jueves, 10 de enero de 2008

Ulises Lima por Roberto Bolaño


Ulises Lima era mi amigo Mario Santiago. Fue mi mejor amigo, mi mejor amigo, de lejos. Poeta mexicano, un ser extrañísimo. En realidad Mario Santiago parecía haber bajado de un ovni hace un par de días. Era un lector empedernido que tenía cosas tan extrañas, como meterse en la ducha y seguir leyendo. Se metía en la ducha y con la mano mantenía el libro así, con la mano tendida. Lo peor es que eran mis libros. Yo siempre veía mis libros mojados y no sabía qué había ocurrido. Yo me decía “es que ha llovido en México”. México es muy grande y puede llover en una zona de la ciudad y en otra no, es raro pero se puede dar ese caso, realmente un fenómeno curioso de la naturaleza. Hasta que una vez lo sorprendí leyendo en la ducha y yo lo que tenia que haber hecho era ponerme de rodillas a rezar por el milagro que había presenciado, pero no lo hice, mas bien lo reté. Mario era un personaje fantástico. No tenía ninguna disciplina. Recuerdo que para ganar dinero trabajamos en diversas revistas mexicanas y era yo el que escribía sus crónicas, él hacia el borrador, yo lo reescribía y luego tenia que escribir la mía.

- O sea era poeta, poeta.

Él era un poeta, poeta, un personaje fantástico, muy valiente.

- ¿Recuerdas algún verso suyo?

“Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”, que es un apuesta total.

- ¿Todavía es posible habitar poéticamente así? Porque eso me recuerda el habitar poético que planteaban los románticos.

Se puede, pero no es recomendable. Yo no quisiera que mi hijo, si mi hijo decide ser escritor, no quisiera que mi hijo optara por vivir sin timón y en el delirio, porque nadie quiere ver a un ser querido sufriendo. Pero por otro lado es inevitable. Hay escritores que tienden hacia eso. A veces en demérito de su propia escritura, porque la lucidez y de nuevo el sentido común son necesarios, son muy necesarios.

(Del programa “La belleza de pensar” de la televisión chilena (UCV Televisión), conducido por Cristian Warnken. Transmitido durante la Feria del Libro de Chile, 1999).

Una naranja para Mario. Para Mario San Tianguis, carnal y maestro por Ricardo Castillo *

Su persona sabe que con frecuencia pienso en ti, Mario, pero hoy en un impulso absurdo por traerlo hasta acá, muerdo por usted, a nombre de sus dientes y paladar, otra naranja loca. Veo con alegría lo que para mí es una señal, una semilla de la fruta y la pulpa que la rodea está teñida de rojo. Su insignia. Quiero creer que la saborea, Mario, siento, como usted siempre lo hizo, que los vivos y los muertos pueden reconfortarse mutuamente. Vuelvo a morder y el placer no tiene ya sino su nombre. Y entonces usted se interroga tal vez dentro de mí, Mario, ¿ha hecho pedazos la casa y el cielo, sólo para ver el campo extenderse hasta el revés de las cosas, sólo para escuchar una ebriedad de cristales al fondo de la gruta?

¿ha hecho pedazos la casa y el cielo?

Y entonces lo escucho reír otra vez.

* Ricardo Castillo (1954). Poeta mexicano de la misma generación que los infrarrealistas, de los pocos que logró viajar en la embarcación infra. Autor de varios libros legendarios en la poesía mexicana: El pobrecito señor X, La oruga y Nicolás el camaleón.

Testamento de adolescencia: Poema inédito de Mario Santiago


TESTAMENTO DE ADOLESCENCIA


6/IV/78


No tengo sino este arcoíris que regalarte
No tengo sino este espermatozoide de armadillo
Esta furia de alacrán
que me sale de los poros
Esta planta carnívora
que ha instalado su tienda gitana
en el horno transparente de mis poros
Este mechón de luna mordiendo las tejas calientes de mi pelo negro
Estalactitas de caminos de éter
Estalactitas de experiencia alada
Mi cuerpo es 1 sapo drogado en los burdeles
No uso bitácora ni sombra
Este cuajo de sangre que ves
Es mi patria-píldora
Mi botón de despegue
Mi gruñido
Mi swing
Mi bendición

He andado entre otras flores
& en tu pelo sonrío
Poeta & vagabundo
Iconoclasta del avión
Esculca mi mochila
& hallarás tu sino
No tengo más que darte
:Hoy hay sol:

EL IMPROBABLE RAPSODA PAPASQUIARO por Roberto Bolaño

Blanes. Abril. 95

Querido Mario, he sabido que publicas un libro, Beso Eterno*, ah pillín, qué título más bonito, y también he sabido y el gulp todavía flota por mi habitación, que te apellidas Papasquiaro, ¿PAPASQUIARO?, coño, suena a Pátzcuaro o a griego, o a espía rumano en el Vaticano, pero suena bien, a menos que no sea otra de tus bromas, pero sí, me gusta el Papasquiaro. Parece sacado de un poema de Seferis. También parece un personaje de Mariano Azuela: el improbable rapsoda Papasquiaro, capitán en la División del Norte o mendigo invisible en Torreón, Chihuahua, Durango… En fin, ya me dirás algo.

(Fragmento de una carta de Roberto Bolaño a Mario Santiago. Publicada, con otras tres cartas, en la audio video revista Nomedites 6, de México – www.nomedites.com).

*Beso eterno es una plaquette que publicó Al Este del Paraíso, una pequeña editorial que fundaron en México Mario Santiago y Marco Lara Klahr, en 1995.

Ardió en su propia luz por Juan Villoro

Yo conocí a Mario Santiago a principios de los años setentas en el piso 10 de la torre de rectoría de la UNAM, en donde había dos talleres de literatura. Uno era de cuento y lo impartía el maestro ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, el otro era de poesía y lo impartía Juan Bañuelos. En aquel entonces Mario Santiago se llamaba José Alfredo Zendejas y era uno de los más brillantes alumnos del taller de poesía, pero también se interesaba mucho en el cuento. Solía aparecer en nuestro taller y sus opiniones eran fulminantes, provistas de una crítica totalmente dinamitera, un humor negro y corrosivo, pero al mismo tiempo un sentido muy estimulante de la literatura. Recuerdo sus primeros poemas, que estaban dotados de gran sentido del humor y de ironía. Él se acordaba mucho de una frase que yo le había dicho, de que por primera vez un poema me había hecho reír, porque en mi ignorancia adolescente yo tenía una idea de que la literatura era algo muy pomposo y sobre todo la poesía, algo muy excelso. En las cosas que escribía, Mario Santiago combinaba recursos de la cultura popular, albures, frases callejeras con las zonas más rigurosas de la poesía. Fue un escritor que padeció la vida literaria mexicana.

Mario Santiago era un iluminado, y como tantos iluminados ardió en su propia luz. Era un hombre de una intensidad tan grande que se sometió a exploraciones personales tan fuertes y dejó muchas cosas en el camino, dejó su propia piel en sus búsquedas personales.

Mario siempre fue muchísimo más temerario que yo. Fue una de esas personas que sueltan amarras y no te atreves a seguirlo. En ese sentido soy mucho más convencional y la mayoría de las veces me quedaba en el muelle. Mario fue un viajero en todos los sentidos. Se fue a Israel sin dinero. Tuvo una vida de azares nocturnos y murió así, en una calle de la ciudad de México como un ser anónimo, como una sombra en esta ciudad.

Creo que estamos ante un poeta de dimensiones incalculables, en el más literal de los sentidos. Yo leí textos luminosos de él. También leí textos pésimos. Creo que Mario renunció deliberadamente a una noción de autocrítica, porque era parte de su rebeldía. Como toda gente que se sintió marginada, en un momento dado continuó en una especie de fuga hacia delante, diciendo “si me marginan porque escribo cosas que les parecen intolerables, pues las voy a escribir más intolerables todavía”, había en él siempre un sentido de la provocación. Recuerdo haber estado discutiendo sus textos en una taquería, que a mi me parecía muy incomodo. Mario siempre estaba cargado de papeles, y en ocasiones era muy generoso, te los dejaba y los olvidaba, pero en otras ocasiones quería que los leyeras delante de él y le dieras tu opinión. Si lo elogiabas se enojaba muchísimo y te empezaba a insultar. Si aparentemente te ponías fácilmente de su parte, le parecía que eras un tipo blandengue, que no tenia ningún sentido de la crítica, que no sabia que la poesía era combate, lucha, polémica, intensidad, algo convulso, te insultaba por elogiar sus poemas. Pero si te distanciabas de los poemas, también arremetía contra ti.

(De una entrevista con Raúl Silva)

Encuentros con Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño. Entrevista a José Rosas Ribeyro, infrarrealista*


José, tu conociste a Mario Santiago, a Roberto Bolaño, de hecho fuiste parte de ese grupo que emergió a mediados de los setentas en las ciudad de México.

Fue algo increíble. No hace mucho que había llegado a México a encontrarse conmigo mi compañera de entonces, la escultora Margarita Caballero, cuando regresó un día a casa trayendo una hoja en la que se invitaba a una serie de lecturas de “nueva poesía latinoamericana” en la Casa del Lago. Resulta que la siguiente lectura programada era de poesía peruana. Marga y yo fuimos, pues, a la lectura y descubrimos en una tarima, sentados detrás de una larga mesa, a dos jóvenes melenudos como yo que no paraban de fumar, hablaban apasionadamente y leían con brío poemas de algunos amigos de Lima. De repente escuché en la voz de uno de ellos un texto mío y me quedé más asombrado aún de lo que ya estaba. Al final de la lectura había una conversación con el público y yo desde la sala le agradecí a los dos melenudos por haberme incluido en su selección. Me preguntaron quién era yo, les dije mi nombre, nos dimos un abrazo y se identificaron: eran Mario Santiago y Roberto Bolaño. Desde ese día fuimos amigos y para fijar el encuentro en la memoria nos hicimos una foto al borde del lago. Aún la tengo: estamos los cuatro y Rubén Medina, de quien después no supe más. Mario me dijo una vez que se había ido a Estados Unidos.

¿Qué recuerdos sobreviven de esos años?

Muchos, y con ellos voy a construir parte de mi próximo libro que se llamará Un mundo al revés. Recuerdo la vez en que una amiga muy querida, Dina García, se apareció por la Casa del Lago llevando unos patines en el bolso. Se los prestó a Roberto Bolaño y éste se puso a patinar dando vueltas como Chaplin en Tiempos modernos. Yo, que ya por esa época tomaba fotos, disparé varias veces mi cámara y tengo, pues, en mi poder una serie de fotos hasta ahora inéditas en las que Roberto patina feliz de la vida. Otro recuerdo: estamos en el café La Habana cuatro o cinco de los infrarrealistas cuando irrumpe en el local Darío Galicia. A través de movimientos femeninos muy violentos su cuerpo transmite indignación, la cual se impone aún más en el ambiente por sus gritos que hacen referencia al asesinato de Pasolini. ¿Quién es?, pregunto yo que no lo conozco. Y Roberto me responde al oído: uno de los más importantes poetas mexicanos. Y así podría seguir con los recuerdos: las visitas a Efraín Huerta en su casa, los encuentros cantineros con Jorge Sabines, las conversaciones amistosas con Miguel Donoso Pareja, las películas de Fassbinder en el auditorio del Instituto de Antropología e Historia, las irrupciones infrarrealistas en mi oficina para raptarme y llevarme a una cantina, las caminatas por Tepito, los bares del centro, los dancings de malamuerte con ficheras, los libros que uno le prestaba a Mario Santiago y que él devolvía repletos de versos suyos en cada espacio blanco... Pero tal vez el recuerdo más infrarrealista de todos sea el escándalo que se produjo cuando participamos en una fiesta en casa de Álvaro Uribe, un escritor niño bien que había ganado un premio de cuento. Como Bolaño había sido premiado en poesía lo habían invitado, y llegó con nosotros, unos cuatro, creo. Para beber donde Uribe sólo proponían refrescos, nada de alcohol, así que nos procuramos por nuestra cuenta unos rones o tequilas o mezcales. En un momento dado Marga, que era mi compañera en aquel tiempo, se puso a bailar de manera muy erótica con una alemana que era la novia del hijo de la orquesta sinfónica de México. Y eso para Uribe y sus iguales fue algo insoportable. Nos terminaron echando fuera y nos fuimos contentos mientras Mario gritaba: “¡chinguen a su madre pinches culeros!

¿Quiénes formaban parte del infrarrealismo en aquellos años?

El infrarrealismo no era un grupo organizado ni nada por el estilo. Lo integraban -si se puede decir así-, Mario Santiago y Roberto Bolaño, por supuesto, y alrededor de ellos, Cuauhtémoc y Ramón Méndez, José Peguero, Jorge Hernández (que un día pasaría a llamarse “Piel Divina”, pero esa es una historia muy larga para contarla aquí), los chilenos Bruno Montané y Juan Esteban Harrington... Allí llegué yo y al estar con ellos me convertí en infrarrealista. Había también algunas mujeres: Lupita, la compañera de Peguero, que andaba con nosotros, y otras que eran poetas y también musas invisibles de Mario y Roberto, como Kyra Galván. Entre los que eran y no eran infrarrealistas estaban Orlando Guillén, Rubén Medina, Juan Vicente Anaya y algún otro poeta que ahora olvido. A todos ellos los conocí y compartimos lecturas, pláticas, fumadas y borracheras.

¿Cómo viviste tu relación con Mario y Roberto?

Mario y Roberto eran seres muy diferentes pero complementarios. Ambos tenían una pasión por la literatura y, sobre todo, la poesía, que les llenaba por completo la existencia. Pero la pasión de uno y otro eran también muy diferentes. La de Mario era algo absoluto que lo llevaba a la marginalidad. Mario no aceptaba ningún compromiso, no buscaba la gloria literaria ni hacerse conocido como poeta. Vivía la poesía cada día en cada milímetro de su cuerpo y en cada una de sus neuronas. La de Mario era una de esas pasiones que te consumen rápidamente la vida, todo. Roberto no era así. Roberto sabía que estaba destinado a hacer una “carrera” literaria y pese a su marginalidad en el México de entonces buscaba canales de expresión, editores, contactos. Mientras yo estaba allí salió un primer libro suyo de poesía, en una cuidada edición artesanal, y Roberto estaba loco de contento. A Mario en esa época no se le pasaba por la cabeza publicar, lo que escribía lo perdía sin que eso le importara mucho. Pero ambos eran complementarios ya que uno neutralizaba en el otro algunas de sus tendencias. Roberto neutralizaba en Mario las tendencias más autodestructivas y Mario neutralizaba en Roberto el afán de triunfo literario. Yo anduve mucho con ambos desde una posición intermedia, equidistante.

¿El infrarrealismo tocó de alguna manera tu vida?

Puedo decir que hubo un antes y un después. Y que de esa experiencia casi cotidiana con el furor de la poesía salí transformado. Mario Santiago y Roberto Bolaño fueron amigos entrañables y me hicieron volver a la literatura cuando yo andaba tal vez demasiado metido en la problemática política. Cuando dejé México y me vine a vivir a París no se rompieron los lazos. Al contrario, se mantuvieron incluso de manera a veces extraña. Recuerdo aquella vez en que no sé porqué razón yo regresaba a pie a casa bordeando el Sena y, de repente, como ocurría frecuentemente en México, me encontré con Mario y Roberto. Fue una enorme sorpresa, un azar nada fortuito. Otras veces estuve con Mario en París cuando volvió de Israel medio alucinado y enfermo. Tenía las manos destrozadas por la sarna y nos la transmitió a varios. Lo volví a ver en México, en el café La Habana, como antaño, y sentí de nuevo la duplicidad de nuestra relación: él era demasiado radical en su existencia, iba siempre demasiado lejos y demasiado rápido y era casi imposible seguirlo. Yo me acomodaba más en el mundo aunque el mundo tal cual es nunca me ha gustado. Mario en cierta forma me reprochaba lo primero pero compartía conmigo el descontento ante la vida. Eso deja huellas, marcas que no se borran nunca, y la persona que soy hoy y que escribe, piensa y siente lo que escribo, pienso y siento, no sería la misma si no hubiera vivido el tiempo del infrarrealismo, la complicidad infrarrealista, la urgencia poética infra.

(Fragmentos de una entrevista cibernética con Raúl Silva)

* José Rosas Ribeyro. Poeta y productor radiofónico. Actualmente colabora en Radio Francia Internacional.

MANCHAS SOLARES, de Diego Lazarte: Una cartografía celeste por Augusto Escribens

Manchas Solares de Diego Lazarte toma como uno de sus referentes a las láminas del test de Rorscharch, que es un instrumento que utilizan los psicólogos clínicos para hacer diagnósticos de los sujetos a los que los aplican.

Pero ¿qué es un diagnóstico?. Un diagnóstico es una manera de ubicar gentes en las categorías de los rótulos psicopatológicos. Es un recurso para conjurar la incertidumbre sobre cómo es alguien, cómo se supone que se comportará, cuánta perturbación experimentará y cuánta introducirá en la vida de los que lo circundan, sean ellos sus seres queridos o sus terapeutas.

Pero, a diferencia de otras alternativas, el Test de Rorschach se caracteriza por explorar el lado oculto de la mente, aquello que quedó tras la represión, el universo hundido tras los cataclismos personales. Es un instrumento que, más que buscar certidumbres, se aproxima a palpar los contornos de la incertidumbre, se aventura a perseguir al fantasma.

El Rorschach, entonces, encierra una paradoja, una contradicción irreductible. Es una manera de ubicar a las personas basada en asumir la desubicación de todas las ubicaciones.

En ese sentido es, entre los instrumentos estandarizados de diagnóstico, el que más se parece a la sesión psicoanalítica, con sus diferentes vértices de indeterminación: el aportado por la regla básica formulada por Freud, que invita al paciente a decir todo lo que se le venga a la mente, apartándose de la estructuración lógica del discurso habitual, el introducido por el origen de la interpretación que hace el psicoanalista que, aunque se crea a sí mismo llevado por la coherencia y la racionalidad de su teoría, se sabe también invocado por la confluencia de los fantasmas del paciente y los suyos propios, y el introducido por el destino de ese saber -construido en la sesión- luego que ella termina. Porque aún aquellos psicoanalistas que pudieran creerse sujetos de su saber y, por ende, reclamaran paternidad sobre sus interpretaciones, tendrán que aceptar que el destino último de ellas responde a su alojamiento en el alma del paciente.

Es seguro que por ello he sido convocado, en mi doble condición de psicoanalista y poeta, para hablar de la palabra poética, teniendo como telón de fondo el encuentro de analista y analizado en la sesión psicoanalítica. Pero debo prevenirlos de que no hay oficio, terreno o etéreo, que asegure saber dónde está uno parado. Ni siquiera el de cartógrafo. Como nos lo revela, desde un principio, Diego Lazarte.

El primer poema, Radioemisiones, se nos ofrece como arte poética del libro, como clave y hoja de ruta, como rumbo que nos llevará a la comprensión y el hallazgo.

Derrotero derrotado de antemano, debo decir, porque nada garantiza una lectura privilegiada de este texto, ni tampoco el que en su referente estelar podamos hacer las mediciones necesarias para predecir las próximas turbulencias ni los eclipses ni las invasiones meteóricas. Puedo dar fe de ello porque he leído y releído el libro varias veces. Porque algunas de sus imágenes se me han aparecido de improviso en medio del tráfico urbano o de la más privada circunstancia, siempre como revelación de la rotunda derrota de la lectura anterior, o del universo que esa lectura había constituído.

Pero, como decíamos, la derrota del cartógrafo está incorporada desde el inicio en el Ars Cartográfica de Lazarte, cuando dice:

Hago esta cartografía
Por encargo de estrellas lejanas y poderosas
[nada guardo a favor ni contra ellas]
Simplemente me susurran sus deseos luminosos.

Es como si el autor se encontrara con la limitación del que se pretende sujeto de su propia escritura, y reconociera el carácter ajeno de aquello que ha salido a buscar, lo más ajeno de sí mismo cuyo centro está hundido en su propio interior, a años luz de lo que puede mirar, palpar, imaginar y construir en la superficie de su experiencia.

Porque en realidad Diego nos está dando una definición de la cartografía poética: el arte de dibujar mapas imposibles. Tan poética y tan imposible como la poesía misma.

Pero, entonces, es necesario que nos preguntemos por el lugar de las láminas de Rorscharch en la lectura de este poemario. Se ofrecen como parte de la sintaxis del libro, por lo tanto, no pueden ser omitidas. ¿Nos está invitando Diego a leer sus poemas confrontándolos con los lineamientos habituales de lectura de las láminas? ¿Espera que escrutemos su mundo interno, sus pasiones, su psicopatología, a la par que su palabra poética? ¿Espera que lo diagnostiquemos, que lo remitamos a algún centro de reparación de poetas averiados por el polvo estelar? ¿Es Diego Lazarte un peligroso enfermo que deberá ser llevado, en camisa de fuerza, para que no perturbe la tranquilidad pública?

Seguramente esa es una alternativa entre las múltiples lecturas que el texto permite. También puede ser un señuelo y una manera de perderse en las rutas habituales de los navegantes incautos. Porque sin duda su Lámina II nos habla del conflicto interno y los impulsos, como su Lámina IV hace referencia al padre edípico y a la ley, pero son esos distractores que nos podrían llevar a lecturas simplistas y lineales.

Probablemente las láminas del Rorschach sirvieron inicialmente al autor como estímulo para la imaginación, a la vez que como metáfora de lo intentado en esa instancia del ejercicio poético: mirar dentro suyo más allá de su intención de mostrar.

En otro nivel, la sucesión de las láminas –de la uno a la diez- se ofrecía como un principio ordenador del poemario, ajeno, también, a la voluntad del creador(1).

Pero creo, más bien, que conviene mirarlas como espejos adicionales enfrentados que, independientemente de la voluntad del autor agregan a la complejidad del caleidoscopio que está construyendo, donde cada bifurcación del sentido de una palabra se potencia por su reflejo en el espejo de la figura de la lámina del Rorscharch. Es una forma de agregar a la multiplicidad de la palabra poética, un giro adicional a su reverberación.

No importa, entonces, que la lámina I Rostro de Lechuza para Lazarte tenga que ver con la “…presentación y adecuación a situaciones nuevas”, o con “el enfrentamiento del yo bajo la mirada del otro” o con la “fantasía de enfermedad”. Veamos: Dice en Lámina I

Existirá este acantilado
Donde poso tristemente mis ojos
Como dos aves de patas fuertes.

Existirá o ¿existirá?. Se trata de una afirmación o de una interrogación. Quizá de ambas. Si es afirmación, además, está escrita en la clave de la orden, de esas órdenes en que se expresa el encargo de las estrellas lejanas y poderosas de que hablaba en su primer poema.

Exista previamente o sea inventado por el poeta, por obra propia o por orden directa, con lo que se encontrará en este acantilado será con sus dos ojos tristes posados como aves de patas fuertes.

Más adelante dice:

Verás a esa mujer danzar suavemente en el fondo
Flujo y reflujo de mareas,
Danzará para ella misma.
Creerás en sus señales sutiles
En sus manos
En las brisas atrayentes

Cree en ella
Abrázala
Como a una superstición.

En otra geografía, con otra cartografía, y quizá enunciando las premisas sobre las cuales Diego escribe este poema, Paco Bendezú dijo, hablando del oficio de poeta:

La tristeza te espera
al pie del puente
como una enamorada

En Lámina II, reconocemos la sucesión de miradas al yo del poeta que, más allá de la radiografía que le da nombre, terminan conformando una suerte de tomografía axial de los sucesivos cortes que son posibles, a lo largo del tiempo, del espacio, del ánimo o, privilegiadamente en este caso, de la confusión.

Si sigues esta radiografía
Confundirás fácilmente
a dos payasos que miden sus fuerzas
a dos monos colgándose con sus colas
de mis alegres pulmones

Habrá entre ellos, siempre, un espacio para el mar
Una bahía oculta donde nada una manta luminosa
Que a veces se confunde con mi corazón

Confundirás mi corazón con un avión
A veces con un caracol….

Más que el conflicto interno y los impulsos a los que se refiere la respectiva lámina del Roschach, encuentro especialmente interesante cómo la confusión está signada de una manera diferente a la habitual, como un espacio de exploración de lo posible, como un recurso más que abre paso a la multiplicidad.

Esa multiplicidad perseguida, que también recurre a las oposiciones de sentido, se manifiesta de manera recurrente en este texto:

Será esta una espada clavada en medio del sueño
O un faro que nos deslumbra con su oscuridad.


Donde siente mi corazón
La sombra de un denso y metálico mar
Deslumbrado por la oscuridad
De un faro en medio de la noche
(Lámina VI, El Faro)


Podemos concluir, entonces, de la lectura de estos poemas, que Diego Lazarte, efectivamente, es un enfermo. Un enfermo de mal pronóstico. Un enfermo que está enfermo de poesía.
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(1) Como ya vimos antes, la pretensión de voluntad del poeta puede ser una ilusión.

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...