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jueves, 25 de junio de 2009

Sparagmos de Maurizio Medo. Cuerpo despedazado por Ricardo González Vigil

“Limbo para Sofía” (2002) nos mostró a un Maurizio Medo (Lima, 1965) en plena madurez artística. Delataba un vuelo creador ambicioso, tanto en la compleja reelaboración del lenguaje y los recursos retóricos de la tradición poética, como en la solvencia con que articulaba un libro orgánico.

Luego nos entregó una serie de breves poemarios haciendo más nítida su audacia creadora. Su aventura verbal ha despertado el entusiasmo de reconocidos poetas hispanoamericanos, entre ellos Eduardo Milán, quien lo ha incluido en su importante, a la par que provocadora, antología “Pulir huesos / Veintitrés poetas latinoamericanos 1950-1965” (editada por el prestigioso sello Galaxia Gutenberg); y ha opinado sobre “Manicomio” lo siguiente: “Una impresión de irrealidad campea a ventana cerrada y a focos encendidos —el lenguaje es violento, más que expresivo, expresionista, en continuo estado de grito, de fricativas chirriantes— [...] es la penúltima, no la última poesía peruana. No conozco un caso de la última poesía peruana cuyo lenguaje registre esta fuerza”.

Valga la aclaración: en la última poesía peruana tenemos la fuerza explosiva, expresionista, de César Gutiérrez, ya actuante en “La caída del equilibrista” (1997) e intergenéricamente incontenible en el poema-novela “Bombardero” (2008). Menos dinamitero, pero intensamente innovador, resulta también el lenguaje poético de José Carlos Yrigoyen. De hecho, la poesía peruana de los últimos veinte años ha presenciado el logro de monumentos mayúsculos a cargo de voces de diversas generaciones: Carlos Germán Belli y los mil versos de “¡Salve, Spes!”, Walter Curnosisy y el conjunto poliédrico “Rehenes del tiempo”, Verástegui y su “Ética”, y, en la misma hornada que Medo, Mariela Dreyfus y “Pez”.

Medo ha trans-escrito los textos editados después de “Limbo para Sofía” y agregando otras secciones ha articulado las 362 páginas de “Sparagmos”. En el trasfondo, reelabora el sacrificio de Jesucristo, “devorado” en el rito eucarístico, aunque la versión de Medo no es salvífica ni celestial, sino infernal. En otro plano, remite al mito griego de Orfeo (arquetipo del poeta) despedazado por las bacantes. Además, la inmolación del autor y de la palabra dialoga con las exploraciones de Huidobro en “Altazor” y de Eielson en “Poesía escrita”.

ARGUMENTO

Libro de poemas de sólida arquitectura, compuesto por “capítulos” o “actos”, en el sentido teatral. En su primera parte, aborda el cuerpo; en la segunda, el lenguaje se impregna de trance extático y desencadena el desmembramiento del cuerpo; y en la tercera asistimos a “El cuerpo muerto del autor”: el cuerpo del autor es devorado, lo que se ve simbolizado por la reescritura que hacen de sus textos los poetas Zurita, Santiváñez, Mazzotti, Hernández Montecinos, etc.

Fuente: El Comercio

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