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miércoles, 15 de junio de 2011

Poesía reunida de Magda Portal, por Ricardo González Vigil

Si hay un hito en la poesía peruana de mujeres, ese es la aparición de Magda Portal (Barranco, 1900-1989), quien publicó su primer poema en 1920 y en 1923 fue laureada en los Juegos Florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.


Lo percibió inmediatamente Ladislao F. Meza, comentando dicho galardón sanmarquino; no dudó en colocarla junto al trío más importante de la poesía femenina hispanoamericana de las primeras décadas del siglo XX: Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral (“Magda Portal, laureada”, en “Mundial”, Lima, 17 agosto de 1923).

Y la consagración definitiva vino pronto, a cargo de la voz autorizada de José Carlos Mariátegui, en un artículo de 1926 recogido en “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana” (1928), en el que sostenía que ella daba inicio a la poesía femenina contemporánea en el Perú.

Añádase que, en lo tocante a la poesía vanguardista, Portal es la voz femenina más descollante no solo del Perú, sino de toda Hispanoamérica. Lo cual tornaba clamoroso el vacío bibliográfico, sin una edición de toda su producción poética.

Esa impostergable tarea ha sido asumida por el estudioso que con mayor tesón se ha dedicado a investigar su trayectoria vital y literaria: Daniel R. Reedy. Primero nos entregó una pormenorizada biografía: “Magda Portal, la pasionaria peruana (Biografía intelectual)” (2000). Y, ahora, el sustancioso volumen “Obra poética completa”, publicado por la casa editorial más indicada: Fondo de Cultura Económica, ya que Portal en 1961 inauguró la agencia de dicha editorial en el Perú, desempeñándose como su primera directora (le sucedió en el cargo otra poeta capital: Blanca Varela).

Reedy ha reconstruido el primer poemario (“Ánima absorta”, 1920-1924). En 1927, en México, “Magda destruyó el manuscrito como acto simbólico de separación de su vida creativa del pasado y una nueva orientación hacia la política” (p. 8); es decir, versos anteriores a su adhesión al vanguardismo y, en política, al aprismo (fundado en México, como un frente revolucionario antiimperialista).

Esos textos comenzó a difundirlos en revistas, bajo el seudónimo de Tula Sovaina (no sabemos por qué Reedy lo registra como Tula Soavani), probablemente invitando, irreverente, a la pronunciación tú-la-so-vaina (remedando la confusión andina entre “so” y “su”), donde el vocablo “vaina” juega con el sentido de ‘molestia’ o, quizás, ‘tontería’, connotando además el sexo femenino (semejante a una funda o a la cáscara que envuelve las simientes de algunas plantas).

De otro lado, reproduce el segundo poemario (según el manuscrito publicado en 1929), “Vidrios de amor”, en el que se percibe la maduración artística de Portal abordando el tema de la maternidad, tanto la suya (su embarazo y el nacimiento de su hija) como la de su propia madre.
En esos poemas de 1923-1924 brota una escritura vanguardista que cuajará en el logrado poemario “Una esperanza y el mar” (1927), que Reedy acoge en su totalidad.


Lo mismo que “Costa Sur” (1945) y la parte nueva de “Constancia del ser” (1965), redondeando su meritoria faena con la principal contribución de su compilación: “Poesía interdicta”, cuarenta poemas escritos en 1965-1988 (solo cinco fueron publicados en diarios y revistas), donde Portal depuró su poesía comprometida con el cambio revolucionario: “Tenemos que morir César Vallejo Alberto Hidalgo / sin terminar de hacer lo que hay que hacer de todos modos / morir sin liberar el aire el cielo el agua / los caminos / para que los disfruten todos / los pueblos de la tierra” (p. 380).

Fuente: El Comercio

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