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domingo, 15 de abril de 2007

AL FILO DE LA LENGUA: ECOS DE POESÍA PERUANA DESDE ARGENTINA


Reynaldo Jiménez
El libro de unos sonidos. 37 poetas del Perú
Buenos Aires: Tsé-Tsé, 2005

En 1988, con El sello de la editorial independiente Último reino, el poeta peruano-argentino Reynaldo Jiménez publicó El libro de unos sonidos, 14 poetas del Perú. Orientado a un público no necesariamente conocedor de la tradición poética peruana -con la probable excepción de dos o tres obras- la antología quería difundir, en palabras del compilador, “materiales insoslayables para el real conocimiento de la poesía peruana”.

Tengo la impresión, sin embargo, que el esfuerzo del antologador se proponía tejer adicionalmente una red de filiaciones para el reconocimiento y la apropiación de un conjunto de poéticas que vislumbraba como propias. En efecto, Reynaldo Jiménez es uno de los más importantes y secretos poetas de los ochenta y libros como Las miniaturas (1987), Ruido incidental / El té (1990) o Musgo (2001), además de sus textos recogidos en la conocida antología latinoamericana Medusario, pueden demostrarlo. Esa primera versión de El libro de unos sonidos se volvía, así, la lectura en voz alta y compartida de una tradición de la que el autor formaba parte; no me refiero; por supuesto, a un estrecho concepto de patria, sino a la aventura radical de un conjunto de lenguajes con todas sus heterodoxias y disensiones, y en eso, valgan verdades, la poesía peruana tiene mucho que ofrecer. El lector podía entender así el sentido de una selección que no pretendía ser representativa ni consensual, y que reforzaba, en cambio, uno de los campos de la poesía peruana. Los quince años transcurridos han producido sus efectos y Reynaldo Jiménez ha meditado y madurado su propuesta. El resultado es un huevo volumen de alrededor de 600 páginas que propone una lectura participativa y heterodoxa de la poesía peruana: El libro de unos sonidos. 37 poetas del Perú.

El libro recoge la obra de 37 poetas nacidos en un arco cronológico de casi cincuenta años (desde José María Eguren en 1874, hasta Edgar Guzmán en 1935). Es pues, un recorrido por el periodo más fructífero de nuestra poesía; ese que se inicia con los fundadores Eguren, Vallejo y Adán; se cimenta con la vanguardia y se disemina con la denominada generación del cincuenta. En una de nuestras más conocidas antologías, Alberto Escobar distingue en esa etapa dos grandes ciclos: el de los fundadores de la poesía moderna peruana y el de los continuadores de esta tradición. Este juicio, que recuerda la diferencia de Poünd entre inventores, maestros y diluidores, disvalora sin declararlo en forma explícita a los segundos. Jiménez desarrolla su propuesta en sentido contrario; inicia el volumen con la generación del cincuenta y se remonta a las obras de Vallejo y Eguren. La poesía peruana no parte de ellos, sino que va hacia ellos. Ambos entregan una “actitud radical de apertura y fidelidad a la experiencia poética” que es retomada con diversas modulaciones por los que vienen después. La poesía peruana, en los ojos de esta antología, se rehace en cada nuevo autor realmente valioso.

Esta “actitud radical” respalda, igualmente, el campo poético cartografiado por Jiménez: e1 heredero directo de la aventura vanguardista que cuestiona y transforma el lenguaje desde su raíz. Una poesía, como explica el autor, contraria “al determinismo de los enunciados” o a la mera traslación ideológica de la realidad. Los autores elegidos son aquellos que moran en la “desterritorización” espaciál, ideológica, lingüística o cultural. Son los que han residido la mayor parte de sus vidas fuera del territorio peruano Hidalgo, Abril, Eielson, Deustua, Ferrari, y antes Vallejo); los que han escrito desde fuera de la cultura y lengua dominantes (Arguedas, Churata); o los que han estado en los reductos más solitarios y cuya obra ha transitado en el mayor secreto, fuera de todas las antologías y recuentos (Guzmán, y en mayor medida Fernando Quíspez Asín, Julia Ferrer o Augusto Lunel).

A los autores fundamentales (Eguren, Vallejo, Adán, Moro, Oquendo Westphalen, Eielson, Sologuren, Varela, Guevara, entre otros) se une un conjunto de poéticas que sin alcanzar las alturas de los mayores contribuye a revelar la intensidad y diversidad de la poesía peruana (por ejemplo Vicente Azar, Adalberto Varallanos, Luis Fabio Xammar, José Alfredo Hernández). Otro punto de interés es el período privilegiado en la obra de cada poeta, pues Jiménez se ha preocupado en todos los casos de recoger los momentos más radicales.

El libro de unos sonidos reclama su linaje. Reynaldo Jiménez lo ubica en una línea “no programática” de antologías o propuestas; culturales que resplandecen por su parcialidad como Vuelta a la otra margen, los trabajos de rescate vanguardista de Lauer, o las revistas Boletín Titikaka, EI uso de la palabra o Las moradas.

El signo de toda antología es su precariedad y todo lector propone sus exclusiones y reclama sus ausencias. El gran vacío en este libro está, a mi juicio en la poesía de Washington Delgado, especialmente por El libro de Artidoro que posee ese aliento de apertura reclamado por el antologador, Y no se trata de un desconocimiento de Jiménez, pues lo cita entre los autores consultados pero omitidos. Pero esta atingencia no empaña la importancia de la lectura de Reynaldo Jiménez. Al contrario, propuestas disidentes, no conciliadoras y libres de la simple repetición de una lista canónica son indispensables. Todos esperamos que el poeta emprenda, desde ese lugar de desterritorización que ha elegido, la lectura de la poesía peruana de la segunda mitad del siglo XX.

Carlos López Degregori

Publicado en El Dominical de El Comercio, año 52, número 423. Lima, 15 de abril de 2007. p. 12

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