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jueves, 2 de febrero de 2017

CINCO POEMAS DE JAVIER SOLOGUREN


DETENIMIENTOS

                                                              
                                               Assez connu les arrets de la vie
                                                               O Rumeurs et Vsions!
                                                                                                RIMBAUD

HALLO LA TRANSPARENCIA del aire en la sonrisa; hallo la flor que se desprende de la luz, que cae, que va cayendo, envolviéndose, cayendo por las rápidas pendientes del cielo al lado del blanco y agudo grito de los pájaros marinos. Desciendo a la profunda animación de la fábrica corpórea que opera como un denso vino bajo la lengua ligera. Aquí y allá las obras de la tierra, las diminutas catástrofes en los montículos de arena, la sucesión de alegre rayo en la humedad del roquedal. (Nuevamente el viento de mano extensa y pródiga, enamorada) Ventanas de sal doradas por la tarde, brillante dureza por la que unos ojos labran el silencio como un blanco mármol, desnudo e imperioso entre los árboles y nubes.


FRENTE AL MURO donde las estaciones miran y sorprenden al tiempo como a un fruto olvidado o visto madurar sin impaciencia. La piel, aquí,  encarnada, en suaves círculos se aparta del cuerpo recóndito y dulce del estío. Desnuda el aire. Prolijamente barre los dorados escombros, el polvo carminado de la flora; álzase y vuelve en fríos planos como una hoja reciente en la que alguien ha puesto una frase delicada.


SOBRE LA RÁPIDA ONDA del calor que hurga amorosa entre los pétalos como si en ella la vida recobrase unos alegres dedos o un propósito tierno, atento estoy al amparo del césped húmedo, de la vida que ahora es este tonto trajín de los insectos, este vaivén inopinado de una flor y el amplio ruido urbano que de lejos me invita... Ríndome en lentos sorbos al más dulce sueño, igual que aquellas flores que a la tarde arrebata el espesor de una sombra.


FRAGILIDAD DE LAS HOJAS, reflejos, vivaz aumento donde lo más cercano, presurosamente se renueva. Alto follaje que las olas salpican vehementes. Un sol librado en el espacio puro y extremo como un sonido. Mujer que mira el cielo: agudas nubes. Entre la sed y su cuerpo trascurre un ave blanca, un marítimo vacío, silencio que es un límite perdido.



DÉDALO DORMIDO

                                   Most musical of mourners, weep anew!
                                              Not all to that bright station dared to climb
                                                                                                SHELLEY

Tejido con las llamas de un desastre irresistible,
atrozmente vuelto hacia la destrucción y la música,
gritando bajo el límite de los golpes oceánicos,
el hueco veloz de los cielos llenándose de sombra.
Ramos de nieve en la espalda, pie de luz en la cabeza,
crecimiento súbito de las cosas que apenas se adivinan,
saciado pecho con la bulla que cabalga en lo invisible.
Perecer con el permiso de una bondad que no se extingue.
Ya no ser sino el minuto vibrante, el traspaso del cielo,
canto de vida rápida, intensa mano de lo nuestro, desnuda.
Hallarse vivo, despierto en el espacio sensible de una oreja,
recibiendo los pesados materiales que la música arroja
desde una altura donde todo gime de una extraña pureza.
Miembros de luz sorda, choques de completísimas estatuas,
lámparas que estallan, escombros primitivos como la muerte.
Vaso de vino pronto a gemir en una tormenta humana,
con una sofocante alegría que olvida el arreglo de las cosas,
ebrio a distancias diferentes del sonido sin clemencia,
errando reflexivo entre el baile de las puertas abatidas,
aislando una racha salobre en la inminencia de la muerte,
pisando las hierbas del mar, las novedades del corazón,
pulsando una escala infinita, un centro sonoro inacabable.

Modificado por una azarosa, por una incontrolable compañía.

Pisadas en nuestro corazón, puertas en nuestros oídos,
temblor de los cielos de espaldas, árboles crecidos de improviso,
paisajes bañados por una murmurante dulzura, por una sustancia
que se extiende como un vuelo irisado e instantáneo.
Prados gloriosos, estío, perfil trazado por un dedo de fuego,
blanco papel quemado para siempre detrás de los ojos,
valles que asientan su línea bajo el zureo de las palomas,
fuentes de oro que agitan azules unos brazos helados.
Quietud del mar, neutros estallidos de un imperio cruento,
mudas destrucciones, espuma, golpes del espacio abierto.

Sueños que toman cuerpo, coherentes, en una silenciosa tentativa;
mecanismos ordenados en medio de una numerosa vehemencia,
lujo intranquilo del cielo que sella una hora inmune.
Cuerpo que asciende como la estatua de un ardoroso enjambre
buscando muy arriba la inhumana certeza en que se estalla
para quedar inmensamente vacío y delirante como el viento.

Una idea, Dédalo, una idea que iba a acarrear nuestro futuro,
(un sueño como un agua amarga que mana desde la boca del sol)
los planos hechos a perfección, la elocuencia del número,
el ingenioso resorte para suplantar los ojos de la vida,
todo era una inocente flecha en tránsito de lucidez y muerte.
Ciudades perdidas por un golpe de viento, ganadas por un sueño.
Palabras incendiadas por la fricción de un remoto destino,
murallas de un fuego levantado al que no nos resistimos,
canto arrancado a la tumultuosa soledad de un pecho humano.



Bajo los ojos del amor

Aún eres tú en medio de una incesante cascada
de esmeraldas y de sombras, como una larga
palabra de amor, como una pérdida total.

Aún eres tú quien me tiene a sus pies
como una blanca cadena de relámpagos,
como una estatua en el mar, como una rosa
deshecha en cortos sueños de nieve y sombras,
como un ardiente abrazo de perfumes en el centro del mundo.

Aún eres tú como una rueda de dulces tinieblas
agitándome el corazón con su música profunda,
como una mirada que enciende callados remolinos
bajo las plumas del cielo, como la yerba de oro
de una trémula estrella, como la lluvia en el mar,
como relámpagos furtivos y vientos inmensos en el mar.

En el vacío de un alma donde la nieve descarga
en una ventana hecha con los resonantes emblemas del otoño,
como una aurora en la noche, como un alto puñado de flechas
del más alto silencio aún eres tú, aún es tu reino.

Como un hermoso cuerpo que baña la memoria,
como un hermoso cuerpo sembrado de soledad y mariposas,
como una levantada columna con el tiempo a solas,
como un torso cálido y sonoro, como unos ojos
donde galopa a ciegas mi destino y el canto es fuego,
fuego la constelación que desata en nuestros labios
la gota más pura del fuego del amor y de la noche,
la quemante palabra en que fluye el amor, aún.



Reloj de sombra

(Entre la tarde nostálgica y la noche)
             
Con una larga garra de tristeza busco
la pálida altura de una planta femenina;
tal como un viento quejumbroso busco
la intempestiva desnudez, sombra y efigie,
grito distante del pájaro que emigra,
pena con que hiere una imagen a su espejo.
             
Errante luz blanca bajo el vacío del cielo,
pequeño reloj que sólo fuera una lágrima,
hora en que todo ser es una pálida violeta,
estatua de pronto, arrastrada por la música
en un ramo de tinieblas y nevadas agujas.
Hora en que busco algo que no es tuyo ni mío
con una mirada puesta en lo que huye
y otra en lo que ausentemente permanece.

(Nada sino un hombro, una paloma frágil,
una espumosa lejanía, una seda que ahogo,
este tibio alimento pegado a nuestros labios,
este silencio que sale de las casas
con unos dedos entreabiertos).

Esta hora que alcanza tiernamente a su propia distancia,
en la que un par de zapatos bien pueden ser
la historia del hombre sobre la tierra
y esta o aquella mujerzuela una mujer únicamente.
Esta garra que golpea sin aparente motivo
pone una rosa en el interior de los relojes
y hace que el sueño hable desde la fatiga del tiempo;
abre una huella profunda, una ciega baraja,
abre un pecho donde la eternidad transita a solas
en una desgarrada dulzura de sonidos y estrellas.



El paso de los años

                                                        para mi hija Viveka

porque cogí la mariposa
no en el jardín
sino en el sueño
porque en mi almohada
oí cantar al río
al crepúsculo orar
porque el cielo breve
de la flor
me llevó lejos
porque el niño aún
(que fui que a veces soy)
despierta y ve
la mariposa
volar en el jardín
que ya no sueño.



Javier Sologuren (Lima, 1921-2004). Libros: El morador (Separata de Historia, número 8. Lima, 1944); Detenimientos (Lima: Talleres de la Imprenta Amauta, 1947); Dédalo dormido (Separata de Cuadernos Americanos. México, 1949); Bajo los ojos del amor (México: Ícaro, 1950); Otoño, endechas (Separata de Mercurio Peruano. Lima, 1959); Estancias (Lima, El Timonel, 1960); La gruta de la sirena (Lima: Imago, 1961); Vida continua 1944-1964 (Lima: Ediciones de La Rama Florida y La Biblioteca Universitaria, 1966); Recinto (Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1967); Surcando el aire oscuro (Lima: Milla Bartes, 1970); Vida continua (Segunda edición. Estudio preliminar de Abelardo Oquendo. Lima: INC, 1971); Corola parva 1973-1975 (México: La Máquina Eléctrica, 1977); Vida continua (Antología personal. Lima: Ediciones Cuadernos del Hipocampo, 1979); Folios del enamorado y la muerte (Caracas: Monte Ávila Editores, 1980); Vida continua 1945-1980 (Antología personal. México: Premiá Editora, 1981); El amor y los cuerpos (México: Premiá Editora, 1985); Jaikus escritos en un amanecer de otoño (Separata de la revista Lienzo, número 6. Lima, 1986); Retornelo (Lima: Editorial Colmillo Blanco, 1986); Catorce versos dicen… (Madrid: Ediciones del Tapir, 1987); Folios del enamorado y la muerte & El amor y los cuerpos (Lima: Seglusa Editores y Editorial Colmillo Blanco, 1988); Poemas 1988 (Madrid: Ediciones del Tapir, 1988); Vida continua. Obra poética 1939-1989 (Tercera edición aumentada. Lima: Editorial Colmillo Blanco, 1989); Un trino en la ventana vacía (Madrid: Ediciones del Tapir, 1992); Vida continua (Nueva antología. Lima: Universidad Agraria de La Molina, 1992); Hojas de herbolario (Lima: Jaime Campodónico Editor, 1995); Vida continua. Obras completas de Javier Sologuren (10 tomos. Lima: PUCP, 2004-2005).  

Foto: Carlos Chino Domínguez
Fuente: El Comercio

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