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lunes, 27 de marzo de 2006

IMAGEN DESVELADA DEL ÍNTIMO DESTELLO

Oswaldo Roses. Amada, dulce amada.
Lima: Lord Byron Ediciones, 2005.

Frente a los albores de la tarde y el viento tenue, ondeando entre la apretada ramazón de los árboles, llega a mis manos desde Torremolinos, España, el libro del poeta Oswaldo Roses: Amada, dulce amada. El destino me ha puesto no sólo en comunión con la poesía, sino también con este poeta, cuya vida intensa y talante profundo son innegables.

Oswaldo ha aprendido el viejo oficio de la libertad a través de su poesía decantada, propia y digna de la mejor tradición española: Juan Ramón, Alberti, Aleixandre, Hierro, Celaya, Guillermo Carnero, etc, sólo para mencionar algunos. En el libro Amada, dulce amada, hay una clara fusión de su materia vital: emoción, intuición y pensamiento.

Curiosamente frente a un mundo tan tensionado, cuando las ciudades frente al caos se cierran al olvido, o lanzan angustia y neurosis, el poeta nos habla del amor; pero no necesariamente del amor encantado por los muslos de la amada, sino de una llama casi espiritual, abierta, inclusive, a la duda tal como nos lo deja ver en su primer poema: “¿Es éste, Dios, mi destino/ que el mundo y su ira encierran?”. El poeta está ―intuyo sigilosamente— ensimismado y ensombrecido, busca “aromas a lo absorto y a la piedra”, tentación que lo lleva a escudriñar la belleza, porque seguramente no está “en cielo tan desnuda”.

“Bajo la saciedad del miedo”, sin embargo, el poeta considera que sus palabras son fuegos levitando en los latidos de su destinataria. O, si se quiere, céspedes donde el sueño tiende sus pupilas con ese gajo de luz iluminando las sienes. El poeta, entonces, es esa extraña inteligencia golpeando las paredes de la sangre con lluvia espesa de ventanas.

Es importante, —al margen de cualquier digresión― resaltar en este libro de Oswaldo Roses lo siguiente: su auténtico oficio de poeta. Trabaja con verdadera maestría el verso formal. Cada poema lo dibuja valiéndose de diversas figuras sin que el poema se pierda en un laberinto. Al fin, esto es y debe ser así para que el poema refleje su luz y eficacia. Forma y fondo: soneto, lira, décima, verso consonante y asonante son el platillo fuerte del poeta.

Creo que el poeta Oswaldo Roses anda bien encaminado. La típica poesía española, en su imaginario, toca los más íntimos paisajes del alma. Pensemos, por ejemplo, en Dn. Antonio Machado, José Bergamín, Pedro Salinas, Jorge Guillén. En ellos siempre hubo un hondo lirismo y una preocupación constante, casi religiosa (de religar, unir) por la forma poética.

Quienes lean este libro: Amada, dulce amada, confirmarán lo aquí expresado. Poesía fresca, sin neblina, ni tosca para simular los desarraigos de la sociedad en que vivimos. La poesía de Oswaldo es para la vida, vital, con olor a ramas de música cuando la lluvia moja el sombrero de las orquídeas y la tierra abre su propio fuego profundo. Poesía sin nitroglicerina acumulada, más bien, poesía orgásmica por el velero de la respiración.

Mientras más leo este libro, la melena del tiempo sacude las entrañas. El ojo avizora “celos sollozantes”; los respiros como brincos enternecen. El misterio ―dice el poeta— aligera a su amada y el mar, ese halo de inmensidad perpetua, siente la caricia, razón fluida, de la delicia. El poeta al igual que una mirada crea la belleza.

Y, para dejar que el lector converse con este mar y cielo de anhelos, deseo finalizar, dejándolos con la última estrofa del conocido poema de Juan Ramón Jiménez, publicado en 1918, en Eternidades: “Y se quitó la túnica,/ y apareció desnuda toda…/ ¡Oh, pasión de mi vida, poesía/ desnuda, mía para siempre!”. El poeta Oswaldo Roses, español de pura sepa, se ha quitado la túnica. La poesía es suya para siempre.

André Cruchaga
Barataria, El Salvador, 15 de marzo 2006.

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