmidt Academic Center, Chicago, durante una Mesa Redonda sobre la poesía de Santiváñez]

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buen comentario el de Jorge Frisancho, de manera especial cuando remarca los riesgos de unb estilo que conduce al facilismo y a la incomunicación. En efecto, si no se pone experiencia en un poema, reflexión de la vida, lo que se busca es la gratuitad, el exclusivismo, la endogamia, la criptografía. O sea pura palabra. Y no creo que sea justo que la poesía merezca ese destino de artificalidades.

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