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lunes, 30 de agosto de 2010

"Ensayo sobre la rosa" de Miguel Ángel Zapata, por Miguel Ildefonso

Miguel Ángel Zapata (Piura, 1955) ha publicado una antología personal de su producción poética, el resultado de 25 años de ejercicio con la palabra, Ensayo sobre la rosa. Poesía selecta: 1983-2008 (USMP, 2010). Vemos poemas de sus libros: Un pino me habla de la lluvia (Lima, 2007), Escribir bajo el polvo (Lima, 2000), Lumbre de la letra (Lima, 1997), Poemas para violín y orquesta (México, 1991) e Imágenes los juegos (Lima, 1987); además de un sesudo prólogo de Miguel Gomes y un epílogo de Óscar Hahn. Para quienes hemos seguido las publicaciones de sus libros, o escrito sobre ellos (Léase, por ejemplo: http://descontexto.blogspot.com/2009/06/entrevista-miguel-angel-zapata-de.html), es grato ver, en una excelente edición, la evolución que ha tenido el poeta radicado desde hace décadas en los Estados Unidos. La decantación de su lenguaje, la agudeza de su mirada a un mundo “inarmónico”, la construcción de referentes personales, lo sitúan, por nombrar sólo al habla inglesa, en la tradición de William Carlos Williams, Wallace Stevens, Theodore Roethke y Charles Simic. Pero más allá de las tradiciones conocidas, Miguel Ángel ha ido pincelando el paisaje, fabricando la casa, componiendo la música, perfilando a los seres, que constituyen aquel espacio leve, ubicuo y propio que es su poesía, en donde habitan cuervos, caninos, pinos, Vallejo, Mozart, la memoria familiar, la crónica urbana, ciudades con muchachas bellas, y todo bajo la lumbre que siempre ilumina su palabra. Lumbre no de neón, no de lámpara marmórea, sino la luz natural del sol y la luna, esa que hace que la poesía no se aleje de la vida y de su propia voz humana.

Aquí una selección de sus poemas.

Una puerta

El domingo pasado leía con esmero a Francis Ponge. Callado me decía: abraza una
puerta, siente el umbral de sus arcos, atraviesa su temor hacia el aire nuevo de su
aldaba. Ahí está la poesía.
Mira los pinos como vuelan con el viento del norte, como se balancean con la luna
desteñida. Mira las aves, siente su vuelo, y después ve a casa y escribe sin parar.
No te canses de mirar el florero de cristal que corta la luz de la persiana y la desvía
hacia tus dedos. Aquella piedra cadmia y las altivas señoras de Vikus fermentándose en
la chicha con su sabor a pescado fresco.
Huele su pelo, viaja por la humedad de los bosques encendidos, aquellos que solo se
ven en la noche de las ranas y los tulipanes. Los bosques son hermosos, son profundos
pero a veces te mienten sin titubear.
El agua te lleva por las calles de tu ciudad sin nombre, navegando por el mar sin los
veleros absurdos de los sueños. Huele el agua salada de la arena mojada con el agua del
tiempo. Escribe sin parar.
Mira la ventana, está nevando. Ha nevado toda la noche y solo deseas escribir y escribir
mientras el cielo es una tinaja gris, una casa olvidada en plena calle.

El muro

Dos veces al mes voy en tren a la ciudad leyendo algún libro secreto.
En cada estación se oyen los anuncios de las paradas en un idioma mutilado por la duda.
Desde los vidrios no se pueden ver los cielos ni la gente caminando al otro lado de la
noche.
Ya comenzaron a levantar un muro en la frontera para suplir el hondo vacío de las torres.

Los muslos sobre la grama

Escribo por la muchacha que vi correr esta mañana por el cementerio, la que trotaba ágilmente sobre los muertos. Ella corría y su cuerpo era una pluma de ave que se mecía contra la muerte. Entonces dije que en este reino el deporte no era bueno solo para la alegría del corazón sino también para el orgasmo de la vista. Al verla correr con sus pequeños shorts transparentes deduje que los cementerios no tenían por que ser tristes, el galope acompasado de la chica daba otra perspectiva al paisaje: el sol adquiría un tono rojizo, su luz tenue se clavaba dando vida a la piel, los mausoleos brillaban con su cabellera de oro, y volví a pensar que la muerte no era un tema de lágrimas sino más bien de gozo cuando la vida continuaba vibrando con los muslos sobre la grama.

Borges

¿Cuál de los dos escribe el poema?
El que sueña despierto con los cipreses
de la India o tú que vives enamorado
de las calles de Buenos Aires
¿Cuál de los dos escribe el poema?
El que dicta clases y ama a sus
alumnas o el que se pasea en bicicleta
por los parques de Long Island sin
pensar en volver
¿Quién escribe el poema?
El que piensa que errar es su sino
o el que se arrodilla ante el soberano
por no haber abierto todos los libros.

La ventana

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes: criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido y la indiferencia. Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares, y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza. Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse la lumbre de sus olas.Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo. Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme, y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón. Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar, y solo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal. El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde vive la soledad y la memoria. De cualquier manera es inevitable que construya una ventana, y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto, aun cuando este día parece propicio para descubrir los terrenos insondables. Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán, una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras un demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina. Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta no ve tanto como el que mira una ventana cerrada. Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo para no verme alumbrado por la sombra.

Cairn Terrier
Para Christian, en sus ocho años

Mi perro tiene alma,
por eso lo enloquece el geranio púrpura del jardín.
Su único pecado es tratar de atrapar los pájaros
que vienen a beber agua de la fuente de nuestro
patio. Le gusta oír a Mozart cuando llueve, y suele
bailar sobre un puñado de arena cuando hace sol.
Él modifica el desierto con sus pequeñas patas y
conoce como nadie el otro lado del jardín.
No tiene memoria, por eso es feliz.

La iguana de Casandra
Para Casandra Iris

Presiento que extrañas los arenales del desierto. No eres feliz, aun cuando mi hija te pone en el árbol de nuestro patio para que te sientas en casa. En tu mirada veo las dunas y una luna parda volando con la arena. A veces pienso dejarte ir pero no quiero ver triste a mi pequeña niña. Siempre recuerdo cuando te escapaste de tu tanque de cristal y luego te encontré meditando encima de mi ordenador: sorprendida mirabas mis palabras con luces y escuchabas las quenas de mi grabadora Quazar. Veo tus ojos plomos en los míos y pienso en el desierto: las dunas me atraen, sus líneas son femeninas, cada trazo es el pincel de un lenguaje sagrado que vive siglos bajo el sol. Así el mundo, la lengua, el poema que no quiero ya escribir. No sé si te compraré un tanque más grande, con algunos troncos elevados o te dejaré ir uno de estos días. Creo que morirías en este zoológico humano, además nadie te daría verduras ni lechugas frescas y calor. Yaquisiera volar al bosque de tu ensueño, dejar esta prisión de silencio y entrar en tus ojos plomizos para bailar en el desierto, donde alguna vez bailaremos desnudos bajo una tibia duna.

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