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sábado, 19 de agosto de 2006

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO PALABRA SOBRE LOS ABISMOS*


Preferimos entrar de lleno ya a la presentación de “Palabra sobre los abismos”. El poemario trae dos introducciones, una de Miguel Ildefonso y otra de Víctor Coral.

Después de una serie de interrogantes preliminares dice Ildefonso acerca del trabajo de Juan José Soto: “El poeta lo que quiere es motivar, inquietar, conducir hacia algo que él ha vislumbrado, pero del que no existen palabras para nombrarlo o definirlo”. Y cita los primeros versos del que llama “visionario libro de poemas”: “Busco palabras/ Que sean más que palabras/ Que hablen más que de sí mismas/ provocadoras como largos silencios/ proferidos en la oscura mañana de los deseos”.

Sabemos que hay algunas cosas tan recónditas o sutiles que resulta imposible manifestarlas a través de la oralidad; sin embargo, para aquello que no se puede expresar con palabras existe una palabra: “inefable”, aunque con frecuencia se utiliza referida al ámbito de los sentidos, y cuando Juan José Soto busca palabras “que hablen más que de sí mismas” va mucho más allá; va tras la abstracción que sea trasunto del misterio y del ser trascendente, como veremos más adelante.

También opina Ildefonso que la poesía –en este caso la poesía profunda- es como la caída al infierno de Dante, “el inicio de una oscura travesía llena de revelaciones”. En versos de Juan José Soto, pertenecientes al poema décimo: “Es desde la hondura/ donde emerge la palabra/ su sentido abisal/ la mirada en carne viva/ Indescifrable caos el de nuestras voces”. Y aquí Ildefonso coincide plenamente con Víctor Coral, quien inicia su breve comentario con los primeros versos del poema quinto “He abierto la pesada puerta del silencio/ y atravesado la noche/ en la que sigilosos moran los más arcanos secretos”. “Estos versos memorables –dice hermosamente Víctor Coral- “definen en gran parte la poética esencial de Soto, quien despliega en este libro asombro divino mientras da cara al misterio de la poesía”.

“Oficio del poeta es tocar los misterios, no clasificarlos”, ha dicho Andrés Reynaldo, escritor cubano. ¿Y quiénes sí, entre los humanos, clasifican, es decir, estudian y desentrañan los misterios? Los científicos. Los físicos teóricos que hace décadas ya vienen desentrañando la estructura íntima de la materia, en los niveles subatómicos; los biólogos avanzados que descifran la estructura del genoma de los seres vivos, clonan animales y persiguen la clonación humana; los astrónomos contemporáneos que con potentes telescopios orbitales se hunden cada vez más en los abismos siderales y anhelan llegar a conocer los orígenes del Universo…

En otros planos más sutiles y difusos, incursionan en el misterio los magos, los augures, los chamanes…y los poetas. Y aquí es donde llegamos a otro meollo en la poesía de Juan José Soto, evidenciando ya en el epígrafe de su libro: “La palabra poética es mediación entre lo sagrado y los hombres”. Octavio Paz. Donde el término “sagrado” desde luego que no tiene la corriente connotación religiosa relacionada con una divinidad que juzga, condena o perdona la conducta de los hombres sino, por el contrario, se aproxima a aquel sentir de Vallejo cuando denosta a un Dios que “no sabe nada de su creación” y pues debe sufrir a tal dios indolente, “el dios es él”, el hombre, el ser humano creativo y sintiente.

En muchos poetas reverbera esta misma intuición. Pues siendo cierto que late en lo más recóndito del corazón humano una propensión a medirse con una entidad exterior a él que, por ser más alta e ignota, lo lleve a elevarse, hay en el poeta por lo tanto una cualidad de cuestionamiento de su entorno y de su prójimo. Por eso María Julia Villafane, poeta portorriqueña, emplaza al ser humano cuando dice: “Oye, tú, marioneta de Dios, / no dejes de mover/ los hilos de tu existencia”.

El hombre para ella es una marioneta, un títere de esa dimensión superior llamada divinidad; pero puede, tiene la libertad de mover los hilos de su vida; en última instancia es el dueño de su destino.

Volviendo a la poesía de Juan José Soto, por esa cualidad de poder llegar a ser mediador entre lo sagrado –entendido esto como lo elevado e ignoto- y los hombres, es que en la antigüedad milenaria de las civilizaciones orientales se equiparaba al poeta con el profeta, con el vidente, con el augur.

En el poema quinto, que bien señala Víctor Coral como representativo, después de que Soto “abre la pesada puerta del silencio” –la densidad de la ignorancia, de la rutina o de la molicie, que nos impiden apuntar hacia lo alto – “atraviesa la noche en la que sigilosos moran los más arcanos secretos/… /ensimismados en el lenguaje de proféticas voces. / Allende la estancia/ labios voraces de fragorosos poetas aguardan/… / Preludio del verbo/ ¡Hágase la luz!"

Hemos entrecortado el poema a propósito para resaltar esta última resonancia del Génesis bíblico, del inmenso “fiat lux” con que se inicia el libro sagrado de los cristianos.

“Cada lágrima enseña a los hombres una verdad”, dijo Platón hace miles de años. No en vano el mundo ha sido llamado “valle de lágrimas”, porque durante toda su vida la constante, el común denominador para el hombre, es el sufrimiento. Pero mientras el humano corriente y moliente se evade de esta condición insoslayable hablando de política, de fútbol, mujereando o tomando, el poeta acendrado tiene algo de profeta porque no sólo sufre con mayor intensidad que su prójimo, desde que es más sensible, sino porque sabe sufrir. En lugar de libar en exceso bebe de los arcanos profundos, y en lugar de llorar, escribe.

En ese hurgar del poeta sobre los abismos, sobre los misterios (el amor, la muerte, el destino humano), hay mucho de desgarramiento; mas no ese sufrir univalente de quien, por ejemplo, padece por el amor romántico o porque no le alcanza el dinero que gana. No. Es el desgarramiento sacro, espiritual, de sentirse “barro innúmero”, el “yo es otro” de Rimbaud, el ansia de totalidad de quien se siente aherrojado en su cuerpo, en la cotidianidad, en la ciudad asfixiante, mientras intuye, presiente, sabe que hay esferas superiores, praderas celestes a las que por su condición humana sólo puede aspirar, y a las cuales no tiene la seguridad de poder acceder ni siquiera con la muerte, salvo que sea persona creyente.

Se queda entonces el poeta en un inmenso reducto.

Podrá sentirse por momentos desconcertado, anheloso, desamparado ante los misterios insondables en que rebulle. Podrá ser el “hombre con una piel de menos” como dijo alguien refiriéndose a su hipersensibilidad; pero por ello mismo es el mágico versonauta del misterio, el orífice de su propia existencia abisal. Posee el poder, como el mismo Juan José Soto expresa bellamente en su poema décimotercero, de ser una “sacra espada alojada en la frente de la noche”.

Carlos Bancayán Llontop
Chiclayo, 11 de agosto del 2006

*Texto leído el 11 de agosto del 2006 con motivo de la presentación del poemario “Palabra sobre los abismos” de Juan José Soto en el auditorio del Instituto Nacional de Cultura – Lambayeque (Perú)


CARLOS BANCAYÁN LLONTOP, poeta, narrador y periodista peruano nacido en la ciudad de Chiclayo, Perú en 1943.Ganador de los “Juegos Florales de poesía - Universidad de Lambayeque” (1965); del concurso “Poeta Joven de Chiclayo” (1966), así como del concurso de narración organizado por la Unión de Escritores y Artistas Lambayecanos. Ha publicado los poemarios “Poemas dispersos” (1975); “Sentidumbres: la costumbre de sentir” (1979); “Pastor de colibríes” (1994) y el libro de cuentos “Las formas” (1988) entre otros textos.


JUAN JOSÉ SOTO BACIGALUPO (1965). Nació el 3 de agosto de 1965 en el distrito de Barranco, Lima (Perú). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres obteniendo el grado de Licenciado en Ciencias de la Comunicación y el título profesional en la especialidad. Asimismo, egresó de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la USMP cursando la Maestría en Periodismo. El autor ha publicado los poemarios: “Cárcel de mi ojo” (1994), “Morada Diosa” (1997) y “Palabra sobre los abismos”.

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