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lunes, 14 de junio de 2010

¿QUÉ TAN BUENO ES AHORA ANTONIO CISNEROS?, POR VÍCTOR CORAL

DILEMAS

Varios comentarios negativos, y alguno que otro positivo afirmando que Cisneros es un gran poeta, me llevó a cuestionarme cuál es el real nivel de la poesía del autor de Comentarios Reales, más allá del premio recibido la semana pasada en Chile, que puede muy bien ser merecido.

Hoy encuentro en El Comercio, en el comentario que hace Ricardo González Vigil a una antología de poesía peruana publicada en una provincia colombiana (N. de E. en realidad la antología ha sido publicada por el prestigioso sello de la Editorial Universidad de Antioquia con sede en Medellín, dentro de su Colección Poesía, en esa colección se pueden encontrar libros de Eugenio Montejo, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Piedad Bonett, Amílcar Osorio, la obra poética completa de Huidobro, Poemas selectos de Emily Dickinson, entre otras cosas) por el crítico uruguayo Eduardo Espina, que el crítico atribuye el “lastre” del lenguaje coloquial en la poesía peruana al “magisterio” de Antonio Cisneros, de quién afirma:

“La narrativa se queda en lo que cuenta [y que además explica demasiado]. Lo autobiográfico, cruzado en sus intermitencias por lo histórico inmediato, no va más allá de lo meramente circunstancial y oportunista [...] Poesía con complejo de denotación, con fecha de caducidad” (p. 13). Esos rasgos miméticos y anecdóticos los acentuaron Hora Zero y los diversos grupos de los años 70”.

Para empezar, creo que el lenguaje coloquial lo introdujo Pablo Guevara en sus primeros libros, y que los primeros libros de Cisneros, a su vez, no son los más coloquiales de él. Luego habría que decir que la narratividad, el circunstancialismo histórico y el ímpetu denotativo no necesariamente llevan, como por un tubo, a una poesía “con fecha de caducidad”. Ahí están Kavafis y José Watanabe entre tantos otros, para demostrar lo contrario.

Creo que el problema de la poesía de Antonio Cisneros va por otro lado. Tal vez es el típico caso de poesía que empieza en un nivel muy alto para su edad cronológica, luego llega a su clímax con poemarios como El libro de dios y de los húngaros y Como higuera en un campo de golf, para luego descender ostensiblemente en su curva con Las inmensas preguntas celestes y otros libros de los últimos años.

Más interesante aún puede ser considerar que Cisneros es un poeta de grandes poemas, muy populares, y no de libros conceptuales, complejos, rizomáticos, como le gustaría al crítico Ospina. Ciertamente, mucho de lo suyo (me refiero a Cisneros) ha envejecido y no dice más de lo que la denotación imprime en el lector; pero tal vez por ello mismo siga diciendo algo al “gran público” durante muchos años más.

Gran público, dije, y se abre otro punto de reflexión. Puede que la particular forma de ser de Cisneros, y la peculiar forma en que Cisneros ha vinculado su obra con sus lectores y su público “oyente” (esto sobre todo entre los sesenta y los ochenta) hayan condicionado e impedido una natural complejización de su propuesta poética; lo que ha llevado a que el surgimiento de avezadas aristas en este punto (neobarroco, poesía neoquechua, poesía visual, etcétera) desenfoque el interés de críticos y poetas jóvenes en la obra de Cisneros, de manera que el vate limeño resulta convertido en una suerte de poeta “tradicional”, arrogante, pachotero, engreído y… (oh) desestimable para quienes valoran el trabajo con la lengua y sus límites antes que la seguridad de una anécdota bien contada.

No sé cuánto importe lo que yo personalmente pienso de la poesía de Antonio Cisneros (mi opinión más “objetiva” está más o menos expuesta en lo escrito más arriba, la más radical me la ahorro por ahora). Pero sí es interesante ver cómo los críticos más jóvenes, reconocidos y abiertos al cambio de Latinoamérica comienzan a poner entre paréntesis su obra. Ello algo ha de significar…

(En la foto: Eduardo Espina)

Fuente: Luz de limbo

1 comentario:

Tulio Mora dijo...

Es lamentable que no tenga un espacio público para responder a Eduardo Espino, de mediocridad e ignorancia reconocida. Otra vez la mafia de los llamados "poetas de la palabra" hace de las suyas. Se trata de la nueva máscara con que se disfraza la "poesía pura" de quienes viven cómodamente en los EEUU como profesores de universidades y en esa condición no quieren complicaciones de tipo reflexivo, crítico o ideológico. Y la coartada es la "palabra", "el silencio","lo neobarroco" es decir pura y llanamente la posición reaccionaria que no ve no escucha no huele la guerra de Iraq, el derrumbe de los mercados en EEUU, las guerras malditas de Medio Oriente, Africa y Europa Oriental. No, eso no corresponde a la poesía porque se ha vuelto cobarde y como tal mafiosa.
Espino es tan ignorante y contradictorio que por un lado ataca a HZ y por otro incluye a tres de sus integrantes (Verástegui, Santiváñez y Guillén). Y llega a la temeridad de decir que reconoce huellas de Cisneros entre nosotros. Me gustaría que demuestre al poeta con "fecha de caducidad" (lo único notable que hay que reconocerle a Espino, al referirse a Cisneros) en "Un par de vueltas por la realidad" (Ramírez Ruiz), en "Ave Soul" (Jorge Pimentel), en "En los extramuros del mundo" (Verástegui), en "Mitología" (Mora) o en "Noches de adrenalina" (Ollé).
Pero más irrosorio que eso es incluir en una antología de la palabra a Enrique Sánchez Hernani, amigo y buen poeta, visiblemente exteriorista y efectivamente hijo de Cisneros, pero también de Adoum y de Fernández Retamar, o sea de poetas que Espino rechaza abierta y reaccionariamente.
Hay otras cosas tan inconsistentes en esa introducción que merecerían el premio y la gloria de lo ridículo, pero prefiero cerrar este comentario con una sospecha ya confirmada. Vuelve la mafia a usar la poesía peruana como una franquicia mercantil que se caracteriza por estos cortes arbitrarios de tiempo (¿qué significa haber nacido en 1950?, ¡qué cojudez más grande!, para incluir, en la mayoría de casos, a tipos ("pulgas", como los llamó Blanca Varela) de una infame calidad poética que pretenden legitimarse colocando prologuistas como Espino. Antes ya lo habían hecho con Zurita y otros autores que aparecen en las notas bibliográficas del uruguayo (¡qué tal inocencia para delatarse!).
Tulio Mora

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