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miércoles, 4 de mayo de 2011

COMUNISTAS EN EL CIELO (DE LA POESIA): VIOLETA Y GUSTAVO VALCARCEL [Testimonio de Roger Santiváñez]

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HUBO UN TIEMPO de inocencia y de fe en la Revolución, esos fueron –para mí- los años 1978-79-80. Por aquel entonces asistía acompañado por mi hermosa musa –la joven poeta Dalmacia Ruiz Rosas- a los candentes mítines de la CGTP escenificados –cada primero de mayo- en la Plaza Unión del centro de Lima. Mi compañera –como se estilaba decir en esa época- era una entregada militante del Partido Comunista Revolucionario (PCR) -organización con la cual yo también simpatizaba- así que allí estábamos con todos los muchachos y muchachas de la JCR de San Marcos, la Católica y la UNI, coreando nuestras consignas a voz en cuello y con el corazón bien a la izquierda.


PERO nosotros éramos poetas y en San Marcos –donde seguíamos Literatura- frecuentábamos un grupo reunido alrededor de Marco Martos e Hildebrando Pérez y el Taller de Poesía. Sería justamente en el Taller, una tarde de homenaje al increíble Luis Hernández (que acababa de morir en Buenos Aires) donde conocí a la poeta Rosina Valcárcel. Pues bien, la cosa es que Rosina –cada año- después del mitin de la CGTP el primero de mayo celebraba su cumpleaños en la casa de sus padres en San Eugenio, rico Lince.


HASTA allí llegaba la mancha poética de San Marcos. Fue así como me tocó conocer a Violeta Carnero Hocke, por supuesto siempre en compañía del gran Gustavo Valcárcel, su esposo y compañero de toda la vida. Con timidez adolescente nunca pasé de un formal saludo con Gustavo, él era un mito viviente de la lucha por el socialismo en el Perú –desde el campo de la poesía- y me contentaba contemplándolo de lejos junto a los pares de su generación, como podían ser Alfonso Barrantes Lingán, Héctor Cordero (uno de los fundadores del Apra-Rebelde que luego devino en el guevarista Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de la guerrilla de 1965) o algún poeta de los 60s, Juan Cristóbal por ejemplo.


ESA es la imagen que guarda mi memoria de aquellas fiestas, con música de Quilapayún, Inti Illimani, Víctor Jara, Los Compadres, Alfredo Zitarrosa y los jóvenes peruanos de Tiempo Nuevo. Por supuesto –en algún momento de la reunión- se interpretaba La Internacional ya con los corazones bien remojados en sendos cuba-libres y con el puño en alto. A mí me gustaba conversar con Violeta, porque ella siempre conmigo enfocaba el tema de la poesía. Recuerdo que en una ocasión –a mi pedido- se explayó –largo y tendido sobre el grupo Los Poetas del Pueblo, tema que en esos días me interesaba mucho y del que no había suficiente material escrito accesible, sino una especie de leyenda oral, en ciertos círculos. Yo te puedo contar –me dijo Violeta- porque estuve muy cerca de ellos.


Y pasó a relatarme la historia de esta agrupación poética, uno de cuyos principales exponentes había sido Gustavo Valcárcel, y sus actividades durante la Lima de los años circa 1945. Me contó que los poetas del grupo simpatizaban o militaban en el Partido Aprista, pero inmediatamente me aclaró: Ojo, que en esa época ser aprista significaba ser subversivo. Se ponían bombas y todo, me explicó. Entre los poetas que ella mencionó –aparte de Gustavo- mi memoria grabó los nombres de Manuel Scorza, Juan Gonzalo Rose, Julio Garrido Malaver y Ricardo Tello. Esto ocurrió antes de la Poesía Social de Alejandro Romualdo –concluyó- quien estaba cerca del Partido Comunista, ya en los 50s. Cabe mencionar que Violeta y Gustavo – a la sazón- también militaban en el único y monolítico PC de entonces (la organización que fundó el Amauta JC Mariátegui ) antes de la ruptura sino-soviética de 1964 cuya repercusión en los partidos comunistas del mundo entero produjo la aparición del maoísmo en el nuevo horizonte del marxismo-leninismo internacional.


En aquella coyuntura –la del desmontaje del reformismo velasquista, implementado por el fascistoide Morales Bermúdez- que desencadenó la crisis general de 1976 y la contundente respuestas de las masas populares con el Paro Nacional Unitario del 19 de Julio de 1977, lo que obligó a la dictadura a convocar a una Asamblea Constituyente para 1978 y elecciones generales para 1980; fue cuando los partidos marxistas revolucionarios decidieron participar en los comicios. Uno de los frentes que se formaron –reuniendo básicamente lo que sería la Nueva Izquierda de los 60s cuyos dos troncos principales eran Vanguardia Revolucionaria (VR) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)- se denominó Unidad Democrático Popular (UDP). Pues bien, la poeta Rosina Valcárcel se hizo cargo de la Comisión de Cultura. Así fue cómo Dalmacia Ruiz Rosas y quien redacta este testimonio estrechamos vínculos con ella y desarrollamos –con dicha Comisión- una intensa agitación poética en sindicatos, universidades, asentamientos humanos y en las calles y plazas de Lima como San Marcelo y San Martín, muchas veces escapándonos de los poco amables varazos de la policía. En aquel momento cobraba dimensión real aquella línea de los poemas underwood de Martín Adán: Quiero ser feliz sin permiso de la policía.


2
En mis cotidianos y actuales atardeceres, sumido en la lectura, tercer piso de la Biblioteca Paley de Temple University, me encontré con la Obra poética reunida de Gustavo Valcárcel. Y recordando mi conversación con Violeta leo estos versos: “Vinieron mis cartas, las citas furtivas / La explosión clandestina del silencio / por obra y gracia de alguna dinamita / que colocamos con camuflage de besos”. Y también: “En una casa pobre de La Victoria, en Lima / llegué una noche a descubrir tus ojos”. Tiempos de lucha que el poeta rememora de este modo: “pero volvieron también las catacumbas / cuando yo disfrazado te sumaba besos en un parque / besos, promesas mas promesas y besos / por ejemplo: te llevaré al Quartier Latin”. Y de hecho la llevó. Pero antes estuvo la experiencia de México, deportados por la dictadura de Odria. Sea donde fuera que hayan estado la pareja se profesó uno de los más intensos amores de la historia de la poesía peruana, como dan testimonio estos versos por ejemplo: “Descansa tu cabello en la mies de la brisa / el ópalo reclina su nostalgia en tu piel / la primavera empieza cuando abres los ojos / y la música viaja cuando ya duermes tú”.


Siendo muy joven Gustavo Valcárcel ganó los juegos florales de San Marcos con un hermoso libro denominado Confín del tiempo y de la rosa (1947) de donde procede este trisagio: “Verano para amar tu luz sonora, / plasmara el beso núbil de las flores / que en el eco de la nube se colora”. Y para demostrar su primera calidad de gran lírico esta cuarteta: “Rosa infiel es la rosa matinal,/ suavidad a sus pétalos ceñida; / pecado de su imagen poseída / por labios de rocío o luz cristal”. Usualmente la llamada poesía social, comprometida o política, se queda en la transmisión de ideas y se transforma en mera propaganda, despojada por completo de auténtica poesía. Pero –a veces- podemos encontrarnos con versos que nos transmiten una verdadera visión poética, como los que rezan en esta Elegía a José Carlos Mariátegui de Gustavo Valcárcel: “Volverás en el agua que besará el desierto / Volverás en el regazo de las comunidades indias / Volverás en el petróleo y en el átomo, / en el carbón y el hierro / en la electricidad popular llena de luces”.


En 1980 y después de unos años de silencio, el poeta publicó en un número íntegro de la prestigiosa e inolvidable revista Haraui que editaba el queridísimo poeta, narrador, ensayista y profesor sanmarquino Francisco Paco Carrillo, el conjunto titulado “Reflejos bajo el agua del sol pálido que alumbra a los muertos”, especie de reflexión poética en el adviento de la muerte, en la que sin embargo Gustavo fue capaz de escribir: “Resulta requisito sine qua non / dejar de ser cuerdo para amar”. El poeta ya estaba en el otoño de su experiencia y aún así reivindicaba la locura del amor, como un muchacho de veinte años.


Quisiera terminar esta nota de homenaje a esta pareja de comunistas en el cielo como él mismo escribió, con un hermoso poema que Marco Martos compuso hacia el verano de 1978 y que apareció en su libro Carpe Diem:


VIOLETA


Hembra, hembrísima valiente
mi compañona aquella
del febrero aciago.
A quien la mirara le parecía
la Violeta aquella del desterrado.
Desterrado en mi propia ciudad,
viví días negros negros,
mal mi grado,
pero tuve compañona
que me dio ganas de vivir
a su costado.
Entonces le puse Violeta
por ser mujer de desterrado.
Y aunque su luz es de otro tiempo
y de otra hora,
todavía la veo radiante,
lozana, dispuesta a todo.
!Hembra, hembrísima valiente
mi compañona aquella
del febrero aciago!


[Collingswood, New Jersey, junto al río Cooper, abril de 2011]

2 comentarios:

El poeta ocasional dijo...

Qué hermosa nota!..Recuerdos de la mística. Ya no somos místicos.

Rosina Valcarcel dijo...

Roger Santiváñez, he leído varias veces tu artículo-crónica-ensayo-collage sobre Violeta y Gustavo, mis padres y camaradas, y cada vez que lo hago me emociono, y me das luz, calor humano, optimismo, fervor, y me siento digna hija de mis Viejos, orgullosa descendiente de esos compañeros rebeldes que abrazaron las ideas comunistas y vivieron la praxis día a día. Te agradezco en nombre de mis hermanos Xavier y Marcel, de mis hijas Odette y Milena, de mis sobrinos, sobrinas, de los lectores de Gustavo, de los admiradores de Violeta. Te aprecio, Roy, abraxas, Rosina Valcárcel.

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