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lunes, 27 de julio de 2009

El instinto de la memoria de Julio del Valle por Miguel Ildefonso

La poesía es instinto y memoria. El instinto es el impulso natural que precede a la razón para la conservación de la vida. La memoria es la facultad anímica por medio de la cual se retiene las ideas adquiridas y se recuerda lo pasado. ¿Qué es la poesía sino esta pulsación que busca iluminaciones y este lenguaje que perpetua los símbolos? En El instinto de la memoria (Estruendomudo, 2008) de Julio del Valle nos adentramos en la geografía lírica de la historia humana, en las eras del error humano y del errar utópico de las migraciones. El hombre es un animal que recuerda en exceso, aseguraba Nietzsche.

En la primera sección, Historia, se plantea una perspectiva desde la cual se avizorará este mundo intemporal inicial: “Desasosiego. Ese es mi signo, mi luz/ Una aparente calma cubre mi rostro/ Sombras inconclusas,/ Sombras infinitas”. Y es que, como dice el poeta Antonio Gamoneda: “En la escritura poética no se trata tanto de dar información, sino de que algo que quizás estaba oculto, incluso para el propio poeta, se incorpore al pensamiento y, posteriormente, al lenguaje poético, o viceversa”. La poesía hurga en las penumbras, y allí encuentra sus revelaciones.

La fragmentación de la realidad crea, mediante la contemplación, ese deslumbramiento que en su discurso se vuelve rebeldía; rebeldía, por ejemplo, contra la historia: “el aliento de la historia lo cerré de un portazo antes de dejarme caer”. En un plano más vasto, vemos que es la caída del tiempo lo que causa estragos en las cosas; sin embargo, ante ello, surge el deseo como una fuga para no repetir la historia (y quizás, por eso, el deseo sea la utopía perseguida): “Porque no pienso volver. Porque no pienso”, repite como letanía el poeta, apropiándose de la voz de Thomas S. Eliot, profeta de la crisis del sujeto posmoderno.

El tiempo pasa, se desliza de las manos, y con ello la belleza del tiempo también decae. No queda otra cosa para el poeta que “hablar de despedidas y reencuentros”, para ello marca su sitio ante la historia: “En la orilla me encuentro y éste es mi reino”. Se ubica al margen de la historia pero no ajeno a ella (“Aquellos que conocen las fuentes están con nosotras en este exilio”, decía Perse). Señalaba Walter Benjamín que detrás de la construcción de la historia que hacen los grupos dominantes tenemos las ruinas, los documentos de cultura según la mirada del vencedor. También decía el filósofo que “jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie”. El instinto de la memoria poetiza esa barbarie, no puede evadirse por más que se encuentre en los márgenes: “Mis alas están desplegadas,/ Pero no levanto vuelo”. Está igualmente condenado a participar de esa historia: “la memoria y la distancia. El sonido del recuerdo”. El poeta pertenece a la memoria, por eso el deseo también es prisionero del tiempo y, por tanto, nunca será liberación definitiva: “Mi alma, mi alma es mi cárcel./ Fuera del tiempo no hay deseo”, dice finalmente.

El lenguaje es precario para memoria, es un lenguaje de restos, de “piedras y moluscos triturados”. Si la historia, por ser un discurso del poder, olvida las pequeñas odiseas; la poesía será la que recoja lo que ha dejado el verdadero vencedor: el tiempo. La realidad del presente es “Una odisea de llagas y pulgas, de pateaduras y hambre”. En esta anti-odisea, en este mundo apocalíptico, escuchamos no himnos sino las desesperadas voces de los vencidos: “escuchemos cómo a algunos les persiguen aún/ Las sombras de los desterrados, los despreciados, los perseguidos, los torturados y/ Condenados hace ya mucho, mucho tiempo”. El poder busca el olvido de la verdadera historia para perpetuar su dominio. La memoria, por ello, como la poesía, es antihistórica: “¿Creen habitar algo nuevo en verdad?”, interpela el poeta que sabe que “No es tiempo para loas”.

La memoria también se remonta a los primeros tiempos de la historia: “Cuando sólo el cuerpo de los animales muertos cubría el cuerpo de nuestros cuerpos”. El poeta antillano Derek Walcott, que poetizaba la memoria épica, decía en unos versos: “las ramas se inclinan ante mí,/ los dialectos aplauden/ al fluir hacia arriba/ la savia de la memoria.” La savia (o el lenguaje de la poesía) es, como se dijo ya, antihistórica (antigravitacional dentro del árbol de la historia) pues nos ennoblece y permanece intacta. El poeta ve más allá de un simple informe de guerras acaecidas por el afán de la conquista y el dominio: “Yo que me pregunto no encontré nada en la arena, nada en las olas, nada en la historia”. Debido a este anhelo trascendentalista, del poeta se puede decir lo que Joseph Brodsky dijo de su maestro Osip Mandelstam: “Su instinto de conservación hacía mucho había cedido ante su estética”.

Heidelberg (una ciudad al este de mi país) es la sección en que la visión poética apunta a lo cotidiano, la voz se torna confesional. Se dialoga con poetas como Goethe o Hölderlin, o con familiares como el abuelo Enrique o Heinrich; aquí “Los ecos aparecen apenas/ Como pálidos fantasmas”. En Cruz del sur nos trasladamos al tema del amor, el amor como un viaje hacia atrás: “el recuerdo del amor es más fuerte que el amor”, nos dice. La pasión renace del instinto: “La calma de perderte, el juego de tenerte,/ El desafío, el ardor en la sangre”. Y el deseo se impone ante la repetición de lo cotidiano, de las pequeñas historias: “Quiero beber tus ojos, penetrar tu cuerpo/ Hurgar en tus rincones”.

Thomas S. Eliot decía: “La memoria arroja y deja en seco/ una multitud de cosas retorcidas;/ una rama retorcida en la playa,/ devorada, lisa, y pulida/ como si el mundo rindiera/ el secreto de su esqueleto”. Ese secreto es la memoria que el instinto poético recoge de esta playa en que habitamos como grano de arena. El poeta despliega sus visiones a lo largo de esta playa, da forma a la arena, hasta que caiga, otra vez, la noche de la historia: “He aquí sin embargo la luz,/ La poesía,/ La fértil oscuridad”, escribe Julio del Valle al final de este deslumbrante poemario.

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